El tétrico internado destaca como una sombra chinesca en el vasto horizonte. Una mole de arquitectura gótica tardía, construida con piedra gris que parece absorber la luz incluso al mediodía. Se alza sobre un acantilado remoto, donde el viento siempre silba entre las gárgolas desgastadas que vigilan los tejados de pizarra.
A pocos metros de los muros traseros del internado, descendiendo por una ladera donde la hierba crece rala y grisácea, se extiende el Cementerio de los Olvidados. Es un recinto que parece existir en una dimensión distinta, siempre envuelto en una bruma persistente que se filtra entre los barrotes oxidados de su puerta principal.
Sin embargo, nadie se atreve a quedarse allí cuando el sol comienza a ocultarse. Las cruces de piedra están tan erosionadas que parecen dedos esqueléticos brotando de la tierra, y muchas tumbas han cedido, dejando grietas oscuras que parecen respirar. Hay un silencio antinatural; ni los pájaros ni los insectos habitan ese terreno, y el olor a tierra mojada y moho es tan fuerte que provoca náuseas a quienes cruzan el umbral.
Lo más inquietante es la disposición de las tumbas: todas están orientadas hacia el Pasillo 13 del internado, como si los muertos no descansaran, sino que estuvieran en una eterna espera, aguardando a que el Guardián les entregue un nuevo compañero. Se dice que si miras fijamente hacia el cementerio desde las ventanas del internado durante una noche de tormenta, puedes ver pequeñas luces azules bailando sobre las lápidas, moviéndose al unísono, como si estuvieran pasando lista.
En el viejo internado había un pasillo que nadie usaba: el Pasillo nº 13. No aparecía en los planos, no tenía ventanas, y su suelo crujía aunque no hubiera nadie caminando sobre él. Todos los alumnos sabían que estaba prohibido, pero también sabían el motivo: allí vivía el guardián.
No tenía nombre. Solo un apodo susurrado: El que vigila en la oscuridad.
El misterio radicaba en que nadie conocía la ubicación exacta de ese pasillo, pero todos los alumnos sabían cómo encontrarlo. Solo aparecía cuando el reloj de la torre se atascaba entre dos campanadas, creando un segundo infinito de silencio absoluto.
Marcos no creía en cuentos. Por una apuesta, se escabulló de su dormitorio a las 3:03 de la mañana. Al llegar al ala este, donde el pasillo 12 terminaba bruscamente en un muro de ladrillos, notó que el aire se volvía denso, con un olor metálico, como sangre vieja y cera quemada.
De repente, el muro no estaba. En su lugar, se extendía una alfombra roja tan desgastada que parecía piel seca. Las luces de los apliques de gas —inexistentes en el resto del edificio moderno— chisporroteaban con una llama azulada.
Entonces lo oyó. Arrastre. Golpe. Arrastre. Golpe.
Era el sonido de alguien arrastrando una pesada cadena metálica contra el suelo de madera. Marcos recordó la advertencia de los veteranos: "Si entras al 13, no busques el final, porque el Guardián no guarda la puerta, te guarda a ti".
A mitad del corredor, el frío le caló los huesos. Una sombra se proyectó sobre la pared derecha, una silueta desproporcionadamente alta, con extremidades que se doblaban en ángulos imposibles. Marcos aceleró el paso, pero los ecos de sus propios pies sonaban un segundo después de que él pisara, como si alguien estuviera imitando sus movimientos, burlándose.
—¿Quién está ahí? —susurró con la voz rota.
El sonido de las cadenas se detuvo. El silencio que siguió fue peor que el ruido. Marcos cometió el error fatal: se detuvo y miró por encima del hombro.
Al final del pasillo, el Guardián no tenía rostro. En lugar de facciones, su cabeza era una masa de vendajes amarillentos empapados en un aceite oscuro. Vestía un uniforme de prefecto de principios de siglo, pero sus manos... sus manos eran largas pinzas de hierro oxidado que brotaban directamente de sus muñecas.
El Guardián no corrió. Simplemente, el espacio entre Marcos y la criatura se contrajo. Con cada parpadeo del muchacho, el espectro estaba tres metros más cerca.
—Solo... solo quería ver si era real —sollozó Marcos, retrocediendo hacia el muro de ladrillos que ahora empezaba a materializarse de nuevo, cerrando su única salida.
El Guardián levantó una de sus manos de hierro y rozó la pared, dejando un surco profundo. Una voz que sonaba como mil vidrios rompiéndose al mismo tiempo llenó el pasillo:
—El toque de queda fue hace un siglo, alumno... y los retrasos se pagan con horas extras.
