martes, 8 de noviembre de 2011

EL HOTEL DEL PÁNICO



Mi sueño siempre fue visitar los Castillos del Loire y cuando por fin lo conseguí, pasé la noche más horripilante de mi vida. Todo transcurrió en un Hotel de Limoges, cuyo nombre omitiré para no hacer propaganda.

Aquel día había sido especialmente duro para todos los viajeros. Empezó con una indisposición gravísima de uno de los compañeros del viaje. Nada más subir al autocar, cuando iba por el pasillo entre los asientos, empezó a irse de un lado para otro, diciendo: …” ¡¡¡me encuentro mal!!! – Mientras el hombre se agarraba donde podía. Al final, ya fuera del autocar, se tumbó en el suelo. Esperamos el tiempo prudencial que tarda una ambulancia en llegar y llevarse al enfermo. El viaje reanudó su itinerario rumbo a los soñados Castillos del Loira. Más tarde, nos enteraríamos que nuestro compañero había sufrido un ictus cerebral y ya estaba fuera de peligro.

Angustiadas y muy afectadas por lo sucedido, la mañana transcurrió sin percances, la belleza escenográfica de los famosos Castillos borraba cualquier atisbo de inquietud. Así que pese a las circunstancias, disfrutamos del día. Fue precioso y tal y como soñaba. La realidad superaba con creces la imagen que yo me había formado de ellos en mi imaginación.

Pero, cuando se acababa la maravillosa jornada, aquellas estrechas carreteras se convirtieron en un cementerio viviente. Lloviznaba y el asfalto resbaladizo de la carretera, por cierto una vía en no muy buen estado, era una pista improvisada de patinaje para los vehículos que circulaban por ella. El trayecto hasta el hotel se convirtió en una macabra sucesión de accidentes múltiples de coches con los cuerpos de las víctimas rotos en la cuneta o sobre el asfalto. Era algo dantesco y difícil de contemplar, cada vez que el autocar pasaba cerca de un fallecido, nosotras mirábamos hacia otro lado.

Cuando llegamos al hotel, la primera impresión que me produjo fue de desagrado, inhóspito, frío y pasado de moda. Efectivamente, su estética arquitectónica respondía a una clara tendencia neoclásica. Su aspecto denotaba que en otro tiempo pudo ser influyente, pero en la actualidad, presentaba un aire decadente y su fachada con un blanco desvaído me provocaba malas vibraciones. No me gustaba nada el Hotel, y por los comentarios que escuchaba a mi alrededor, de mi hermana y compañeros de viaje, tampoco parecían demasiado seducidos por el anticuado hotel.

Cuando el guía repartió la llaves de las habitaciones, nos apelotonamos todos junto a la puerta del ascensor, una antigualla de los años cuarenta, que, aunque, con el tiempo es posible que sean expuestos en algún museo, en este que tenía delante ni la puerta encajaba bien. Pero, aún así funcionaba, cuando, tras esperar un largo rato llegó, por fin, la primera pareja que se disponía a entrar, la antigualla se tragó a la chica y cerró las puertas dejando al marido fuera estupefacto. Pero, no sólo eso, el ascensor y su ocupante, empezaron un trasiego sin fin, el ascensor subía y bajaba y las carcajadas de la chica se oían desde fuera. Al final, el ascensor harto de su inútil periplo se detuvo ante la perplejidad de todos, en el vestíbulo, con la joven todavía en su interior. El marido al verla de nuevo, le preguntó: …” Se puede saber que has estado haciendo todo este rato”… y la chica riéndose con ganas apenas le podía contestar. Tras tranquilizarse, le dijo que ella no había hecho nada que era el ascensor que subía, abría las puertas, las cerraba, y otra vez bajaba…

Cuando Antonia y yo la oímos, decidimos no subir en el ascensor maldito, y como nosotras un montón de compañeros. Subimos cargadas con las maletas tres plantas, que se hicieron eternas. Lo chocante era la alfombra roja que se extendía sobre los escalones. Aún así cada paso que íbamos dando hacía crujir el suelo bajo nuestros pies.

