SEMANA SANTA: EL VIA CRUCIS DE LAS DOS HERMANAS CATALANAS






 

Sevilla en Semana Santa no es una ciudad, es un estado mental. Es ese olor a incienso que se te mete en los pulmones como si quisiera embalsamarte en vida, mezclado con el aroma a azahar y el sudor de la multitud.

Curro apuraba su tercera cervecita en la "Taberna de la Luz Sombría", riendo a mandíbula batiente.

—¡Que no, hombre! —exclamaba, dándole una palmada en la espalda a su compadre—. Que el susto no es que venga el fiscal de paso, ¡el susto es que se acabe la Cruzcampo!

La risa de los andaluces flotaba sobre el ambiente, esa guasa eterna que sirve de escudo contra lo sagrado. Pero a medida que la madrugada avanzaba y el silencio de la Madrugá empezaba a devorar las calles, la alegría se volvía rancia.

Curro decidió atajar por un callejón estrecho cerca de la calle Sierpes. De pronto, el bullicio desapareció. Solo quedó el eco de sus propios pasos y un rachear lejano: el sonido de los costaleros arrastrando los pies. Chic-chic, chic-chic.
Al girar la esquina, se topó con una fila de nazarenos. No llevaban cirios encendidos. Sus túnicas eran de un negro tan denso que parecían agujeros en la realidad. Los capirotes, exageradamente altos, se perdían en las sombras de los balcones.
—Vaya horas, ¿no? —soltó Curro, intentando tirar de su ironía sevillana para espantar el escalofrío—. ¿A qué hermandad pertenecéis, valientes? ¿A la de "Los Olvidados"?
Nadie respondió. Los nazarenos se detuvieron al unísono. Curro se fijó en que no tenían pies bajo las túnicas; estas simplemente se fundían con los adoquines húmedos. El aire se volvió gélido, un frío que no era de marzo, sino de tumba abierta.
De entre las filas surgió un penitente cargando una cruz de madera podrida. Al pasar a su lado, el antifaz se movió con el viento. No había ojos detrás de las rendijas, solo una oscuridad infinita y el hedor de la cera vieja.
—La guasa se acaba donde empieza la madera —susurró una voz que parecía venir de debajo de la tierra.
Curro quiso correr, pero sus pies pesaban como si llevara el paso de la Macarena sobre los hombros. Los nazarenos empezaron a rodearlo, cerrando el círculo. El rachear de pies se multiplicó, llenando el callejón. Ya no eran hombres cumpliendo una promesa; eran sombras reclamando una deuda.
Al día siguiente, en el barrio de Triana, Sevilla despertó con el sol radiante y el sonido de las cornetas. En un rincón de la calle Sierpes, alguien encontró un capirote negro tirado en el suelo. Dentro no había nadie, solo un rastro de ceniza y una medalla de cofradía que aún conservaba el calor de un corazón que acababa de dejar de latir.

En la "Taberna de la Luz Sombria", alguien preguntó por Curro. Nadie sabía nada. Total, en Semana Santa, la gente aparece y desaparece como el humo del incienso.
Sevilla, Jueves Santo. El calor era una manta de terciopelo húmedo y el aire pesaba tanto que se podía cortar con un cuchillo de plata. Montserrat y Meritxell, dos hermanas de Gràcia que habían bajado a "vivir la experiencia", intentaban no sucumbir a la agorafobia en una Campana atestada.
—Montse, te lo digo en serio, esto es massa —susurró Meritxell, abanicándose con un programa de mano—. Tanto silencio me pone nerviosa.

De pronto, la marea de gente se tensó. El capataz dio el martillazo y el palio de una de las vírgenes más veneradas empezó a mecerse con una elegancia hipnótica. La luz de la candelería bañaba el rostro de la imagen, resaltando un rictus de dolor que, bajo las sombras de la noche, cobraba una ambigüedad extraña. 

Las hermanas se asomaron entre dos hombros anchos. Al ver de cerca el perfil de la talla, con sus pómulos marcados, los ojos grandes y esa expresión de determinación absoluta bajo el llanto, se miraron estupefactas. El parecido era razonable, casi perturbador.
¡Parece la Ayuso! —exclamaron las dos al unísono, con la espontaneidad del que no mide las consecuencias. A su lado, tres sevillanos con traje de chaqueta y patillas de ley se quedaron petrificados. El silencio místico se rompió con una carcajada ronca de uno de ellos.

—¡Ole, tus ovarios! —soltó el más joven, doblándose de la risa—. ¡La Presidenta de la túnica bordada! ¡Qué arte tenéis, catalanas!.

Los otros dos se sumaron al ataque de risa, contagiando a los de alrededor. La "guasa" sevillana acababa de profanar el momento más solemne de la noche.

Pero entonces, el tiempo se detuvo.

Un crujido de madera vieja resonó por encima de las risas. No fue un movimiento del paso. Fue un movimiento del cuello. La Virgen, esa talla de madera del siglo XVII que debería ser inanimada, giró la cara con una lentitud mecánica.

El metal de su corona tintineó. Sus ojos de cristal, que un segundo antes  miraban al infinito, se clavaron directamente en las dos hermanas. No era una mirada de perdón, ni siquiera de divinidad; era una mirada gélida, de un azul político y cortante que les heló la sangre. El rostro de la imagen ya no era de madera, era de una porcelana viva y autoritaria que parecía decir:

-"Os habéis pasado de la raya"-

La risa de los sevillanos se cortó en seco. El frío que emanó del palio fue tan intenso que el vaho salió de la boca de Montserrat.

—Vámonos de aquí, Montse —balbuceó Meritxell, pálida como un cirio.

Cuando se dieron la vuelta para huir, la procesión siguió su curso. Al mirar atrás por última vez, la Virgen volvía a mirar al frente, estática, pero con una comisura de los labios ligeramente más elevada, como una media sonrisa de triunfo tras un mitin victorioso.

Desde esa noche, las dos hermanas no pueden ver un informativo sin sentir un olor repentino a incienso y un escalofrío que les recorre la nuca.

Las hermanas no esperaron a ver si los sevillanos seguían riendo. Salieron de la Campana atropellando sillas de madera, con el corazón martilleando contra las costillas como el mazo de un capataz furioso.

—¡Es que se ha movido, Meritxell! ¡Que te digo yo que ha girado el cuello! —gritaba Montse mientras se metían por el laberinto de callejuelas que lleva hacia la zona de San Vicente.

Se detuvieron en un callejón sin salida, apoyadas contra un muro de cal, jadeando. El silencio allí era absoluto, un vacío que zumbaba en los oídos. De repente, desde la dirección de la avenida principal, llegó un sonido que no encajaba: no era música de banda, ni el rachear de costaleros. Era un estruendo seco, un golpe de madera maciza contra el asfalto que hacía vibrar el suelo.

