LA ISLA DE LAS MUÑECAS
El motor de la trajinera tosió por última vez antes de apagarse. Julián no protestó; sabía que a partir de aquí, el silencio era la única moneda de cambio aceptada. Frente a él, emergiendo de la bruma matutina como un barco fantasma encallado en el lodo, se alzaba la Isla de las Muñecas.
No eran juguetes. Eran centinelas de pesadilla. Colgaban de los sauces llorones por el cuello, por las extremidades, o clavadas en troncos renegridos. Algunas conservaban un ojo de vidrio que brillaba con una inteligencia maliciosa; otras eran solo cuencas vacías donde las arañas habían tejido velos de luto.
Julián saltó a la orilla. El suelo estaba blando, cediendo bajo sus botas como si la isla estuviera hecha de carne en lugar de tierra. Buscaba a don Julián Santana, o lo que quedara de su leyenda. Se dice que el viejo comenzó a colgar las muñecas para aplacar el espíritu de una joven ahogada, un escudo de plástico contra un lamento eterno.
De pronto, un viento seco agitó las ramas. El sonido fue lo que casi lo hace huir: el roce de cientos de extremidades de polímero chocando entre sí. Un aplauso hueco y rítmico.
"No todas están muertas", susurró una voz que parecía venir del fondo del canal.
Julián giró sobre sus talones. No había nadie. Pero la muñeca más cercana, una figura sin brazos y con la cara quemada por el sol, parecía haber inclinado la cabeza. Unos grados apenas, lo suficiente para que su mirada ahora coincidiera con la de él.
Recordó las advertencias de los locales: No entres con las manos vacías. Rebuscó en su mochila y extrajo una vieja muñeca de porcelana que había comprado en un mercado de pulgas. Con manos temblorosas, la ató a la rama más baja del sauce principal.
El ambiente cambió de inmediato. La presión en sus oídos desapareció y la niebla comenzó a disiparse, revelando el rostro de la isla: un santuario de lo grotesco, sí, pero también un monumento a la soledad y al miedo más primario del hombre.
Al subir de nuevo a la trajinera, Julián no miró atrás. Pero mientras se alejaba, juró escuchar una risa infantil, aguda y cristalina, rompiendo la quietud del agua. O quizás, solo fue el crujido de un cuello de plástico girando para verlo partir.
La Última Excursión
El grupo de la "Ruta Macabra" no buscaba respeto, buscaba likes. Eran seis: cuatro turistas con cámaras de última generación, un guía que ya no creía en las historias que contaba, y un fotógrafo obsesionado con la luz del crepúsculo.
—"¡Venga, una foto abrazando a la de la cara derretida!"— gritó Marcos, el más joven, rompiendo la paz sagrada del lugar con una risotada.
El guía, un hombre curtido llamado Efrén, sintió un escalofrío. El aire se había vuelto denso, con un olor a agua estancada y algo más... algo dulce y podrido, como flores muertas en un jarrón olvidado.
El sol se hundió tras los canales, tiñendo el agua de un rojo herrumbre. Fue entonces cuando las baterías empezaron a morir. Primero los teléfonos, luego las linternas profesionales. El silencio que siguió no fue natural; fue absoluto. Ni un grillo, ni una rana. Solo el sonido de la madera crujiendo.
—"Oigan... ¿quién ha movido a la del vestido azul?"— preguntó una de las chicas.
La muñeca, que antes colgaba a tres metros de altura, ahora estaba en el suelo, bloqueando el sendero de regreso a la trajinera. Sus ojos de cristal, antes opacos, parecían emitir una débil luminiscencia amarillenta.
—"Dejen de jugar"— gruñó Efrén, pero su voz sonó pequeña.
De repente, un chasquido seco. Marcos, que estaba de espaldas a un sauce, soltó un alarido. No fue un ataque rápido. Fue una lenta invasión: los hilos de nylon y las raíces del árbol se habían enredado en su cuello con la precisión de una soga. Pero no era el árbol quien tiraba. Eran docenas de manos pequeñas y deformes de plástico que brotaban de la corteza, hundiendo sus dedos de vinilo en la carne del joven.
"No son objetos", jadeó Efrén, retrocediendo hacia el agua. "Son recipientes. Y están hambrientas de algo más que plástico".