Cuando el reloj de la torre finalmente dio la campanada de las 3:04, el pasillo 13 desapareció. A la mañana siguiente, la cama de Marcos estaba hecha, pero sus sábanas estaban frías. Lo único que encontraron los maestros en el pasillo 12 fue una pequeña llave de latón con el número 13 grabado y, en la pared de ladrillos, una marca de garras que aún emanaba un débil calor humano.
Desde entonces, dicen que si pasas por ese muro a las tres de la mañana, puedes oír a Marcos llorando, rogando que le dejen terminar su turno de vigilancia.
La noche había caído sobre el Internado con una densidad casi física. En el tercer piso, Valeria permanecía apoyada contra el frío cristal de su ventana. A diferencia de sus compañeros, que se ocultaban bajo las mantas al primer crujido de la madera, ella encontraba en el terror una forma de adrenalina. No le temía a las leyendas; le temía a la monotonía de las aulas.
De pronto, un movimiento en la base del edificio captó su mirada.
Desde la sombra proyectada por el ala del Pasillo 13, emergió una figura que desafiaba cualquier anatomía humana. Era el Guardián. A la luz plateada y enferma de la luna, su silueta parecía un trazo de tinta negra moviéndose sobre el césped agónico. Sus extremidades largas y quebradizas se movían con una elegancia macabra, y el brillo metálico de sus manos de hierro destellaba cada vez que rozaba una piedra.
Valeria contuvo el aliento, pero no por miedo, sino por una curiosidad eléctrica.
El Guardián no patrullaba los dormitorios esta vez. Se dirigía con paso firme y pesado hacia la verja oxidada del Cementerio de los Olvidados. A medida que la criatura se acercaba al camposanto, la bruma perpetua del recinto parecía abrirse para recibirlo, como si las lápidas se inclinaran sutilmente a su paso.
—¿A dónde vas, espectro? —susurró Valeria para sí misma, con los dedos presionando el vidrio.
El Guardián se detuvo ante la puerta de hierro del cementerio. Sin necesidad de tocarla, los barrotes chirriaron y se abrieron de par en par. La criatura se adentró entre las cruces torcidas y los mausoleos en ruinas. Valeria notó algo estremecedor: el Guardián arrastraba tras de sí una de sus cadenas, pero esta vez la cadena no golpeaba el suelo, sino que parecía ir enlazando, una a una, las lápidas que encontraba a su paso, como si estuviera "cosechando" el silencio de los muertos.
Al llegar a la lápida de mármol negro del centro, el Guardián se detuvo y, por primera vez, giró su cabeza envuelta en vendajes hacia la torre del internado. Aunque no tenía ojos, Valeria sintió una presión gélida en el pecho, como si la mirada de aquel ser hubiera atravesado la distancia y el cristal, marcándola.
Lejos de apartarse, la joven le sonrió y apoyó la palma de su mano en el vidrio, desafiante. El Guardián hizo un gesto lento, casi un saludo, y luego se hundió en la bruma del camposanto, desapareciendo en el reino de los muertos.
Valeria sabía que esa noche no podría dormir. Tomó su linterna y un abrigo negro. El Guardián le había mostrado el camino, y ella, que no le temía a nada, estaba dispuesta a descubrir qué tipo de guardia se adentraba en el lugar donde se supone que todos descansan.
Valeria sabía que, aunque su valor rayaba en la insolencia, entrar sola en el Reino de las Sombras sería un error táctico. Necesitaba testigos, cómplices y, sobre todo, ese caos compartido que solo su grupo de amigos podía generar.
Con un sentido del humor tan negro como su café, Valeria recorrió el pasillo en sombras hasta la habitación 308. Allí dormían Leo, un chico que decía haber nacido sin el gen del miedo, y Hugo, cuya especialidad era abrir cerraduras y burlar el sistema de seguridad del internado.
—Despertad, par de cobardes —susurró Valeria, golpeando el marco de la cama con un ritmo fúnebre—. El Guardián acaba de irse de copas al cementerio y no nos ha invitado. ¿Vais a dejar que se divierta solo?
Leo se incorporó con una sonrisa torcida.
—¿El tipo de las manos de hierro? Espero que tenga algo interesante que desenterrar. Me muero de aburrimiento en este nido de ratas.
Hugo, ya calzándose sus botas militares, añadió con sarcasmo:
—Si nos pilla, lo peor que puede pasar es que nos dé un turno de vigilancia eterno. Al menos allí no hay exámenes de latín.