¡CLAC!

Las hermanas se asomaron a la esquina. Al final de la calle, bajo la luz de una farola que parpadeaba, vieron el paso de palio abandonado en mitad de la calle, rodeado de nazarenos que yacían en el suelo como si hubieran sido fulminados por un rayo. El trono estaba vacío.

—¿Dónde está...? —empezó a preguntar Meritxell, pero la frase se le congeló en la garganta.

Desde lo alto de un tejado, una silueta imposible recortó la luna. La Virgen, con su manto de terciopelo de tres metros volando como las alas de un murciélago gigante y su corona de oro brillando con una luz eléctrica, dio un salto mortal hacia atrás, aterrizando sobre un balcón con la agilidad de un felino de madera.

Sin darles tiempo a gritar, la imagen ejecutó tres saltos mortales consecutivos en el aire, rotando sobre sí misma con un crujido de pernos y madera policromada. El sonido era terrorífico: el choque de las joyas contra el pecho de encaje sonaba como una ráfaga de ametralladora.

En el último salto, aterrizó a escasos dos metros de ellas. El impacto agrietó los adoquines.

La Virgen se irguió lentamente. Medía casi dos metros con la corona. Sus ojos de cristal emitían un fulgor azul acero, implacable, casi ejecutivo. Se ajustó el manto con un movimiento seco y autoritario, exactamente como quien se coloca una chaqueta de marca antes de subir a un estrado.

La Virgen levantó una mano cuajada de anillos de esmeraldas y, con un gesto de desprecio, hizo una señal de la cruz en el aire que quemó el oxígeno. Las hermanas sintieron que sus pies se convertían en goma.

—¿Ayuso? —Susurró la imagen con una voz que vibraba en los huesos de las hermanas, una voz que no pedía oraciones, sino mayorías absolutas—. En Sevilla, los milagros los gestiono yo.

A la mañana siguiente, frente a un conocido bar de desayunos, aparecieron dos nuevas figuras de madera, vestidas con camisetas catalanas y cara de espanto eterno. Los sevillanos, al pasar con sus tostadas de pringá, las miraban con curiosidad.

—Oye, Paco, estas dos tallas nuevas... ¿no tienen un aire como de modernas de Barcelona?

—Serán de una hermandad nueva, Curro. Anda, no digas tonterías y pide otra de jamón.

Tras el aterrador encuentro en Sevilla, las tallas de las modernas catalanas, tomaron las de Villadiego, huyeron como si el mismo diablo las persiguiera, fue entonces cuando el ADN excursionista de Montserrat y Meritxell obró el milagro. A ver, que una catalana que se ha hecho la Matagalls-Montserrat tres veces y que tiene las rodillas curtidas en las tarteras del Pedraforca, no se queda petrificada por una maldición andaluza ni queriendo.

En mitad de la calle Sierpes, mientras la Virgen-Ayuso se preparaba para un cuarto salto mortal, se oyó un crujido seco. No era madera rompiéndose; era el sonido de dos mujeres estirando los gemelos.

—"¡Escolta, Montse! —exclamó Meritxell, mientras su piel de cedro recuperaba el tono rosado de quien desayuna pa amb tomàquet—. ¡Que estas cuestas de Sevilla no son nada comparadas con la subida al Turó de l'Home! ¡Vinga, som-hi!".

Con un movimiento de hombros digno de una mochila Quechua bien ajustada, las hermanas se desprendieron de la policromía como quien se quita una térmica que pica. La madera cayó al suelo en virutas bendecidas, dejando ver a las dos catalanas con sus mallas de senderismo y sus botas Chiruca relucientes, que habían aparecido por arte de magia (o por pura fuerza de voluntad autonómica).

—"¿Senderismo? —rugió la virgen acróbata, encaramada sobre un tejado—. ¡Eso es una actividad de boy-scouts sin bandera!".

—"¡Esto es marcha nórdica, guapa! —le soltó Montse, sacando dos bastones telescópicos de la nada—. ¡A ver si nos pillas con tus habilidades de saltimbanqui, que nosotras venimos del Garraf y allí las piedras muerden!".

Y así empezó la gran persecución. La Virgen-Ayuso intentó interceptarlas con un salto de pértiga usando un varal del palio, pero las hermanas activaron el "paso ligero de boletaire". Cruzaron la Campana a una velocidad de 7 km/h constantes, manteniendo las pulsaciones a raya y una hidratación perfecta.

Atravesaron el barrio de Santa Cruz haciendo trail running por los callejones, pero Meritxell los saltaba con la agilidad de quien esquiva cacas de perro en el paseo de Gracia.

—"¡Mira, Montse! ¡Una trialera! —gritó Meritxell señalando las escaleras de la Giralda—. ¡Si subimos esto, no nos huele ni el tato!".

Subieron las 34 rampas de la torre como si fueran en un telesilla de Baqueira. Arriba, con Sevilla a sus pies y los perseguidores resoplando en la base, las hermanas se hicieron un selfie con el Giraldillo.

—"¿Sabes qué te digo, Meritxell? —dijo Montse ajustándose la visera—. Que la Semana Santa es muy bonita, pero como el aire del Montseny no hay nada. ¡Vámonos haciendo un vivac hacia el norte!".

Con un último despliegue de técnica montañera, las hermanas bajaron por una cuerda de escalada que engancharon en una gárgola y desaparecieron por los tejados de la ciudad, dejando a la Virgen con un “palmo de narices” y una envidia sana por su fondo físico.

Agotadas, y sin ganas de encontrarse con nadie, Montserrat y Meritxell llegaron a una plaza justo cuando una procesión del Silencio atravesaba el empedrado original del siglo XVII. El ambiente era gélido; los únicos sonidos eran el golpe del madero contra el suelo y el chisporroteo de la cera. Montserrat y Meritxell llegaron  justo cuando los naranjos parecían contener el aliento. El bullicio  se había extinguido como por arte de magia. De repente, la oscuridad se hizo tan densa que Meritxell tuvo que palpar el aire para asegurarse de que no se había quedado ciega

—"Montse, filla, que se han fundido los plomos de toda la ciudad", susurró Meritxell al oído de su hermana. "¡Esto en Barcelona no pasa, que Colau nos ponía luces LED hasta en las alcantarillas!".

—"¡Shhh! —le siseó un hombre con cara de haber nacido en un confesionario—. ¡Que viene El Silencio!".

