EL FENÓMENO THERIAN
El vínculo entre lo humano y lo animal no es nuevo. El Zodiaco chino muestra cómo las culturas han utilizado figuras animales para hablar de carácter, destino o energía colectiva sin perder nunca de vista la condición humana. Era símbolo, no sustitución.
La cuestión no debería abordarse como un “desorden moral”, sino como un síntoma social. Y los síntomas no se combaten con burla, sino con análisis estructural.
En las últimas décadas, el capitalismo neoliberal ha erosionado las redes comunitarias tradicionales: empleo estable, barrio, familia extensa, espacios de encuentro físico. A cambio, ofrece consumo y autoexpresión individual.
En ese contexto, la centralidad afectiva de las mascotas no es casual. No es simplemente amor por los animales; es también búsqueda de vínculos seguros en una sociedad cada vez más competitiva y precarizada. La “familia multiespecie” refleja tanto sensibilidad ética como fragilidad relacional.
Se debería defender el bienestar animal —sin duda— pero también preguntarse por qué tantas personas encuentran en el animal una estabilidad emocional que no hallan en las estructuras sociales.
Aquí aparece un punto clave. Vivimos en una cultura donde la identidad se ha convertido en capital simbólico. Las plataformas como TikTok o Instagram monetizan la singularidad. Cuanto más específica y visible es una identidad, más potencial tiene de generar comunidad, atención y, eventualmente, ingresos.
Existe una crítica del mercado, la pregunta no es si alguien puede identificarse con un animal. La pregunta es cómo el sistema convierte cada vivencia subjetiva en nicho, etiqueta y algoritmo.
El capitalismo tardío no reprime necesariamente las identidades; las absorbe y las comercializa.
Lo que parece emancipación puede convertirse en segmentación rentable.
Se debe proteger la exploración infantil, pero también reconocer que la infancia necesita estructura material y simbólica.
Un niño que juega a ser gato está desarrollando imaginación. Pero una sociedad que deja la formación identitaria en manos de algoritmos diseñados para maximizar tiempo de pantalla está delegando la educación en corporaciones privadas.
El debate sobre limitar redes sociales no debería verse como censura cultural, sino como defensa de lo público frente a lo corporativo. Regular el acceso temprano no es negar derechos identitarios; es cuestionar el poder de plataformas que operan con lógica de beneficio.
No se puede reducir todo a identidad ni ridiculizar las nuevas formas de autoexpresión. Debe preguntarse:
¿Qué condiciones materiales producen estas búsquedas?
¿Qué grado de precariedad, soledad o desarraigo hay detrás?
¿Qué papel juega la economía digital en su expansión?
El riesgo no es que existan jóvenes que se sientan lobos.
El riesgo es que la discusión se quede en lo anecdótico y no en lo estructural.
Mientras debatimos sobre identidades marginales, la precariedad laboral, la crisis de vivienda y la desigualdad siguen moldeando vidas de forma mucho más determinante.
Defensa del bienestar animal sin antropomorfismo acrítico.
Respeto hacia quienes viven estas experiencias sin estigmatización.
Análisis estructural del papel del capitalismo digital en la amplificación identitaria.
Regulación pública de redes sociales para proteger a menores.
Refuerzo de comunidad, educación crítica y acompañamiento psicológico accesible.
No se debería reaccionar con pánico moral —eso pertenece más a la derecha cultural— pero tampoco con validación automática de cualquier fenómeno emergente.
Comprender no es lo mismo que romantizar.
La pregunta central sigue siendo material:
¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando cada vez más jóvenes necesitan redefinir radicalmente su identidad para sentirse reconocidos?
Desde una lectura crítica, la identificación intensa con una mascota —o con un animal como identidad— puede interpretarse no como capricho generacional, sino como síntoma de inseguridad estructural.
La juventud actual ha crecido en un contexto marcado por:
Crisis económicas encadenadas.
Precariedad laboral crónica.
Dificultad de acceso a la vivienda.
Emergencia climática.
Expectativas sociales infladas y movilidad social bloqueada.
