LA IMPORTANCIA DE SER FACHA
El diagnóstico clínico (edición irónicamente revisada)
Según el Instituto Internacional de Neurociencia de la Barra del Bar, ser facha no sería exactamente una ideología, sino una entrañable alteración neuro-conceptual digna de estudio. Un fenómeno fascinante en el que el cerebro desarrolla la extraordinaria capacidad de defender con pasión los intereses de personas que jamás le devolverán la llamada.
Primer síntoma: el síndrome del millonario en prácticas. El paciente puede llegar con la cuenta corriente en números rojos, una hipoteca que parece una condena medieval y un coche que arranca por pura fe, pero habla de los impuestos a las grandes fortunas como si estuviera esperando una llamada urgente de su gestor en las Islas Caimán. "Hoy soy mileurista, pero mañana nunca se sabe", se repite con la esperanza de que el universo le conceda una petrolera.
Segundo síntoma: amnesia histórica selectiva. El afectado olvida misteriosamente que sus abuelos trabajaban de sol a sol para el señorito, cobraban en ocasiones más promesas que salarios y llamaban "amo" a alguien que no sabía ni cómo se llamaban ellos. Sin embargo, desarrolla una memoria prodigiosa para recordar el precio del café en 1982 y asegurar que entonces sí que había orden y respeto.
Tercer síntoma: alergia aguda a la ayuda social. Una prestación de 400 euros para un desempleado puede desencadenar fuertes episodios de indignación, acompañados de frases como "¡Así cualquiera!". Curiosamente, los mismos pacientes muestran una serenidad budista cuando se rescatan autopistas, bancos o grandes empresas con miles de millones de dinero público. La ciencia sigue sin explicar este fascinante contraste emocional.
Cuarto síntoma: empatía invertida. El organismo reacciona con extraordinaria sensibilidad ante el sufrimiento de las eléctricas, los fondos de inversión o el propietario de veinte pisos que debe pagar más impuestos, pero puede experimentar una sorprendente resistencia emocional frente a la situación de un pensionista, un trabajador precario o una familia desahuciada. Los investigadores lo conocen como el "efecto Robin Hood al revés".
Quinto síntoma: percepción permanente del apocalipsis. El paciente lleva treinta años anunciando el fin de España para el próximo martes. Pese a los reiterados fracasos de la profecía, jamás pierde la esperanza. Es una muestra de optimismo admirable: el mundo se acaba continuamente y, aun así, siempre hay tiempo para otro tertuliano y otro café.
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