El Caminante de Luz Fracturada apareció de repente, atravesó la grieta y se plantó ante ellos, el silencio era demoledor, su luz, antes prismática y vibrante, era ahora un parpadeo mortecino, grisáceo, como una vela a punto de extinguirse. Tras él, Vaelen arrastraba los pies, con su armadura de combate destrozada y la mirada perdida en el vacío de quienes han visto el fin del mundo.
Pero el centro del dolor era la pareja. Silas y Lyra venían entrelazados, no por pasión, sino por una necesidad desesperada de no dejarse caer.
Silas Vane presentaba quemaduras por frío químico que le subían por el cuello, restos de una tormenta criogénica que casi los sepulta. Su respiración era un estertor húmedo, síntoma de que el aire tóxico del exterior había empezado a cristalizar sus pulmones.
Lyra estaba casi irreconocible. Su rostro, marcado por la erosión del viento ácido, mostraba una palidez cadavérica. Tenía una herida profunda en el costado, apretada por un vendaje improvisado que ya no podía contener la hemorragia.
Apenas cruzaron la zona de descompresión, cayeron al suelo de metal frío. Los suministros que traían —apenas unos pocos contenedores de biomasa recuperada de un silo olvidado— rodaron por el pasillo. Era una recompensa amarga: suficiente para que los niños sobrevivieran una semana más, pero un precio altísimo para quienes los consiguieron.
En su estado semicomatoso, mientras corrían hacia el aprovisionamiento de medicinas del Atlas, Lyra y Silas se buscaron con las manos. En ese umbral entre la vida y la muerte, la barrera entre sus sueños pasionales y la cruel realidad se desvaneció por completo. Para ellos, el dolor físico era solo un ruido de fondo comparado con el terror de que su conexión cuántica se rompiera.
—En el campo de trigo... —susurró Silas, con la boca llena de sangre, intentando invocar el refugio onírico donde no existía el hambre.
Lyra solo pudo apretar sus dedos contra los de él antes de perder el conocimiento. El Atlas, que una vez fue su hogar y luego su celda, los recibía ahora como una tumba de hierro. El fuego había consumido su comida, y el Erial casi consume sus vidas; solo quedaba ver si ese amor nacido en los sueños tenía la fuerza suficiente para arrastrarlos de vuelta desde el abismo de la muerte.
El silencio que los recibió al cruzar la esclusa fue más devastador que cualquier tormenta de ácido. No hubo vítores, ni equipos médicos, ni el llanto de los niños. El aire en el Atlas, antes vibrante con el murmullo de cientos de vidas, estaba ahora muerto, estancado y gélido.
Silas y Lyra, colapsados en el suelo y desangrándose, recorrieron con la mirada el pasillo principal. Las luces de emergencia parpadeaban con un ritmo agónico, proyectando sombras largas sobre un escenario de abandono absoluto.
Las estancias vacías: Vaelen, apoyándose en las paredes para no caer, avanzó hacia los dormitorios. Las literas estaban perfectamente hechas, los juguetes de trapo de los niños descansaban sobre las almohadas. No había signos de lucha, ni rastro de sangre, ni huellas de una evacuación apresurada. Simplemente, se habían evaporado.
En las mesas aún quedaban los cuencos vacíos del último racionamiento, alineados con una precisión militar perturbadora. El Atlas parecía un barco fantasma que hubiera decidido seguir navegando sin tripulación.
El Caminante de Luz Fracturada, cuya esencia estaba tan debilitada que apenas proyectaba una sombra, se arrastró hacia el centro del nudo de comunicaciones. Al tocar la consola central, su cuerpo emitió una pulsación de luz negra.
—No se han ido —su voz resonó en las mentes de los heridos, cargada de una tristeza infinita—. El tiempo que "robamos" para sobrevivir en el Erial... el Atlas lo ha cobrado de ellos.
La conclusión cayó sobre ellos como una losa de hormigón: la paradoja cuántica se había completado. Mientras ellos dos vivían su amor pasional en los sueños y luchaban contra la muerte en el exterior, el refugio había sufrido una "corrección". Para que Silas y Lyra regresaran con vida contra todo pronóstico, la realidad había equilibrado la balanza borrando la existencia de los protegidos.
Lyra dejó escapar un sollozo seco, sin lágrimas, mientras se aferraba al pecho de Silas. Habían traído comida para niños que ya no existían. Habían sobrevivido al infierno para heredar una tumba de acero vacía.
En ese momento de soledad absoluta, el Atlas dejó de ser un refugio para convertirse en un mausoleo. Solo quedaban ellos tres, heridos y moribundos, en medio de un silencio que gritaba los nombres de los desaparecidos. El amor que los había sostenido en el Erial ahora les pesaba como una maldición; eran los únicos testigos de una civilización que se había desvanecido en el aire mientras ellos soñaban con campos de trigo.
En medio del silencio sepulcral, un sonido rítmico y distorsionado comenzó a emerger de los altavoces oxidados del Atlas. No era una alarma de incendio, sino una señal de pulso binario que hacía vibrar las placas de metal bajo sus cuerpos heridos.
Vaelen, con un esfuerzo sobrehumano, se arrastró hacia la consola de comunicaciones. La pantalla, agrietada y parpadeante, no mostraba rostros, sino una onda de frecuencia errática que parecía latir al compás de un corazón agónico.