El mensaje que reciben es contradictorio: “Sé lo que quieras ser”, pero dentro de un mercado que no garantiza estabilidad. Libertad simbólica sin seguridad material.
En ese marco, la figura de la mascota representa algo poderoso: lealtad incondicional, identidad clara, ausencia de ambigüedad moral, pertenencia sin competencia.
Un perro no necesita currículum.
Un gato no compite por hipotecas.
Un lobo no teme al algoritmo.
La identificación puede convertirse así en una forma simbólica de escapar de la lógica productivista que mide el valor humano en términos de rendimiento.
Cuando las generaciones anteriores podían proyectar un futuro más o menos lineal (estudios–trabajo–estabilidad), la identidad estaba anclada a trayectorias sociales relativamente previsibles. Hoy, la incertidumbre es la norma.
La falta de esperanza no siempre se expresa como protesta política organizada. A veces adopta formas culturales aparentemente periféricas. La retirada simbólica —identificarse con lo no humano, con lo salvaje, con lo instintivo— puede leerse como una crítica implícita a un sistema percibido como inhóspito.
No es que la juventud “quiera ser animal” en sentido literal; puede estar diciendo:
“no quiero participar en esta carrera sin sentido”.
No es un fenómeno exclusivo de clases populares. Aparece también en clases medias y altas.
Eso obliga a matizar. No se trata solo de pobreza material, sino de fragilidad cultural y simbólica.
Puede darse:
Déficit educativo real en contextos vulnerables.
Sobreprotección y burbuja emocional en clases acomodadas.
Consumo intensivo de redes como principal agente socializador en todos los estratos.
La ausencia de educación crítica sólida —no solo académica, sino filosófica, artística y política— deja a muchos jóvenes sin herramientas para interpretar su malestar en términos estructurales.
Si no hay lenguaje para nombrar la precariedad o la alienación, el conflicto puede desplazarse al terreno identitario.
En la confrontación social (debate político polarizado, guerras culturales), estas expresiones se convierten en caricatura. La derecha lo usa como prueba de “decadencia”. Parte de la izquierda lo defiende automáticamente como diversidad incuestionable. Y el problema estructural queda oculto.
Más que hablar de “crisis de identidad”, quizá habría que hablar de desanclaje:
Desanclaje laboral.
Desanclaje comunitario.
Desanclaje cultural.
Desanclaje narrativo (no hay relato colectivo de futuro).
Cuando no hay proyecto compartido, la identidad se vuelve micro, íntima, personalizada.
En vez de “clase trabajadora”, “movimiento estudiantil” o “proyecto colectivo”, emergen identidades fragmentadas que ofrecen pertenencia inmediata.
Las redes sociales aceleran ese proceso porque ofrecen comunidad sin territorio y reconocimiento sin mediación adulta.
Sería simplista decir que todo se reduce a “no tener educación”. Hay jóvenes con formación universitaria que participan en estas comunidades. Lo que puede faltar no es información, sino horizonte.
La educación técnica no sustituye a la educación cultural profunda.
La acumulación de datos no construye sentido.
Cuando la cultura se reduce a consumo digital y la escuela pierde capacidad de ofrecer pensamiento crítico robusto, las preguntas existenciales buscan respuestas donde pueden encontrarlas.
Si vinculamos identificación animal e inseguridad generacional, la solución no pasa por prohibiciones simbólicas ni por validaciones acríticas.
Pasa por:
Reforzar la educación pública con pensamiento crítico real.
Garantizar seguridad material mínima (empleo, vivienda).
Recuperar proyectos colectivos que ofrezcan futuro.
Regular entornos digitales que explotan la vulnerabilidad adolescente.
La juventud no se identifica con animales porque “quiera retroceder”, sino porque puede estar experimentando una sensación de expulsión de la promesa moderna.
Cuando el futuro parece inaccesible, el presente simbólico se vuelve refugio.
Uno de los errores habituales en el debate público es hablar de “la juventud” como si fuera un bloque uniforme. No lo es. Conviven dentro de ella posiciones profundamente solidarias y otras marcadamente individualistas o incluso abiertamente insensibles.
