THERIAN, EL DESAFÍO DE LOS ANCESTROS



En una metrópoli asfixiada por la tecnología y las identidades de plástico, el antiguo pacto de sangre se ha roto. Los Nahuales, guardianes de la metamorfosis sagrada, han regresado del olvido para reclamar el asfalto. Su objetivo: exterminar a los "imitadores", aquellos jóvenes que, bajo la moda therian, osaron vestir la piel animal sin pagar el precio del alma. Mientras la Hermandad del Copal intenta negociar una tregua imposible, la ciudad se transforma en una selva de concreto donde solo sobreviven quienes respetan el silencio y portan la obsidiana. La cacería ha comenzado, y esta vez, no hay filtros que valgan.


En una aldea remota de la selva del Yucatán...


Sentado en la oscuridad de su choza, el viejo Pancho no usaba ropa, sino una piel de jaguar que parecía fundirse con su propia carne. En el pueblo decían que no era un hombre que se disfrazaba, sino una bestia que fingía ser humana para que no lo quemaran vivo.


Una noche, un forastero decidió seguirlo al bosque, convencido de que los "nahuales" eran cuentos para asustar niños. Lo vio internarse en un claro donde la luna se ponía roja. Pancho empezó a descoyuntarse: el sonido de sus huesos rompiéndose y reacomodándose sonaba como ramas secas bajo los pies de un gigante. Su columna se arqueó, sus uñas se hundieron en la tierra transformándose en garras, y su cara se estiró en un gruñido que ya no tenía cuerdas vocales humanas.


Al día siguiente, encontraron al forastero en el sendero, ileso pero con los ojos en blanco. No tenía ni un rasguño, pero su sombra ya no tenía forma de hombre; en el suelo, proyectaba la silueta de un felino agazapado que respiraba al ritmo de su corazón. Pancho lo había reclamado como su nueva "vestidura".


El pueblo, antes silencioso, se convirtió en un hervidero de antorchas y miedo. La sombra del forastero, ahora una silueta felina y ajena, fue la señal definitiva: Pancho ya no era un curandero, era una amenaza que devoraba voluntades.

Esa noche, los hombres más valientes del pueblo se reunieron en la plaza. No llevaban solo machetes; sabían que el acero común no detiene a lo que no es del todo humano. Cargaban ceniza blanca y balas marcadas con cruces de plata, siguiendo los antiguos consejos para herir a un nahual. También llevaban tijeras abiertas en cruz, un amuleto clásico para cortar las malas energías y "amarrar" la magia del brujo.


Al llegar a la choza de Pancho, el aire se volvió pesado y olía a copal rancio. Una risa animal surgió de las sombras del tejado. No era Pancho quien bajó, sino un guajolote (pavo) gigante de ojos rojos que brillaban como brasas, una de las formas más temidas que adoptan estos seres.


El enfrentamiento fue brutal:


La debilidad del nombre que demostraron, cuando los hombres atacaban, las mujeres del pueblo gritaban el nombre real de Pancho a pleno pulmón. Según la leyenda, pronunciar el nombre verdadero de un nahual debilita su transformación.

Un rastro de sangre se produjo cuando un joven logró herir al animal en una pata con un machete bendecido. El ave lanzó un grito humano y huyó hacia la profundidad del monte.


La prueba final se presentó cuando amanecía, el pueblo fue a buscar a Pancho. Lo encontraron en su cama, envuelto en mantas, pero al destaparlo, su pierna derecha tenía la misma herida profunda que le habían hecho al guajolote la noche anterior.


Pancho  no murió esa mañana, pero su poder se desvaneció. Dicen que ahora vaga por los cerros, convertido para siempre en un coyote flaco que no puede volver a ser hombre, porque el pueblo quemó su cinturón de piel, la prenda necesaria para recuperar su forma humana.


En el ombligo de la luna


La ciudad se ha transformado en un monumento al orgullo ancestral, donde el asfalto es el nuevo monte y los humanos son solo visitantes que deben pagar su tributo de silencio y respeto.

Los parques se han vuelto zonas prohibidas donde la vegetación crece a un ritmo sobrenatural. Allí, los nahuales realizan sus consejos nocturnos, dictando las leyes que la ciudad obedecerá al amanecer. Cada luna llena, el número de aullidos y rugidos aumenta, ahogando por completo el ruido de las máquinas.

Un grupo de jóvenes therian se reunía en el parque central bajo la luna llena. Llevaban máscaras de cartón, colas de peluche y se movían a cuatro patas, imitando los saltos de lobos y linces para sus videos de TikTok. Para ellos, era una búsqueda de identidad y conexión animal.

Pero entre los árboles, algo los observaba. No era un "identitario", sino un nahual de verdad: un anciano que había cedido su humanidad hace siglos a cambio de una piel que sí cambiaba de forma. Para el nahual, los therians eran una burla, un insulto a los pactos de sangre con la naturaleza.

De pronto, la música de los teléfonos se apagó. El aire se llenó de un olor a carne podrida y copal. Las risas de los jóvenes se cortaron cuando vieron a una criatura que no era un disfraz: un ser de dos metros, con cuerpo de perro sarnoso pero manos humanas con garras de jaguar.

El nahual no jugaba. Con un movimiento que desafiaba la física, se lanzó sobre el líder del grupo, un chico con máscara de lobo. No hubo imitación; hubo huesos crujiendo. El nahual le arrancó la máscara de plástico junto con la piel de la frente, dejando al descubierto que, debajo del disfraz, solo había un humano aterrado.

Los therians intentaron huir, pero el nahual proyectó su sombra sobre ellos. En lugar de convertirse en animales, los jóvenes empezaron a sentir que sus propios cuerpos rechazaban su "lado animal". Sus mentes se llenaron de visiones de los antiguos dioses exigiendo tributo por la osadía de "jugar" a ser bestias sin pagar el precio de la metamorfosis real.

Cuando todo acabó  el parque estaba sembrado de colas de peluche desgarradas y máscaras trituradas. No encontraron cuerpos, solo huellas de pies humanos que, a mitad del camino, se convertían en pesadas garras de puma que subían por las paredes de los edificios.

El clímax de la plaga no tardó en desatarse en las profundidades del subsuelo urbano.

Los túneles, antes arterias de transporte, ahora son las madrigueras de los nahuales. Ellos no buscan solo territorio; buscan venganza contra una generación que redujo su poder sagrado a accesorios de peluche.

En los sótanos y mercados antiguos, surgió una resistencia: la Hermandad del Copal. Personas que siempre habían convivido con lo oculto sabían que contra un nahual no sirven las armas modernas, sino la reversión del vínculo

En los vagones, la tensión es insoportable. Un grupo de therians, intentando "conectar" con la plaga, comete el error fatal de realizar un aullido colectivo en la estación Pino Suárez. El silencio que sigue es sepulcral. De la oscuridad de las vías no sale un animal, sino algo que dobla la realidad

De manera simultánea, en los niveles más profundos de la estación Barranca del Muerto, donde la luz del sol nunca llega, habita una criatura que los trabajadores del metro llaman "El Disfrazado".

Él era Leo, un joven que lideraba el movimiento therian en redes sociales. Durante el clímax de la plaga, Leo no huyó; en su arrogancia, intentó "conectar" con el líder de los nahuales usando una máscara de lobo de resina y piel sintética de alta calidad. El nahual, ofendido por la vacuidad del gesto, no lo devoró, sino que le susurró una maldición al oído: "Puesto que tanto amas la cáscara, que la cáscara sea tu prisión".

Mientras el ritual de la Hermandad del Copal expulsaba a los nahuales, el cuerpo de Leo empezó a mutar de forma errónea. No fue una metamorfosis sagrada, sino una amalgama de plástico y carne. La máscara de resina se fundió con sus huesos faciales y el pelaje sintético comenzó a brotar de sus poros como agujas de vidrio.

Al intentar gritar, solo emitió el chirrido del plástico frotándose. Sus cuerdas vocales se atrofiaron, dejándolo con un gemido mecánico que hiela la sangre de quienes caminan cerca de las rejillas de ventilación.

A diferencia de los nahuales, que son libres en la naturaleza, el therian está atrapado en la geometría del concreto. Se dice que vaga por las vías del tren, alimentándose de los restos de comida y de la envidia de los que aún juegan a ser algo que no son.

Hoy, si pasas por la línea 7 del metro y ves unos ojos amarillos fijos —demasiado estáticos para ser reales— brillando en la oscuridad de los túneles, no te acerques. Es Leo, recordándote que la identidad no es un accesorio, y que los nahuales siempre están escuchando cuando alguien osa imitar su vestidura sagrada.

La noche ya no pertenece a la tecnología ni a la ley humana; se ha convertido en un ecosistema de caza donde los nahuales son cada vez más numerosos por tres razones:

Ya no se ocultan en las sombras de los edificios. Dominan las azoteas y los puentes peatonales. Se les ve como figuras colosales, híbridos de jaguar, lobo y águila, que vigilan el tráfico desde lo alto de los rascacielos.

Muchos de los que antes se identificaban como therians han sido "reclamados". Los nahuales han forzado una transformación real en aquellos que mostraron un vínculo genuino, convirtiéndolos en reclutas de su ejército sombrío. Aquellos que eran solo "seguidores de moda" simplemente han desaparecido.

Para moverse por esta  selva donde el asfalto ahora exhala magia antigua, es vital dominar el lenguaje del silencio. Bajo la mirada de los nahuales apostados en las cornisas, un solo grito puede ser una sentencia.