De la penumbra surgió la cruz de guía de la Hermandad del Silencio. Los nazarenos avanzaban con las manos cruzadas sobre el pecho, ocultas en sus mangas de ruan negro, como si guardaran un secreto milenario. No había música. Solo el sonido de las alpargatas sobre el granito: shhh, shhh, shhh.

—"Mira, Montse —dijo Meritxell en un susurro que se oyó hasta en Triana—, estos van vestidos como si fueran a un casting de American Horror Story: Inquisición. ¡Y fíjate qué serios! Parecen los de la Junta de Accionistas del Barça cuando pierden contra el Madrid".

Un nazareno, alto como una canasta de baloncesto, se detuvo justo delante de ellas. No se movía. No respiraba. El silencio que emanaba de su túnica era tan potente que a Montserrat se le taponaron los oídos.

De repente, el silencio dejó de ser una ausencia de ruido para convertirse en algo físico. Meritxell intentó hablar, pero al abrir la boca, no salió ningún sonido. Sus palabras se congelaron en el aire en forma de cubitos de hielo invisibles.

El nazareno levantó lentamente una mano enguantada en negro. Con un dedo largo y huesudo, señaló el reloj de pulsera de Meritxell. Las manecillas empezaron a girar hacia atrás a toda velocidad, mientras el tiempo en la plaza se curvaba.

—"¿Q-qué p-pasa?", intentó decir Montse, pero su voz sonaba como si estuviera debajo del agua.

El nazareno se acercó tanto que el pico de su capirote casi le saca un ojo a Meritxell. Del interior de la máscara no salió una voz humana, sino un susurro que parecía el roce de mil pergaminos viejos:

—"En esta hermandad... el que rompe el silencio, se lo queda para siempre".

De pronto, la propia boca de Meritxell empezó a desaparecer, sellándose con una piel suave y pálida, como si nunca hubiera tenido labios.

—"¡Montse! ¡Que me han hecho un 'mute' definitivo!", pensó Meritxell en pánico, gesticulando como un mimo de las Ramblas poseído.

Justo cuando las hermanas iban a convertirse en dos estatuas de ruan, un viejo con una gorra de "Betis" que estaba sentado en una sillita de tijera soltó un estornudo volcánico:

"¡¡ACHÍÍÍS!!".

El hechizo se rompió. El nazareno dio un respingo, se le dobló un poco el capirote y soltó un "¡Ay, Dios mío!" que sonó a gloria bendita. El silencio sobrenatural se esfumó y la boca de Meritxell volvió a su sitio justo a tiempo para soltar

—"¡Escucha, 'Batman' de pacotilla! ¡Que casi me dejas sin poder pedir la cuenta del desayuno! ¡Que mi silencio vale oro, pero mi palabra es patrimonio de la Humanidad!".

El nazareno, avergonzado por haber perdido los papeles, se ajustó la túnica y siguió caminando con más prisa de la cuenta. Las hermanas vieron cómo el paso de la Virgen de la Concepción se alejaba, brillando con su plata fina, mientras Meritxell recuperaba su verborrea.

—"Vámonos de aquí, Montse. Que en Sevilla el silencio no es oro, ¡es un arma de destrucción masiva!".

Concluye la jornada con Montserrat y Meritxell jurando que, a partir de ahora, solo irán a sitios donde haya, al menos, una charanga de fondo.

La mañana amanece con dos siluetas misteriosas en el horizonte, caminando con paso firme hacia Despeñaperros, Meritxell le dice a Montse:

—"La próxima vez, reservamos en un balneario, que esto de las procesiones cansa más que subir al Aneto con alpargatas".

El destino de  los tres sevillanos que se habían reído en la Campana no corrieron mejor suerte. Al intentar regresar a su hotel, las calles de Sevilla empezaron a cerrarse sobre ellos.

No importaba por qué callejón tiraran, siempre acababan frente al mismo palio vacío. El capataz, un hombre sin rostro, dio un martillazo sordo y los tres amigos sintieron un peso inhumano en sus cervicales. Sus cuerpos empezaron a endurecerse, su piel a volverse madera policromada y sus ojos, cristal fijo. Hoy, si te fijas bien en el paso de la Hermandad del Silencio, verás tres nuevas figuras talladas en la canastilla, con una expresión de risa congelada que, de noche, parece un grito. 

Las hermanas llegaron a Córdoba con la esperanza de que el aire más austero de la ciudad califa calmara sus nervios. Sin embargo, no sabían que se dirigían directamente a uno de los rincones más enigmáticos de Andalucía: la Plaza de Capuchinos

Y, sorpresa, se encontraron en el lugar una grupo de turistas, escuchando atentamente las explicaciones de la guía. Las hermanas se apostaron junto al grupo para intentar culturizarse con la historia y las leyendas del lugar. La guía, con un tono de voz casi hipnótica iba detallando con todo lujo de detalles lo que aparecía a los ojos de los curiosos visitantes.

-”Allí se encuentra el Cristo de los Faroles (cuyo nombre oficial es Cristo de los Desagravios y Misericordia), una imponente talla de 1794 rodeada por ocho faroles que simbolizan las ocho provincias andaluzas. La leyenda cuenta que cada noche, a las doce en punto, un misterioso hombre encapuchado se acerca a la imagen para susurrar palabras ininteligibles antes de desaparecer.

Y si están interesados en asistir a alguna procesión les comento que para vivir el fervor real, visiten la plaza el Martes Santo (Hermandad de la Sangre), Miércoles Santo (Paz y Esperanza) o el Viernes Santo (Dolores)"-

Mientras observaban la imagen, Meritxell, incapaz de contenerse, susurró:

—"Montse, este Cristo tiene una cara de mala leche... parece el recaudador de Hacienda cuando te llega una paralela". 

De nuevo, las risas de unos cordobeses cercanos rompieron el recogimiento. Pero esta vez, el castigo fue más rápido. Los ocho faroles que rodeaban al Cristo se apagaron al unísono, dejando la plaza en una oscuridad absoluta. Cuando la luz regresó un segundo después, el Cristo no estaba en su pedestal. 

Apareció suspendido en el aire, justo encima de ellas, con sus cuatro clavos (una rareza iconográfica) brillando como brasas. Antes de que pudieran gritar, el encapuchado de la leyenda surgió de las sombras y les entregó un sobre sellado con cera negra. 

—"En Córdoba —dijo el espectro— no hacemos saltos mortales. Aquí, simplemente, te borramos del mapa".

Las hermanas desaparecieron antes de que el reloj de la torre terminara de dar la última campanada de medianoche. 

Mientras las hermanas catalanas fueron borradas de un plumazo en la oscuridad de la Plaza de los Capuchinos. En Córdoba, el misterio se volvió aún más denso. El sobre que el espectro entregó a las hermanas antes de borrarlas del mapa contenía la verdadera historia del soldado del Rey.