La isla cobró vida de una forma atroz. Las muñecas no caminaban, se deslizaban o caían de las ramas como frutos maduros sobre los turistas. El sonido era lo peor: el chirrido del plástico viejo contra el suelo y un murmullo coral de mil voces infantiles que repetían una sola palabra: "Papá".
Las linternas parpadeaban, revelando flashes de horror: una muñeca sin mandíbula cosida a la pierna de una turista; otra, con la cabeza abierta, intentando meter sus dedos en los ojos del fotógrafo.
Llenos de pánico, intentaron saltar a la trajinera, el agua comenzó a hervir. Cientos de muñecas que habían estado bajo el lodo durante décadas emergieron, sus cuerpos cubiertos de limo negro, trepando por los costados del bote como una plaga de langostas de porcelana.
Efrén fue el último en ver la orilla. Lo último que registró su mente antes de ser arrastrado hacia la maleza fue la muñeca que Julián había dejado como ofrenda. Ya no era de porcelana blanca; ahora sus mejillas estaban sonrosadas con sangre fresca y sus labios, antes pintados, se curvaban en una sonrisa de satisfacción carnal.
Al amanecer, la isla recuperó su quietud. Solo quedaba una cámara destrozada en el lodo y cuatro nuevas figuras colgando de los sauces. Eran más grandes que las demás, pero con el tiempo, el sol y el olvido les darían esa misma apariencia de plástico quemado y alma ausente.
Entre el caos de sombras y gritos, Elena no corría. Mientras los demás luchaban contra raíces que parecían tendones, ella se había quedado petrificada frente al "Gran Sauce Central". Allí, colgada de un alambre oxidado que le atravesaba las sienes, estaba Ella.
No era una muñeca vieja y desdentada. Era una figura de porcelana de finales del siglo XIX, con un vestido de encaje amarillento que el tiempo no había logrado pudrir del todo. Sus ojos no eran de vidrio barato; eran de un azul zafiro tan profundo que parecía contener el agua estancada de todo el canal.
Elena sintió una vibración en la base del cráneo. No era una voz externa, sino un pensamiento intruso que florecía en su mente con la suavidad de un veneno:
"Sácame del lodo. En tu casa hay calor. En tu cama hay sitio. Llévame contigo y te daré el silencio que buscas."
Los dedos de Elena, entumecidos por el pánico de sus compañeros, se movieron con una delicadeza quirúrgica. Ignoró el alarido de Marcos a pocos metros; ignoró el chapoteo de los cuerpos cayendo al agua. Con un tirón seco, el alambre cedió. La porcelana estaba extrañamente caliente, latía levemente contra su palma.
—"Estás a salvo ahora"— susurró Elena, metiendo a la muñeca bajo su chaqueta impermeable.
El contacto con el torso fue eléctrico. Sintió cómo unas diminutas manos de porcelana, frías como el hielo, se aferraban a su cintura a través de la ropa. La muñeca no se quedaba quieta; se acomodaba, buscando el calor de sus órganos internos.
Cuando Efrén, el guía, la agarró del brazo para arrastrarla hacia la trajinera en un último intento de fuga, Elena no opuso resistencia. Pero su mirada ya no era la misma. Sus pupilas estaban dilatadas, reflejando el azul zafiro de la cautiva.
Mientras la trajinera se alejaba frenéticamente de la isla, dejando atrás los gritos que se apagaban bajo el agua, Elena permanecía en un rincón, abrazándose a sí misma.
La muñeca pesaba cada vez más. Ya no eran unos pocos gramos de porcelana; sentía como si cargara con un niño de cinco años sobre el pecho.
Bajo la cremallera de su chaqueta, un líquido negro y viscoso —sangre de canal— comenzaba a empapar su camiseta blanca.
Elena miró sus propias manos. La piel de sus nudillos empezaba a volverse blanca, rígida, con una textura sospechosamente parecida al craquelado de la loza antigua.
Efrén, jadeando y cubierto de barro, la miró un segundo. —"¿Estás bien? ¿Te han tocado?"— preguntó él, revisando sus propias heridas.
Elena sonrió. Fue una sonrisa mecánica, que tiraba de las comisuras de sus labios más de lo que la anatomía humana permite. —"Nadie me ha tocado, Efrén. Ahora yo soy la que cuida"— respondió ella.