Los habitantes han desarrollado una comunicación gestual basada en la discreción absoluta, evitando cualquier movimiento que parezca "animal" para no provocar el instinto de caza de los señores de la noche:

Presionar el centro de la palma izquierda con el dedo índice derecho. Significa: "Hay un nahual cerca, mantén tu forma humana inmóvil". Se hace bajo la mesa o dentro de los bolsillos.

Nunca se mira a los ojos a un nahual (ni a nadie que sospeches que lo sea). Los supervivientes inclinan la cabeza 45 grados; es un signo de respeto ancestral, no de sumisión. Si el nahual ve tus ojos, puede ver tu miedo, y el miedo huele a presa.

Llevar dos pequeñas piedras de río en el bolsillo y chocarlas rítmicamente. El sonido mineral corta la conexión espiritual del nahual con el entorno, permitiendo un breve momento de "ceguera" para que los humanos puedan cruzar una calle expuesta.

Para sobrevivir a las noches de luna en esta  ciudad asediada, los humanos han adoptado un símbolo de protección absoluta, mientras que la jerarquía nocturna ha cambiado irrevocablemente.

Para no ser confundidos con un therian —y así evitar la ira purificadora de los nahuales—, los supervivientes llevan colgado al cuello un Ojo de Venado (una semilla tradicional de protección) engarzado en un marco de obsidiana pulida.

Mientras que el símbolo therian (el Theta Delta) representa una conexión espiritual voluntaria, este amuleto prehispánico actúa como un "ancla" a la realidad humana.

La obsidiana, conocida como "el espejo que humea" de Tezcatlipoca, refleja la verdadera naturaleza del portador. Los nahuales, al ver este brillo oscuro, reconocen a un humano que respeta las leyes antiguas y no a un imitador, permitiéndoles el paso en la oscuridad.

Los nahuales se manifiestan con un orgullo feroz. Para ellos, los therians son sombras vacías. El líder de la manada nahual, un ser con rostro de anciano y cuerpo de coyote colosal, le habla directamente al espíritu: "Nosotros pagamos con nuestra humanidad el derecho a la garra. Ustedes solo compran la apariencia".

Los sobrevivientes nunca volvieron a usar una máscara. Ahora, cada vez que ven un video de un "therian" en redes, sienten un dolor punzante en la columna, como si algo, desde adentro, quisiera romperles los huesos para salir de verdad.

Mientras la carnicería ocurre en el subsuelo, la Hermandad se reúne en la Plancha del Zócalo, justo sobre las ruinas del Templo Mayor. Saben que para expulsarlos deben romper el puente entre el asfalto y el inframundo:

Queman toneladas de copal y chiles secos. El humo denso actúa como un gas lacrimógeno para los sentidos hiperdesarrollados de los nahuales, forzándolos a revelar su forma humana.

La Hermandad utiliza caracoles marinos y tambores de piel de venado para emitir una frecuencia que hace vibrar el concreto. El sonido busca recordarles a los nahuales su origen: el monte, no la ciudad.

Los supervivientes deben lanzar al fuego cualquier objeto que "imite" a un animal (máscaras, colas, orejas). Al quemar la imitación, se corta el hilo del que se alimentan los nahuales para castigar a los humanos

El ritual de la Hermandad del Copal alcanzó su punto de ebullición cuando el humo del chile y el copal asfixió los túneles del metro. Los nahuales, enfurecidos por el dolor de sus sentidos agudizados, salieron a la superficie en una marea de pelaje, colmillos y odio.

En el Zócalo, el líder nahual se plantó frente a la hoguera donde se quemaban las máscaras de los therians. Con una voz que sonaba como el crujido de la tierra, sentenció que el castigo por la "imitación barata" no sería la muerte, sino la verdadera bestialidad.

Con un movimiento de sus garras, el nahual no mató a los sobrevivientes, sino que les arrancó la capacidad de hablar. Condenó a los que jugaban a ser animales a ser bestias reales, pero sin el poder de la transformación: quedaron atrapados en cuerpos deformes, obligados a vivir en las alcantarillas, siendo aquello que tanto presumían en redes sociales, pero sin el glamour de los filtros.

El ritual de la Hermandad tuvo un éxito amargo. Lograron expulsar la esencia violenta de los nahuales de regreso a las selvas del sur y a las cuevas de la Sierra Norte, pero la ciudad ya no volvió a ser la misma:

Aunque los nahuales se fueron, dejaron su rastro. Ahora, en las noches de luna llena, no se escuchan sirenas, sino un silencio absoluto que nadie se atreve a romper.

Las paredes de los edificios quedaron manchadas de negro por el copal del ritual, un recordatorio de que el asfalto es solo una costra delgada sobre un mundo antiguo y salvaje.

El fenómeno therian desapareció de la noche a la mañana. Nadie se atreve a usar una máscara o una cola de peluche, por temor a que un nahual verdadero regrese a reclamar el "derecho de autor" sobre la piel animal.

La ciudad recuperó su ritmo, pero sus habitantes ahora caminan con la cabeza baja. Saben que en cualquier momento, el orgullo nahual puede volver si el hombre olvida que la naturaleza no es un disfraz, sino un pacto de sangre.

La ciudad se sumió en un caos de desconcierto y sangre. Los nahuales, cansados de ser vistos como folklore o imitados por modas superficiales, reclamaron el asfalto. La plaga no era viral, sino espiritual: el cielo se tornó color arcilla y los rascacielos resonaban con aullidos que no pertenecían a perros callejeros.

Para que los habitantes de la  ciudad no fueran devorados o "reclamados", la Hermandad instruyó estos pasos desesperados:

No bastaba con cerrar las puertas. Había que marcar el umbral con ceniza de leña de encino y sal bendita. Esto crea una barrera que el nahual, al ser una criatura de "tierra", no puede cruzar sin sentir que su piel animal se quema.

La protección más efectiva y antigua. Los supervivientes debían usar sus camisas y pantalones al revés. Esto confunde la vista del nahual; al ver algo "invertido", su magia de transformación pierde el enfoque y no puede fijar a la presa.

Colocar un espejo frente a la entrada principal. Al verse reflejado, el nahual se enfrenta a su propia dualidad monstruosa. El choque de ver su alma animal expuesta en un entorno humano lo obliga a retroceder.

Mientras tanto, en las avenidas principales, los nahuales han aprendido a mimetizarse. No necesitan callejones oscuros; se esconden a plena vista usando el ruido y las multitudes como su nuevo "disfraz".

La metrópoli apocalíptica se ha convertido en un escenario de desolación y destrucción propio de un colapso  social. Las calles están desiertas, los edificios están en ruinas y la vida humana ha disminuido. Las imágenes de ciudades post-apocalípticas a menudo evocan un sentido de inquietud y desesperanza, reflejando la pérdida de la civilización y la lucha por la supervivencia.

La ciudad se está convirtiendo en un laberinto de rituales y supervivencia. El orgullo del nahual ha ganado: la civilización es ahora solo el decorado de su reino salvaje.

El asfalto de la Avenida Reforma ya no existe; ha sido reventado por raíces de ceibas que crecen kilómetros en una sola noche. Los rascacielos son esqueletos de vidrio envueltos en enredaderas que gotean una savia negra y pegajosa. En la cima de la Torre Latinoamericana, el Gran Nahual observa su nuevo reino: una Selva de Obsidiana donde el reloj se detuvo y el hambre es la única ley.

En las inmediaciones de las ruinas de un centro comercial, tres figuras se mueven con una agilidad sobrenatural. Son los Supervivientes del Plástico, antiguos therians que, tras el Sacrificio de la Máscara, no murieron, sino que desarrollaron un instinto de presa tan agudo que raya en lo místico.

Kael, con la cara pintada con ceniza y grasa de motor, olfateó el aire húmedo. Sus pupilas estaban dilatadas, captando la mínima radiación de calor en la penumbra.

—El viento cambió —susurró Kael, su voz era un rasguño—. Huele a copal y ozono. El patrullaje de los Jaguares viene del norte.

—¿Podemos cruzar por el paso elevado? —preguntó Mía, moviéndose en cuclillas con una fluidez que ningún humano normal poseería. Sus dedos, callosos y endurecidos, se aferraban al concreto roto—. Mi instinto dice que el agua del colector está "marcada" por la Tsukán.

—El agua es veneno si no llevas la ofrenda —intervino Jon, el más viejo del grupo—. Escuchen... el silencio no es paz, es acecho.

De pronto, una sombra colosal se proyectó sobre el muro de un Zara abandonado. Un Nahual-Coyote, de tres metros de altura y piel erizada por la magia, descendió de una viga de acero. Sus ojos amarillos eran faros en la oscuridad.

 —"Huelen a miedo... pero también a algo que reconozco. Huelen a la 'imitación' que sobrevivió al fuego".

—No somos imitadores ahora, Ancestro. — comenta con amargura, un muchacho joven, Kael: —Somos lo que dejaron de nosotros. Animales sin piel, humanos sin ciudad.

(Ríe, el nahual.un sonido de huesos chocando) "Han desarrollado el oído del caracal y el salto del puma para no ser devorados.Replica el Nahual, poco compasivo El castigo les dio lo que el disfraz les prometía, pero a cambio de su paz".

 —Solo queremos llegar al cenote del olvido. —Revela Mia, en plan conciliador —Queremos que la Serpiente Emplumada nos devuelva el silencio.