Montserrat y Meritxell, fueron transportadas, aún con el sobre de cera negra en la mano, hasta la Cuesta del Bailio. Bajaron los escalones.

—"Montse, filla, que en este sobre pone 'Impuesto de Sucesiones Eternas'. ¡Que nos han fiscalizado hasta la muerte!", exclama Meritxell intentando recuperar su ironía catalana para no desmayarse.

Un grupo de cordobeses que baja hacia la feria se detiene.

—"¡Niñas, que no es Hacienda, que es que tenéis cara de haber visto al de los cuernos!", ríe uno de ellos. "¡Andad y bebed un medio de Montilla, que el miedo con vino es solo hipo!".

Al girar por la calleja de las Flores, una sombra se desprende de la cal. Es una gitana vieja, con un pañuelo de seda que parece tejido con telas de araña y unos ojos que brillan como dos monedas de dos euros recién acuñadas.

—"¡Ay, mis niñas del norte! ¡Qué manos más blancas tenéis, parece que no habéis tocado un plato sucio en vuestra vida!", suelta la gitana con una risotada ronca.

—"No queremos romero, gracias", dice Montse, apretando el paso.

—"¡Que no es romero, guapa! ¡Que es el porvenir lo que te traigo colgando de la oreja!", responde la gitana, agarrando la mano de Meritxell con una fuerza de acero.

La gitana mira la palma de Meritxell y pone cara de haber visto un bicho en la sopa.

—"¡Ozú! Tienes la línea de la vida más liada que los cables de un poste de la luz. Y aquí, en el monte de Venus... ¡ay, hija mía! Aquí veo yo una cara muy conocida. ¡Si parece la de la Puerta del Sol! ¡La de las cañitas!".

Las hermanas palidecen. "¿La Ayuso?", susurran al unísono.

—"¡Esa misma! —dice la gitana partiéndose de risa—. Pues escuchadme bien: ella os ha echado el ojo, pero el Cristo de los Faroles os ha echado el guante. Tenéis una deuda de 'madera' que no se paga con transferencias".

La gitana les lanza un puñado de sal gorda y desaparece en un portal que no estaba allí hace un segundo. Las hermanas intentan correr, pero sus pies ya no responden. Al mirarse las manos, ven que su piel tiene vetas de cedro.

Mañana, los turistas se harán fotos con dos nuevas estatuas hiperrealistas que han aparecido en la Judería. Parecen dos catalanas asustadas. Los guías dirán, con guasa cordobesa: "Son tan reales que si les pides el ticket, te dan una factura con IVA".

Como siempre, se quitan de encima la maldición de la madera con un salmorejo en una terraza de la calle San Jacinto cuando sus oídos, ya entrenados para detectar el drama, captaron la voz de un guía que parecía sacado de una novela de Bécquer.

—"Y dicen —susurraba el guía a un grupo de turistas pálidos— que en la procesión de la sangre, los antiguos disciplinantes se azotaban con tal denuedo que las paredes de las callejas aún sudan hierro en las noches de luna llena. No busquéis solo al Cristo; buscad las huellas rojas que no se borran con la lluvia".

Meritxell dejó la cuchara en el aire.

—"Montse, filla, que esto de 'la sangre' suena a que nos vamos a ahorrar el maquillaje de Halloween. ¡Vámonos de estreno!".

Llegaron al barrio de la Calzada justo cuando el Santísimo Cristo de la Sangre, de la Hermandad de San Benito, asomaba por la puerta. La imagen, una obra de Francisco Buiza que representa a Jesús muerto y herido por la lanzada, tiene una policromía tan realista que parece que el plasma vaya a gotear sobre los acólitos en cualquier momento.

—"¡Ostras, Montse! —exclamó Meritxell—. Ese Cristo tiene más hematomas que yo después de las rebajas del Zara. ¡Y mira qué cantidad de sangre! Parece que hayan pinchado una tubería de jugo de tomate bendito".

Un cordobés con ricitos y patillas de hacha las miró con una mezcla de horror y fascinación.

—"¡Niña, por los clavos de Cristo! Que eso no es jugo de tomate, que es el sufrimiento del Señor tallado en pino de Flandes. ¡Un respeto, que estamos en la Calzada!".

De repente, el cielo se cerró y un viento gélido empezó a silbar por las esquinas. La música de la banda de cornetas y tambores se volvió más lenta, más grave, hasta que las notas parecieron lamentos humanos.

Montserrat se fijó en uno de los nazarenos. No llevaba cirio, sino una disciplina (un látigo de cuerda) que goteaba algo espeso y oscuro. El nazareno no caminaba; se deslizaba, y bajo su antifaz no se veía el brillo de unos ojos, sino una negrura absoluta que olía a óxido y a hospital antiguo.

—"Meritxell... —susurró Montse, que ya no reía—. Ese nazareno tiene los pies... bueno, no tiene pies. Son como charcos de sangre que avanzan".

El nazareno se detuvo frente a ellas. Con un movimiento mecánico, levantó el látigo y, en lugar de azotarse la espalda, señaló hacia el pecho de Meritxell. En su camiseta blanca, empezó a aparecer una mancha roja que formaba la palabra: "PAGAD".

—"¿P-pagar? —balbuceó Meritxell sacando el monedero—. ¿Aceptáis Bizum? ¿Es por la tasa turística de la sangre?".

La risa del nazareno fue un borboteo de líquido espeso. La procesión entera pareció detenerse y todos los nazarenos giraron sus capirotes hacia ellas. El Cristo de la Sangre, en lo alto del paso, inclinó la cabeza un poco más, y una gota de sangre real cayó sobre el salmorejo que Montse aún llevaba en un vaso de plástico.

—"¡A correr, Montse, que aquí el donante de sangre eres tú!", gritó Meritxell.

Salieron disparadas hacia la calle Luis Montoto, pero el suelo se había vuelto resbaladizo, como si alguien hubiera vertido un camión de hemoglobina. Mientras huían, oyeron la voz del cordobés de los ricitos a lo lejos:

—"¡No corráis, criaturas! ¡Que solo quiere que le deis el 'like' en la página de la Hermandad!".

Las catalanas no son de las que se quedan hechas astillas así como así. Haciendo acopio de esa resiliencia de Gràcia, se sacudieron el serrín de las botas, ignoraron la maldición de la gitana y corrieron hacia un coche de caballos, pero el terreno se había vuelto una duna movediza de crema solar factor 50.

—"¡Montse, corre! ¡Que viene el del chiringuito con la cuenta de los combinados!", gritó Meritxell.

