viernes, 17 de febrero de 2012
EL MARIDO TUERTO
"Sutileza de una mujer que hizo evadirse a su amigo cuando su marido, que era tuerto, iba a sorprenderles".
Hubo una vez cierto mayordomo de Carlos, el último duque de Alençon, que había perdido un ojo y estaba casado con una mujer mucho más joven que él, y a quien su señor y su señora amaban tanto como merecía por el puesto que ocupaba en su casa; y no podía ir tan frecuentemente como hubiera querido, a ver a su mujer. Esto dio ocasión a que ella olvidara su honor y su conciencia y se enamorase de un hidalgo, amores que a la larga hicieron tanto ruido que el marido acabó por enterarse, pero no podía creerlo por las grandes muestras de afecto con que su esposa lo recibía.
Aún así, un día, pensó que debía hacer una prueba y vengarse, si podía, de quien le hacía tal afrenta. Para conseguirlo fingió que se iba a cierto lugar próximo para dos o tres días. Creyéndose que había ido, su mujer envió a buscar a su amante, y no habría pasado ni media hora cuando llegó su marido, que llamó fuerte a la puerta. Ella, conociéndolo, advirtió a su amante, que hubiera querido estar en el vientre de su madre y que maldecía de ella y del amor, que lo habían colocado en semejante peligro. Aquélla le pidió que no se preocupase y que ella encontraría el modo de hacerle salir sin vergüenza ni daño y que se vistiese lo más rápidamente posible.
Mientras tanto, el marido llamaba a la puerta y gritaba tan alto como podía. Ella fingía que no lo conocía y gritaba al criado:
-¿Por qué no os levantáis y vais a hacer callar a los que llaman a la puerta? ¿Son éstas horas para venir a molestar a casa de gentes de bien? ¡Si mi marido estuviera aquí ya os guardaríais!
El marido, al oír la voz de su mujer, la llamó lo más alto que pudo:
-Esposa mía, abridme. ¿Me vais a hacer permanecer aquí hasta el amanecer? -y cuando vio que su amigo estaba en condiciones de salir, abrió la puerta y empezó a decir a su marido.
-¡Oh, esposo mío!, qué contenta estoy de que hayáis venido; estaba soñando algo maravilloso como no se puede imaginar. Soñaba que habías recuperado la vista de vuestro ojo -y abrazándolo y besándolo lo cogió por la cabeza y tapó el ojo bueno mientras le preguntaba:
-¿No veis mejor que de costumbre? -y mientras no veía ni gota hizo salir a su amigo, lo que el marido sospechó y le dijo sin poderse contener:
-Mujer, nunca más estaré a tu acecho, pues queriendo engañarte he recibido el engaño más fino que nunca se ha inventado. Dios quiera castigarte, pues no hay hombre que pueda dar órdenes a la malicia de una mujer si no es matándola. Pero ya que el buen trato que te he dado no ha podido servir para tu enmienda, puede ser que el despecho que te demostraré de hoy en adelante te castigará.
Y diciendo esto se fue y dejó a su mujer muy desolada.
Mas después, por oficios de parientes, amigos, excusas y lágrimas, aún volvió a su casa junto a ella.
EL HEPTAMERON, MARGARITA DE VALOIS
ANGULIMALA, UN ASESINO EN SERIE "ILUMINADO"
El cierre de la web de descargas me ha inspirado compartir con vosotros la bella historia de Angulimala, un asesino en serie iluminado.
Existió una vez un hombre que era un asesino loco y había hecho una promesa terrible, mataría mil personas, ni una menos. Esa sería su venganza porque se sentía maltratado por la sociedad . Y de cada persona que matara le cortaría un dedo y con ellos se haría un rosario que se colocaría en torno al cuello.
Por esto, cambio su nombre por Angulimala: el hombre con el rosario de dedos. Había matado a novecientas noventainueve personas y la furia de sus crímenes era conocida en toda la región, nadie osaba acercarse. Allí por donde se le veía la gente huía aterrada, pues la fama cruel del hombre había conseguido rodearlo de la más absoluta soledad, de modo que aldeas y pueblos enteros habían quedado desiertos lo que impedía concluir su promesa, conseguir un hombre más.