El Nahual les comentó: —"La Tsukán no devuelve nada. Ella solo traga. Si quieren pasar por mi territorio, deben entregar el último rastro de su humanidad: el lenguaje. Dejen de hablar y los dejaré cruzar como las bestias que tanto ansiaban ser".

Kael miró a sus compañeros. El trato era definitivo. En la ciudad postnahual, la supervivencia tenía un precio: para vivir como animales, debían morir como personas.

Kael asintió. Abrió la boca, pero en lugar de palabras, soltó un gruñido gutural que hizo eco en el vacío del centro comercial. El Nahual se hizo a un lado, permitiéndoles el paso. Los tres se lanzaron a correr a cuatro patas, perdiéndose en la espesura de la selva urbana, convertidos finalmente en los fantasmas de su propia obsesión.

La lucha por la supervivencia en el supermercado----

Un grupo distinguió la inmensa mole del supermercado. Todavía se mantenía en pie, pero la vegetación comenzaba a apoderarse de sus viejas estructuras.

El aire en el "Súper Ahorro" olía a comida enlatada oxidada y a algo animal, almizclado. César ajustaba su máscara de lobo, el plástico le cortaba el sudor en las sienes. A su lado, Sara temblaba, aferrando un bate con clavos. Sus orejas de gato de peluche estaban sucias de polvo de escombro.

—Shhh... —susurro Cesar—. Si nos movemos rápido, llenamos las mochilas y salimos antes de que el sol caiga. Los nahuales odian las luces de neón, ¿verdad?

—Eso decía el foro, César—respondió Sara con la voz rota—. Pero el foro no decía que el cielo se pondría color sangre.

De pronto, un crujido metálico resonó en el pasillo de lácteos. No era un paso humano. Era el sonido de garras pesadas arrastrándose sobre el linóleo.

—¿Quién anda ahí? —gritó Leo, intentando que su voz sonara como la de un alfa—. ¡Somos la manada del Norte! ¡Respeten nuestro territorio!

Una risa que sonaba como piedras chocando surgió de la oscuridad del pasillo 4. Una figura inmensa, con hombros que rozaban las estanterías y una cabeza de coyote con ojos amarillos fijos, emergió lentamente. No llevaba ropa, solo una piel que parecía fundida a sus músculos.

"Manada"... —la voz del nahual vibró en sus pechos—. ¿Llamas "manada" a un grupo de cachorros con rostros de resina y colas de trapo?

—¡Es nuestra identidad! —chillo Sara, levantando el bate—. ¡Sentimos el bosque en nosotros!

El nahual dio un paso, rápido como un rayo, y de un zarpazo desintegró la estantería de cereales.

El bosque no se siente, niña. El bosque se padece. —El nahual se acercó a César, cuya máscara de lobo se veía ridícula frente a los colmillos reales—. Ustedes juegan a ser lo que nosotros pagamos con el alma. Han insultado el pacto de la carne.

—¡Podemos aprender! —suplico el therian, cayendo de rodillas.

Ya es tarde. —El nahual alargó una mano que terminaba en garras de jaguar y le arrancó la máscara de un tajo, llevándose parte de la piel—. Si tanto quieren ser animales, mueran como presas.

El supermercado se llenó de un aullido que no era de lobo, sino de algo mucho más antiguo que el mundo. Las luces de neón parpadearon y se apagaron. En la oscuridad, solo se escuchó el rasgar del plástico... y el silencio final de la imitación.

El eco de los gritos de César y Sara aún rebota entre las góndolas de metal cuando la luz del alba atraviesa los cristales rotos del "Súper Ahorro".

Al Día Siguiente: El Hallazgo de la Hermandad

Dos rastreadores de la Hermandad del Copal, envueltos en ponchos de lana gruesa y con el sahumerio encendido, entran al supermercado. El humo del copal se retuerce en el aire, detectando la vibración de la magia, residual.

—Mira esto, Jacinto —dice el más joven, señalando el pasillo de lácteos—. Otra "manada" que creía que los tutoriales de internet los salvarían del colmillo real.

En el suelo, no hay cuerpos completos. Solo quedan las máscaras de resina partidas por la mitad, incrustadas en el pavimento como si el suelo se las estuviera tragando. Lo más aterrador no es la sangre, sino los rastros de costuras: trozos de tela de peluche que parecen haber intentado fusionarse con la piel humana antes de ser desgarrados.

—No aprenden —responde Jacinto, esparciendo ceniza sobre los restos—. El Gran Nahual no castiga la carne, castiga la mentira. Estos pobres diablos querían el aura del lobo sin aceptar la maldición del hambre.

Jacinto recoge una oreja de gato de peluche, ahora empapada en un fluido negro y espeso que no es sangre humana.

—Llévalo al Zócalo. Que el Consejo vea que la "purga de los falsos" ha llegado a las periferias. La ciudad ya no es de los hombres, y mucho menos de los que juegan a ser bestias.

Desde una antena oculta en la Torre Latinoamericana, una última voz transmite en AM. Los reportes son aterradores:

"Aquí Radio Cuarzo... informan que en el sur, los nahuales han empezado a 'sembrar' a los therians capturados... los entierran hasta el cuello y los obligan a mirar la luna hasta que su mente se rompe y olvidan que alguna vez fueron humanos..."

"La Hermandad del Copal ha cruzado el puente hacia el territorio sagrado. Llevan el Penacho de Humo. Si no regresan al amanecer, la zona .será declarada oficialmente Selva de Obsidiana."

La paz pende de un hilo de humo de copal. Los nahuales no quieren sangre humana común; quieren el reconocimiento total de que ellos son los únicos dueños de la esencia salvaje.

El aire en el Zócalo es tan denso que se puede cortar con un cuchillo de obsidiana. La 

Hermandad del Copal avanza descalza sobre las piedras calientes, cargando el Penacho de Humo: un brasero de plata donde arden resinas sagradas que no se habían quemado en quinientos años.

De la cima de la Catedral, que ahora luce cubierta de musgo y enredaderas negras, desciende una sombra que desafía la gravedad. No es un animal, sino la suma de todos ellos. El Gran Nahual toca el suelo sin hacer ruido. Su rostro cambia cada segundo: es un guerrero jaguar, un coyote tuerto y un anciano con ojos de galaxia.

El Desprecio del Gran Nahual: Antes de que la Hermandad pueda hablar, la criatura ruge, y el sonido derriba las pocas ventanas que quedaban en pie. "Vienen a pedir paz", resuena en las mentes de todos, "mientras sus jóvenes jugaban a vestir nuestra piel como si fuera una broma de carnaval. ¿Dónde estaba su respeto cuando los 'therian' nos caricaturizaban en sus pantallas?".

El líder de la Hermandad se arrodilla y entrega un espejo de obsidiana roto, una ofrenda de la Hermandad. Es un símbolo de que la humanidad acepta que su imagen está quebrada y que ya no pretenden ser los dueños de la naturaleza, sino sus sirvientes.

El Gran Nahual acepta la ofrenda, pero el precio es alto. La  ciudad permanecerá en penumbra perpetua. La tecnología fallará cada vez que la luna esté llena. Y lo más aterrador: cada año deberá entregar a los "falsos", a aquellos que sigan intentando imitar a los animales sin el sacrificio del espíritu, para que los nahuales los conviertan en los perros guardianes de las fronteras de la selva urbana.

Mientras el pacto se sella en el Zócalo, en la Torre Latinoamericana, el locutor de Radio Cuarzo apenas puede susurrar:

"El cielo se ha vuelto negro... no es una nube, es un ala gigante. La Hermandad se ha arrodillado. He visto al último grupo de therians ser arrastrado hacia los túneles... ya no gritan, solo emiten un jadeo que suena a plástico quemado. Si alguien escucha esto... rompan sus máscaras, quemen sus disfraces. Ellos no quieren imitadores, quieren... ¡Oh, dioses, está en la ventana! No es un pájaro... ¡es él! ¡EL NAHUA—!"

Un estruendo de estática y un rugido gutural que vibra en las entrañas de la radio cortan la señal. La era de la ciudad  ha terminado; ha comenzado la Era de la Piel y el Hueso.

Bajo el nuevo régimen de la Selva de Obsidiana, la vida cotidiana de los humanos ha vuelto a una simplicidad aterradora. Ya no hay redes sociales, solo señales de humo y susurros. El trabajo no se mide en horas, sino en ofrendas. Los anos caminan con la cabeza baja, no por sumisión, sino por respeto a las sombras que patrullan los tejados. La moda ha muerto; ahora solo se viste manta cruda y colores de tierra, pues cualquier destello de artificio o imitación animal es castigado con la transformación forzosa en bestia de carga.

La tragedia de los therians frente a la ferocidad de los nahuales nos deja una lección profunda sobre la naturaleza del ser y el parecer.

El Nahual representa la transustanciación: un proceso sagrado, doloroso y místico donde el ser humano no "juega" a ser animal, sino que entrega su humanidad para encarnar la fuerza primordial de la naturaleza. Es un pacto de sangre, una responsabilidad que exige conocimiento, linaje y un sacrificio real de la identidad individual en favor del cosmos.

El éxodo

Los sobrevivientes huyen de la metrópoli porque los nahuales han convertido la tecnología en una trampa. Cada cámara, cada pantalla, cada señal de radio es ahora un portal para que el ancestro te observe. Se refugian en lo sagrado porque allí, bajo las leyes de la Serpiente Emplumada, el orden es claro: respeto o muerte.

