LOS PEREGRINOS DE LAS TINIEBLAS XIV
El hombre huye despavorido, dando grandes zancadas, recogiéndose los faldones de su mísero hábito en la carrera. Asustado sabe que si le dan alcance no escapará a la muerte. Las piedras pasan a escasos centímetros de su cabeza y más de una ha impactado contra su cuerpo, ahora corre intentando evitar estos certeros proyectiles, pues uno le ha abierto una brecha en el cogote y unos hilillos de sangre comienzan a deslizarse por su cuello.
Los falsos peregrinos y su protegida, contemplan la escena llenos de estupor, son incapaces de reaccionar ante la furia desatada de los aldeanos que van acortando peligrosamente la distancia que les separa del desdichado visionario. Cuando finalmente le dan alcance se arrojan sobre el pobre desgraciado. Los viajeros sólo tienen ante sus ojos una inmensa mole humana que cubre totalmente a su presa. Y, sin pensarlo, dos veces, la abadesa comienza a correr como poseída por alguna vieja deidad del bosque y sus compañeros de viaje la contemplan estup...