Los tres bajaron por la escalera de servicio, esquivando las tablas que crujían con la destreza de quienes han hecho del internado su patio de juegos. Al salir al aire gélido de la noche, el olor a tierra mojada del cementerio los golpeó como una bofetada. Los tres estudiantes —Valeria, Leo y Hugo— decidieron demostrar que el Pasillo 13 era solo una superstición. Armados con una linterna y valentía fingida, empujaron la puerta herrumbrosa. Crujió como un suspiro moribundo.
Dentro, olía a humedad y a algo más: metal viejo… o sangre.
—No pasa nada —susurró Hugo—. Entramos, miramos, salimos.
Pero en cuanto dieron un paso, la puerta se cerró sola detrás de ellos.
El haz de la linterna tembló cuando Valeria la alzó. Había huellas en el polvo: largas, profundas, como si las hubiera dejado un ser arrastrando unos pies enormes… pero solo había un camino de ida. No había huellas de vuelta.
Hugo tragó saliva.
—¿Quién entra y nunca sale?
—El guardián —respondió una voz en la oscuridad.
No era ninguno de ellos.
—Mirad —señaló Valeria hacia la verja abierta del camposanto—. La puerta sigue abierta. Es como si el Guardián nos estuviera poniendo la alfombra roja.
—O como si estuviera preparando el menú —bromeó Leo, aunque por primera vez su voz flaqueó un poco al ver cómo la bruma se tragaba las lápidas.
El trío de "intocables" cruzó el umbral de hierro oxidado. El cementerio parecía estar vivo; el suelo bajo sus pies se sentía blando, casi como si estuvieran caminando sobre carne. Entre la niebla, divisaron la silueta del Guardián al fondo, junto a la gran cripta familiar de los fundadores del internado. La criatura estaba de espaldas, realizando un movimiento rítmico, como si estuviera puliendo algo sobre la piedra con sus manos de hierro.
—¿Qué está haciendo? —susurró Hugo, sacando una pequeña cámara para documentar la locura.
—Parece que está escribiendo algo —respondió Valeria, adelantándose unos pasos más de lo que la prudencia dictaba.
—" Es que no habéis oído hablar del desafío de "frotar la lápida del centro", una losa de mármol negro sin nombre que, según dicen, vibra con un calor antinatural. Este fantasma hace mucho que dejó la escritura"— Sus compañeros de "fatigas" la miraron con ojos desencajados, alucinando con lo que su amiga acababa de revelarles.
En ese momento, el Guardián se detuvo, se sintió un poco contrariado al ver que no conseguía inspirar miedo en aquellos jóvenes — La vejez no perdona, ya ni miedo doy, que terrible frustración— Pensó con amargura. El sonido metálico de sus manos cesó y un susurro colectivo pareció brotar de las tumbas circundantes. El aire se volvió tan frío que el aliento de los chicos se congeló antes de salir de sus labios.
El Guardián no se giró, pero una de sus cadenas se extendió por el suelo como una serpiente de acero, rodeando el perímetro donde los tres amigos estaban parados.
—Vaya —dijo Valeria con una sonrisa helada, a pesar de que su corazón martilleaba contra sus costillas—, parece que el Guardián no solo vigila el pasillo. También guarda el libro de visitas... y acaba de pasar lista.
La luz de la linterna parpadeó, como si quisiera apagarse. En ese momento el guardián, una figura desproporcionada, con brazos que rozaban el suelo y un rostro que se asemejaba a una máscara pálida, con ojos hundidos que parecían estar hechos de ceniza.
Cuando avanzó, no hizo ruido. Eso fue lo peor: un monstruo así debería crujir, gruñir… pero él se movía como un pensamiento.
—Aquí… no debéis… estar —graznó con una voz seca, como si hablara desde otra garganta.
Valeria dejó caer la linterna. El guardián se inclinó, y en la penumbra, su cara quedó iluminada un instante: no tenía boca, solo una grieta que se abría demasiado cuando hablaba.
—Siempre debo llevarme a uno —dijo el guardián, extendiendo una mano huesuda—. Es la norma del pasillo.
Los tres sintieron que algo tiraba de sus tobillos. El suelo se ondulaba como un líquido espeso, queriendo tragarlos Hugo cayó primero de rodillas.
—¡Te recuerdo que no estás en el pasillo! —gritó Valería—. ¡Llévate otra cosa, llévate lo que quieras!
Los ojos del guardián brillaron.
—Quiero… miedo.
Y exhaló un aliento helado que apagó la linterna. En la oscuridad absoluta, comenzaron los gritos.
La atmósfera en el cementerio cambió en un parpadeo. El aire, antes gélido, se volvió eléctrico y pesado. El Guardián, sin girar el cuerpo, rotó su cabeza envuelta en vendas un ángulo imposible de ciento ochenta grados.