Para rematar la faena, Montserrat y Meritxell habían hecho realidad su deseo más soñado irse de Córdoba con el clásico paseo en coche de caballos. Pero claro, tratándose de ellas, la cosa no iba a ser un romántico trayecto por el Parque de María Luisa, sino un rally de supervivencia autonómica.

—"Escucha, Montse —dijo Meritxell subiéndose al pescante con la agilidad de quien escala el Pedraforca—, que si no nos subimos a este trasto con ruedas de carro de buey, no tenemos la experiencia completa. ¡Esto es el Bus Turístic del siglo diecinueve!".

El cochero, un hombre con una chistera que parecía haber sobrevivido a la toma de Granada, las miró de reojo.

—"¿A dónde las llevo, señoras? al Alcázar o al Puente Romano ?".

—"¡Usted tire para adelante, caballero! —exclamó Montse—. ¡Y dele brío al jamelgo, que tenemos que llegar al Montseny antes de que cierren los peajes!"

En cuanto el coche se puso en marcha, el traqueteo de los adoquines empezó a activarles el "chip de la queja".

—"¡Ostras, Meritxell! —gritaba Montse mientras saltaba en el asiento—. ¡Esto tiene peor suspensión que el cercanías de la Renfe en hora punta! ¡Que se me están descolocando hasta los empastes de la comunión!".

De repente, por la calle Torrijos, apareció la Virgen ¡Llegó haciendo equilibrio sobre un patinete eléctrico bordado en oro, mientras les lanzaba pétalos de rosa que explotaban como confeti de libertad. ¡No podéis huir sin más, pecadoras!

—"¡Rendíos, insurrectas del pedal! —bramó la virgen—. ¡El coche de caballos es una institución nacional

—"¡O sea, niñas! —gritaba la Virgen—. ¡Que en Madrid los caballos van por la Castellana y no se quejan tanto! ¡Un poquito de alegría, que la libertad es ir en carroza aunque te salte una vértebra!"

Meritxell, harta de tanto personaje, sacó la cabeza por la capota del coche y le gritó al cochero:

—"¡Oiga, señor! ¡Haga el favor de meterle la quinta marcha a la mula! ¡Que nos persigue un gobierno de ultratumba y yo tengo hora para el podólogo en Sabadell!".

Y así, con el eco de los cascos sobre el empedrado y el aroma a estiércol bendecido, las catalanas se despidieron de Córdoba. Porque la sangre no solo se hereda, se procesiona... ¡pero a ser posible, en un coche con buenos amortiguadores!

—"Escucha, Montse, que a nosotras no nos amarga el dulce un trozo de madera por muy Ayuso que parezca", sentenció Meritxell mientras trataban de contrarrestar el brinco de la calesa. "¡Necesitamos sol, espetos y gente que no hable en metáforas de sacristía!".

El cochero de la calesa empatizó con ellas y las llevó a una playa solitaria cerca de Torremolinos. La luna llena se reflejaba en el Alborán y el olor a sardina asada todavía flotaba en el aire. Pero, de repente, el mar empezó a burbujear.

No eran olas, eran centenares de turistas británicos de los años 70, con la piel de un rosa fosforescente y camisas de flores, que emergían de las profundidades como una marea de ultratumba. Eran los "Guiris del Ayer", condenados a vagar por la costa por haber bebido demasiada sangría de garrafón.

—"¡Look, Pamela! ¡Fresh meat for the party!", gritó uno de ellos, que llevaba un flotador de patito que goteaba fango marino.

Las hermanas se vieron rodeadas por una horda que no pedía oraciones, sino "pinta of beer" y "balconing". Justo cuando un guiri zombi con calcetines blancos y sandalias iba a hincarles el diente, Meritxell sacó su arma secreta:

—"¡Escuchadme bien, pedazo de turistes! ¡Que somos de Barcelona! ¡Como no os apartéis os ponemos una tasa turística por respirar que os vais a volver a Brighton nadando!".

Los muertos vivientes se detuvieron en seco. El miedo a la burocracia administrativa catalana fue más fuerte que su hambre de cerebros. Los guiris retrocedieron aterrados ante la posibilidad de que les cobraran el aire, pero entonces, desde el fondo del mar, surgió algo peor: el espíritu del Gran Hotel que nunca se construyó.

Montserrat y Meritxell no pararon de correr hasta que el aire marino fue sustituido por el frío cortante de Sierra Nevada. 

Granada, la ciudad de sus sueños, se abría ante ellas con la Alhambra brillando como un tesoro de ámbar.

—"Aquí sí, Montse. Aquí hay cultura, hay seny y hay tapas gratis. Aquí no hay vírgenes acróbatas ni guiris de neón", suspiró Meritxell mientras caminaban por las laberínticas cuestas del Albaicín.



.

Pero Granada tiene una energía que no se explica, se padece. El silencio de las calles blancas empezó a volverse denso. De pronto, un aullido gutural, que no era humano ni de perro, rebotó en las paredes de la Real Chancillería.

Desde las sombras de un carmen abandonado, surgió la criatura. No era un zombi, ni un espectro. Era un Therian: un adolescente con máscara de lobo de fieltro, una cola de peluche enganchada al cinturón y una mirada que destilaba un fanatismo animal. Pero no estaba solo. Detrás de él, una manada de jóvenes que se identificaban como linces, zorros y gatos monteses empezaron a saltar por los tejados con una agilidad sobrenatural, gruñendo rítmicamente al compás de una base de trap que parecía salir de las propias piedras.

—"¡Por favor, que son niños disfrazados!", rió Montse, intentando recuperar la guasa que les pegaron los sevillanos. "¡Tirad para casa, que se os va a enfriar el Cola-Cao!".

Pero el Therian alfa, un chico con orejas de lobo gris, se puso a cuatro patas y soltó un bufido que olía a incienso rancio y a kebab de la calle Elvira. Sus ojos brillaron con un amarillo eléctrico.

—"¡Intrusas! —gruñó el chico-lobo—. Habéis profanado el territorio del Sacromonte con vuestro escepticismo. ¡Aquí solo reina el instinto!".

La manada se lanzó al ataque. Los "animales" no corrían, levitaban sobre los empedrados, sorteando a los turistas con saltos de parkour imposibles. Las hermanas se vieron acorraladas en el Mirador de San Nicolás. A un lado, el abismo hacia la Alhambra; al otro, una jauría de adolescentes enmascarados que reclamaban su soberanía sobre la noche granadina.

—"¡Meritxell, saca el sobre de cera negra de Córdoba! ¡Igual esto los espanta!", gritó Montse.

