DIP, EL PERRO VAMPIRO II
En un instante todo cambió y el olor a podredumbre y corrupción impregnó hasta el último rincón del pueblo. Era el olor de la muerte cuando camina apestando la tierra. La alegría de los festejos había acabado bruscamente; y, en el ambiente, sólo quedaba el suave aleteo de las guirnaldas engalanado las calles y el confeti cubriendo el pavimento, como si de una alfombra multicolor se tratase. La situación había convertido este pueblo, perdido en cualquier parte y sin mayores alicientes que la de ser la comidilla de cuatro chismosas, en la viva imagen de la desolación. Acabábamos de encontrarnos con un pueblo muy concurrido, con los niños correteando alegres y haciendo toda clase de travesuras, las terrazas de los bares se encontraban abarrotadas de gente dando buena cuenta de birras y refrescos. Cuando cesaron los últimos acorde de la banda de música y algo innombrable acabó con la diversión de aquellas gentes. En ese momento, una voz estridente por mega...