El origen: La señal no provenía del exterior, ni de los niveles superiores. Venía de "debajo" del Atlas, de un sector que no figuraba en los planos oficiales: el Nivel Sub-Cero, una zona teóricamente sólida de roca y cimientos.
No era voz humana, sino una serie de ruidos estáticos que, al filtrarse por los oídos de Silas y Lyra —sensibilizados por su conexión cuántica—, se tradujeron en una súplica desesperada: "Estamos aquí, pero no estamos. El fuego no quemó la comida... quemó el presente". La señal parecía una llamada de socorro de las personas desaparecidas, pero sus voces sonaban infantiles y ancianas al mismo tiempo, como si estuvieran atrapados en una dilatación temporal provocada por el colapso del almacén.
Lyra, ignorando el dolor de su costado, se apoyó en Silas.
—No se han ido, Silas... —susurró ella, con los ojos brillando por una fiebre que no era física—. Están atrapados en el "entresuelo" de la realidad. El Atlas los ha desplazado para protegernos de nosotros mismos.
El Caminante de Luz Fracturada emitió un destello de advertencia. Sus fragmentos luminosos empezaron a girar en torno a la pantalla. Él comprendía que esa señal era una trampa y una salvación a la vez: si bajaban a buscar a los desaparecidos, podrían rescatarlos, pero el precio sería abandonar definitivamente la línea temporal del mundo real.
La llamada de socorro se volvió más intensa, transformándose en un grito sónico que hizo que las heridas de Silas volvieran a sangrar. Alguien, o algo, estaba usando la energía del amor de la pareja como una baliza para intentar volver a casa. Con el Atlas vacío y el Erial muerto a sus espaldas, la única opción era seguir esa extraña señal hacia las profundidades de la paradoja.
Silas, cuya visión se nublaba por la pérdida de sangre, fijó la mirada en la pantalla de la consola. La señal de socorro no solo emitía sonido; el pulso electromagnético estaba dibujando formas geométricas en el monitor de fósforo verde. Sus dedos, marcados por la cicatriz plateada, recorrieron el cristal siguiendo los trazos.
Como experto en simbolismo rúnico antiguo, Silas no vio interferencias, sino una secuencia rúnica que se entrelazaba formando la palabra que el sistema traducía como "ELLOS". Sin embargo, su interpretación fue mucho más oscura y profunda:
La Runa Thurisaz (El Gigante/La Espina): Representaba el primer carácter de "Ellos". No se refería a personas, sino a fuerzas primordiales y peligrosas que custodian los umbrales.
La Runa Ehwaz (El Caballo/El Vínculo): Sugería un movimiento conjunto, una transición entre dos mundos.
La Runa Othala (La Herencia/El Hogar): La parte final de la palabra estaba ligada a la sangre y al refugio, pero invertida.
Silas palideció, apretando la mano de Lyra con una fuerza casi dolorosa.
—No es una llamada de socorro de nuestros compañeros —sentenció Silas con la voz quebrada por el esfuerzo—. El término rúnico para "Ellos" aquí no define a seres humanos. Se refiere a "Los de Fuera del Tiempo".
Según la interpretación de Silas, la señal no decía "Estamos aquí", sino que era una advertencia de propiedad. En el simbolismo rúnico, esa combinación específica describía a entidades que se alimentan de las posibilidades perdidas. Al desaparecer los moradores del Atlas, algo había ocupado su lugar en el tejido de la realidad del refugio.
—Esa señal —continuó Silas, mirando al Caminante de Luz— es el cebo. Lo que hay abajo no son nuestros amigos, sino lo que queda cuando una línea temporal es devorada. "Ellos" han reclamado el Atlas porque nosotros abrimos la puerta al amarnos en los sueños y al regresar del Erial cuando debíamos haber muerto.
La palabra rúnica en la pantalla comenzó a vibrar y a multiplicarse, transformándose ante sus ojos. El suspense se volvió insoportable cuando Silas comprendió la última runa que se formaba: Isa (El Hielo/La Parálisis). El Atlas no solo estaba vacío; estaba siendo congelado en un instante eterno por "Ellos", y el equipo era el último rastro de "presente" que les quedaba por consumir.
La revelación de Silas actúa como una llave maestra que encaja en el último engranaje del horror. Al pronunciar el significado de las runas, el Caminante de Luz Fracturada sufre una convulsión cromática; su cuerpo emite un tono violeta profundo, el color del Velo de Ophanion.
En la cosmología prohibida que Silas conocía, el Velo de Ophanion no es una barrera física, sino una membrana de energía cuántica que separa nuestra realidad del vacío donde habitan "Ellos" (los Aeternos o los Devoradores de Causalidad).
El Velo se rasga
Silas explica, con voz ronca, la conexión final:
- La naturaleza de la llamada: La señal es el Velo vibrando bajo la presión de las entidades que intentan terminar de "anclarse" en el Atlas.
- El Caminante, reconociendo el símbolo rúnico de Isa (el hielo/parálisis), se sitúa en el centro de la sala. Entiende que su propia esencia es parte del Velo.
- El Círculo de los Milagros utiliza el sacrificio para salvar al grupo.
- "Ellos" utilizan el grupo para alimentar el sacrificio de unos pocos.
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