Al abrir el sobre, no salió una maldición, sino un contrato de alquiler vacacional de 1970. Al contacto con el aire de Granada, el papel se transformó en una red de oro que empezó a atrapar a los Therians. Pero el Alfa dio un salto mortal —exactamente igual que el de la Virgen de Sevilla— y aterrizó sobre los hombros de Meritxell.

—"¿Sabes qué es lo peor de Granada, catalana?", le susurró el lobo al oído con una voz que recordaba sospechosamente a la de un político en campaña. "Que aquí la tapa es gratis, pero el precio es tu alma".

De repente, la Alhambra empezó a cerrarse como una caja de música gigante, atrapándolas en un bucle de callejones que siempre daban al mismo sitio: una tienda de recuerdos donde todas las tazas tenían la cara de la Virgen-Ayuso y el cuerpo del Cristo de los Faroles.

El callejón del Albaicín se estrechó tanto que las paredes de cal parecían querer aplastar a las hermanas.

Los Therians se detuvieron en seco, erizando sus colas de peluche, cuando una figura blanca y silenciosa emergió de la bruma de un carmen.

Era un mimo. Pero no un mimo cualquiera. Llevaba una camiseta de rayas marineras que le quedaba impecable, un maquillaje blanco pulquérrimo y un peinado lateral con una raya tan perfecta que parecía trazada por un agrimensor de la Junta de Galicia. Sus rasgos eran inconfundibles: una mandíbula serena, unas gafas invisibles y esa mirada de quien está esperando los resultados del escrutinio en una aldea de Orense.

¡Es el Feijóo! —gritó Montse, dándose un golpe en la frente—. ¡Primero la Ayuso de madera y ahora el mimo de los Peares! ¡Esto es una conspiración de las autonomías!

El mimo-Feijóo no caminaba; se deslizaba lateralmente, haciendo el gesto de estar atrapado en una caja de cristal invisible (probablemente una metáfora de la gobernabilidad). Se acercó a Meritxell y, rompiendo la regla de oro del mimetismo, empezó a lanzarle piropos en un gallego melódico pero catastróficamente trabado.

—"¡G-g-ghurradiña... b-b-bonitiña do m-m-meu... l-l-lar!", tartamudeaba el mimo, mientras se le trababa la lengua entre los dientes pintados de negro. "¡Tés uns o-o-ollos que p-p-parecen d-d-duas d-d-deputacións en m-m-maioría a-a-absoluta!".

Intentó hacerle un corazón con las manos, pero se le enredaron los dedos y acabó haciendo el símbolo de una gaviota herida. La lengua se le hizo un nudo literal, emitiendo un sonido como de gaita desafinada: "¡Riqui-riqui-riqui-mon-tse!".

—"¡Escolta, maco! —le soltó Meritxell, perdiendo ya los papeles—. ¡Que no te entiendo ni en gallego ni en mímica! ¡O nos dejas pasar o te empadronamos en Hospitalet y te obligamos a votar en las primarias del PSC!".

El mimo-Feijóo, herido en su orgullo de gestor, cambió su expresión de galán por una de moderación extrema. Sus manos blancas se movieron frenéticamente dibujando en el aire un pacto de investidura que se desvanecía al instante. De repente, su cara empezó a agrietarse como si fuera granito de las Rías Baixas.

—"¡N-n-non m-m-me t-t-tentes, c-c-catalana! —logró articular—. ¡Que o m-m-meu sentidiño é m-m-máis f-f-fuerte que o v-v-voso p-p-pan tumaca!".

El mimo dio un salto de 180 grados, quedando de espaldas, y su nuca se transformó. Donde debería haber pelo, apareció una segunda cara idéntica, pero con los ojos rojos y una barba de tres días. El aire de Granada se volvió a llenar de un olor a orujo quemado y cera de los Faroles.

—"¡Corre, Montse! —chilló Meritxell—. ¡Que se está convirtiendo en una coalición de intereses!".

Las hermanas saltaron sobre un muro, cayendo directamente en un patio donde la gitana de Córdoba las esperaba sentada en una silla de mimbre, barajando unas cartas donde solo salían fotos de aeropuertos peatonales y estatuas de sal.

Montserrat y Meritxell no esperaron a que el mimo-Feijóo terminara de gesticular su siguiente decreto de "sentidiño". Con un salto digno de una cabra de Montserrat, treparon por los muros de la colina de la Sabika hasta plantarse en la mismísima puerta de la Alhambra.

—"¡Boabdil! ¡Obrem la porta, per favor! ¡Que venim a demanar asil!", gritaba Meritxell golpeando los portones de madera de roble y herrajes árabes.

De repente, los cerrojos se movieron solos con un chirrido que recordaba al llanto de una madre. El aire se volvió cálido, con olor a canela y a siglos de melancolía. En el centro del Patio de los Leones, envuelto en una chilaba de seda que cambiaba de color con la luz de la luna, apareció el fantasma de Boabdil, el último sultán.

Pero no estaba llorando. Se le habían secado los ojos. Tenía un iPad en la mano y cara de pocos amigos.

—"¿Asilo? ¿A estas horas? —dijo el espectro con un suspiro profundo—. Bastante tengo yo con lo mío, que me han puesto un Starbucks en la puerta y los turistas me confunden con un extra de Juego de Tronos".

—"¡Majestad, escuche! —suplicó Montse—. Que nos persigue una virgen saltimbanqui, una gitana que lee el IBEX-35 y un mimo gallego que no se explica!".

En ese momento, el mimo-Feijóo atravesó las paredes de la Alhambra sin hacer ruido, haciendo el gesto de estar subiendo una escalera mecánica invisible. Al ver a Boabdil, el mimo se detuvo y empezó a hacer mímica de "pacto de estado" entre la cultura nazarí y la Xunta de Galicia.

—"¡N-n-non m-m-me p-p-p-probes, s-s-sultán! —tartamudeó el mimo, mientras se le hacía un nudo marinero con la lengua—. ¡Q-q-que a Al-h-h-hambra n-n-necesita u-u-unha xestión m-m-moderada!".

Boabdil miró al mimo, miró a las catalanas y luego miró su iPad.

—"Mirad, niñas... —dijo el sultán con una sonrisa triste—. En Granada decimos que 'no hay nada peor que la pena de ser ciego en Granada', pero os aseguro que peor es tener que mediar entre un catalán y un gallego en mi propio patio".

Con un chasquido de sus dedos espectrales, el suelo se abrió. No era el infierno, era algo mucho más burocrático: una oficina de la Generalitat en el exilio nazarí. Las hermanas cayeron en un despacho lleno de carpetas azules y banderas con las cuatro barras.

—"Aquí estaréis a salvo —sentenció Boabdil—. Ni la Ayuso de madera, ni el Feijóo mudo pueden entrar en una oficina con competencias transferidas".

