LA TUNDRA INTERIOR: AVENTURAS DE UN THERIAN EN LA CIUDAD




En la sala de espera de la clínica veterinaria “Hocicos Felices” el ambiente era el habitual: un caniche con ansiedad existencial, un gato metido en su transportín como si estuviera cumpliendo condena preventiva y un señor mayor discutiendo con un hámster que claramente llevaba la voz cantante.

Y entonces entró él.

Iba a cuatro patas. O eso intentaba. Los años no perdonan. La coordinación no acompañaba.

—Buenos días —dijo la recepcionista sin inmutarse, porque en una clínica veterinaria se pierde la capacidad de sorpresa el primer martes—. ¿Es para vacuna o revisión?

—Vengo por identidad —respondió él, moviendo la cabeza con solemnidad lobuna—. Soy therian.

Silencio.

El caniche dejó de jadear. El gato levantó una ceja invisible.

—Ajá —dijo la recepcionista, que había visto cosas—. ¿Especie?

—Lobo ártico ancestral con trauma urbano.

—Perfecto. ¿Cartilla sanitaria?

El therian dudó. Sacó del bolsillo un DNI.

—Esto no me representa.

—Ya… pero Hacienda sí.

Lo pasaron a consulta. El veterinario, un tipo curtido por veinte años de enfrentarse a bulldogs con problemas respiratorios y dueños con problemas mentales, lo miró por encima de las gafas.

—A ver, cuénteme.

—Desde pequeño siento que mi verdadera naturaleza es salvaje. Cuando oigo una sirena, aúllo. Cuando veo la luna, pago el alquiler. Es contradictorio.

El veterinario tomó notas.

—¿Come pienso?

—Solo si es grain free.

—¿Se rasca detrás de la oreja con el pie?

El therian lo intentó. Cayó hacia atrás.

—Seguimos trabajando la movilidad —admitió.

En ese momento, desde la jaula, el gato bufó con desprecio metafísico.

—Doctor —continuó el therian—, vengo porque me siento incomprendido por la sociedad. Los perros me ladran en el parque.

—Eso es normal.

—Pero ladran con juicio.

—Eso también es normal.

El veterinario lo examinó con profesionalidad clínica. Le miró los ojos.

—Reflejo pupilar correcto.

Le auscultó el pecho.

—Corazón humano.

Le pidió que sacara la lengua.

—Definitivamente humana. Y con restos de café.

El therian suspiró.

—¿Entonces no soy lobo?

—Mire —dijo el veterinario, apoyándose en la mesa—. Usted no necesita desparasitación. Necesita conversación.

El caniche asintió. El hámster pidió turno de palabra.

—Pero yo siento territorio —insistió el therian—. El otro día marqué mi espacio en la oficina y Recursos Humanos no lo entendió.

—¿Cómo lo marcó?

—Prefiero no entrar en detalles.

El veterinario respiró hondo.

—Verá. Que uno se sienta lobo no obliga al resto a comprarse un bosque. El problema no es que usted imagine colmillos. El problema es que crea que el mundo debe verle como tal mientras lleva alpargatas deportivas.

El therian miró sus sneakers, con cierto dolor existencial.

—¿Y qué hago?

—Aúlle si quiere. Corra por la montaña. Lea a Jack London. Pero pague sus impuestos, no muerda al cartero y, sobre todo, no se presente aquí pidiendo vacuna antirrábica para el alma.

Silencio solemne.

El gato empezó a aplaudir con la cola.

El therian se levantó, digno.

—Entonces… ¿no me pone el microchip?

El veterinario sonrió.

—Solo si me firma consentimiento informado como Homo sapiens.

Salió de la clínica erguido. Bueno, casi. En la puerta, al cruzarse con un pastor alemán de verdad, intentó mantener la mirada dominante. El perro lo olfateó, giró la cabeza y decidió que aquello no merecía ni ladrido.

Y ahí, en ese gesto canino de indiferencia suprema, el therian comprendió la verdad más brutal de la naturaleza:

En la selva uno compite por sobrevivir.

En la ciudad, por llamar la atención.

Aulló una vez, bajito. Más por estilo que por instinto.

Y se fue a tomar un café. Sin plato en el suelo.

Después de salir de la clínica “Hocicos Felices” con un diagnóstico demoledor —“corazón humano, leve exceso de dramatización”— nuestro lobo ártico ancestral con trauma urbano sintió algo nuevo.

