EL MISTERIO DEL INCENDIO DE LOS GALLARDOS

 


Prólogo frente a la hoguera del bulo
El verdadero peligro de un incendio no termina cuando se apagan las llamas; se multiplica cuando las cenizas se trasladan a las redes sociales. Asistimos estos días a un espectáculo tan desolador como el propio monte quemado: una proliferación asfixiante de publicaciones en Facebook que, lejos de arrimar el hombro, prefieren prender fuego a la verdad. 
Asegurar, con una ligereza pasmosa y desde la comodidad de una pantalla, que el Gobierno provoca incendios de forma deliberada no es libertad de expresión; es un insulto a la inteligencia colectiva y, sobre todo, una falta de respeto intolerable hacia quienes lo han perdido todo.
Buscar un villano de película en los despachos oficiales es el camino fácil. Es la excusa perfecta que se inventan las mentes perezosas para no mirar de frente a los verdaderos culpables: la crisis climática, el abandono del medio rural y la alarmante falta de recursos. Quienes intoxican el muro de Facebook con teorías de la conspiración solo consiguen desviar el foco de donde realmente quema: la urgencia de exigir responsabilidades reales y de proteger nuestra tierra antes de que sea demasiado tarde. Frente al humo de los bulos, urge un cortafuegos de cordura.

Por supuesto. Ha sido el Gobierno.

Ha sido el mismísimo Consejo de Ministros, que entre decreto y decreto se dedica a bajar en helicóptero por la noche para prenderle fuego a Los Gallardos. Es una explicación súper lógica. Mucho más lógica que asumir las consecuencias de décadas de abandono rural, negligencias humanas y un termómetro que roza los 45 grados a la sombra.
Pero mira, si de verdad buscas un culpable invisible detrás del humo, deja en paz los despachos oficiales. El verdadero autor intelectual se llama Karma.
El Karma es ese "comité de expertos" que no necesita elecciones para gobernarnos. Es el que nos está cobrando las facturas de tratar al monte como si fuera un vertedero o un decorado de postal que se cuida solo. El problema de echarle la culpa al de arriba —al político de turno— es que nos da la excusa perfecta para seguir de brazos cruzados, mirando las cenizas desde el sofá mientras buscamos culpables en Twitter.
El futuro que nos espera con este guion es glorioso: un secarral agrietado donde lo único que va a brotar serán las teorías de la conspiración. Cuando no quede un árbol en pie ni agua para apagar un rastrojo, podremos seguir debatiendo en el bar sobre qué partido político inventó el fuego. Seguro que eso refresca muchísimo el ambiente.
Señalar al Gobierno es comodísimo porque nos quita la culpa. Pero la realidad es mucho más tozuda: el monte se quema hoy por lo que no cuidamos ayer, y mañana será un desierto si hoy seguimos echándole la culpa al empedrado. Quizás va siendo hora de cambiar el chip, porque al Karma le da exactamente igual quién esté en el poder; nos va a pasar la factura a todos por igual.  

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