El éxodo comenzó cuando el Wi-Fi dejó de emitir datos y empezó a emitir estática ancestral. Los humanos, aterrados por una ciudad que ya no les pertenecía, se convirtieron en peregrinos del polvo, buscando refugio en los últimos rincones donde la piedra aún recordaba los rezos antiguos.

A las faldas del Cerro de la Estrella, bajo una luna que parecía un ojo de obsidiana, tres figuras se detuvieron. Llevaban los pies ensangrentados por el asfalto roto y el cuello cargado de ojos de venado.

—¿Por qué aquí, Jacinto? —preguntó Elena, una joven que aún conservaba una sudadera con orejas de gato, ahora rota y sucia—. La ciudad tiene edificios de acero... esto es solo una montaña de tierra.

Jacinto, el rastreador de la Hermandad del Copal, no dejó de caminar. Sus ojos escaneaban las sombras, buscando garras entre los mezquites.

—El acero es sordo, Elena —respondió Jacinto con voz de piedra—. Los nahuales dominan la ciudad porque el asfalto es una mentira humana. Ellos buscan los lugares de poder, los puntos donde la Tierra respira. Si queremos sobrevivir, debemos estar donde ellos nos respeten, no donde nos cacen.

De pronto, un siseo frío descendió de la cumbre. No era viento; era el lenguaje de la Tsukán, la Serpiente Emplumada que reclamaba los niveles freáticos.

"Buscan lo sagrado", retumbó una voz en sus cráneos, "porque su mundo de cristal se ha quebrado. Vienen a pedir la sombra que antes despreciaron".

Un nahual-ocelote, con las manchas de su piel brillando como brasas, saltó desde una roca, bloqueándoles el paso. Sus diálogos eran puñales:

"¿Qué les mueve, humanos?" —rugió el nahual—. "¿Es fe o es miedo? Ayer ignoraban al jaguar; hoy vienen a besar sus huellas".

—Nos mueve la verdad —respondió Jacinto, arrodillándose—. La ciudad se volvió inhóspita porque intentamos vivir sin alma. Abandonamos los edificios porque allí somos presas; aquí, en lo sagrado, al menos somos ofrendas.

El nahual miró a Elena y a su sudadera de imitación. Soltó un bufido de asco:

"Tú, niña... abandonaste la ciudad porque tus 'likes' no te protegieron del colmillo. Buscas lo sagrado porque es el único lugar donde la mentira no sobrevive. Entra... pero deja tu máscara en la entrada. Aquí la piel es un contrato, no un disfraz".

Los tres cruzaron el umbral de sombra. Atrás, las luces de la ciudad parpadeaban por última vez, devoradas por la selva que reclamaba su trono. El humano ya no buscaba el confort, buscaba la misericordia de la tierra.

Hay zonas que han sido "devueltas" a la tierra. Si cruzas sus fronteras, ni el amuleto de obsidiana podrá salvarte.

El Cerro de la Estrella (Iztapalapa) se ha convertido en el trono de los nahuales más antiguos. No se permite luz eléctrica ni tecnología en un radio de 3 kilómetros. Es el lugar donde se decide qué barrios serán "cosechados" cada luna.

La Primera Sección de Chapultepec donde los ahuehuetes ahora sangran resina roja. Es el criadero. Cualquier humano que entre aquí es capturado por las "sombras" y utilizado para enseñar a los nuevos nahuales a distinguir entre un ser de verdad y una imitación barata como los antiguos therians.

Los canales de Xochimilco  ya no son para turistas. El agua es ahora un espejo para los nahuales acuáticos (axolotes gigantes y serpientes con rostros humanos). Entrar en una trajinera es una ofrenda voluntaria.

Pero si hay un lugar que ha sido “devuelto” a sus orígenes. Ese es la la profunda selva del Yucatán, desde Tsukan, la serpiente guardiana de los cenotes, juzga a quienes osan imitar lo sagrado. Si cruzas sus fronteras, ni el amuleto de obsidiana podrá salvarte.

El Juicio del Agua

El grupo de therians caminaba por la selva de Yucatán, cerca de un cenote oculto. Llevaban colas de peluche de ocelote y máscaras pintadas a mano. Para ellos, era un retiro espiritual; para la selva, era una profanación.

—Siento que mi espíritu de ocelote ruge con el viento —dijo Marco, ajustándose su máscara—. Aquí, lejos de la , ciudad por fin soy libre.

—Ten cuidado —susurró una voz que parecía venir de las raíces de un zapote—. Este suelo no acepta disfraces.

De las sombras emergió un hombre de hombros anchos y piel curtida. Sus ojos no parpadeaban. Era un nahual real, cuya forma espiritual era la del jaguar, el señor de la noche.

—¿Quién eres? —preguntó Marco, retrocediendo—. Solo somos personas que se identifican con la naturaleza.

—Ustedes son ecos vacíos —respondió el nahual—. Yo entregué mi voz humana para entender el lenguaje de las fieras. Ustedes solo usan su piel como si fuera una vestidura de fiesta.

En ese momento, la tierra tembló. El agua del cenote empezó a arremolinarse y de las profundidades emergió una figura colosal: una serpiente inmensa con plumas que brillaban como esmeraldas y ojos que contenían el peso de los siglos. Era la Tsukán, la Serpiente Emplumada guardiana de las aguas subterráneas.

Ls voz de Tsukán era el sonido de la lluvia golpeando las hojas."¿Quiénes son estos que visten la mancha del ocelote pero huelen a jabón y miedo?"

El Nahual replicó  "Son imitadores, Gran Guardiana. Juegan a ser lo que no respetan."

Marco, el Therian, se defendió, exclamando,  "¡No! ¡Nosotros amamos a los animales! ¡Somos therians!"

Tsukán! pronunció solemnemente, "Amar la forma no es ser la esencia. El ocelote es sombra y garra, no tela y pintura. Han perturbado el descanso del agua con su vanidad."

La Tsukán abrió sus fauces y un viento helado barrió el lugar. Los therians sintieron que sus máscaras se apretaban contra sus rostros hasta fusionarse. No era una transformación de poder, sino una de castigo.

"Puesto que tanto desean ser lo que no son", sentenció la Serpiente, "serán los ocelotes mudos de este cenote. Sin garras para cazar, solo sombras para observar".

El nahual observó cómo los jóvenes desaparecían en la maleza, convertidos en fieras de ojos tristes que ya no podían volver a ser humanos. Se arrodilló ante la Tsukán, reconociendo que en Yucatán, los ancestros no aceptan parodias.

Tras el Juicio del Agua en los colectores de la ciudad, los supervivientes comprendieron que el asfalto era un cementerio de ecos. Ya no buscaban esconderse, buscaban pertenecer o ser juzgados por la fuente original del poder.

La ciudad se está convirtiendo en un laberinto de rituales y supervivencia. El orgullo del nahual ha ganado: la civilización es ahora solo el decorado de su reino salvaje.

La tensión ha llegado a un punto de colapso. Mientras la Hermandad del Copal prepara una ofrenda de sangre y cacao en el Templo Mayor para negociar la paz, en las periferias se libra la batalla más patética y sangrienta de esta era.

El Rumbo a la Ciudad Tres Veces Edificada

Kael, con la piel aún erizada por el frío místico del primer juicio, ajustaba su mochila de lona. A su lado, Mía observaba cómo la vegetación devoraba las señales de tránsito de la carretera hacia el sur.

—¿Por qué Uxmal, Jacinto? —preguntó Mía, su voz apenas un susurro frente al rugido de la selva que avanzaba—. Dicen que allí las piedras tienen ojos y que la Tsukán no perdona el rastro del plástico. Jacinto, el rastreador de la Hermandad del Copal, se detuvo y señaló hacia el horizonte, donde la silueta de la Pirámide del Adivino cortaba el cielo como un colmillo de caliza.

"Porque la ciudad es un laberinto de espejos rotos", respondió Jacinto, su voz cargada de la gravedad de los siglos. "Aquí, en la metrópoli, el nahual nos caza por odio a lo que somos. En Uxmal, nos juzgarán por lo que podemos llegar a ser".

—Pero los therians... —interrumpió Kael, tocando la cicatriz donde antes estaba su máscara—. Ellos creen que allí encontrarán su "reino animal".

Jacinto soltó una risa seca, amarga:

"Los infelices creen que Uxmal es un escenario. No entienden que esa ciudad no fue hecha para hombres, sino para la armonía entre el astro y la fiera. Van hacia allá porque su instinto de presa los empuja al altar del depredador. Buscan lo sagrado porque el vacío de la ciudad los está volviendo locos".

—¿Y nosotros? —preguntó Mía, mirando sus manos desnudas.

"Nosotros vamos a pedir que el agua nos limpie el nombre", sentenció Jacinto. "En la ciudad, el agua es desecho; en Uxmal, el agua es la sangre de Chaac. Si vamos a morir, que sea bajo la mirada de la Serpiente Emplumada, no en un callejón oliendo a gasolina. Vamos a Uxmal porque es el único lugar donde la verdad no necesita disfraz".

Los jóvenes deciden ir a Uxmal porque la ciudad se ha vuelto inhóspita para el alma. Mientras los therians van cegados por una fantasía de identidad que la selva terminará de triturar, la Hermandad va por redención. Buscan Uxmal porque es el centro del orden cósmico: si logran sobrevivir al juicio en la "Ciudad Invisible", la humanidad tendrá una oportunidad de coexistir con los nahuales.

Llegar a Uxmal no fue un viaje, fue un despojo. A medida que se internaban en la selva yucateca, los relojes se detenían y el GPS solo mostraba estática. La "Ciudad Invisible" los reclamaba.