No era instinto.

Era vergüenza.

Porque cuando uno pide microchip y le ofrecen conversación, la cosa cambia.

Durante días intentó recuperar la dignidad: aulló a una rotonda, olfateó farolas con discreción estratégica y sostuvo la mirada a un chihuahua (perdió). Pero el eco del veterinario retumbaba:

—“Usted no necesita vacuna. Necesita conversación.”

Y ahí, en ese punto exacto donde el orgullo se cruza con la cuota mensual, decidió ir a terapia de grupo.

No para dejar de ser lobo.

Sino para averiguar por qué necesitaba tanto que los demás lo creyeran.

La terapia de grupo se celebraba en un centro cívico con olor a incienso y café descafeinado. En la puerta, un cartel:


“GRUPO DE APOYO: Reconectando con tu animal interior (sin morder a nadie)”


Nuestro therian llegó puntual. A cuatro patas los primeros tres metros, luego recordó el lumbago y se irguió con dignidad lobuna.

En la sala había un círculo de sillas. Sobre cada una, una etiqueta.

—Bienvenidos —dijo la terapeuta, una mujer con chaleco étnico y paciencia institucional—. Hoy trabajaremos la validación sin necesidad de gruñir.

Primera intervención.

—Hola, soy Sergio y soy águila espiritual.

—Hola, Sergio —respondieron todos.

—Tengo vértigo.

Silencio terapéutico.

Segunda intervención.

—Me llamo Laura. En otra vida fui pantera negra.

—¿Y ahora? —preguntó la terapeuta.

—Administrativa.

El grupo asintió con dolor compartido.

Entonces habló nuestro lobo ártico ancestral con trauma urbano.

—Yo siento territorio, instinto, manada… pero mi manada está en un grupo de WhatsApp y nadie contesta.

Un murmullo empático recorrió la sala.

En ese momento, un chico con orejas de zorro levantó la mano.

—Perdón, pero ¿estamos seguros de que no somos simplemente personas aburridas con imaginación y WiFi?

La terapeuta tomó aire como quien desactiva una bomba emocional.

—Aquí no cuestionamos identidades. Solo las facturamos por sesión.

El lobo suspiró.

—El otro día intenté aullar en el supermercado. Seguridad me acompañó hasta la salida.

—Eso es porque no proyectaste intención —intervino la pantera administrativa—. Tienes que aullar desde el diafragma.

—O pagar con tarjeta —añadió el águila con vértigo—. Eso ayuda.

La terapeuta repartió un ejercicio.

—Cerrad los ojos. Visualizad vuestro hábitat natural.

El lobo lo vio claro: tundra infinita, viento helado, libertad salvaje…

—Ahora abridlos —dijo la terapeuta.

Frente a él: fluorescentes, suelo de linóleo y una máquina de vending con KitKats.

Se produjo una epifanía colectiva.

El chico zorro rompió el silencio:

—Igual nuestro animal interior no quiere bosque. Igual quiere propósito.

El lobo sintió algo más fuerte que el instinto: una factura de alquiler pendiente.

—¿Y si no somos lobos atrapados en cuerpos humanos… sino humanos aburridos buscando épica?

La terapeuta sonrió, viendo peligrar el negocio.

—Eso sería una narrativa muy poco subvencionable.

Risas nerviosas.

Al final de la sesión, nuestro therian salió pensativo. En la puerta, un perro real atado a una farola lo miró con esa superioridad tranquila que solo tiene quien no necesita definirse.

El lobo lo miró de vuelta.

No aulló.

Solo caminó.

Erguido.

Porque quizá la verdadera terapia no era encontrar su animal interior.

Era aceptar que el animal exterior paga IRPF.

La primera sesión fue reveladora. No era el único animal extraviado en la ciudad. Era fácil empatizar con un águila con miedo a las alturas, una pantera con contrato indefinido y un zorro que sospechaba que todo aquello era puro aburrimiento con WiFi.

Pero lo importante no fue eso.

Lo importante fue cuando la terapeuta preguntó:

—¿Qué pasaría si nadie validara vuestra identidad animal?

El silencio fue más salvaje que cualquier aullido.

Nuestro therian sintió algo incómodo: tal vez no buscaba manada… buscaba atención. Tal vez no quería bosque… quería relato.