En redes sociales como TikTok o Instagram es frecuente ver jóvenes defendiendo posturas duras frente a inmigración, pobreza o derechos sociales, a veces con una retórica simplificadora y carente de empatía. Pero también es habitual encontrar respuestas muy sólidas, bien argumentadas y socialmente conscientes por parte de otros jóvenes.
Ese choque no es anecdótico: refleja una disputa cultural en tiempo real.
Hay varios factores estructurales que pueden influir:
Competencia constante: si el mercado te dice que todo es lucha por recursos escasos (empleo, vivienda, visibilidad), es fácil interiorizar una lógica de “sálvese quien pueda”.
Entornos digitales agresivos: los algoritmos premian la confrontación, no la matización.
Desconfianza institucional: cuando se percibe que el sistema no protege, algunos opta por discursos punitivos o excluyentes.
Socialización fragmentada: menos espacios comunitarios físicos donde desarrollar empatía cara a cara.
La falta de empatía no nace en el vacío; suele ser la expresión emocional de inseguridad o miedo.
Al mismo tiempo, existe una generación con acceso a información, herramientas analíticas y conciencia social notable. Jóvenes que manejan datos, que conocen historia política, que citan estudios económicos y desmontan discursos simplistas con rapidez.
Muchos han tenido:
Mejor acceso a educación formal.
Entornos familiares politizados o culturalmente activos.
Participación en movimientos sociales.
Formación en pensamiento crítico y derechos humanos.
Esa diferencia no es sólo intelectual; es cultural y emocional.
La empatía también se aprende.
Cuando en un debate un joven defiende posiciones excluyentes y otro responde con argumentos sólidos, no estamos viendo simplemente un intercambio individual. Estamos viendo el resultado de trayectorias sociales distintas.
No es solo “uno es malo y otro bueno”.
Es que uno puede haber sido socializado en la lógica de la escasez y el resentimiento, y otro en la lógica de la solidaridad y el análisis estructural.
La confrontación pública hace visible una fractura generacional interna:
Juventud precarizada y enfadada.
Juventud crítica y organizada.
Juventud despolitizada que observa.
El problema se da también en clases medias y altas, tocas un punto clave. No es únicamente cuestión de recursos económicos.
Hay jóvenes acomodados que reproducen discursos duros porque han sido educados en burbujas ideológicas cerradas o en entornos donde el éxito individual es el valor supremo. Y hay jóvenes de contextos humildes con enorme conciencia social porque han tenido acceso a educación crítica y cultura política.
Lo determinante no es solo el nivel de renta, sino:
Calidad de la educación recibida.
Diversidad de experiencias sociales.
Exposición a pluralidad cultural.
Presencia de referentes empáticos.
Desde una perspectiva progresista, el reto no es cancelar a la juventud que expresa posturas faltas de empatía, sino disputar el marco cultural que las produce.
Eso implica:
Reforzar educación en pensamiento crítico y ética pública.
Fomentar espacios de encuentro interclase y presenciales.
Reducir la precariedad que alimenta discursos excluyentes.
Desactivar la lógica algorítmica de confrontación constante.
La empatía no se impone por decreto; se construye en condiciones materiales y culturales concretas.
La juventud actual no está perdida ni radicalizada en bloque. Está atravesando el mismo conflicto estructural que la sociedad adulta, pero amplificado por redes y precariedad.
Cuando vemos a jóvenes enfrentándose —unos con discursos duros y otros con argumentos sólidos— estamos observando algo más profundo: la lucha por definir qué valores dominarán el futuro.
La pregunta no es qué juventud prevalecerá, sino qué condiciones sociales favorecerán a una u otra.
En la era digital, cualquier experiencia —por íntima o minoritaria que sea— puede transformarse en contenido. Y el contenido, si se viraliza, puede convertirse en ingresos.
Plataformas como TikTok, Instagram o YouTube funcionan bajo una lógica clara: atención = datos = monetización. La identidad, entonces, no sólo es expresión personal; puede convertirse en marca.
En este contexto, fenómenos como el therian no solo circulan como vivencias subjetivas, sino como nichos de audiencia. Si algo es lo suficientemente llamativo, distinto o polémico, tiene potencial viral. Y si se vuelve viral, puede generar:
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Colaboraciones pagadas.