El Umbral: El Sacrificio del Cristal

A la entrada del recinto, frente a la imponente Pirámide del Adivino, el aire vibraba con un zumbido de insectos que sonaba como un coro de advertencia. Jacinto se detuvo en seco.

—Hasta aquí llega el ruido del hombre —dijo Jacinto, extendiendo una manta en el suelo—. Saquen todo lo que brille con luz falsa. Los celulares, las linternas, los rastreadores. Todo.

Mía dudó, apretando su teléfono contra el pecho. Era su último vínculo con el mundo que conocía.

—Jacinto, si nos quedamos a oscuras...

"No estás a oscuras, Mía", interrumpió una voz profunda que bajó de las piedras. Un Nahual-Jaguar, agazapado en el primer nivel de la pirámide, saltó con una gracia aterradora. Sus manchas parecían constelaciones vivas. "Estás ciega porque confías en un pedazo de vidrio. Aquí, la luz la da el espíritu o no la da nada".

Kael arrojó su dispositivo al montón.

—Tómalo. Ya no sirve de nada donde el mapa lo dibujan las sombras.

Jacinto prendió fuego a la pequeña pila de tecnología. El olor a plástico quemado ofendió el aroma a tierra mojada. El Nahual asintió, su rostro humano-felino contraído en un gesto de respeto amargo.

"Pasen. Pero sepan que la piedra recuerda lo que el silicio olvida".

La Primera Noche: Bajo la Mirada del Adivino

Se instalaron en el Cuadrante de las Monjas. Las celdas de piedra, frías y oscuras, se sentían como úteros de caliza. Afuera, los therians que los seguían intentaban imitar aullidos de lobo, pero la selva les respondía con un silencio absoluto que los hacía parecer ridículos.

—¿Escuchas eso? —susurró Mía a Kael—. El silencio de los nahuales es más fuerte que nuestros gritos.

—Es porque ellos no gritan para ser vistos —respondió Kael, tocando las paredes labradas—. Ellos son el lugar. Nosotros somos solo... turistas del apocalipsis.

De pronto, un siseo recorrió los pasillos. El agua de los chultunes (cisternas) empezó a borbotear.

El Encuentro en el Chultún: Guardianes del Agua

Al acercarse a la gran cisterna para beber, se encontraron con los Nahuales-Guardianes. No eran guerreros, eran ancianos cuya piel parecía corteza de árbol.

"Vienen a beber de la sangre de Chaac", dijo el Guardián, bloqueando el acceso con una vara de jade. "¿Traen el corazón limpio o vienen a ensuciar el agua con sus fantasías de peluche?".

Un joven therian se adelantó, luciendo una cola de zorro sintética.

—¡Yo soy uno con la naturaleza! ¡El agua me pertenece!

El Guardián ni siquiera lo miró. Simplemente golpeó la piedra.

"El agua pertenece a quien la respeta, no a quien la usa para su disfraz. Los nahuales somos los ojos del agua; ustedes son solo el polvo que el viento arrastra".

Jacinto se arrodilló, ofreciendo un puñado de cacao puro.

—Venimos a pedir permiso. Venimos a ser juzgados.

El Guardián se hizo a un lado.

"Beban, entonces. Pero cada trago es un contrato. Si mienten en su alma, el agua se volverá piedra en sus estómagos".

Esa noche, bajo la sombra de la pirámide, los humanos comprendieron que en Uxmal no había refugio, sino sentencia. La "Rebelión de los Ancestros" no era una guerra de armas, sino de identidades: o eras verdad, o eras nada.

El amanecer en Uxmal no trajo luz, sino una penumbra de color jade. El vapor subía de las piedras calientes, creando un laberinto de neblina donde las estatuas de Chaac parecían abrir sus bocas de piedra para beberse el miedo de los presentes.

El colapso de la Falsa Manada

En el patio del Cuadrante de las Monjas, el grupo de therians estaba desmoronándose. El frío de la selva y el silencio de los nahuales habían calado más hondo que cualquier disfraz.

—¡No puedo más! —gritó un chico, arrancándose su máscara de lobo sintética, que ahora olía a humedad y desesperación.

—. ¡Esto no es lo que vi en los videos! ¡Aquí no hay "conexión espiritual", solo hay ojos mirándome desde los árboles!

—¡Cállate, Leo! —le espetó la líder, ajustándose una cola de zorro que colgaba lacia y sucia—. ¡Somos animales! ¡Tenemos que resistir!

Un Nahual-Ocelote surgió de un arco maya, moviéndose con una lentitud insultante.

"Gritas como humano, pero vistes como farsa", siseó el nahual. "El animal no 'resiste' a la selva, la selva es su pulmón. Ustedes son parásitos del símbolo".

El suelo del cuadrante vibró con un sonido de placas tectónicas moviéndose. Del chultún central, el agua no desbordó, sino que se elevó como una columna líquida. De ella emergió la Tsukán, la Serpiente Emplumada. Sus plumas de quetzal goteaban un agua que, al tocar el suelo, se convertía en vapor sagrado."¿Quiénes son estos que profanan la Ciudad Invisible con su vanidad de trapo?", bramó la Tsukán, y su voz hizo que los therians cayeran de rodillas, tapándose los oídos.

Jacinto se adelantó, su rostro sereno, sosteniendo solo su ojo de venado.

"Gran Guardiana", dijo Jacinto con firmeza. "Venimos a entregar lo que no nos pertenece. Venimos a devolverle a la tierra la mentira que construimos".

El Diálogo Final: Jacinto y el Gran Nahual

El Gran Nahual de Uxmal, una figura que parecía tallada en la misma piedra que la Pirámide del Adivino, descendió de la cúspide. Se detuvo frente a Jacinto.

"Traes a los impuros a mi altar, rastreador. –Pregunto con desconfianza el Gran Nahual—¿Por qué debería dejarlos vivir?"

 —Porque no son malvados, —Respondió Jacinto—solo están perdidos en el espejo de su propia imagen. Buscan en la piel lo que solo se encuentra en el alma."La piel es el contrato, Jacinto. —Le reveló el Gran Nahual con aquiescencia—Nosotros pagamos con nuestra forma humana el derecho a la garra. Ellos quieren la garra sin perder el confort. Eso es un robo al cosmos".

 —Entonces, que el Juicio del Agua decida.--- Acató Jacinto, dando por terminado el diálogo— Si su corazón es de plástico, que el agua los ahogue. Si su corazón es de hombre, que la selva los perdone.

La Tsukán rodeó a los therians con su cuerpo colosal. El agua del chultún los envolvió en una esfera líquida. Adentro, las máscaras, las colas y las garras de plástico se deshicieron, convirtiéndose en un lodo negro que la tierra absorbió. Los jóvenes quedaron desnudos, tiritando, despojados de toda pretensión.

"Vivan", sentenció el Gran Nahual, "pero vivan como humanos pequeños, bajo la sombra de lo que nunca podrán ser. La ciudad de los hombres ha muerto; la Selva de los Ancestros acaba de nacer".

Los nahuales volvieron a fundirse con las sombras de los relieves. Jacinto, Mía y Kael observaron cómo el sol de Chaac finalmente iluminaba las ruinas. Uxmal ya no era una zona arqueológica; era el trono del nuevo mundo.

El aire en Uxmal pesaba como el plomo. El cielo, de un violeta eléctrico, presagiaba la llegada de Chaac. Un grupo de siete therians, liderados por una joven que se hacía llamar Loba-de-Luna, se había atrincherado en la base de la Pirámide del Adivino. Llevaban máscaras de látex de cánidos europeos, colas de piel sintética y guantes con garras de fibra de carbono.

Frente a ellos, emergiendo de las sombras de los relieves de serpientes entrelazadas, aparecieron los Nahuales del Mayab. No eran disfraces; eran hombres cuyas costillas se marcaban bajo una piel que parecía cuero viejo, y cuyos ojos reflejaban la noche de los tiempos.

"Han cruzado el umbral de la 'Ciudad Invisible'", siseó el Nahual-Jaguar, su voz resonando en el patio de las Monjas como el crujido de una ceiba al caer—. "Traen el rastro de la ciudad podrida a este lugar donde el tiempo no corre".

—¡Este lugar es de todos! —gritó Loba-de-Luna, erizando el pelaje sintético de su cuello—. ¡Sentimos la llamada de la selva! ¡Nuestra esencia es tan salvaje como la de ustedes!

El Nahual-Ocelote, apostado sobre un dintel labrado, soltó una carcajada seca:

"Llamas 'esencia' a lo que compraste en un mercado de cristal y luz. Tu 'lobo' es una sombra de papel. Aquí, el agua no miente".

De pronto, el suelo del cuadrante vibró. El agua acumulada en el gran chultún central empezó a hervir sin calor. De la profundidad emergió la Tsukán, la Serpiente Emplumada Guardiana, cuyas escamas de jade raspaban los grabados de los edificios. Su cabeza, del tamaño de un trono, se cernió sobre los therians.

La voz de Tsukán era el sonido de mil cascadas "¿Quiénes son estos que visten la mentira en la casa de la Verdad?"

 —¡Somos guerreros de espíritu animal!---Reveló la Loba de la Luna— ¡Buscamos la unión con la tierra!

—"La tierra no se une a quien no sangra por ella. —Sentenció Tsukán—Mírense en el agua".