En la oscuridad de la mochila de Elena, dos ojos azules se abrieron de par en par. La isla no había perdido a una habitante; simplemente había enviado a una embajadora para colonizar el mundo de los vivos.
El regreso a la Ciudad de México fue un borrón de luces de neón y sirenas. Mientras las autoridades interrogaban a los supervivientes sobre la "desaparición masiva" en los canales, Elena se movía como una sonámbula. Nadie notó el bulto bajo su chaqueta; nadie notó que no parpadeaba.
Al cerrar la puerta de su moderno loft, el silencio no fue acogedor. Fue voraz. Elena dejó la mochila sobre la mesa de cristal. El peso era ahora insoportable, como si dentro cargara un bloque de mármol húmedo.
Con dedos que ya no sentían el calor, abrió la cremallera. La muñeca de porcelana no estaba sola. Del fondo de la mochila empezaron a brotar hebras de cabello humano real, negro y pegajoso, que se arrastraban por la mesa buscando las grietas del suelo.
"Gracias, madre", vibró una voz en el aire, una frecuencia tan baja que hizo vibrar los cristales de las ventanas".
Elena se miró al espejo del pasillo. Su piel ya no era carne; era una costra blanca y pulida. Intentó gritar, pero de su boca solo salió un puñado de aserrín y el eco de una risa infantil. La muñeca, ahora del tamaño de una niña real, se puso de pie sobre la mesa. Sus ojos zafiro brillaban con la luz de las almas que acababa de devorar en Xochimilco.
A la mañana siguiente, los buzos de la policía estatal descendieron a las aguas negras que rodean la isla. Lo que encontraron no fue una escena de ahogamiento, sino una exhibición macabra:
Los cuatro visitantes y el guía no estaban flotando. Estaban "reconstituidos". Sus extremidades habían sido cosidas con alambre oxidado a los troncos de los sauces, formando una barrera humana.
Sus órganos internos habían sido vaciados y reemplazados por paja, lodo y pequeñas figuras de plástico que parecían alimentarse de sus restos.
En el centro de la choza de Don Julián, los rescatistas encontraron la cámara del fotógrafo. La última imagen grabada no era de la isla, sino de Elena, de espaldas, con una sombra pequeña y deforme sentada sobre sus hombros, hundiendo sus dedos de porcelana en el cráneo de la mujer.
En el piso 12, el teléfono de Elena sonó. Era su madre. La muñeca, ahora sentada en el sofá con el vestido de seda favorito de Elena, alargó un brazo articulado que crujió como madera vieja.
—"Dígame... abuela"— susurró la entidad con la voz exacta de Elena.
Fuera, en el pasillo del edificio, el papel tapiz empezó a humedecerse. El olor a agua estancada y lirios podridos comenzó a filtrarse por los conductos de ventilación. La Isla de las Muñecas ya no necesitaba turistas; ahora tenía un edificio entero para jugar.
El horror ha echado raíces en la ciudad y la "hija" de porcelana ha encontrado un nuevo hogar.
Intrigados por el misterioso suceso de la Isla de las Muñecas, Sergio y Carla, en colaboración con Elena, que parecía ausente, se dedicaron a buscar información. Con las fotos obtenidas, tomaron la decisión se explorar la isla maldita. Programaron la visita en un grupo de WhatsApp que parecía escrito por fantasmas. Los mensajes de Sergio eran fotos de sus dedos volviéndose rígidos, ; los de Carla, audios donde su voz sonaba como un disco rayado de los años 50. Elena no escribió, pero todos sabían que ella era el epicentro.
Se reunieron en el embarcadero de Cuemanco a medianoche. No hubo saludos, solo el sonido de articulaciones crujiendo. Elena llegó la última, envuelta en una gabardina larga para ocultar que su cuello ya no giraba de forma humana. En sus brazos, envuelta en una manta empapada, llevaba a la Intrusa.
El barquero que los esperaba no tenía rostro, o al menos las sombras bajo su sombrero de paja eran tan densas que lo ocultaban. La trajinera avanzó sin que nadie remara, deslizándose sobre un agua que ya no era líquida, sino una sopa espesa de lodo y extremidades de plástico flotantes.
A medida que se acercaban a la isla, el fenómeno se intensificó:
Cada vez que una muñeca colgada en las orillas se mecía con el viento, Sergio y Carla sentían un tirón violento en sus propios músculos.
