"La mamá ya no está"
Nuestra madre falleció recién estrenado este año. En general, descubrimos que, aunque su deterioro cognitivo era total, en contadas ocasiones recuperaba la lucidez, sobre todo cuando formulaba preguntas relacionadas con su estado de salud. Apenas hablaba, dormía mucho y gemía constantemente. A veces descubría su mirada fija en mí, como si me interrogara en silencio, como si fuera consciente de lo que le estaba pasando. Otras veces, gemía con intenso dolor, era la ansiedad, en esos momentos, para calmarla, mi hermana y yo la abrazábamos y la besábamos con mucha intensidad, y, ella, que era muy receptiva, respondía dándonos muchos besos y muy seguidos, con desesperación, como si le fuera la vida en ello, en esa situación tenía la certeza de que mi madre se estaba despidiendo, y entonces, dominada por unos deseos incontenibles, la abrazaba muy, muy fuerte, como buscando una reacción en ella, que por lo general era intentar librarse del fuerte abrazo porque se sentía agobiada.
Y, llegó "la buena muerte". Así fue su final, aparecía ante nuestros ojos, sumida en un dulce sueño eterno. Nada alteraba su plácido semblante, el dolor que tanto temíamos no se presentó y su agonía apenas fue imperceptible, si acaso la que experimentamos nosotras ante su ausencia. El final llegó rápido, parecía que su decisión por abandonar este mundo se había acelerado. Nosotras no sabíamos lo que ocurriría ni lo que haríamos en tales circunstancias, actuamos según nuestro sentido común, cuando comprendimos que el final estaba cerca, nos pusimos en contacto con urgencias. En ese momento crucial, nos guiaron personas compasivas y entregadas, su doctora de cabecera y enfermera, que nos explicaron con paciencia sobre su respiración y su ritmo cardíaco. Nos describieron la señales que veríamos cuando se acercara el final de su vida. Estábamos con ella e íbamos vigilando como evolucionaba. Vinieron sus sobrinos a despedirse, un poco impresionados por la rápida evolución de su deterioro, la pérdida de peso, la palidez y sequedad de la piel.
Hacer frente a la fase terminal de un ser querido es muy duro, pero cuando los cuidadores son personas altamente sensibles puede convertirse en un problema de vida o muerte, hay tantas emociones en juego, tanto dolor incontenible, tanto agotamiento y la dolorosa tarea de acompañarle y estar atentos a como cambia el ritmo de la respiración y entra en esa fase de estertor, que puede llegar a ser extenuante. Hablábamos con ella, porque según dicen, el oído es lo último que pierden, diciéndole lo mucho que la queríamos y dándole besos constantemente, pero ella ya no respondía, había entrado en la inconsciencia que da la morfina.
¡A ti mamá… !
Que soy consciente de las innumerables veces que, desvelé tus sueños a lo largo de toda tu vida, especialmente de recién nacida. Hace poco tiempo que te marchaste y nuestro duelo no nos abandona, nos abruma con tu ausencia, pensando en el día de tu partida, un día marcado en el calendario como una de las peores navidades de nuestra vida.
Nadie está preparado para que una madre se vaya, no importan las circunstancias, simplemente nunca es el momento. Te queríamos a nuestro lado para siempre, aunque sé que la naturaleza no lo hubiera permitido.
Desde tu marcha siento que me han arrancado un trozo de corazón que difícilmente se recompondrá. Echo de menos los besos y abrazos que no te di, y no dejo de recriminarme las veces que superada por la situación perdí la paciencia. Me he quedado con ganas de incomodarte con otro fuerte abrazo del que no pudieses escapar, y me angustio pensando en lo poco cariñosa que pude ser contigo.
No hay día que no piense en ti. Aún escucho tu voz y se me clava en el alma cuando recuerdo tu constante pregunta “¿Qué me pasa?” y el doloroso silencio que imperaba a tu alrededor cuando intentaba buscar una respuesta adecuada que calmara tu ansiedad, porque sé que en tu amarga locura intuías que se acercaba el final, y yo te decía con tacto “ Estás un poco malita y como no comes, pues te afecta más”, aparentabas creerte lo que te decía, o eso espero, y te quedabas callada. Pensaba, entonces, será esa pequeña lucidez, de la que tanto hablan los médicos, que antecede a la muerte, y, sí que era. Al final, esa cruel enfermedad nos privó de lo que más necesitábamos que no era otra cosa que escuchar de tus labios que nos querías, que éramos importantes para ti.
Ahora, somos más conscientes que nunca de los esfuerzos y sacrificios que hiciste por nosotras, porque ser madre es la responsabilidad más grande que se puede tener… y dura toda la vida.
De tus ganas de vivir no tenemos dudas, somos conscientes de que superabas todas tus crisis con una gran fuerza de voluntad que, radicaba, precisamente, en ese deseo de vivir por no dejarnos solas, porque sentías un dolor inmenso al no estar con nosotras, la prueba es que en tus momentos más lúcidos no podías estar separada de nosotras.
Aunque no somos perfectos, y eso yo lo sé mejor que nadie, siempre hiciste lo mejor que sabías o podido para que todo estuviese bien, y siempre, fuiste incomprendida, siempre veían una segunda intención en ti, y todo lo que hicisteis al final cayó en saco roto. Es lo que pasa, la penosa experiencia de nuestros padres se convierte en ejemplo de vida para los hijos, con pesar comprendimos que todo eso causó tu enfermedad, la pena, la tristeza y la destrucción de un vínculo emocional con la familia. No son reproches, pero es la dura realidad y es que el cerebro tiende a borrar todo lo que nos causa dolor. En el caso de mi madre sólo sus recuerdos de juventud quedaron intactos, todo lo demás fue borrado.
Es cierto, cuando dicen que cuando casi te dejas la vida cuidando a un ser querido, cuando llega el final, solo recordamos lo bueno y lo malo se borra de nuestra mente, esto tiene un nombre y se llama paz interior. Esto es lo que nosotras experimentamos, una inmensa paz interior, que nada altera.
Incluso cuando atravesabas la fase más crítica de la enfermedad, sentí que estando a tu lado me sentía a salvo, segura, sabía que estaba en casa. Ahora, que no puedo estar contigo, me siento igual porque tu amor sigue llegándome estés dónde estés. Tu amor no me abandona ni en sueños, como el que tuve el otro día en el que apareciste acompañada de otra mujer y sentándote en el sofá me dijiste con una sonrisa radiante “¡Aquí estamos!! Y es real porque siento que sigues presente en nuestro hogar…
Más tarde, después de su muerte, me di cuenta de que cuidar y amar de los padres es una de las formas que nos definen, primero con el proceso del cáncer de nuestro padre y luego, tras su muerte, con mi madre. ¿En qué nos convierte eso ahora? A nuestra edad, mi hermana y yo ya somos personas mayores. ¿Acaso el término “huérfana” se puede aplicar cuando tienes más de sesenta años?
Al igual que pasó con mi padre, mi madre aparece continuamente en mis pensamientos y sueños, es una presencia reconfortante y me hace sentir bien. Hoy, por ejemplo, he soñado que Antonia me decía: “Cati, la mamá te quiere decir una cosa”. He ido a ver qué quería y la he visto arreglando el sofá, en el momento en que le iba preguntar, me he despertado. Pues eso, nos comunicamos con ella en el mundo de los sueños, igual, eso que dicen de que cuando dormimos entramos en la cuarta dimensión es cierto. Desde luego, cada vez que aparece, me siento consolada al imaginar su espíritu a mi alrededor, vigilante y protector.
TE AMO MAMÁ, BESOS AL CIELO...