La Serpiente golpeó el suelo con su cola, y el agua del chultún se elevó como un muro líquido frente a los jóvenes. En el reflejo, los therians no vieron lobos, ni linces, ni ocelotes. Vieron a humanos pálidos, asustados, con rostros borrosos bajo plásticos que empezaban a derretirse por la pura presencia de la Guardiana.

"Su castigo no es la muerte, intrusos. —Explicó el Nahual- Jaguar— Es la 'Desnudez'. Si tanto aman al animal, que el animal los reclame".

A una señal de la Tsukán, los ocelotes reales de la selva —los de carne, hueso y hambre— salieron de los pasadizos de las ruinas. Los therians gritaron, pero sus voces se ahogaron cuando sus máscaras se convirtieron en piedra pesada, hundiéndolos en el suelo.

"Váyanse", sentenció la Tsukán, "y cuenten que en Uxmal, el animal no es un disfraz, es un destino que se gana con el alma, no con el deseo".

Jacinto se detiene en el umbral del Cuadrante de las Monjas. El Gran Nahual, ahora en una forma que mezcla al anciano con la sombra del jaguar, pone una mano pesada sobre su hombro.


"Has cumplido, rastreador.---Sentenció el Gran Nahual— Trajiste el error ante el espejo y el espejo lo rompió. Ahora, tu rastro en el asfalto se ha borrado".


—¿Y mi gente? ¿Qué será de nosotros en este mundo de garras?---Preguntó Jacinto


El Gran Nahual respondió"Ustedes serán los traductores del viento. El nahual protege la esencia, el hombre protege la memoria. Vivan en la falda del cerro, pero no vuelvan a vestir lo que no son".


Jacinto asiente. Mira a Mía y a Kael, quienes ahora llevan el ojo de venado no como un amuleto de miedo, sino como una insignia de honor. Los nahuales se retiran, fundiéndose con los relieves de piedra hasta que no queda rastro de ellos, más que el brillo de unos ojos amarillos que los vigilarán para siempre desde las sombras.


Para los que jugaron a ser animales, el destino es una humildad perpetua. Despojados de sus disfraces de plástico, los antiguos therians ya no tienen voz en el mundo de los hombres ni lugar en el mundo de las fieras.


Se han convertido en los Guardianes de los Chultunes. Pasan sus días limpiando el limo de las cisternas sagradas y barriendo las plazas de Uxmal con ramas de sabino.

Caminan siempre descalzos y en silencio como si fuera una condena. Se les prohíbe hablar; su castigo es escuchar el rugido real de la selva y sentir la vergüenza de su antigua parodia. Han pasado de ser "lobos de internet" a ser los humildes siervos de la piedra, los encargados de mantener el orden para la divinidad y lo sagrado y que los ancestros no tengan que volver a rugir.


Los therians huyeron hacia la selva, dejando atrás sus colas y garras de plástico esparcidas como basura sobre el suelo sagrado. Los nahuales volvieron a sus nichos de piedra, fundiéndose con los relieves de la pirámide, mientras la lluvia de Chaac comenzaba a lavar el rastro de la hipocresía.

Tras el estrépito del juicio, un silencio mineral se desplomó sobre Uxmal. La lluvia de Chaac no fue un aguacero común; fue una marea de agua purificadora que lavó el rastro de sudor, plástico y miedo de los intrusos.

Las ruinas, lejos de parecer abandonadas, recobraron un brillo orgánico. Los relieves de las serpientes en el Cuadrante de las Monjas parecen ahora palpitar, como si la piedra hubiera bebido la energía de la disputa. Los restos de las máscaras de látex y las garras de fibra de carbono no se quedaron allí: la selva, con una eficiencia voraz, los cubrió de musgo y hongo en cuestión de minutos, digiriendo la vanidad humana hasta convertirla en abono para las ceibas.

En la cúspide de la Pirámide del Adivino, el Nahual-Jaguar permanece inmóvil, fundido con la sombra de un dintel, vigilando que el horizonte de la ciudad no vuelva a escupir imitadores. Uxmal ya no es un sitio arqueológico; es un organismo vivo que respira al ritmo de los latidos de la tierra.

Finalmente, la Tsukán se desliza pesadamente hacia la boca del chultún principal. En sus fauces lleva la última evidencia de la batalla: el nombre de aquellos que intentaron jugar a ser bestias. Se sumerge en las aguas negras y cristalinas que conectan con la red infinita de los ríos subterráneos del Mayab.

A cientos de metros bajo la tierra, en una cámara de estalactitas que parecen colmillos de cristal, el agua se detiene. Allí, en el Cenote del Olvido, la Serpiente Emplumada deposita el relato de la rebelión. Las aguas se cierran con un chasquido de escamas.

No habrá libros que cuenten esta guerra.

No habrá fotos en la red que sobrevivan al pulso electromagnético de los ancestros.

Solo quedará el murmullo del viento entre las piedras de Uxmal.

El secreto ha sido tragado por el inframundo. La dualidad entre el hombre y el animal ha vuelto a su equilibrio sagrado: uno en la casa de cal, el otro en la casa de sombra.

En su huida dieron con las ruinas de una gran pirámide abandonada, se unieron a los últimos remanentes de la comunidad therian, que pululaban por los alrededores y decidieron hacer su "última parada". Armados con una convicción delirante, creyeron que si luchaban con suficiente ferocidad "animal", los nahuales los aceptarían como iguales.

Para los nahuales, esto no fue una guerra, fue una limpieza. Con un desprecio absoluto, ni siquiera usaron su fuerza total. Utilizaron su magia para hacer que los disfraces de los therians cobraran vida propia, apretándose contra sus cuerpos hasta asfixiarlos. El líder nahual, transformado en un oso de proporciones imposibles, trituró las máscaras de plástico mientras los jóvenes gritaban, no como lobos, sino como niños asustados que finalmente entendieron la diferencia entre un arquetipo y un ancestro

La Carga Suicida, los therians, usando garras de acero pegadas a sus guantes y máscaras reforzadas, se lanzaron contra una manada de nahuales que vigilaba la gran explanada que rodeaba el monumento. No hubo honor en la lucha.

Cuando lo sagrado (el Nahual) se encuentra con lo estético (el Therian), el choque es inevitable. La metáfora nos advierte que la naturaleza no es un disfraz que podamos ponernos para sentirnos especiales. Identificarse con un animal no es un acto de voluntad personal, sino un llamado del instinto que exige un precio.

Al final, el nahual nos enseña que para ser "lo otro", primero hay que estar dispuesto a dejar de ser "uno mismo". La verdadera conexión con el mundo animal no se encuentra en una máscara de plástico, sino en el silencio absoluto de la selva, donde no hay nombres, solo el latido del depredador y la vigilia de la presa.

Para protegerse del acecho de un nahual o para evitar ser confundido con un imitador en la "Selva de Obsidiana", no basta con cualquier accesorio. El amuleto real debe tener una conexión directa con la tierra y lo sagrado.

En una loca carrera, guiados por el instinto de conservación, los sobrevivientes llegaron a la entrada al santuario del Cerro de la Estrella no es un paso libre; es un juicio de fuego y espíritu. Para los que huyen de la ciudad, el precio de la entrada es dejar de ser quienes fueron en el asfalto.

En una cueva iluminada solo por el resplandor de brasas de encino, los recién llegados son rodeados por los ancianos de la Hermandad del Copal.

"Traen el olor del plástico y la mentira", sentencia el Gran Sahumador, agitando un manojo de pirul y ruda—. "Creen que ser animal es un juego de espejos. Aquí, el espejo se rompe".

Elena es obligada a arrojar su sudadera con orejas de gato al fuego. Al contacto con las llamas, el poliéster suelta un humo negro y un chillido casi humano, como si la parodia estuviera viva.

Son envueltos en una nube densa de copal blanco. El humo busca los poros donde el "rastro therian" —esa necesidad de atención y disfraz— se ha pegado. Sienten que la piel les escuece, como si les arrancaran una costra invisible.

Se les marca la frente con una mezcla de cacao amargo y una gota de su propia sangre. Esto los "ancla" a su humanidad. "Eres hombre, eres mujer", les susurran, "y solo en tu humanidad puedes ser respetado por el Nahual. No pretendas ser lo que no sangras".

En el centro del Cerro de la Estrella, frente a las fauces abiertas de la Tsukán, los supervivientes forman una fila silenciosa. Cada uno lleva en las manos el objeto que antes definía su "identidad", una máscara de lobo de resina, unas orejas de ocelote de peluche, unos guantes con garras de plástico.

"No se puede entrar a lo sagrado cargando una mentira", brama el Nahual-Jaguar, cuya piel real vibra con el calor de las brasas. "El ocelote no se compra, se nace. El lobo no se imita, se padece. ¡Al fuego!".

Uno a uno, los jóvenes arrojan sus accesorios al gran brasero de piedra. El plástico se retuerce, el poliéster chilla y un humo negro, con olor a petróleo y químicos, se eleva hacia las estrellas. Es el alma de la modernidad consumista ardiendo ante los dioses antiguos.

A medida que las máscaras se consumen, los rostros de los humanos aparecen pálidos, bañados en lágrimas de alivio. Al perder la "piel falsa", recuperan la dignidad de su propia debilidad. Ya no son "manadas" de internet; son hombres y mujeres de carne y hueso, vulnerables pero reales

La Tsukán desciende por una cavidad, envolviendo la pira con su cuerpo emplumado. Con un siseo que apaga el fuego, sentencia: "Han quemado el disfraz. Ahora, que el miedo los haga sabios. La farsa ha muerto para que ustedes puedan, por fin, vivir"

La ceremonia culmina cuando la última máscara de ocelote se convierte en ceniza. El nahual observa a los humanos acurrucados en la cueva, protegidos por la plata y el copal. Ya no hay luces de neón en el horizonte, solo la oscuridad infinita de una tierra que ha recuperado su nombre.