Sofocadas y casi jadeantes por el esfuerzo, llegamos hasta nuestra habitación, que también nos costó lo nuestro abrirla, porque la cerradura necesitaba tres en uno. Pero, mientras nos encontrábamos trajinando la cerradura, oímos a nuestro vecino que dice: …” La leche, esto parece el castillo del Conde Drácula”… Yo, que lo oigo, y con lo miedosa que soy, llamo a mi hermana y le digo: …” ¿Antonia, has oído, dice que se parece al Castillo del Conde Drácula?”… Antonia me hace un gesto de silencio con la cabeza, …” No le hagas caso, ese es tonto”… me dice riéndose.

Pero nuestro compañero de viaje no era tonto, que va, ni mucho menos. Nuestra habitación era horrible con unos gruesos cortinajes de terciopelo granate. Completaba el conjunto unos grandes pompones en los bajos. Le eché una mirada a la estancia y me fije en que todo estaba cogido con cadenas. Y, eso chocaba, jamás se me hubiera ocurrido que pudiesen robar los mandos de televisión de los hoteles.

Ojeamos con curiosidad toda la habitación, me metí en el lavabo y me extrañó no ver el water por ninguna parte y que la única toalla que había era pequeña, vieja y con un aspecto muy poco higiénico. Tanto es así, que tras lavarme las manos, rehusé secarlas con ella. Hice un comentario en voz alta dirigido a mi hermana:…” Antonia mira que vergüenza de toalla nos han puesto”…

Mientras tanto, Antonia, parecía que su empeño por encontrar el water había llegado a buen fin. Descubrió que se encontraba camuflado en la pared, como oculto. Cuando vio la toalla le volvió a entrar la risa.

…”Me parece que esta noche no me desvisto, este lugar me provoca escalofríos”…me dijo. Y, curiosamente, su voz no sonó irónica.

La decoración era más bien cutre, sin grandes alardes, y desde luego ningún decorador había querido lucirse en aquel lugar. Un frío extremo penetraba en la piel, imperaba un ambiente desasosegante. Cuando  terminamos de hablar por teléfono con la familia, nos fuimos a dar paseos por la ciudad ya que Limoges, como todo el mundo sabe, es célebre por sus finas porcelanas. Nos encontramos con otros miembros del grupo y después de conversar con ellos, llegamos a la conclusión de que la habitación les había producido la misma desagradable impresión que a nosotras. Era ya hora avanzada, y pocos eran los comercios que todavía mantenían sus puertas abiertas. Pero, milagrosamente, encontramos una tienda en la que se vendían preciosas vajillas, y otros objetos de regalo, así que el grupo se aventuró en su interior, ante la cara de satisfacción del dueño, que no tardó en cambiar porque uno de nuestros compañeros del viaje rompió una de las piezas que había expuesta en una vitrina. La pequeña discusión que originó el percance fue más que suficiente para que todo el grupo saliese pitando del establecimiento. La situación muy cómica, arrancó unas cuantas risas al grupo…Estas cosas pasan en los viajes.

Llegó la hora de la cena, que, para variar, estaba riquísima, era tanta el hambre que arrastraba que me hubiera comido hasta las piedras, cuando tengo hambre soy muy voraz…je,je,je,.

Pero, después del café pensamos en dar otro paseo, nuestra habitación no era precisamente acogedora.  Después de la salida,  cuando llegamos al hotel  dejemos los abrigos en la habitación. Pero conforme iban pasando las horas, la noche se iba volviendo más fría y húmeda,  y  pese a las reticencias que el alojamiento suscitaba en el grupo, la necesidad de alejarnos de aquel hotel tan tenebroso fue algo apremiante. Tampoco se trataba de acabar el viaje con una galipandia, así que decidimos subir a la habitación en busca de los parkas.