La isla ya no se veía oscura. Emitía un resplandor fosforescente, un aura de color violeta podrido. Las miles de muñecas no estaban muertas; estaban esperando.
—"Tenemos que dejarla donde estaba"— susurró Carla, su voz ahora era un pitido metálico. —"Si la devolvemos, el hechizo se romperá".
Saltaron a la orilla. El suelo gimió bajo sus pies. Elena caminó hacia el "Gran Sauce Central", el altar de donde había arrancado a la figura de porcelana. Pero al llegar, vio algo que le heló la sangre (o lo que quedaba de ella).
El alambre oxidado que ella había cortado se estaba moviendo solo, serpenteando como una cobra de hierro, buscando una nueva cabeza que sujetar.
"No me trajiste para devolverme", siseó la muñeca bajo la manta, saltando de los brazos de Elena con una agilidad antinatural. "Me trajiste para que pudiera presentaros a la familia".
De la cabaña de madera podrida salió una figura alta, encorvada, hecha enteramente de piezas de muñecas cosidas con piel humana. No era Don Julián; era una amalgama de todos los que habían muerto en la isla.
Sergio intentó correr, pero sus pies se hundieron en el barro y, al tirar, descubrió que sus piernas se habían convertido en pilotes de madera vieja. Las muñecas pequeñas treparon por él, clavándole clavos oxidados para fijarlo al suelo
Carla cayó de rodillas mientras sus ojos se volvían de cristal opaco, perdiendo la visión del mundo real para ver solo el "reino de las sombras" de la isla.
Elena se quedó de pie, paralizada. La muñeca de porcelana trepó por su cuerpo hasta quedar cara a cara. Con un beso frío de loza, la entidad comenzó a absorber lo último que quedaba de la voluntad de la mujer.
Al amanecer, la trajinera regresó sola al embarcadero de Cuemanco. Estaba vacía, salvo por una vieja cámara de fotos y un zapato de mujer lleno de lodo.
En la Isla de las Muñecas, el paisaje había cambiado ligeramente. Ahora, en el sauce principal, había tres figuras nuevas. No eran muñecas pequeñas. Eran de tamaño natural, perfectamente conservadas por el aire viciado del canal.
Sergio sostenía una cámara de madera perpetuamente pegada a su cara de plástico.
Carla tenía un mecanismo en la espalda que, cuando soplaba el viento, la hacía decir: "Llevadme con vosotros".
Elena ocupaba el lugar de honor, con un vestido de encaje real y ojos de zafiro que parpadeaban cada vez que una nueva trajinera llena de turistas se acercaba a la orilla.
La excursión no había sido un error; había sido una cosecha.
Un mes después de la desaparición de Elena, Sergio y Carla, el canal de Xochimilco recuperó su engañosa calma. Las autoridades locales, temerosas de perder los ingresos del turismo, declararon el caso como un "lamentable accidente por corrientes traicioneras". La isla fue reabierta al público bajo una nueva administración.
Un grupo de estudiantes extranjeros bajó de la trajinera. Reían, bromeaban sobre el "kitsch" macabro del lugar y preparaban sus palos de selfie. Entre ellos estaba Clara, una joven que sentía una extraña atracción por lo antiguo.
—"Miren esa"— dijo Clara, señalando hacia el Gran Sauce Central. —"Parece tan... real. Casi podrías jurar que su piel no es plástico".
Era Elena. O lo que quedaba de ella. Su rostro de porcelana era de una perfección aterradora, y su vestido de encaje se movía suavemente con la brisa, ocultando las costuras donde la carne se encontraba con el polímero.
De repente, el viento sopló desde el corazón de la isla. Un mecanismo oculto en el pecho de una muñeca cercana, una figura que vestía los restos de la ropa de Carla, se activó con un chirrido de engranajes oxidados.
"Llevadme con vosotros...", gimió la voz, una frecuencia metálica que parecía grabada en una cinta de hace décadas. "Aquí hace frío. Llevadme a casa".
Clara se quedó paralizada. Sintió un tirón en la base del cráneo, una vibración familiar. Agachó la mirada y, entre las raíces de sauce, vio una pequeña mano de madera que sobresalía del barro, sosteniendo lo que parecía una tarjeta de memoria de cámara profesional, intacta y brillante.