El orgullo del nahual ha sido satisfecho: la parodia ha terminado y el respeto ha vuelto al mundo. El hombre ha dejado de jugar a ser dios o animal, para aceptar su destino como hijo de la tierra.

¡Que así sea!. Con un movimiento lento, la Tsukán agita las aguas del cenote sagrado, abriendo un remolino de color turquesa y sombras profundas. El manuscrito de "Nahual: La rebelión de los ancestros", cargado con el humo del copal y el eco de las máscaras trituradas, se desliza hacia el fondo, donde la luz del sol no puede alcanzarlo.

Las burbujas suben a la superficie por un instante, llevando consigo el rastro del plástico y la vanidad, hasta que el agua vuelve a quedar como un espejo de cristal imperturbable. El secreto queda resguardado por las raíces de los antiguos zapotes y el aliento frío de la serpiente emplumada.

"Lo que es de la tierra, a la tierra vuelve; lo que es verdad, en el silencio se mantiene."

Las Fronteras de Ceniza y Plata

Mientras tanto, en el perímetro del lugar sagrado, los guerreros de la Hermandad establecen la defensa. No es una guerra contra los nahuales, sino una delimitación de respeto.

Clavan estacas de madera de sabino en un círculo perfecto. En la base de cada estaca, esparcen ceniza de los sacrificios antiguos mezclada con limadura de plata.

Para un nahual, esta línea brilla en el plano astral como un muro de luz blanca. No es que no puedan cruzarlo, es que el Nahual de Ley respeta el pacto: "Tú en lo sagrado, yo en lo salvaje".

La Trampa para los Corruptos: Solo los nahuales "oscuros" (aquellos que han perdido el honor y solo buscan carne) intentan cruzar. Para ellos, la plata actúa como una quemadura eléctrica que les deshace la transformación, obligándolos a huir en su forma humana, vulnerables y desnudos.


El Nuevo Orden


Afuera, la metrópoli es un cementerio de neón. Adentro, en el territorio de la Serpiente Emplumada, el aire es limpio pero pesado. Los humanos duermen en el suelo, protegidos por el sonido de las alas de la Tsukán que sobrevuela la cumbre. Han comprendido que el único refugio contra la rebelión de los ancestros es la humildad absoluta.


Manual de Supervivencia: de los Nahuales


La Regla del Reflejo (Defensa Visual):

Nunca mires a los ojos a un animal callejero, especialmente si tiene una mirada "demasiado humana".


Protocolo:

Lleva siempre un pequeño espejo de mano. Si sientes que te acechan, muestra el espejo hacia afuera. Un nahual detesta ver su propia dualidad reflejada en un objeto fabricado por el hombre; eso le recordará su pérdida de humanidad y lo hará retroceder por pura vergüenza ontológica.


El Código de la Vestimenta (Protección Corporal):

El orgullo del nahual se ofende con la imitación.

Prohibido: Nada de peluches, orejas de gato, prints de leopardo o máscaras. Eso te marca como un "objetivo de purificación" (un therian a ojos del nahual).

Obligatorio: Ropa de fibras naturales (algodón, lino) y, en noches de luna llena, una prenda puesta al revés. Esto confunde el rastro espiritual que dejas en el plano astral, haciéndote "invisible" a sus sentidos mágicos.


El Umbral Sagrado (Seguridad en el Hogar)

Tu casa es tu teocalli (templo). No dejes que la esencia salvaje entre.

Barrera de Sal y Ceniza: Traza una línea fina en cada ventana y puerta. La sal representa la pureza y la ceniza el final de la vida; juntas forman un muro que ningún ser transformado puede cruzar sin sentir que su piel se desprende.


El Silencio Tecnológico:

Cuando escuches un rugido que hace vibrar las tuberías, apaga todo. La electricidad atrae a los nahuales eléctricos (aquellos que viajan por los cables). Quédate a oscuras y enciende una vela de sebo natural.


Geografía del Miedo (Zonas Prohibidas):

Línea 7 del Metro: Evítala después de las 11:00 PM. Es el territorio de "El Disfrazado" y los que quedaron atrapados en la amalgama de plástico.

Parques con Ahuehuetes: Si los árboles empiezan a susurrar tu nombre, no corras. Camina hacia atrás sin dar la espalda, tocando tu amuleto de ojo de venado.


El Saludo del Superviviente

Si te encuentras con un nahual en su forma humana (suelen ser personas de mirada fija, manos grandes y olor a tierra mojada):

No pidas perdón. No muestres miedo.

Di con voz firme: "Respeto la piel que vistes y el suelo que pisas". Esta frase reconoce su jerarquía y te identifica como un humano consciente, no como una presa ignorante.


En este nuevo mundo, la tecnología es el recuerdo de una era débil. La verdadera supervivencia depende de cuánta humanidad real conserves en tu corazón sin necesidad de filtros ni disfraces,


Y al otro lado de la inmensidad del océano...


La ciudad de La Laguna ya no es la "Ciudad de los Adelantados", sino un laberinto de piedra negra y silencio. Los últimos therians de las islas se han refugiado en los barrancos profundos de Anaga, huyendo de algo que no es un disfraz, sino una maldición de fuego.


En un claro cerca de la Cruz del Carmen, bajo la bruma eterna del laurisilva, un grupo de jóvenes intentaba "reconectar" con sus animales de poder usando máscaras de perro lanudo hechas con piel sintética.


—Aquí estamos a salvo —susurró Idaira, cuya máscara de lobo se veía ridícula frente a los helechos milenarios—. Los nahuales del continente no pueden cruzar el océano. Aquí el espíritu es libre.


—El espíritu nunca es libre cuando es una mentira, niña —una voz ronca surgió de entre los troncos retorcidos.


No era un nahual mexicano. Era un hombre alto, de piel curtida y ojos que brillaban con un rojo sulfuroso. A su lado, tres sombras inmensas se materializaron: eran Tibicenas, los demonios con forma de perros gigantes y oscuros que, según la mitología guanche, son hijos de Guayota, el diablo del volcán.


—¡Nosotros somos parte de la manada! ¡Sentimos la fuerza de los tibicenas en nuestra sangre!--- Pronuncia con solemnidad Idaira.


El Guardián del Teide ríe con un sonido de lava enfriándose"¿Llamas sangre al poliéster? Los tibicenas no son 'compañeros espirituales'. Son el hambre de la tierra que no ha sido alimentada. Son el castigo de Guayota para los que juegan con la oscuridad sin conocer su peso".


—¡Solo queremos ser libres como ellos! — Exclamó Idaira.


"Ellos no son libres; son prisioneros de la noche eterna bajo el Echeyde. Y ustedes, que tanto anhelan ser perros, conocerán la diferencia entre un juego y un sacrificio"---Expresó el Guardián.


De pronto, el suelo tembló. El Teide lanzó un rugido que no fue de piedra, sino de furia antigua. Las sombras de los tibicenas se lanzaron sobre los therians. No hubo lucha, solo el desgarro de las máscaras de plástico que se fundían bajo la mirada incandescente de los perros de fuego.


En Canarias, la rebelión de los ancestros no busca el respeto, busca el retorno al orden. Los humanos que intentaron parodiar a las bestias terminaron convertidos en maxios (espíritus que vagan por el aire), condenados a observar desde las nubes cómo los tibicenas recuperaban los barrancos.


En la cima del Teide, donde el aire quema y huele a azufre, los maestros de la Hermandad se arrodillaron frente al cráter. No traían tecnología, solo sacos de cacao amargo y maíz azul.


"Guayota no come silicio, come esencia", gritó Jacinto, el sahumador, mientras lanzaba puñados de sal gorda al pozo de fuego.


El ritual consistió en "alimentar" al demonio del volcán para que retire a sus perros, los Tibicenas, de las calles de Santa Cruz y Las Palmas. Para ello, los supervivientes debieron realizar el Sacrificio de la Máscara Canaria: lanzaron sus visores de realidad virtual y sus trajes sintéticos al río de lava, purificando la isla del "rastro moderno". Al contacto con el fuego, el volcán emitió un rugido que hizo vibrar hasta el fondo del mar, aceptando la renuncia humana a la ficción.


Aquellos therians que no fueron devorados sufrieron una metamorfosis distinta. No son nahuales, pero tampoco son humanos. En los barrancos de Anaga y Guayadeque, ahora viven los Guías de la Bruma:


Seres de extremidades largas, con piel grisácea como la ceniza volcánica y ojos que brillan con la luz de la laurisilva.


No hablan con palabras, sino con silbos (el Silbo Gomero recuperado por la necesidad de sobrevivir).


Se han convertido en los ojos de Guayota. Si un humano intenta entrar al bosque con una cámara o un disfraz, los Guías silban, alertando a los Tibicenas. Solo permiten el paso a quienes caminan descalzos y con el corazón en silencio.


Cuando el Teide se calmó, una sombra apareció en el horizonte: San Borondón, la octava isla, la que aparece y desaparece.


"Es el lugar donde los nombres no existen", susurró Idaira, ahora convertida en una Guía de la Bruma, mientras señalaba la silueta entre la calima—. "Allí, el Nahual y el Tibicena duermen juntos. Es el refugio de los que ya no necesitan una máscara para saber quiénes son".