El sonido que surgió de su garganta no fue una voz, sino el crujido de lápidas rompiéndose.
—El equilibrio exige un tributo... —resonó en sus mentes—. Tres entraron en el reino del descanso, pero el Pasillo 13 necesita un nuevo centinela. Uno que no tema a la oscuridad.
Sus manos de hierro se extendieron y, antes de que pudieran reaccionar, una de las cadenas que rodeaba el perímetro saltó como un látigo, enroscándose con una fuerza sobrenatural alrededor de la cintura de Leo.
—¡Eh, suéltame, pedazo de trapo viejo! —gritó Leo, intentando mantener su fachada de valentía, pero sus pies ya no tocaban el suelo. El Guardián lo atraía hacia la oscuridad de la cripta central con una parsimonia aterradora.
Valeria y Hugo intentaron avanzar, pero una barrera invisible de viento negro los empujó hacia la salida del cementerio.
—¡Corred! —alcanzó a aullar Leo, mientras su figura se desvanecía en la bruma junto al espectro—. ¡Al menos así no tendré que hacer el examen de mañana! —Su humor negro fue lo último que escucharon antes de que el silencio absoluto se tragara el camposanto.
Valeria y Hugo, pálidos y con los pulmones ardiendo, no se detuvieron hasta cruzar el umbral del internado. Subieron las escaleras de dos en dos, buscando la seguridad de sus habitaciones. Pero al llegar a la intersección del ala este, se quedaron paralizados de terror.
El muro de ladrillos que cerraba el pasillo 12 había desaparecido de nuevo. El Pasillo 13 se extendía ante ellos, bañado en esa luz azulada y enfermiza.
Guardaron silencio, conteniendo la respiración. Entonces, desde la profundidad del corredor inexistente, llegaron los ecos.
Arrastre. Golpe. Arrastre. Golpe.
Eran los pasos pesados, metálicos y rítmicos del Guardián. Pero, un segundo después, otro sonido se unió a la macabra melodía.
Tac. Tac. Tac.
A la mañana siguiente, los profesores encontraron a Valeria y Hugo dormidos frente a la puerta del Pasillo 13, incapaces de hablar durante horas.
Leo desaparecio.
Nunca supieron si fue arrastrado, si huyó… o si ahora era parte del lugar que el guardián protegía.
Esa noche, sin embargo, varios alumnos juraron haber escuchado nuevos pasos en el Pasillo 13.
Dos pares de pasos.
Uno pesado y arrastrado…y otro, mucho más ligero, como si alguien recién llegado estuviera aprendiendo a vigilar.
Valeria y Hugo no eran de los que se quedaban de brazos cruzados llorando por las esquinas. Si el Guardián pensaba que podía llevarse a Leo así de fácil, es que no conocía el "sentido del humor" de los alumnos más problemáticos del Internado.
—Ese espantapájaros con manos de tijera se ha equivocado de grupo —masculló Valeria, con los ojos echando chispas—. Si quiere un estudiante, le daremos uno... pero no el que él espera.
El "plan bestial" comenzó en el taller de teatro y los laboratorios de química. No tenían armas, pero tenían ingenio y ninguna pizca de respeto por las reglas de la física o del internado.
Prepararon su plan. Utilizaron materiales de los laboratorios y el taller para crear una distracción. Sabían que el Guardián se manifestaba en el Pasillo 13 cuando el viejo reloj del internado marcaba cierta hora, así que se prepararon para ese momento.
A la noche siguiente, cuando el reloj se atascó de nuevo y el Pasillo 13 se materializó, escucharon los pasos del Guardián y el arrastre de Leo.
—¡Ahora! —gritó Valeria.
Activaron la distracción, creando una cortina de humo y un fuerte ruido para desorientar a la criatura. En medio de la confusión, Valeria corrió hacia Leo, que estaba encadenado a la pared. Con una herramienta modificada, cortó rápidamente las ataduras.
Leo parpadeó, volviendo en sí.
—Valeria... Hugo... —balbuceó.
—Tenemos que irnos —dijo Hugo, viendo cómo la silueta del Guardián comenzaba a recuperarse.
Mientras huían, arrojaron algo al suelo para dificultar la persecución del Guardián. Cruzaron el muro justo cuando se cerraba. De vuelta en la seguridad del Pasillo 12, los tres se desplomaron en el suelo, agotados.
Leo se miró las muñecas, marcadas por las cadenas. Luego miró a sus amigos y suspiró aliviado.
—Buen trabajo —dijo Valeria, sonriendo.
Pero esa noche, mientras intentaban dormir, los tres oyeron un sonido suave. Venía de debajo de sus camas. Un rasguño metálico, rítmico, constante... como si el Guardián estuviera tomando nota.