El guía, un hombre nuevo que evitaba mirar a los sauces a los ojos, apresuró al grupo. —"No toquen nada, por favor. La isla tiene memoria. Don Julián decía que las muñecas se alimentan de la atención de los vivos".
Pero era tarde. Clara ya había guardado la tarjeta en su bolsillo. Sintió un calor repentino en el muslo, una pulsación rítmica que compasaba con su propio corazón. Mientras la trajinera se alejaba, la figura de Elena en el sauce central parpadeó. Sus ojos de zafiro siguieron el rastro de la barca hasta que se perdió en la niebla.
La isla no estaba satisfecha. Nunca lo estaría. Solo estaba esperando a que Clara llegara a su casa en la ciudad para empezar la siguiente cosecha.
Gemini ha dicho
Los canales de Xochimilco no son simples vías de agua; son las venas de un gigante que respira bajo el lodo. En el tramo que conduce a la Isla de las Muñecas, el paisaje deja de ser un destino turístico para convertirse en un centinela silencioso, un personaje que observa desde la quietud de su superficie aceitosa.
El agua en este punto del laberinto es espesa y flemática, un espejo oscuro que se niega a reflejar la luz del sol con claridad. No fluye; simplemente espera. Es un cuerpo que ha aprendido a guardar secretos bajo capas de lirio acuático y sedimentos antiguos, moviéndose con la pesadez de quien carga un luto eterno.
El canal se viste con un manto verde esmeralda de vegetación flotante que, a ratos, parece cerrarse tras el paso de la trajinera, como si el agua intentara borrar el rastro de los vivos para que nadie interrumpa su letargo.
Al amanecer o en el crepúsculo, el canal exhala un vaho frío y blanquecino. Esta niebla no es climática, es su voz; una bruma que envuelve las raíces de las ahuejotes (sauces negros) y desibuja los límites entre la tierra firme y el abismo líquido.
Los árboles que bordean la orilla actúan como sus extremidades. Se inclinan hacia el centro del cauce con una curiosidad mórbida, sus ramas desnudas parecen dedos largos y huesudos que intentan rozar el agua o señalar a los intrusos.
El canal es un confesor mudo. Ha escuchado durante décadas el susurro del viento entre los plásticos de las muñecas colgadas y el lamento del agua chocando contra la orilla de chinampa. No juzga el horror ni la locura de Don Julián; al contrario, los ha asimilado.
Es un lugar que posee una gravedad propia. Mientras más te adentras en sus arterias, el ruido del mundo exterior muere. El canal impone su propia banda sonora: el chapoteo rítmico del remo, el crujido de la madera y un silencio tan denso que se siente en los oídos como una presión submarina.
El canal no es el escenario de la tragedia, es su cómplice más antiguo. Sabe que, en este rincón del mundo, todo lo que cae al agua —ya sea una muñeca, un recuerdo o una vida— le pertenece para siempre.
Clara hundió el remo en el agua, pero el canal no cedió con la docilidad de siempre; se sintió como si estuviera cortando carne fría.
A medida que se acercaba a la Isla de las Muñecas, el entorno dejó de ser un paisaje para convertirse en un acechante. El canal, con su piel de lirio y aceite, parecía estrecharse a su paso, una garganta verde que se preparaba para tragar su pequeña trajinera.
Clara soltó el remo y dejó que la inercia la llevara. El silencio del lugar no era ausencia de ruido, sino una presencia física. El canal la observaba con mil ojos invisibles bajo la superficie.
Clara extendió la mano, rozando la superficie. El agua no estaba líquida, sino viscosa, como si el canal intentara aferrarse a sus dedos. Estaba helada, una frialdad que no venía del clima, sino de la profundidad del lodo.
Una rama de ahuejote, larga y gris como un brazo desnutrido, acarició el hombro de Clara. Ella se estremeció. No fue el viento; fue el canal dándole la bienvenida, o quizás, marcándola.
Al asomarse por la borda, Clara no vio su rostro. El canal le devolvió una versión distorsionada de la realidad: las muñecas colgadas en la orilla parecían moverse en el reflejo, aunque en los árboles estuvieran quietas. El agua le estaba mintiendo, jugando con su cordura.
—Sé que estás ahí —susurró Clara, su voz apenas un hilo que el aire pesado devoró al instante.
