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SINISTRATUM, EL LABERINTO DE HORTA

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  La noche recupera su dominio sobre la Calle de Mallorca . Las grúas de la Sagrada Família se detienen, convirtiéndose en espinas de acero que vigilan el cosmos. En el cuarto de los hermanos, la esquirla de obsidiana descansa sobre la mesita de noche, pero no está apagada: emite un pulso rítmico, un código Morse visual que solo las sombras saben traducir. En las profundidades del Laberinto de Horta, a kilómetros de distancia, una estatua de mármol de Eros ha empezado a llorar un líquido negro y denso. El laberinto ha cambiado su configuración en mitad de la noche; los pasillos ya no llevan a la salida, sino hacia abajo, hacia un vacío que no tiene nombre. El Laberinto de Horta respiraba una humedad antigua, como si el jardín hubiera estado aguardando todo el día a que cayera la noche. Las paredes de ciprés, altas y densas, formaban corredores demasiado estrechos, impregnados de un olor verde y terroso que recordaba a criptas abiertas tras la lluvia. Más allá del laberinto, la coli...

SINISTRATUM, BARCELONA

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SINISTRATUM: BENIDORM Y LA DANZA DE LAS ALMAS

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El autocar arrancó puntual, todavía con la mañana agarrada a las farolas. El aire olía a colonia reciente y a termos de café. Los asientos se llenaban entre saludos, bolsas del Mercadona y bufandas bien dobladas. —¿Este es el 23? —preguntó Paquita, mirando el número como si pudiera cambiar de idea. —El 23, el 24 y el 25, si te descuidas —le respondió Manolo, ya instalado en pasillo, con una sonrisa—. Siéntate, que esto promete. Al fondo del autocar, alguien había empezado a repartir caramelos de menta. —Para el mareo —dijo una señora—. A mí me funciona desde el 78. —Pues yo con eso me mareo más —contestó otro—. Dame uno de limón, si tienes. El motor rugió suave y, poco a poco, la ciudad quedó atrás. Por la ventanilla se estiraban los campos: olivares ordenados como soldados, pueblos aún adormilados, gasolineras solitarias con el café recién hecho esperando a los conductores. —Mira qué verde está todo este año —comentó Carmen, apoyando la frente en el cristal. —Eso es que ha llovido bie...