El mimo-Feijóo se quedó fuera, atrapado en una caja invisible de cristal eterno, haciendo gestos de querer presentar un recurso de inconstitucionalidad que nadie podía oír. Mientras tanto, la gitana de Córdoba apareció en una esquina del patio, vendiéndole una rama de romero al fantasma de Boabdil por cinco maravedís.

—"¡Ay, sultán! —rió la gitana—. ¡Que te veo en la mano que vas a acabar de colaborador en una tertulia de la Sexta!".

Las hermanas, por fin, respiraron tranquilas entre expedientes y sellos oficiales, mientras de fondo se oía el rachear de los costaleros que, misteriosamente, ahora arrastraban los pies al ritmo de una muñeira flamenca.

TEORÍA CONSPIRANOICA

Y surgió la "teoría conspiranoica" definitiva que Montserrat y Meritxell soltaron en una tasca de una calle, justo antes de ajustar sus bastones de senderismo y poner rumbo al norte.

—"Escolta, Meritxell —dijo Montse, desplegando un mapa de la provincia con la seguridad de quien ha coronado el Matagalls—, que aquí hay algo que no nos están contando. He visto en el cartel que hay un pueblo en Sevilla que se llama Dos Hermanas".

Meritxell abrió los ojos como naranjas de postre.

—"¡No me digas más, Montse! ¡Si es que está clarísimo! Es un homenaje de la Junta de Andalucía a nuestra trayectoria excursionista. ¡Se han enterado de que nos pateamos el Garraf de punta a punta y nos han dedicado un municipio entero!".

—"¡Es que tiene todo el sentido, filla! —continuó Montse, dándole un traguito a su tila—. Seguro que el escudo del pueblo son dos botas Chiruca cruzadas sobre un fondo de pan con tomate. ¡Lo que pasa es que los sevillanos, con eso del misterio, lo mantienen en secreto para no herir sensibilidades centrales!".

Un parroquiano que estaba al lado, con una gorra de la Hermandad de la Estrella, las miró por encima de sus gafas de sol.

—"¿Homenaje a las catalanas? ¡Niñas! Que el nombre viene de Elvira y Estefanía Nazareno, que descubrieron una cueva con una imagen en el siglo XIII...".

—"¡Chitón, caballero! —le cortó Meritxell con un gesto de mando—. Eso es la versión oficial para el programa de mando. Pero la realidad es que el alcalde de la época nos vio subir la cuesta del Turó de l'Home sin despeinarnos y dijo: '¡Ozú, qué fondo físico! A estas dos les pongo yo un ayuntamiento, una estación de Renfe y un centro comercial'".

Montse asintió convencida.

—"Claro que sí. Y seguro que el gentilicio real no es 'nazareno', sino 'excursionista-sevillana'. Lo que pasa es que aquí, entre tanto incienso y tanto salto mortal, se les ha trabado la historia. ¡Pero nosotras sabemos la verdad, Meritxell! ¡Dos Hermanas es la embajada senderista de Cataluña en el Aljarafe!".

El CORDOBÉS suspiró, apuró su caña y murmuró para sí:

—"Hay que ver... estas dos tienen más imaginación que el que inventó los frenos del paso de la Macarena".

Y así, con la convicción de que media provincia de Sevilla era un tributo a sus gemelos de acero, las hermanas abandonaron la ciudad con la cabeza muy alta.

Montserrat y Meritxell, sentadas en aquel despacho espectral de la Alhambra, se miraron a los ojos. El silencio administrativo era reconfortante, pero el olor a incienso y orujo que se filtraba por las rendijas les recordaba que Andalucía no te suelta así como así.

—"Escolta, Montse —dijo Meritxell ajustándose las gafas—, que yo por una Generalitat nazarí no paso. O volvemos a casa o prefiero que me conviertan en un banco de madera de la Rambla".

Con una determinación que ni la Virgen-Ayuso en pleno salto mortal podría frenar, las hermanas sacaron sus tarjetas de transporte de Barcelona y las chocaron como si fueran amuletos sagrados.

"¡Per la rumba i el pa amb tomàquet!", gritaron al unísono.

De repente, el mimo-Feijóo, que seguía atrapado en su caja de cristal invisible en el patio, dio un traspié gestual. Sus manos blancas, en un último intento de moderación, dibujaron una salida de emergencia. El espacio-tiempo granadino se rasgó con el sonido de una gaita fundiéndose con una guitarra flamenca.






Las hermanas sintieron un tirón en el ombligo. Cruzaron un túnel donde vieron pasar, a cámara rápida, a los guiris fosforescentes de Torremolinos haciendo cola para votar, a los Therians del Albaicín bailando sardanas y a la gitana de Córdoba vendiéndole un décimo de lotería a un holograma de la Generalitat.

¡PUF!

Aparecieron de golpe en la Plaza de San Jaime. El aire olía a mar, a humedad de ciudad condal y a humo de escape, no a cera virgen.

—"¡Estamos vivas, Montse! ¡Ni madera, ni pelo de lobo, ni mímica gallega!", celebró Meritxell tocándose la cara para comprobar que seguía siendo de carne y hueso.

Pero, al girarse hacia el balcón del Palau, se quedaron heladas. Allí, asomada con una sonrisa de porcelana y una mantilla negra que ondeaba sin que hubiera viento, estaba la Virgen de Sevilla. A su lado, un mimo impecable le sostenía el micrófono con un gesto de "pacto de cortesía".

La Virgen les guiñó un ojo de cristal azul acero y, con un movimiento mecánico, levantó una mano cuajada de esmeraldas para saludarlas.

—"¡Bienvenidas a casa, niñas! —tronó una voz que resonó en toda la plaza—. Que aquí la gestión también es cosa mía".

Las hermanas se miraron, soltaron una carcajada histérica que rebotó en las paredes góticas y, sin decir ni una palabra, se metieron en el primer bar a pedir una caña. Porque en el fondo, daba igual si estaban en la Campana o en el Paseo de Gracia: la guasa, el poder y el misterio siempre acaban compartiendo mesa.

Son las tres de la mañana, y las hermanas, con más marcha que un tren de cercanías y con la caña a medio beber en la Plaza de San Jaime, no tuvieron ni tiempo de saborear el lúpulo. El cielo de Barcelona, normalmente grisáceo y cosmopolita, se tiñó de un rojo gualda de lo más intenso. Un sonido de cascos de caballo empezó a retumbar contra el empedrado gótico, pero no era un trote normal: era un galope táctico, con ritmo de desfile de la Victoria.