Como suele suceder en los hoteles más viejos, cuando ya nos encontramos en nuestra planta y había que recorrer el largo pasillo, sobre el que flotaba una leve bruma y un inquietante olor a quemado, se fue la luz. En ese momento, experimenté todo el terror que se puede sentir en este mundo. Cuando, de pronto, se abrió al final del pasillo una puerta y de su interior brotó una luz lo suficientemente intensa como para iluminar todo el lugar. Paralizadas por el terror, permanecimos estáticas un largo rato, a la espera de que alguna persona saliese de su interior y ahuyentase nuestros terrores. Pero nada de eso pasó, aquel lugar estaba completamente desierto. Antes de que se apagara la luz, nosotras ya nos encontrábamos en el interior de nuestra habitación y asiendo nuestros parkas, abandonamos la habitación a toda prisa. Sin encontrarnos con nadie, y bajando a toda pastilla por las escaleras. Cuando alcanzamos la calle, nos sobraba todo lo que llevábamos encima.…

Después de callejear y coger frío, dando más tumbos que un tiovivo, regresamos al hotel de los horrores. Sólo pensar en la oscuridad de aquel pasillo tan largo ya me ponía los pelos de punta. Pero, ahora íbamos acompañadas de nuestros compañeros de viaje, así que recorrer el largo pasillo en su compañía fue algo divertido.

Una vez dentro de la habitación, cuando me dirigí al cuarto de baño descubrí que la toalla la habían cambiado, ahora tenía ante mis ojos una nueva y ,en condiciones. Así se lo hice saber a mi hermana, pero no insistí porque no me contestó. Estaba lavándome los dientes, cuando escuché un alarido y creí que había sido mi hermana. Así que salí corriendo del lavabo pensando que se había hecho daño, pero ella estaba tan campante viendo la televisión.

…”Antonia he oído un grito espeluznante”… le conté todo y también le enseñé la nueva toalla que nos habían dejado. Mi hermana pensó que cuando nos quejamos, alguien nos había oído.

Lo más extraño de todo es que el grito era descomunal  y,. extrañamente, sólo lo había oído yo.

Escucharlo me puso en un estado de nervios descontrolado. Sentí que la habitación estaba helada, un frío intenso, y no tardé en padecer los primeros síntomas de un enfriamiento. Contemplaba el extraño saliente de la pared de enfrente y no sé por qué, pero me inquietaba . Me quería ir, sabía a ciencia cierta que aquella noche no iba a pegar ojo. La escasa luz me jugaba malas pasadas, y en una de las esquinas creí ver una especie de bruma negra. Hicimos fotos, muchas fotos forzando la sensibilidad de la película, porque tuve la sensación de que allí había una rara presencia. Algo imposible de definir. Curiosamente, todas las fotos que hicimos de la habitación se malograron, tan sólo en una se captó esa especie de bruma en una esquina de la habitación…

Cuando me dormí, tuve pesadillas y entre ellas soñé que un hombre en mangas de camisa salía del extraño saliente de la pared, un hombre joven y de facciones agradables, se acercaba hasta mi cama y me decía en un susurro: …”Aýudame…ayúdame”…

Cuando nos despertamos con la llegada del día, Antonia me dijo que había tenido una extraña pesadilla, me la contó y nos dimos cuenta que las dos habíamos soñado lo mismo.

Dejé la habitación muy enferma con un resfriado muy fuerte, pero curiosamente, fue desapareciendo durante el día. Y, cuando me encontré en casa estaba totalmente restablecida.

Esta historia que he contado no es ningún cuento, nos sucedió en uno de los viajes más maravillosos que hemos hecho. Ya hace algún tiempo de ello, pero aquellas experiencias quedarán en mi memoria hasta el día que me muera.

