LA TUNDRA INTERIOR: AVENTURAS DE UN THERIAN EN LA CIUDAD
En la sala de espera de la clínica veterinaria “Hocicos Felices” el ambiente era el habitual: un caniche con ansiedad existencial, un gato metido en su transportín como si estuviera cumpliendo condena preventiva y un señor mayor discutiendo con un hámster que claramente llevaba la voz cantante. Y entonces entró él. Iba a cuatro patas. O eso intentaba. Los años no perdonan. La coordinación no acompañaba. —Buenos días —dijo la recepcionista sin inmutarse, porque en una clínica veterinaria se pierde la capacidad de sorpresa el primer martes—. ¿Es para vacuna o revisión? —Vengo por identidad —respondió él, moviendo la cabeza con solemnidad lobuna—. Soy therian. Silencio. El caniche dejó de jadear. El gato levantó una ceja invisible. —Ajá —dijo la recepcionista, que había visto cosas—. ¿Especie? —Lobo ártico ancestral con trauma urbano. —Perfecto. ¿Cartilla sanitaria? El therian dudó. Sacó del bolsillo un DNI. —Esto no me representa. —Ya… pero Hacienda sí. Lo pasaron a consulta...