Una mañana, después de mendigar su alimento en Savatthi, Buda emprendió el camino rumbo al distrito en el que se sabía que Angulimala sembraba el terror. A medida que Buda pasaba por ahí, los granjeros, ganaderos y viajantes le advertían que no siguiera por ese camino. Se encontraba en el bosque, cuando la gente de la aldea vino a decirle: "¡No vayas! ¡Angulimala está ahí, ese asesino loco! Y no se lo pensará dos veces, simplemente te matará; y no pensará que eres Buda. No vayas por ese camino, hay otro camino. Puedes ir por ahí ¡pero no vayas por el bosque!".
Angulimala había conseguido situarse en un lugar ventajoso desde donde vigilaba el camino a Savatthi, pero durante las horas que estuvo en su puesto no llegó a ver ningún ser viviente. La ruta estaba totalmente desierta. De pronto, a lo lejos, atisbó una figura solitaria que se dirigía a paso lento rumbo a su escondite. Conforme se aproximaba la figura, Angulimala pudo ver que ésta vestía el manto de un monje. No podía creer que un monje osara enfrentarse a un ser humano como él. Indiferente al tipo de persona que pudiera tener delante de él decidió quitarle la vida. Armado hasta los dientes se dirigió al hombre que parecía ignorar a la clase de persona con quien se estaba enfrentando.
Decidió sorprenderle tendiéndole una trampa escondiéndose tras un árbol. Pero, cuando abandonó su escondite a toda carrera con la intención de atrapar a Buda, algo extraño sucedió, porque corría y corría, pero nunca conseguía alcanzarle a pesar de que el hombre seguía a su paso, con calma y a pasos regulares. Por fin frenó y le gritó al Buda: “¡Detente, monje! ¡Detente!” Buda le respondió: “Ya me he detenido, Angulimala. ¿Ahora tú también debes detenerte!” y siguió caminando. Esto desconcertó a Angulimala todavía más: “¡Normalmente emparejo a un elefante o a un caballo aunque avancen a galope, incluso alcanzo a un carro y hasta a un venado. Pero a este monje no puedo alcanzarlo y va caminando con paso tranquilo!” Trató de correr más rápido pero la distancia entre él y su víctima seguía siendo la misma.
Entonces le dijo a Buda: " ¡Detente ahí y regresa! ¡No des un paso más! Yo soy Angulimala y estos son los novecientos noventainueve dedos, y necesito uno más -aun si mi madre viene la mataré y cumpliré mi promesa. Así que no te acerques ¡soy peligroso! Y no creo en la religión y no me interesa saber quién eres. Puedes ser tal vez un monje, un gran santo ¡no me importa! Sólo me importa el dedo, y tu dedo es tan bueno como el de cualquiera. Así que no des un paso más, de otro modo te mataré. “¡Detente!”.
Pero Buda continuó caminando.
Entonces Angulimala pensó: "¡Este hombre es sordo o está loco!". De nuevo gritó: "¡Detente! ¡No te muevas!".
Buda dijo: "Me he detenido hace mucho tiempo, y no me estoy moviendo, tú eres el que te estás moviendo. Todo movimiento se ha detenido porque no hay motivación . Cuando no hay motivación ¿cómo puede haber movimiento? No hay motivación para mi porque ya he alcanzado la meta. Así que ¿para qué me voy a mover? Tú te estás moviendo –y yo te digo a ti: "¡Detente!".
Por la apariencia de ese hombre adivinó que se trataba de un seguidor de Buda. Se suponía que sus discípulos jamás mentían. No obstante, este monje le dijo que ya se había detenido y seguía caminando. En cambio, le decía a Angulimala que él debía detenerse cuando ya estaba quieto. El asesino le pidió al monje que se explicara.
Buda dijo: "Si yo no voy ¿quién irá? Él está esperando a alguien, en este caso su última víctima. Tengo que ir"… Porque él casi ha cumplido su promesa… y es un hombre de energía porque está luchando contra toda la sociedad. Todos le temen porque ha matado a más de mil personas. Nadie puede hacer nada.