Aquella noche, el Internado no vibró con el terror, sino con un sonido mucho más inquietante: el quebranto.
Desde lo alto de la colina del camposanto, el Guardián alzó su cabeza vendada hacia la luna llena y soltó un aullido desgarrador. No era un grito de caza, sino un lamento profundo que heló la sangre de todos los que lo oyeron. La derrota ante Valeria, Hugo y el rescate de Leo había roto algo más que una regla; había destrozado su aura de invencibilidad.
Una depresión negra y densa, más pesada que sus propias cadenas, invadió al espectro. Por primera vez en un siglo, el Guardián se sintió... ridículo.
Sus manos de hierro, que antes hacían temblar los muros de ladrillo, ahora colgaban inertes a sus costados. Los surcos que dejaba en las paredes ya no parecían advertencias, sino arañazos desesperados de alguien que se hunde. Nada lo consolaba.
El silencio del cementerio, que antes era su dominio, ahora le recordaba su soledad. Escuchaba los ecos de las risas de los tres alumnos en su cabeza, una y otra vez. Se dio cuenta de que el miedo es un contrato, y los chicos habían roto el papel en su cara.
Valeria, observando desde su ventana con sus binoculares, notó el cambio. Vio al Guardián sentado sobre la lápida de mármol negro, con los hombros caídos y la cabeza gacha.
—Miradlo —le susurró a Leo, que aún tenía las marcas de las cadenas en las muñecas—. No es un monstruo. Es solo un viejo prefecto que se quedó sin autoridad.
El Guardián volvió a aullar, un sonido que se mezcló con el viento del acantilado. Intentó arrastrar su cadena para recuperar su paso marcial, pero el metal solo emitió un tintineo lastimero, como el de un perro apaleado.
La depresión del espectro comenzó a afectar al edificio: las luces de gas del Pasillo 13 ya no chisporroteaban con furia, sino que se apagaban con una tristeza azulada. El pasillo mismo parecía encogerse, perdiendo su arquitectura imposible. Sin el miedo de los vivos para alimentarlo, el Reino de las Sombras se estaba desmoronando, y su Guardián, sumido en la melancolía, solo podía ver cómo su leyenda se convertía en un simple chiste de pasillo que los alumnos contarían entre risas antes de dormir.
Y, las cosas empeoraron a su paso las velas se apagaban, las lápidas se agrietaban solas y los muertos susurraban cosas inconvenientes. Fue consciente de que jamás conseguiría asustar a nadie. Ni siquiera a los vivos fáciles de impresionar. El atribulado fantasma se arrastraba cada noche entre las tumbas, murmurando lamentos lúgubres que deberían helar la sangre… pero solo conseguía helarse él mismo.
—Nadie me teme —se quejaba, dejando caer su cráneo translúcido hacia adelante—. ¿De qué sirve un guardián del cementerio al que ni los gusanos respetan?
En la soledad del camposanto, mientras la bruma lamía sus pies invisibles, el Guardián experimentó una revelación más dolorosa que cualquier cadena: su depresión no era natural. Al tocarse los vendajes de la cabeza con sus dedos de hierro, notó un rastro de algo pegajoso y brillante, un polvo de plata que no pertenecía al mundo de los muertos.
Recordó el momento del rescate. Recordó la mano de Valeria apoyada en el cristal, y luego el roce casi imperceptible de la chica contra su túnica cuando ella se lanzó a por Leo. Valeria no solo había ido a rescatar a su amigo; con su humor negro y su valentía insolente, le había tendido una trampa metafísica.
El Guardián comprendió que Valeria, utilizando antiguos conocimientos prohibidos que había sacado de la biblioteca restringida, le había lanzado un hechizo de "humanización".
Ella no lo había atacado con odio, sino con lástima.
Había inyectado en su esencia espectral la capacidad de sentir el peso del tiempo, el cansancio de los siglos y la inutilidad de su tarea.
—Me has convertido en un funcionario del olvido —pensó el Guardián, aunque su voz solo fue un crujido de lápidas.
Entendió que la verdadera victoria de la alumna no fue sacar a Leo del pasillo, sino arrebatarle al Guardián su propósito. Ahora, cada vez que intentaba infundir terror, una oleada de apatía y tristeza lo golpeaba. La maldición de Valeria lo condenaba a sentir la soledad de cada alma que custodiaba.
Ya no era el depredador de los pasillos; ahora era simplemente un prisionero más del Internado, atado no por muros, sino por la melancolía que una adolescente sin miedo había decidido regalarle. El Guardián miró hacia la ventana de la habitación 308 y vio una pequeña luz encendida. Valeria estaba allí, probablemente riendo, sabiendo que el mayor monstruo del internado estaba ahora demasiado deprimido como para levantar siquiera una cadena.
