LA ISLA DE LAS MUÑECAS
El motor de la trajinera tosió por última vez antes de apagarse. Julián no protestó; sabía que a partir de aquí, el silencio era la única moneda de cambio aceptada. Frente a él, emergiendo de la bruma matutina como un barco fantasma encallado en el lodo, se alzaba la Isla de las Muñecas . No eran juguetes. Eran centinelas de pesadilla. Colgaban de los sauces llorones por el cuello, por las extremidades, o clavadas en troncos renegridos. Algunas conservaban un ojo de vidrio que brillaba con una inteligencia maliciosa; otras eran solo cuencas vacías donde las arañas habían tejido velos de luto. Julián saltó a la orilla. El suelo estaba blando, cediendo bajo sus botas como si la isla estuviera hecha de carne en lugar de tierra. Buscaba a don Julián Santana, o lo que quedara de su leyenda. Se dice que el viejo comenzó a colgar las muñecas para aplacar el espíritu de una joven ahogada, un escudo de plástico contra un lamento eterno. De pronto, un viento seco agitó las ramas. El sonido fue l...