
…”El muchacho abre lentamente los ojos, cuando todavía se encuentra encaramado en el hombro del fornido peregrino, que ya empieza a resoplar por el esfuerzo que supone la carga adicional del joven. La visión de los pies ulcerados, convertidos en un amasijo sanguinolento, impacta en el ánimo del joven y casi vuelve a perder la consciencia.
Los peregrinos están preocupados, porque durante el día siguen el rastro de las aves migratorias y se orientan fácilmente, pero durante la noche siguen el reguero de estrellas que deja la Vía Láctea. Pero, la niebla inoportuna y traicionera les priva de la guía que la naturaleza les brinda generosamente.
Aún en las peores circunstancias, los peregrinos se ríen de su suerte, ya que han luchado en mil batallas contra el infiel, valerosamente, y no se han acobardado. Y, ahora, este enemigo invisible e inofensivo les acomete sin piedad y se sienten impotentes y atemorizados en una encrucijada de la que no pueden escapar.
Desorientados e incapaces de proseguir ante lo desconocido deciden hacer un alto en el camino y esperar a que la niebla se disipe. Ahora comprenden que la noche es larga y puede convertirse en algo peligroso. Sus cuerpos están extenuados, por el esfuerzo de la larga caminata y ya no pueden más.
Los peregrinos está asombrados ante el espesor de la niebla, nunca han visto nada igual, casi se puede cortar con el filo de sus espadas. Casi asfixiante y húmeda, se abraza inclemente a los cuerpos y los inmoviliza, pero no es una parálisis física, sino mental.
Avanzan en tinieblas y suben uno detrás de otro por un estrecho sendero, del que sólo pueden ver lo más inmediato, el resto queda oculto tras la niebla inmisericorde. Tintinean los dientes por el frío que se desliza como una corriente a lo largo del espinazo. Eluden una gran roca y una cañada que la niebla convierte en invisible. El camino se convierte en algo peligroso y extreman las precauciones. Para evitar posibles accidentes Gondemar se adelanta al grupo tanteando el terreno y señalizando las dificultades que se puedan ir encontrando.
El terreno es muy pedregoso y compromete la estabilidad de los pobres hombres, las piedras del camino se introducen en sus calzados y el dolor es lacerante porque sus pies se encuentran en un estado penoso. Se detienen y se las quitan, porque su carne está sangrando y los calambres son cada vez más dolorosos.
Finalmente, ya no saben que dirección seguir en el sendero que ha ido serpenteando hasta el momento. Se dirigen a una planicie desde donde obtener una panorámica de conjunto con la que situarse y tomar una decisión, pero resulta inútil con la niebla.
Al fin, descubren a través de los jirones de la niebla los muros de un edificio abandonado del que sólo quedan las impresionantes ruinas de lo que pudo ser en el pasado un importante monasterio, ahora, completamente destruido.

El lugar no es muy hospitalario, pero sus muros descarnados pueden ofrecer un poco de protección a unos peregrinos descarriados.
-“ No es Versalles, –comenta Hugo-, pero para descansar y reponer fuerzas ya está bien”- Todavía con el chico a cuestas.
Otro de los peregrinos, notablemente más joven, con unas barbas muy generosas que no consiguen ocultar unas facciones aristocráticas, casi hermosas a pesar de las cicatrices que recorren su rostro. La indumentaria de peregrino apenas consigue ocultar la gran corpulencia que posee este caballero.
– “¿ Espero que no sean las ruinas del monasterio ese del que tanto se habla y del que decían que estaba regentado por unas monjas diabólicas?-“ comenta Hugo, mientras deja al muchacho en el suelo recostado contra un muro.
– “¿ De qué monjas diabólicas hablas?” Pregunta Archembaud, riéndose…
– “Se cuenta por esta comarca que existía un monasterio que estaba regentado por monjas, cuya abadesa servía al diablo y realizaba ritos satánicos y de magia negra en las dependencias más secretas de la abadía. Y, no sólo eso, también se dedicaba a lanzar conjuros y hechizos, y si era preciso utilizaba alguna ponzoña, contra religiosos de otras órdenes, siempre y cuando ocasionasen algún perjuicio a sus intereses.
Era una mujer tan bella como perversa. Al poco tiempo de ingresar en la orden empezó a prosperar y pronto se convirtió en abadesa llegando a introducir tal corrupción que su abadía una noche de luna llena sufrió el ataque devastador de todos los aldeanos de la región dominados por una ira indescriptible provocada por la creencia de que estas monjas secuestraban a recién nacidos para sacrificarlos en sus siniestras misas negras. El cenobio fue devorado por el fuego, un acto purificador ante semejante ignominia. Y, es entonces cuando nace la leyenda que rodea a este monasterio. Las sospechas no eran infundadas ya que cuando todo acabó arrasado por las llamas cuando se realizaron los enterramientos en el cementerio, se descubrieron los cuerpos de las monjas sepultadas con las criaturas colocadas entre sus piernas.
También se cuenta de ellas que obligaban a los peregrinos que buscaban amparo bajo los muros de su monasterio a hacer testamento, tanto si estaban enfermos, como si no. Y, todos aquellos que tenían importantes posesiones, al final, contraían alguna rara enfermedad y al final sus restos eran enterrados en el cementerio que hay junto al monasterio.-“ Concluye Hugo y toma un sorbo de agua, porque se le ha secado la garganta con la narración.
– “¿Y, tienes que explicar todo esto ahora precisamente?” Le replica uno de los peregrinos más jóvenes.
– “Anda sigue con la historia- ríe Godofredo- que estoy muy intrigado en saber como sigue la historia, siempre me han gustado mucho las historias de fantasmas”- y le guiña un ojo al muchacho que recostado sobre la tierra húmeda está pendiente de las palabras del peregrino que ha cargado con él toda la tarde.
-“La leyenda, – sigue con su monólogo el peregrino- nace con la destrucción y muerte de la abadesa. Es a partir de este momento cuando aparecen los primeros rumores acerca de las apariciones espectrales en este lugar. Algunos aldeanos han comentado que en noches de Luna Llena han tenido encuentros en este lugar con seres fantasmagóricos que han matado de miedo a más de uno.”-
– “Y, claro hoy tenemos Luna Llena” – comenta Andrés, el peregrino más joven, padeciendo un fuerte tembleque, no se sabe a ciencia cierta si por el terror o por la fría humedad de la noche.
– “Pues, sí, tenemos luna llena. Pero a mi me preocupa más tropezarme con Simón de Montfort, que enfrentarme a todos los fantasmas que podamos encontrar en este paraje, porque no tendrá ninguna posibilidad de sobrevivir”,– comenta y al mismo tiempo señala con un gesto de la mano al muchacho que, completamente ajeno a la preocupación que despierta en sus compañeros de viaje, se dedica inocentemente a devorar los escasos víveres que le han proporcionado- .
- “Ya verás lo que tardo yo en coger el sueño” – le responde Godofredo riéndose, tratando de aliviar la tensión de su compañero.
El muchacho, ya repuesto contempla inquieto la negra mole de piedra negruzca que son los viejos pilares que sostienen los muros de este impresionante monasterio y se le encoge el corazón, pues su sexto sentido le advierte que se aproxima una noche de terror infernal”…