El canal respondió con un burbujeo lento, una exhalación de gas de pantano que subió desde el fondo. Fue un gesto casi burlón. El lugar parecía decirle que ella era solo una mota de polvo en su historia de décadas. Clara sintió que el canal no quería que se fuera, pero no por hospitalidad, sino por coleccionismo.
Para el canal, Clara no era una turista; era otra pieza potencial que el tiempo terminaría por marchitar y sumergir, tal como había hecho con las muñecas, con las flores y con el hombre que alguna vez creyó ser el dueño de esa orilla.
s fascinante cómo el horror puede ser tan estático y, a la vez, tan violento. Siguiendo esa estela de Kafka, donde la tragedia no es solo el cambio, sino la consciencia lúcida de la propia pérdida de humanidad, aquí tienes la transformación de Clara:
Al principio, Clara creyó que era el frío del canal el que le entumecía las rodillas. Pero cuando intentó dar un paso sobre la tierra húmeda de la chinampa, escuchó un crujido seco, un sonido de cerámica chocando contra piedra que no provenía del suelo, sino de sus propios huesos.
La rigidez comenzó en los extremos. Clara bajó la mirada y vio con horror cómo el suave color canela de sus dedos se drenaba, dejando paso a un blanco lechoso y semi translúcido. Intentó doblar las falanges, pero la piel se había vuelto una cáscara inerte. Al forzar el movimiento, no sintió dolor, sino algo mucho peor: una grieta fina y oscura se abrió en su nudillo, revelando que por dentro ya no había sangre, sino un vacío polvoriento y oscuro.
La transformación ascendía por sus brazos como un veneno mineral. Sus articulaciones se hincharon, transformándose en toscas esferas de encaje, las uniones de una marioneta que ella ya no gobernaba.
Intentó gritar, pero sus cuerdas vocales se habían endurecido hasta convertirse en hilos de nylon rígidos. El grito se ahogó en un sordo tintineo de plástico viejo.
Sintió que sus órganos internos se contraían, se secaban y eran reemplazados por un relleno de estopa y serrín rancio. Su respiración, antes agitada, se volvió innecesaria; el pecho dejó de subir y bajar, quedando congelado en una última e incompleta exhalación.
Fue lo último en caer. Clara sintió que sus párpados pesaban como planchas de plomo. Al intentar parpadear, escuchó el clac-clac rítmico de unas pestañas de plástico moviéndose por gravedad. Sus ojos, antes llenos de pánico y vida, se fijaron en un punto infinito del canal, volviéndose esferas de cristal soplado, brillantes y carentes de alma.
El fenómeno no fue solo físico; fue una invasión de su identidad. Mientras sus labios se sellaban en una sonrisa fija y agrietada, pintada con un carmín que parecía sangre seca, Clara sintió cómo sus recuerdos se volvían planos, como fotografías expuestas al sol.
El canal, ese personaje silencioso que la había escoltado, pareció soltar un suspiro de satisfacción. Una rama de sauce, como un brazo maternal y perverso, descendió lentamente y se enredó en su cuello, ahora de plástico rígido.
Clara ya no era Clara. Era una nueva centinela. El viento sopló y ella, colgada ya de la rama, osciló con un balanceo mecánico. Sus pies de porcelana chocaron entre sí con un sonido hueco, sumándose al coro de miles de muñecas que, con sus ojos fijos, le daban la bienvenida a su nueva e inmóvil eternidad.
El canal ya no la miraba como a una extraña. Ahora, ella formaba parte de su caligrafía de pesadilla.
El silencio de la isla, que antes le había parecido a Clara una ausencia de vida, se reveló de pronto como una frecuencia vibratoria, un zumbido sordo que solo los objetos pueden escuchar.
Clara estaba allí, suspendida de una rama de sauce que le apretaba el cuello de porcelana con una firmeza vegetal. Sus ojos de vidrio estaban clavados en el horizonte aceitoso del canal, incapaces de parpadear, pero su mente... su mente era un incendio encerrado en una caja de música oxidada. Seguía siendo Clara, pero una Clara atrapada tras un muro de polímero y pintura descascarada.
Entonces, el aire cambió. No fue el viento, sino un movimiento colectivo. A su alrededor, las otras muñecas —aquellas masas de plástico derretido, de cuencas vacías y extremidades amputadas por el tiempo— comenzaron a reaccionar.