La noticia del "Guardián deprimido" corrió como la pólvora más allá de los muros del internado. Los niños del pueblo cercano, una banda de pequeños salvajes que pasaban los días trepando riscos y robando fruta, decidieron que el cementerio era ahora el mejor parque de atracciones. Si los pijos del internado habían podido con él, ellos le sacarían los colores. Luna coleccionaba bichos raros, Bruno dormía con una calavera de plástico en la almohada, y Sergio decía que los fantasmas eran “solo aire con actitud”.
Pero el Guardián, aunque sumido en su melancolía, conservaba su orgullo. La sola idea de hordas de niños del pueblo correteando entre sus lápidas, usando las cruces como porterías y burlándose de sus cadenas, fue el revulsivo que necesitaba. La depresión se transformó en una fría y metódica furia.
—Si quieren una función —pensó el Guardián mientras afilaba sus pinzas contra el mármol negro—, les daré el estreno de sus vidas.
En la actualidad, la tecnología y el ocultismo se habían mezclado de formas extrañas. El Guardián decidió que su "bienvenida" no sería un simple susto; sería una experiencia sensorial de la que no se hablaría en las redes sociales porque nadie querría recordar.
Cuando los niños cruzaron la verja, la bruma no se dispersó. Se volvió tan densa que se sentía como algodón húmedo en los pulmones. Al intentar tocarse entre ellos, sus manos atravesaban a sus amigos como si fueran fantasmas. Estaban solos en la oscuridad, aunque estuvieran a un metro de distancia.
En lugar de cadenas, el Guardián utilizó el eco de los propios miedos de los niños. Si uno temía a las arañas, el suelo bajo sus pies empezaba a vibrar con miles de patas invisibles. Si otro temía a la oscuridad, sus propios ojos parecían apagarse por dentro.
En las lápidas blancas, el Guardián no mostró calaveras, sino algo peor: mostró a los niños del pueblo convertidos en adultos grises, aburridos y olvidados, trabajando en oficinas polvorientas bajo la vigilancia del propio Guardián. Un terror existencial que ningún niño travieso sabía cómo procesar.
Finalmente, el Guardián se materializó frente al líder de la banda. No gritó. Solo se inclinó, dejando que el olor a tierra de tumba y aceite viejo lo envolviera, y le entregó un pequeño papel amarillento.
El niño, temblando, leyó: "El cementerio está completo. La próxima tumba se cava a medida."
Los niños del pueblo huyeron con tal desesperación que dejaron un rastro de zapatos y linternas tiradas por todo el camino hasta el valle. El Guardián los vio marchar desde la entrada, sintiendo cómo su poder de aterrorizar regresaba, pero esta vez con una lección aprendida: no era necesario quedarse con un niño si podías hacer que el niño nunca quisiera volver a serlo.
Desde su ventana, Valeria observó la huida masiva. Esbozó una sonrisa de satisfacción y levantó su taza de té hacia la figura sombría del fondo. El equilibrio había vuelto al Internado . El Guardián ya no estaba deprimido; ahora era un artista del miedo. Pero era sólo una tregua, los niños volvieron y con una clara estrategia, para desgracia del Guardián.
Los monstruitos del pueblo volvieron y al verlos, el Guardián, en un intento por salir corriendo tropezó con su capa de humo negro y dijo:
—¡Fuera de aquí, criaturas vivas, es que no habéis tenido bastante! ¡Soy el guardián del terror y la desgracia.
Los niños lo miraron. Se miraron entre sí. Y estallaron en carcajadas.
—¿Ese es tu discurso de miedo? —preguntó Luna—. La otra vez nos pillaste desprevenidos. Mi abuela da más miedo cuando se le acaba el café.
El Guardián sintió que su ectoplasma se desinflaba un poco más.
Primero, trató de hacer lo clásico: flotar entre lápidas con ojos brillantes y gemidos de ultratumba.
Bruno bostezó.
Luego intentó algo más creativo: hizo que una lápida se abriera de golpe y un esqueleto malhumorado se incorporara con crujidos horribles.
— Bernardo, que así se llamaba el Guardián, otra vez tú —refunfuñó el esqueleto—. Me duelen las costillas.
—¿Eso te da miedo? —preguntó Bernardo a los niños.
—¡No! —dijo Sergio, riendo—. ¡Duele más cuando me caigo de la bici!
Desesperado, Bernardo decidió usar su mala suerte legendaria.