De entre la bruma del Puerto surgió un jinete montado en un corcel blanco que parecía sacado de una película de la reconquista, pero con GPS integrado. Llevaba una armadura de kevlar brillante, una barba perfilada al milímetro y un pecho tan inflado que la coraza estaba a punto de saltar por los aires.

¡Es el Abascal! —gritó Montse, dejando caer la tapa de bravas al suelo—. ¡Y viene a caballo por la Vía Layetana! ¡Esto ya es el multiverso de la derecha española!

El jinete frenó en seco frente a ellas, haciendo que el caballo relinchara con un tono soberano. Se levantó la visera del casco de acero y las miró con una intensidad que derretiría un glaciar en los Pirineos.

—"¡Deteneos, vasallas del laicismo!", tronó su voz, que sonaba como si tuviera un amplificador de la Legión escondido en la garganta. "He detectado una anomalía en la unidad del destino. He seguido el rastro de serrín de la Virgen y el silencio sospechoso del mimo gallego... ¡Y todo conduce a vosotras!".

Sacó una espada de metro y medio que, en lugar de filo, tenía grabado el artículo 155 en letras de oro.

—"¡Escucha, Santi! —le soltó Meritxell, poniéndose las manos en las caderas—. ¡Que venimos de un salto mortal en Sevilla y de un exorcismo en la Alhambra! ¡A nosotras no nos asusta un pony de exhibición por muy español que sea!".

El jinete-Abascal soltó una carcajada de pecho.

—"¿Pony? ¡Este es 'Babieca 2.0'! Y no vengo solo... ¡He invocado a la Santa Inquisición de las Redes Sociales!".

De pronto, del suelo empezaron a brotar nazarenos con banderitas de España en los capirotes, que en lugar de cirios llevaban smartphones y grababan a las hermanas gritando:

"¡Canceladas! ¡Excomulgadas por falta de patriotismo!".

El Abascal-guerrero alzó su espada hacia el balcón del Palau, donde la Virgen seguía saludando.

—"¡Isabel! —rugió—. ¡Deja de saludar y baja, que tenemos que formar un Gobierno de Concentración Paranormal!".

La Virgen-Ayuso, ni corta ni perezosa, dio un triple salto mortal desde el balcón (con voltereta incluida sobre el lomo del caballo) y aterrizó detrás de Abascal. El mimo-Feijóo, que había llegado flotando en su caja invisible, se puso al lado, haciendo gestos de querer redactar un acta de coalición en silencio.

—"Montse... —susurró Meritxell, viendo a la Trinidad de la derecha Espectral rodeándolas—. O nos hacemos del Opus ahora mismo o nos veo vendiendo merchandising de la Reconquista en el Tibidabo".

En ese momento, el caballo blanco empezó a brillar y a soltar un humo que olía a puro y a incienso. La plaza entera se convirtió en una procesión infinita donde los costaleros llevaban pasos con la forma del mapa de España.

Montserrat y Meritxell se vieron rodeadas. Por un lado, la Virgen-Ayuso ajustándose el manto con chulería castiza; por otro, el mimo-Feijóo haciendo gestos de "yo no he sido, pero igual sí" dentro de su urna de cristal; y frente a ellas, Abascal sobre un Babieca que relinchaba el himno nacional cada vez que trotaba.

—"¡Escuchadme, pecadoras del consenso!", bramó Santiago, desenvainando un frasco de Esencia de Soberanía de 500ml. "¡Vais a ser nombradas Damas de Honor del Reino del Más Allá, con derecho a peineta de acero y a un ejemplar de la Constitución encuadernado en piel de toro!".

Meritxell, que ya no sabía si reír o pedir un traslado a la Luna, miró a su hermana.

—"Montse, filla, que este nos quiere meter en el Servicio Militar Femenino de Ultratumba. ¡Haz algo!".

Montse, con la rapidez mental de quien ha sobrevivido a tres cierres de caja en el Corte Inglés, metió la mano en su bolso de Tous y sacó el arma definitiva: una urna de cartón plegable de los chinos.

—"¡Alto ahí, Don Quijote de la Moraleja! —gritó Montse desplegando la caja con un golpe seco—. ¡Si das un paso más, convocamos un referéndum de autodeterminación espectral aquí mismo y te declaramos persona non grata en el Purgatorio!".

El efecto fue inmediato. El caballo de Abascal, asustado por el cartón, se encabritó de tal manera que Santiago casi pierde el casco. El mimo-Feijóo, al ver una urna, entró en un bucle de pánico gestual, intentando meter un sobre invisible mientras hacía mímica de que "la lista más votada debe ser la que gane la partida de parchís".

Pero la Virgen-Ayuso, que no se asusta por un trozo de celulosa, dio un salto mortal lateral, le arrebató la urna a Montse y la usó como bolso de mano de marca blanca.

—"O sea, de verdad, qué falta de clase —sentenció la Virgen con voz de terciopelo y mando—. Santi, deja de jugar a los soldaditos. Feijóo, sal de la caja que pareces un mimo de las Ramblas. A estas niñas me las llevo yo de cañas a la Puerta del Sol, que allí la libertad no se vota, se bebe".

En un abrir y cerrar de ojos, la Plaza de San Jaime se transformó. Los adoquines se volvieron granito madrileño, las fuentes empezaron a soltar Vermut de Reus (por aquello del guiño catalán) y el jinete Abascal, resignado, se bajó del caballo para comprobar si el animal tenía la pegatina medioambiental para entrar en la zona de bajas emisiones.

Las hermanas acabaron sentadas en una mesa de terraza infinita. A su izquierda, la Virgen pidiendo "unas bravas, pero sin nacionalismos"; a su derecha, el mimo intentando explicar con gestos que él prefería un pulpo a feira; y frente a ellas, el caballero de la Reconquista quejándose de que el camarero no llevaba uniforme de gala.

—"¿Sabes qué te digo, Montse? —susurró Meritxell mientras brindaba con un quinto—. Que después de la Virgen saltarina, el mimo mudo y el jinete táctico... casi prefiero que nos persigan los Therians. Al menos esos solo quieren un abrazo y un poco de pienso".

—"¡Calla, Meritxell! —rió Montse—. ¡Que como nos oigan, nos montan una coalición de gobierno en la sobremesa y no salimos de aquí hasta las próximas elecciones!".

Y así, entre risas, rumbas y el eco lejano de una corneta de Semana Santa, las hermanas comprendieron que España es ese lugar donde el terror y la broma duermen en la misma cama, y donde hasta los fantasmas políticos necesitan, de vez en cuando, una buena tapa y un poquito de guasa.

Y así, entre el susto y la ironía, concluyó la Semana Santa más accidentada de la historia, donde el norte y el sur se fundieron en un salto mortal de fe política y surrealismo puro.



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