Buda confesó: "El es un hombre y me necesita. Debo correr el riesgo aunque me mate o yo le mate". Esto es lo que los Budas hacen, arriesgarse. Algunos de los discípulos más cercanos de Buda que intentaron seguirlo hasta el final se acobardaron y se fueron quedando en el camino, pues era demasiado peligroso.
Cuando Buda llegó hasta la montaña donde Angulimala se encontraba, llegó completamente solo, sus fieles discípulos habían desaparecido. Angulimala miró a este hombre tan inocente y bello como un niño que incluso siendo un asesino sintió compasión por él y pensó en conseguir el dedo que le faltaba de otra víctima.
Buda se acercó más y dijo: "Oí que necesitas un dedo más. En lo que respecta a este cuerpo, mi objetivo se ha logrado, este cuerpo es inútil.
Cuando muera la gente lo quemará, no será útil para nadie. Lo puedes usar, tu promesa puede ser cumplida: corta mi dedo y corta mi cabeza. Yo he venido a propósito porque ésta es la última oportunidad para que mi cuerpo pueda ser usado de alguna forma; de otra manera la gente lo quemará".
Angulimala dijo: "¿Qué estás diciendo? Yo que pensando que era el único loco de por aquí. Y no trates de ser listo porque soy peligroso, ¡todavía te puedo matar!".
Buda dijo: "Antes de que me mates haz una cosa, cumple el deseo de un condenado a muerte: corta la rama de ese árbol". Angulimala sacó su espada y con un golpe hizo caer una gran rama. Buda dijo: "Sólo una cosa más: ahora, ¡únela de nuevo al árbol!".
Angulimala dijo: "Ahora, sé perfectamente que estás loco -puedo cortarla pero no puedo unirla".
Entonces Buda comenzó a reírse y dijo: "Si sólo puedes destruir y no puedes crear, no deberías destruir, porque cualquier niño puede destruir, no hay bravura en eso. Esta rama puede ser cortada por un niño, pero para unirla es necesario un Maestro. Y si ni siquiera puedes volver a unir la rama al árbol, ¿cómo puedes cortar cabezas humanas? ¿Alguna vez lo has pensado?".
Angulimala cerró sus ojos, cayó a los pies de Buda.
“Angulimala, ya he dejado de ejercer cualquier violencia hacia todos los seres, pero tú no has sabido refrenarte. Es por eso que ya me he detenido y tú no lo has hecho”. Estas palabras sacudieron a Angulimala. Supo que por fin, aquí, en este monje intrépido, había un maestro al que podía respetar. Había llegado la hora de que renunciara a sus malvados métodos. Arrojó lejos sus armas y se tendió a los pies de Buda, rogándole que lo aceptara como discípulo. Entonces, con la cabeza afeitada y vistiendo el manto remendado de un monje del bosque, Angulimala retornó con Buda a Savatthi.
Mientras tanto, en la ciudad, una multitud impaciente clamaba ante el palacio del rey, pidiendo que éste hiciera algo con respecto al ladrón asesino que aterrorizaba en las afueras. De manera que el rey cabalgó junto con un grupo de 500 hombres y al acercarse al Bosque desmontó y caminó para ver al Buda, de quien hacía mucho tiempo había sido discípulo.
“¿Qué te tiene tan inquieto, buen rey?”, preguntó Buda. “¿Alguien invade tu reino?” El rey le contó acerca del terrible ladrón y asesino que asolaba la región y al cual dudaba que pudiera llegar a capturar.
Buda quiso saber: “¿Qué harías si Angulimala abandonara su vida dedicada al homicidio y al crimen, se rasurara la cabeza y se vistiera con el hábito de un monje para convertirse en mi discípulo?” “Le mostraría el respeto que se le debe a un monje y vería que tuviera cubiertas sus necesidades pero, señor, Angulimala está demasiado perdido por sus costumbres perniciosas y nunca cambiará”.
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