Un sonido seco, como el de mil insectos frotando sus patas, recorrió la chinampa. Eran las muñecas girando sus cabezas. No era un movimiento fluido; eran sacudidas espasmódicas, un clac-clac-clac de engranajes internos que el óxido no lograba detener del todo.
Cientos de ojos de canica, algunos nublados por el moho y otros rotos, se fijaron en ella. Clara sintió la presión de esa atención. No había compasión en ellas, solo una voracidad estática.
En su mente, una voz que no era una voz, sino el roce de papel de lija, empezó a filtrarse. «Nueva... fresca... todavía tiene calor en el centro», parecía decir el coro de plástico.
Una muñeca antigua, con el rostro medio devorado por los hongos y un solo brazo colgando de un hilo de alambre, se balanceó violentamente en la rama contigua a la de Clara. El golpe de su cuerpo hueco contra el de Clara produjo un sonido musical y aterrador: un eco de vacío.
—No intentes gritar —pareció vibrar el aire alrededor de sus orejas de plástico—. El canal se alimenta de los gritos que no pueden salir. Ahora eres parte del sedimento.
Clara intentó desesperadamente mover un dedo, una uña, enviar una señal de que seguía viva bajo esa máscara de porcelana blanca. Pero su cuerpo solo respondió con una rigidez absoluta. La isla no era un cementerio; era una colmena de conciencias atrapadas.
Vio cómo las hormigas empezaban a trepar por sus nuevas piernas rígidas, explorando las grietas de su pintura. Sintió cada pata diminuta con una sensibilidad exacerbada, una tortura sensorial que no podía evitar.
El resto de las muñecas dejaron de moverse de golpe. El mensaje estaba claro: el orden se había restablecido. La isla había reclamado su tributo. Clara, la "muñeca pensante", sería la crónica viva de los próximos años, observando cómo el sol decoloraba su vestido de flores y cómo la humedad del canal iba, átomo a átomo, reclamando su voluntad hasta que su mente fuera tan gris como el agua que la rodeaba.
La luz del sol se hundió en el canal como un cuerpo pesado, y con ella, se fue el último rastro de esperanza de Clara. La oscuridad en Xochimilco no es un vacío; es una sustancia densa, una neblina de color petróleo que parece emerger del lecho de fango para reclamar la superficie.
Para Clara, que ahora veía el mundo a través de la lente inmutable de sus ojos de cristal, la noche trajo consigo una revelación espantosa: el canal cobraba vida.
Desde su rama de sauce, Clara sintió una vibración en la madera del árbol. El agua, antes estancada, comenzó a arremolinarse de forma antinatural. De las profundidades del canal, surgieron las sombras. No eran siluetas humanas, sino emanaciones de chapopote y lodo, figuras alargadas y carentes de rostro que se deslizaban sobre el agua sin romper su superficie.
Eran los "ecos" de todos los que se habían ahogado en el olvido del laberinto. Clara, atrapada en su prisión de porcelana, quería cerrar los ojos, pero sus párpados fijos la obligaban a ser testigo.
Las sombras treparon por las raíces de los ahuejotes. Una de ellas, una mano de humo negro y frío, acarició los pies rígidos de Clara. El contacto no dolió, pero envió una descarga de terror gélido directamente a su mente activa. El ente parecía estar probando la frescura de su nueva carcasa.
El silencio se rompió por un sonido que Clara reconoció con horror: el roce de miles de piezas de plástico. Todas las muñecas de la isla empezaron a balancearse rítmicamente. Sus bocas agrietadas no se movían, pero de sus pechos huecos salía un silbido, una canción de cuna distorsionada que resonaba en la mente de Clara como una interferencia de radio antigua.
Las sombras no venían solas. Del fondo del agua, empezaron a emerger muñecas que el canal se había tragado décadas atrás. Eran esqueletos de plástico cubiertos de limo y algas, con las cuencas de los ojos habitadas por larvas luminosas. Se arrastraron por la orilla, acercándose al árbol de Clara.
—«Míranos»— decía el murmullo colectivo en su cabeza—. «Nosotras somos el recuerdo del canal. Tú eres el presente. Mañana serás el pasado».
Lo más aterrador para Clara no fue ver a los espectros, sino la incapacidad de reaccionar. Una araña del pantano comenzó a tejer su red sobre su boca pintada, uniendo sus labios de cerámica con hilos de seda pegajosa. Clara sentía cada movimiento de las patas del insecto sobre su rostro, pero no podía siquiera temblar.