El incentivo económico está ahí, aunque no sea el motor inicial en todos los casos.
El mercado digital premia lo extraordinario. En un entorno saturado de contenido, lo que destaca es lo que sorprende. Cuanto más específica es una identidad o práctica, más posibilidades tiene de captar atención.
Aquí aparece una cuestión delicada: ¿hasta qué punto algunas expresiones identitarias se refuerzan, exageran o performan porque generan visibilidad?
No se trata de afirmar que todo fenómeno sea “fingido”, sino de reconocer que la estructura de incentivos digitales puede intensificar conductas. Cuando un vídeo sobre “mi vida como lobo” obtiene millones de visualizaciones, el sistema envía un mensaje claro: eso funciona.
La frontera entre vivencia auténtica y performance rentable puede volverse difusa.
La serie china El detective con millones de seguidores aborda precisamente esta dinámica: la obsesión por grabarlo todo, por convertir cualquier suceso en espectáculo si eso garantiza éxito en internet. La trama expone cómo la búsqueda de viralidad puede distorsionar la ética, trivializar lo serio y convertir la realidad en escenografía.
Más allá del argumento policial, la serie plantea una crítica social muy contemporánea: cuando el reconocimiento digital sustituye a otros criterios de valor, el contenido deja de ser medio y se convierte en fin.
No importa qué se grabe, sino cuánto impacto genera.
Si conectamos esto con lo anterior —inseguridad, falta de horizonte, precariedad— la monetización de la identidad aparece casi como una salida pragmática.
Para una generación que percibe:
Mercado laboral inestable.
Dificultad de emancipación.
Competencia feroz por oportunidades.
La posibilidad de generar ingresos desde casa, simplemente mostrando una versión singular de sí misma, puede resultar atractiva.
No es solo narcisismo. Es adaptación a una economía donde el “emprendimiento personal” se presenta como alternativa a la falta de empleo estable.
El problema no es que alguien gane dinero creando contenido. El problema es cuando:
La validación económica depende de intensificar rasgos identitarios.
La vida privada se convierte en espectáculo permanente.
La identidad se rigidiza porque “eso es lo que da seguidores”.
Entonces el fenómeno deja de ser mera expresión cultural y se integra plenamente en la lógica del mercado digital.
Desde una mirada crítica, esto revela algo más amplio: el capitalismo contemporáneo no solo explota trabajo; explota subjetividad.
El fenómeno no puede reducirse a moda, ni a patología, ni a simple diversidad. Tiene varias capas:
Búsqueda simbólica de identidad.
Respuesta a la inseguridad generacional.
Fragmentación cultural.
Incentivo económico en la era de la viralidad.
Cuando cualquier rasgo personal puede convertirse en fuente de ingresos si alcanza suficiente audiencia, la pregunta ya no es solo quién soy, sino cuánto puede valer lo que soy.
Y esa es una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo.
Para cerrar con una nota jocosa 😄
Imagina la escena: joven muy convencido en modo lobo urbano, cámara encendida, discurso sobre identidad salvaje… y aparece un perro real del barrio.
El perro lo mira.
Inclina la cabeza.
Se acerca.
Lo huele.
Y decide, con toda la serenidad canina del mundo, que aquello no es ni competencia ni manada… sino algo rarísimo.
Y ahí viene el ladrido territorial.
Desde la etología más básica, los perros reaccionan ante señales ambiguas: postura corporal extraña, movimientos poco naturales, sonidos inusuales. Para ellos no es un debate sociológico; es gestión de territorio y jerarquía espacial.
Podríamos decir, en tono irónico, que el algoritmo puede validar una identidad… pero el perro del parque sigue operando con firmware prehistórico.
Quizá la moraleja divertida sería:
En internet puedes ser lobo.
En el parque, el perro decide si eres colega… o sospechoso.
Y tal vez ahí hay una metáfora simpática: la realidad material siempre acaba contrastando las performances digitales.
Eso sí, mejor tomárselo con humor y prudencia… que los debates ideológicos se discuten en redes, pero los ladridos se gestionan con correa. 🐶
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