El cielo tronó. Una gárgola se desprendió del muro sin que nadie la tocara. Las flores muertas revivieron para marchitarse de inmediato. Un ataúd cayó de un nicho y se abrió solo.
Los niños aplaudieron.
—¡Guau! —gritó Luna— ¡Hazlo otra vez!
El Guardián se hundió en un charco de sombra. Ni siquiera su gafe servía para asustarlos.
EL DESPERTAR
Esa noche, algo nuevo despertó entre las tumbas: una criatura antigua, enorme, hecha de raíces negras y dientes de piedra. No tenía nombre, ni recuerdos, ni piedad.
El Guardián la vio levantarse y sintió un escalofrío de puro terror, algo que él mismo hacía siglos que no sentía.
Los niños estaban justo detrás de él.
—Niños… —susurró— ahora sí… corred.
La criatura dejó un gruñido que hizo vibrar la tierra. Sus manos retorcidas se extendieron hacia los tres pequeños.
Pero los niños no corrieron.
No se movieron.
Ni siquiera parpadearon.
Luna dio un paso adelante.
—¿Tú eres el que da miedo aquí? —preguntó.
La cosa rugió. Se abrió el pecho dejando ver una boca interior llena de dientes.
Los niños suspiraron.
—Bah —dijo Bruno—. Esto tampoco da mucho miedo.
La criatura, confundida, reculó. Sergio frunció el ceño, dio dos palmadas y gritó:
—¡Eh, tú! ¡Fuera de aquí! ¡Que estamos explorando!
Y la criatura, aterrada —por primera vez en sus mil años— se deshizo en raíces y desapareció bajo tierra.
El Guardián quedó boquiabierto (o lo habría estado, si hubiera tenido boca física).
Los niños se acercaron, orgullosos.
—¿Ves? —le dijo Luna—. Necesitas confianza. No es que no des miedo… es que no lo crees.
—.¿De verdad? —preguntó el guardián, con un brillo fantasmal que no había tenido en siglos.
—De verdad —respondieron al unísono.
El guardián suspiró. Por primera vez no parecía deprimido.
Y entonces sucedió algo curioso: la niebla se volvió más espesa, las sombras más profundas… y los niños, por primera vez, sintieron un escalofrío real.
—Oye… —susurró Bruno— …¿por qué de repente tu sombra se mueve sola?
El Guardián sonrió.
Una sonrisa que no había mostrado jamás.
—Creo… que por fin estoy empezando a dar miedo.
Los niños tragaron saliva.
Y el cementerio entero pareció contener el aliento. Después de aquella noche, el cementerio cambió. Ahora el guardián fantasmagórico, caminaba más erguido, con una sombra más larga y un silencio más profundo siguiéndolo por todas partes.
Y los niños —Luna, Bruno y Sergio— seguían visitándolo…
pero también seguían siendo traviesos. Muy traviesos.
Eran los únicos que no le tenían miedo.
O eso creían.
Una tarde, Luna llegó con una sonrisa peligrosa.
—¿Y si jugamos a invocar cosas malas? —propuso— Así aprendemos… y nos reímos.
—No es buena idea —dijo el Guardián con la voz más baja de lo habitual—. Algunas sombras no aceptan juegos.
Los niños se miraron. Esa advertencia solamente los hizo sonreír todavía más.
—¡Será divertido! —dijo Sergio.
Y Bruno ya estaba dibujando un círculo en la tierra del cementerio.
El guardián sintió un temblor en el aire. Algo que no era viento, sino atención.
Alguien —o algo— estaba escuchando.
Los niños colocaron huesos de distintas tumbas alrededor del círculo. Les daba igual de quién eran.
—Esto no va a funcionar —dijo Bruno—. Leí que hay que decir unas palabras.
—Sí —respondió Luna—, pero me las invento.
Y empezó a hablar en un idioma que, según ella, era “fantasmés”.
Pero no era inventado.
El Guardián palideció. Era un idioma muy antiguo, demasiado antiguo.
Las sombras del cementerio se endurecieron alrededor del círculo, como si estuvieran conteniendo la respiración.
—Niños… —susurró el fantasma—. Parad.
Pero no pararon.
La tierra dentro del círculo se abrió.
Y una mano salió.
Una mano delgada, oscura, con dedos que parecían garras mojadas.
—¡Qué chulo! —exclamó Sergio.
La mano no buscaba saludar. Buscaba tirar.
Otra mano surgió. Luego un rostro sin ojos, pero con una boca que sonreía demasiado.
El Guardián dio un paso adelante. Sus sombras se agitaron como si tuvieran vida propia.
—Atrás —ordenó.
Los niños retrocedieron. Por primera vez desde que lo conocieron, habían escuchado miedo en la voz del guardián.