Estaba condenada a ser una espectadora de su propia descomposición mística. A lo lejos, escuchó el motor de una trajinera que se alejaba, el último vínculo con el mundo de los vivos. El sonido se extinguió, dejándola sola con las sombras que ahora la rodeaban completamente, danzando en un ritual silencioso bajo la luna plateada.
En ese momento, Clara comprendió la verdadera magia de la isla: no era la muerte, sino la eternidad consciente. Ella no descansaría. Observaría los siglos pasar, colgada de ese árbol, mientras el canal le contaba, noche tras noche, los secretos más oscuros de sus profundidades.
La luz del alba se filtró entre las ramas de los ahuejotes, tiñendo el canal de un color óxido. Con el sol, las sombras de chapopote se retiraron a las profundidades, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que la propia noche.
Clara seguía allí. Su vestido, antes impecable, ya mostraba las primeras manchas de moho verdoso, y la red de la araña en su boca brillaba con el rocío matutino. Por dentro, su mente era un grito sordo que no conocía el cansancio, una consciencia eléctrica atrapada en un bloque de yeso y resina.
El chapoteo de un remo anunció la llegada de la primera trajinera del día. Un joven fotógrafo, con la cámara colgada al cuello y la mirada ávida de "misticismo", saltó a la chinampa. Caminó entre las muñecas decapitadas con una mezcla de morbo y fascinación, hasta que sus ojos se toparon con ella.
—Vaya... —susurró, ajustando el lente—. Esta parece nueva. Don Julián habría estado orgulloso de esta pieza.
Se acercó tanto que Clara pudo oler el café en su aliento. Ella intentó, con toda la fuerza de su voluntad inexistente, mover una pestaña, gritar, derramar una lágrima de cristal. Solo logró que la luz del sol rebotara en sus pupilas fijas.
—Increíble —dijo el joven—. El nivel de detalle en la mirada es... perturbador. Parece que me está viendo de verdad.
El fotógrafo extendió la mano para apartar una rama que tapaba el rostro de Clara. Al hacerlo, sus dedos rozaron la mejilla de porcelana de la joven.
Clara sintió el calor de su piel como una explosión volcánica. En ese contacto, algo se transfirió. No fue un grito lo que salió de ella, sino una vacante.
El joven palideció. Su brazo se quedó rígido en el aire. Sus ojos, antes llenos de curiosidad, empezaron a perder el brillo de la vida, volviéndose opacos, vidriosos, mientras el color de su piel se drenaba hacia el suelo, volviéndose de un blanco lechoso.
—Gracias... —susurró una voz que no salió de ninguna boca, sino del aire mismo.
El cuerpo del fotógrafo se combó, crujiendo como madera seca, hasta quedar convertido en una figura estática, una nueva estatua de carne endurecida que caería al suelo como un fardo de serrín.
En ese mismo instante, los dedos de porcelana de la muñeca que era Clara se cerraron.
Ella parpadeó. Sintió el aire frío entrar de nuevo en sus pulmones, quemando como fuego. El hilo de nylon que la sostenía del cuello se rompió bajo su peso real. Cayó de rodillas sobre el lodo, recuperando el calor, la sangre y el miedo.
Clara se puso en pie, tambaleándose, mirando con horror el cuerpo inerte y "muñequizado" del joven a sus pies. Corrió hacia la trajinera, remando con una desesperación animal para huir de ese infierno.
Solo cuando estuvo a kilómetros de distancia, ya en el embarcadero, se atrevió a mirarse en un espejo. Su rostro era el suyo, sí. Pero al bajar la mirada hacia sus manos, soltó un alarido que heló la sangre de los presentes.
En el dorso de su mano derecha, justo donde el joven la había tocado, no había piel. Había una pequeña etiqueta de fábrica, cosida directamente a su carne, que rezaba en letras negras:
"HECHO EN XOCHIMILCO. PROPIEDAD DEL CANAL. NO REEMBOLSABLE."
Clara comprendió entonces que no había escapado. El canal no libera a sus piezas; solo les permite salir a buscar un reemplazo. Ella seguía siendo de plástico por dentro; solo estaba "prestada" al mundo de los vivos hasta que el canal reclamara su deuda.
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