Los últimos humanos, guiados por la Hermandad, embarcaron hacia la isla fantasma. Al llegar, las aguas se cerraron. San Borondón desapareció del mapa, llevándose consigo el secreto de la unión entre el Anáhuac y Canarias.


La plaga ha terminado, pero el mundo es distinto. La ciudad es selva, el volcán es ley y la máscara es un tabú que nadie se atreve a mencionar. Los ancestros han ganado su rebelión. El ser humano ha vuelto a su lugar: una pequeña luz de vela en una noche inmensa custodiada por dioses que no perdonan la parodia.


Los perros tibicenas


El sol canario era una burla anaranjada sobre el Atlántico, pero en el alma de Borja no había calor. Llevaba meses buscando la "verdadera identidad", el "animal interior" que prometían los foros. Soñaba con la libertad de un lobo, con la agilidad de un gato montés. Pero lo que encontró, excavando en los barrancos digitales de la historia guanche, fue una advertencia.


El joven se encontraba en una habitación del Parador de Las Cañadas. Cuando escuchó como una voz anónima susurraba en un oscuro foro de ocultismo canario "Las Tibicenas no eran solo perros," Concluyó con la temible sentencia:  "Eran el error en la forma, la sombra que se cuela por donde el tiempo se dobla".

Borja se rio entonces. Él solo buscaba un shift, una conexión con algo más auténtico. Pero su obsesión lo llevó a los textos del viejo Lorenzo, un historiador guanche maldito, cuyas notas garabateadas hablaban de una "geometría del espíritu".     Leyó detenidamente el  manuscrito que tenía entre sus manos; "La primera vez que oí hablar de los perros tibicenas fue en una casa aislada, encajada entre pinares secos y una tierra que parecía sudar salitre antiguo. Decían que no eran simples animales. Que no ladraban: respiraban nombres.

Al principio pensé que era otra de esas historias que nacen cuando el miedo necesita forma. Pero entonces empezaron los aullidos.

No eran como los de un Podenco ibicenco —agudos, casi elegantes—. Aquello era más grave, más cavernoso. Como si algo hubiera aprendido a imitar el sonido del dolor humano.

Los vecinos susurraban que los perros tibicenas no se crían: se manifiestan. Y que aparecen cuando alguien intenta convertirse en lo que no es.

Ahí fue cuando entraron los therian.

Un grupo de jóvenes había empezado a reunirse en el bosque. Hablaban de identidad animal, de espíritu ancestral, de reconectar con una esencia dormida. No hacían daño a nadie. Solo corrían de noche, a cuatro patas, dejando marcas en la tierra húmeda.

Pero el bosque no acepta imitaciones.

La primera desaparición fue silenciosa. Solo encontraron ropa doblada con un cuidado casi ritual. Y huellas. Huellas que no eran del todo humanas… ni del todo caninas.

El segundo desaparecido dejó algo más: marcas de dientes en la corteza de un algarrobo. A la altura de un rostro.

Los perros tibicenas empezaron a dejarse ver al borde del claro. Altos, esqueléticos, con las costillas marcadas como dedos bajo la piel. Ojos amarillos, sin pupila aparente. Y ese silencio… ese silencio que dolía en los oídos.

No atacaban.

Esperaban.

Una noche decidí observar. Me escondí entre los matorrales mientras el último therian del grupo, una chica de mirada febril, cerraba los ojos y susurraba que quería despertar a su verdadero yo.

El aire cambió.

Los perros salieron de la oscuridad como si la noche los pariera. Rodearon a la chica. Ella no gritó. Sonrió.

—Ya estáis aquí —dijo.

Uno de los perros inclinó la cabeza. Y entonces ocurrió lo imposible: su mandíbula se abrió más de lo que permite la anatomía. No para morder.

Para hablar.

La voz no venía de su garganta, sino de todos ellos a la vez, como si compartieran un único órgano invisible.

—No se juega a ser bestia —susurraron—. Se paga.

La chica cayó al suelo convulsionando. Su espalda se arqueó hasta crujir. Sus dedos se retorcieron, pero no se transformaban en patas… no del todo. Era peor: su cuerpo intentaba dividirse entre dos naturalezas incompatibles.

Los perros se acercaron y comenzaron a lamerle el rostro. No con afecto, sino con una paciencia quirúrgica. Cada lamido borraba algo: un recuerdo, una palabra, un rasgo humano.

Cuando terminaron, solo quedó un animal nuevo.

Más alto. Más delgado. Con ojos que parecían reconocerme.

Comprendí entonces la verdad: los perros tibicenas no atacan a los therian. Los corrigen. Arrancan la fantasía y dejan algo crudo, primitivo, irreversible.

Y desde esa noche, cuando escucho a alguien decir que siente un animal dentro, me pregunto si el bosque ya lo ha oído.

Porque los perros tibicenas no cazan carne.

Cazan identidad.

Y siempre encuentran el rastro.

Cuando acabó la lectura, sintió un estremecimiento y  apretó su ojo de venado hasta que sus nudillos blanquearon—. No es el viento en las retamas. Es una exhalación de azufre que viene de las esquinas.

—Son solo imaginaciones, de un anciano que deliraba —Pensó , aunque sus manos temblaban—. Los Tibicenas son perros, seres de carne y pelo espeso. No pueden salir de la oscuridad. Entonces recordó el relato de Lovecraft, "Los perros de Tíndalos"

—¡No son perros! —gritó Borja, señalando un rincón oscuro donde el techo se unía a la pared en un ángulo de noventa grados—. Son como los sabuesos que Frank Belknap Long describió: seres que viajan por los ángulos del tiempo. Guayota los liberó de las cámaras de magma del Echeyde para cazarnos por nuestra osadía de jugar a ser bestias.

De pronto, un humo azulado y denso empezó a brotar de un lugar donde la oscuridad era intensa. No tenía olor a quemado, sino a una antigüedad abismal. De la negrura emergió una pata negra, larga y delgada, terminada en garras que chirriaban sobre la piedra volcánica. No era un perro; era una geometría hambrienta con pelaje de sombras.

—¡Vienen por lo que hay de "impuro" en nosotros!--Exclamo en un momento de lucidez-- ¡Por el rastro que dejamos al fingir ser animales!

(Una vibración que no procedía de garganta alguna, sino de la misma estructura de la realidad). El Tibicena se comunicó mentalmente con el joven,---"Ustedes, que buscaron la curva del animal en el ángulo de su propia mentira... no hay refugio en el tiempo para los falsos"---

—¡Tengan piedad! ¡Solo quería sentirme libre!- Rogó el joven

 —"La libertad es un círculo; la imitación es un rincón. Guayota reclama su tributo".. Concluyó implacable el Tibicena.

La habitación se llenó de un aliento gélido y sulfuroso. Borja intentó huir hacia el centro de la habitación, buscando la seguridad de la claridad diáfana, pero los Tibicenas ya habían marcado su rastro a través de los siglos. El espacio se curvó sobre sí mismo y, con un aullido que sonó a cristal roto, el rincón se tragó al último imitador.

Los nuevos mandamientos

Tras la desaparición de las últimas "manadas" y el sellado de las fronteras entre el hombre y el ancestro, la Hermandad del Copal ha dictado las leyes que rigen la Selva de Obsidiana:

Honrarás la Piel Propia: No vestirás, imitarás ni codiciarás la forma de la bestia. El disfraz es un insulto que el Nahual y el Tibicena huelen a través del tiempo.

Vivirás en la Curva: Evitarás los rincones oscuros en las noches de luna. La geometría es el portal del cazador; la curva es el refugio de lo puro.

Respetarás el Silencio del Cenote: No buscarás respuestas en el agua sagrada ni en la cima del volcán. Lo que se hundió en el olvido debe permanecer allí para que la Tsukán y Guayota sigan durmiendo.

Llevarás la Obsidiana como Ancla: Ningún humano caminará sin el amuleto que refleja su propia sombra. Solo viéndote a ti mismo podrás evitar que el Nahual te vea como presa.

Reconocerás la Jerarquía del Ancestro, en la selva urbana y en el barranco volcánico, el humano es un invitado. El respeto no es cortesía, es el único contrato que garantiza el amanecer.

Mientras que en México el nahual es una transformación de poder, en Canarias el Tibicena es el recordatorio de que la naturaleza tiene una cara demoníaca que no acepta imitaciones. Jugar a ser animal en las islas es despertar a los hijos de Guayota, y ellos no buscan una manada, buscan una ofrenda.

El juicio en Uxmal ha terminado, y con él, la era de las máscaras. La Selva de Obsidiana respira un aire nuevo, limpio de la estática de la ciudad, mientras el sol de Chaac emerge tras la Pirámide del Adivino.

El Nuevo Amanecer en la Selva. La luz no es amarilla, sino un dorado líquido que parece curar las piedras. Las enredaderas que antes estrangulaban los edificios ahora florecen con orquídeas blancas que huelen a miel y trueno. Los ruidos de la tecnología —el zumbido de los motores, el click de las cámaras— han sido reemplazados por el latido rítmico de la tierra. No hay pájaros cantando, hay espíritus gritando su libertad.

REFLEXIÓN FINAL

El fenómeno Therian (en este relato y como metáfora moderna)representa la identidad de consumo: la idea de que podemos "elegir" nuestra esencia como si fuera un accesorio, buscando la libertad del animal pero sin renunciar a las comodidades y la seguridad del humano. Es la búsqueda de una conexión con lo salvaje a través del filtro de la psicología y la estética.

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