Porque ser humano es ordinario.

Ser lobo es épico.

Y la épica cotiza mejor en redes.

Entonces miró su reflejo en la pantalla del móvil. Una foto chulísima— con pose majestuosa, mirada intensa, la luna perfectamente alineada. Era potente. Era estética. Era narrativa pura.




Pero la vida real no tiene filtro lunar.

Tiene fluorescentes.

Y facturas.

Al final de la sesión no renunció a su identidad. No dejó de sentirse lobo. Pero comprendió algo más incómodo y más adulto:

No era un animal atrapado en un cuerpo humano.

Era un humano intentando escapar de la mediocridad con colmillos imaginarios.

Y quizá la terapia no consistía en dejar de aullar.

Sino en aprender a hacerlo sin exigir que el mundo se arrodille.

Por eso salió del centro cívico caminando erguido. No por renuncia. Por elección.

Esa noche no aulló a la luna.

Y por primera vez, no necesitó que nadie ladrara en los comentarios.

La terapia lo había dejado tocado. No hundido. Tocado. Como cuando descubres que tu “instinto ancestral” quizá era simplemente exceso de tiempo libre y una cuenta activa en redes.

Pero el golpe definitivo no vino del veterinario ni del grupo de apoyo.

Vino del 4º B.

La vecina.

Ella, la única persona del edificio que no confundía su aullido con una alarma antirrobo. Ella, que una vez le dijo en el ascensor: “Qué ojos tan intensos tienes”. Y él, claro, interpretó eso como reconocimiento de su naturaleza salvaje.

Error táctico.

Aquella noche decidió sincerarse. Llamó a su puerta con solemnidad lupina.

Abrió ella, en pijama, con una bolsa de basura en la mano.

—Hola —dijo él, intentando proyectar misterio nórdico.

—¿Te has dejado las llaves otra vez?

—No. Vengo a mostrarte quién soy realmente.

Mal comienzo.

—Verás… no soy como los demás. Yo siento la llamada de la tundra, la luna, la manada…

Ella parpadeó dos veces. El gesto universal de “esto va a ser largo”.

—Soy lobo.

Silencio.

Un silencio más frío que cualquier Ártico imaginario.

—Mira —dijo ella con una serenidad demoledora—, no necesito un lobo. Necesito a alguien que baje la basura sin convertirlo en rito chamánico.

El golpe fue quirúrgico.

—Pero… ¿no sientes la intensidad? ¿La fuerza primitiva?

—Siento que son las once y mañana madrugo.

Él intentó una última baza. Bajó la voz.

—Podría protegerte.

Ella suspiró.

—Del repartidor de Amazon, supongo.

Y entonces llegó la frase que lo partió en dos:

—No me molestan tus aullidos. Me molesta que necesites que todo el mundo los escuche.

Puerta cerrada.

Sin violencia.

Sin drama.

Sin épica.

En el rellano, nuestro lobo ártico ancestral con trauma urbano sintió por primera vez el verdadero frío: el de no resultar interesante.

No lo habían rechazado por ser lobo.

Lo habían rechazado por pesado.

Bajó las escaleras despacio. Nada de cuatro patas. Nada de pose. Solo zapatillas deportivas y eco de fluorescente.

En el portal, el pastor alemán del 2º lo miró con esa calma biológica de quien no necesita discurso para existir.

Y ahí entendió algo brutal:

El perro no va diciendo que es perro.

El águila no convoca reuniones para validar su vuelo.

La pantera no abre hilos explicando su oscuridad interior.

Son.

Sin performance.

Quizá su crisis no era identidad.

Era exhibición.

Volvió a casa. Se miró en el espejo. Sin luna. Sin filtro. Sin narrador épico.

Solo un tipo.

Con ganas de gustar.

Con miedo a ser ordinario.

Esa noche no aulló. No subió foto. No escribió nada en redes.

Se limitó a hacer algo radicalmente humano:

Reflexionar sin público.

Y por primera vez, el silencio no fue derrota.

Fue paz.

Aunque, eso sí… al día siguiente evitó el ascensor. La evolución tiene sus tiempos.


Mirad una foto, con las hermanas catalanas confraternizando con los Therians. Era para la Semana Santa en Sevilla, pero ha venido de "perillas" para este relato.



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