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SINISTRATUM: BENIDORM Y LA DANZA DE LAS ALMAS

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El autocar arrancó puntual, todavía con la mañana agarrada a las farolas. El aire olía a colonia reciente y a termos de café. Los asientos se llenaban entre saludos, bolsas del Mercadona y bufandas bien dobladas. —¿Este es el 23? —preguntó Paquita, mirando el número como si pudiera cambiar de idea. —El 23, el 24 y el 25, si te descuidas —le respondió Manolo, ya instalado en pasillo, con una sonrisa—. Siéntate, que esto promete. Al fondo del autocar, alguien había empezado a repartir caramelos de menta. —Para el mareo —dijo una señora—. A mí me funciona desde el 78. —Pues yo con eso me mareo más —contestó otro—. Dame uno de limón, si tienes. El motor rugió suave y, poco a poco, la ciudad quedó atrás. Por la ventanilla se estiraban los campos: olivares ordenados como soldados, pueblos aún adormilados, gasolineras solitarias con el café recién hecho esperando a los conductores. —Mira qué verde está todo este año —comentó Carmen, apoyando la frente en el cristal. —Eso es que ha llovido bie...