LOS PÁJAROS DE LA NOCHE




Me gusta pasear por la noche, no hay nada más relajante que los paseos nocturnos sin rumbo fijo, una sensación de paz y equilibrio se apodera de mi alma. En estos momentos disfruto de mi ciudad como si fuera mía y no hay nada que pueda turbar mi placidez.

La noche es pura magia, gozar de su silencio y quietud me hace sentir libre del ajetreo diurno y si hay algo que me gusta es perderme en las ciudades, cuanto más grandes, impersonales y complicadas, mejor. A veces, la multitud de extraños ruidos que pueblan la noche excita mi alocada imaginación y creo ver extrañas figuras palpitantes que se agazapan en oscuros rincones. En esos momentos, tengo la sensación de que una bestia terrible y hambrienta se encuentra al acecho. Hasta mi sombra, en ocasiones, me juega malas pasadas y creo que es un siniestro acosador con las peores intenciones.

Hoy he salido un poco más tarde de lo habitual y ya las calles están libres del agobiante bullicio de la gente, del incesante y contaminante tráfico, cualquier vestigio del hilillo de vida que anima mi barrio es cosa pasada. Hoy se respira en el ambiente algo distinto, incierto, tengo una extraña sensación. Siento que algo se avecina.

Camino absorta en mis pensamientos, mis pasos son lentos y sin rumbo, contemplando con atención los edificios y la luz que irradian sus ventanales y me siento sugestionada por el sonido que desprenden. La intensa observación me hace perder el sentido del tiempo, ya que la vida parece detenerse y es posible escuchar el espíritu de la ciudad. Evito los encuentros con los vecinos porque alteran mi tranquilidad, en esos momentos mis conocidos de siempre se convierten en intrusos y nunca deseo tanto la soledad como en esos momentos. Cruzo calles sin fijarme en los semáforos, pasos de cebra, la noche me convierte en un ser solitario y rebelde. Soy más celosa que nunca de mi intimidad.

Todavía quedan unas horas para que la ciudad sea nuevamente deslumbrada por el reflejo del sol en sus impolutas y blancas fachadas, mientras que en la noche todo se convierte en un ambiente silencioso, roto en ocasiones por el atrevimiento de algunos vecinos que disfrutan del relente nocturno al amparo de sus casas, pero no consiguen quebrar la serena tranquilidad de la noche.

Recorriendo mi barrio me siento protegida. Con las farolas iluminando mi camino y los edificios vigilándome… Sé que nada malo me puede ocurrir.

Llevo paseando largo rato y la noche sigue iluminada por la luna y las estrellas, me siento como una moderna adoradora de los fenómenos celestes y la belleza nocturna que se me revela es tanta que no me he dado cuenta que mis calles conocidas han desaparecido, me encuentro en un lugar que no conozco y siento que se acrecienta en mi interior la inquietud, me siento desorientada y perdida, de repente toda la paz y la serenidad que me ofrecía mi barrio ha desaparecido. Ahora sólo tengo ante mis ojos una ciudad siniestra y llena de oscuras sombras, taciturna y terriblemente silenciosa.

Vagabunda en la noche, me sobresalta un intenso aleteo que procede del cielo, cautelosa opto por ocultarme. Ante mis ojos se presentan una bandada de pájaros que cubre el firmamento con un manto inmenso de negrura. Son los pájaros de la noche que sepultan la ciudad, grandes y pequeños, emiten gorjeos y graznidos. Encontrarlos en mi camino sólo puede ser una señal, un canto a la vida que me parece magnífico, alegra y disipa mis temores en esta noche oscura.

De pronto, una ráfaga de aire frío penetra en mi cuerpo, cuando contemplo como los edificios que se encuentran en mi camino son invadidos por la bandada de pájaros negros, irrumpen como si criaturas del mismo infierno se tratase, emitiendo fuertes alaridos y desde el interior me llega el atronador silencio del vacío que genera la ausencia de vida. Horrorizada, comprendo que la ciudad está desierta. Soy el único ser viviente en esta ciudad de muertos. Todo me parece muy extraño, cuando las aves reinician el vuelo veo en ellas el pelaje de la desgracia y la esencia de la misma muerte. Siguen su rumbo silenciosos y pausados. Sin ser consciente sigo intrigada a estos pájaros dominada por curiosidad.

