LA VIRGEN ALCALDESA, CAMINO DE LA CIUDAD DE LOS CÉSARES, XXXV
Imagen de Stefan Keller en Pixabay La empinada escalera acababa en una pequeña sala de tosca pared de piedra, sin iluminación, y de allí partía un túnel. En aquel lóbrego lugar parecía que el aire se volvía más denso y la atmósfera más agobiante. Los sonidos parecían intensificarse en aquel cuchitril subterráneo hasta el punto de parecer quejidos de ultratumba. La anciana que los acompañaba, no dejaba de encomendarse a sus dioses y santos favoritos. Ñan la llevaba cogida de la mano. Era su manera de protegerla y darle ánimos ante el terror que la anciana experimentaba. A veces su incontenible pánico la llevaba a apretar con fuerza la delicada mano de su hija. Existía en el lugar un olor pestilente que hería las fosas nasales de las personas que había osado aventurarse en aquel territorio inhóspito. Era el olor que se genera en los sitios cerrados, un olor tóxico que les obligó a cubrirse nariz y boca con la mano para evitar la inhalación del aire viciado que i...