Al cabo de un rato, los pájaros llegan hasta una odiosa Torre llena de columnas de hierro, tornillos y acero. Contemplo una sombra detestable de la modernidad que se extiende como una mancha de tinta por una plaza desconocida, ningún edificio sobrepasa su altura, imponente domina la plaza como un faro que irradia una luminosidad que se pierde en los edificios desiertos que la rodean, casi muertos de esta insólita ciudad. La gigantesca torre acoge como una madre vigilante a los pájaros de la noche sobre la que se encaraman silenciosos y expectantes. Esta noche de difuntos se acaba de convertir en una noche de brujas y en esta ciudad sólo se escucha retumbar el sonido de mis pasos en la vacía acera entre los edificios. Siento crecer un peligro incierto que intensifica mi imaginación enfermiza cuando confundo los bultos oscuros que forman los edificios en amenazantes sombras negras.

El terror me vuelve cautelosa y sigo avanzando lenta y cuidadosamente, procurando no hacer ruido. Me oculto tras un oscuro rincón porque tengo la certeza de que va a ocurrir algo en los próximos minutos y así sucede, de pronto, una puerta gigantesca se abre y del interior de la torre salen unos encapuchados que van descalzos, porque sus pies no tocan el suelo, y llevan como indumentaria raídas túnicas negras. Las siniestras aves abandonan la torre y encabezando la fantasmal comitiva se dirigen hacia un lugar desconocido.

La extraña procesión de encapuchados me provoca escalofríos y no puedo distinguir sus rostros ya que las sombras los ocultan. Sigilosa y aterrorizada sigo a los extraños personajes cuando veo que las aves se acercan a una casa que se encuentra iluminada, el único punto de luz en esta ciudad de brujas, y se encaraman en el tejado. Mientras tanto, la extraña procesión detiene su marcha delante de la puerta y golpeándola fuertemente tres veces esperan a que se abra.

Una muchacha joven, llorosa y con la mirada perdida, su frágil cuerpo irradia una extraña luz que acentúa la palidez de su rostro. Se abre la puerta lentamente, aparece la muchacha y con resignación se incorpora a la lúgubre procesión portando una vela.

La siniestra comitiva reanuda su marcha entonando unos extraños cánticos, que me provocan escalofríos, precedida de los pájaros de la noche. Se dirigen de nuevo hacia la torre y se pierden dentro de ella con la nueva acompañante.

Todavía no acabo de comprender lo que ha pasado, pero cuando me doy la vuelta, me encuentro cara a cara con un encapuchado, un ser sin rostro y del que me llega una voz atronadora que no parece de este mundo:

- …”Has visto algo que te estaba prohibido, has perturbado el sueño de los moradores nocturnos. Los pájaros de la muerte son presagios de muerte si los has oído cantar ya estás condenada y nunca verás la luz del día”…

Las horripilantes palabras del espectro me hielan la sangre y comienza a formarse en mi garganta un atroz alarido que se lleva un repentino golpe de viento que hace crujir las ramas de los árboles y las ventanas de los edificios..

La siniestra comitiva de espectros penetra en la extraña torre y tras el último encapuchado la puerta se cierra violentamente con un potente rugido que parece salido del mismo infierno.

Mi alma deambula sin rumbo fijo por esta triste noche, convertida en una caminante errante llevo perdida en esta aterradora pesadilla demasiado tiempo. Comprendo resignada que nada soy y nada tengo, quizá ya pertenezco a la eternidad. Esos espectrales pájaros de la noche me acosan, pero yo consigo eludirlos. Su empeño irracional en atraparme no ceja y sé que al final caeré bajo su poder…

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