La criatura salió completamente del suelo. No tocaba el aire: lo devoraba. Sus bordes vibraban como si estuviera hecha de pesadillas sin forma.
—¿Qué… es eso? —preguntó Luna.
—Algo que no debería existir aquí —dijo el fantasma.
La cosa se inclinó hacia ellos. Sus dientes eran finos como agujas, y cuando abrió la boca, no salió un rugido.
Salió un sollozo.
—Duele… —susurró la criatura—. Dejadme entrar…
Sergio dio un paso atrás, por primera vez temblando.
—Bernardo… no lo queríamos de verdad.
El guardián no respondió. Su sombra creció, oscureciendo el suelo. Las lápidas vibraron.
El aire se volvió frío como una tumba vacía.
Entonces el Guardián habló con una voz que no habían oído nunca:
—Esto… es culpa vuestra.
Los niños se encogieron.
—Yo puedo contenerlo… pero ya no puedo protegeros.
La criatura lanzó un chillido que hizo que los cuervos cayeran muertos de los árboles. Las tumbas se abrieron. El suelo tembló.
Los niños corrieron hacia la salida, pero el camino había cambiado.
Los senderos se habían doblado, formando un laberinto de cruces torcidas que no estaban ahí antes.
—¡Nos está encerrando! —gritó Bruno.
—No yo —respondió el fantasma, apareciendo detrás de ellos—. El cementerio… está despierto.
Y tenía hambre.
El círculo que habían dibujado brillaba con luz negra. La criatura avanzaba, arrastrando un cuerpo que no debería existir.
Luna gritó:
—¡Bernardo! ¡Ayúdanos!
El guardián los miró.
—Os lo advertí.
Y sus ojos —antes tristes, ahora profundos como un pozo— reflejaron algo nuevo:
poder.
La criatura avanzó más rápido. El suelo se abrió a sus pies como una boca esperando tragarla… o dejarla salir del todo.
Los niños, acorralados, temblaban.
—Haré un trato —dijo Bernardo, acercándose—. Puedo salvaros… pero algo a cambio.
—¿Qué? —susurró Sergio.
El fantasma sonrió ligeramente. Un gesto inquietante, demasiado ancho.
—Vuestra valentía.
Los niños quedaron helados.
—¿Qué significa eso? —preguntó Luna.
—Que si aceptáis… jamás volveréis a ser valientes —contestó—. Tendréis miedo. Mucho miedo. Siempre.
Los niños se miraron.
La criatura se acercaba.
El cementerio se cerraba.
No quedaba tiempo.
—¿Aceptáis? —preguntó el Guardián.
Sus sombras danzaban detrás de él como serpientes listas para morder.
A la noche siguiente, mientras Bernardo vigilaba el cementerio —más sombrío y poderoso que antes—, algo nuevo ocurrió.
La verja chirrió.
Pero no como cuando entraban Luna, Bruno o Sergio.
No. Esta vez, la verja se abrió… sola.
Como si alguien al otro lado mandara más que el metal.
El Guardián sintió un escalofrío.
Y él no solía sentirlos.
Una niña entró caminando con paso firme: botas negras, mirada de hielo y una sonrisa que parecía no pertenecerle a alguien vivo.
Se llamaba Vera.
No tenía miedo.
No tenía dudas.
Y, por cómo caminaba, parecía que había venido a dirigirlo todo.
—Tú eres El Guardián del pasillo nº 13 —dijo sin saludar—. El fantasma de este cementerio… y estás a mi servicio desde hoy.
El aludido la miró, confundido.
—Yo… no sirvo a los vivos.
—Pues hoy vas a aprender —contestó Vera, acercándose sin vacilar.
Las sombras de Bernardo se movieron inquietas, como animales nerviosos.
Pero la niña no se detuvo.
—He oído que eres muy poderoso ahora —continuó—. Y quiero usar tu poder. Necesito a alguien que me obedezca.
El fantasma retrocedió un paso. Por primera vez en siglos, parecía… incómodo.
Vera extendió la mano.
En su palma había una piedra negra, pulida, que latía como un corazón enfermo.
—Sé cómo funciona este lugar —dijo ella—. Si el cementerio te da poder… yo puedo tomarlo.
La piedra brilló.
El aire cambió.
Incluso las lápidas inclinaron sus sombras hacia la niña.
Bernardo sintió su esencia temblar.
—¿Qué eres? —susurró.
Vera sonrió con dientes demasiado perfectos.
—Alguien que manda. Eso es suficiente.
Luna, Bruno y Sergio, escondidos tras una estatua, miraban aterrados.
Por primera vez, sintieron algo nuevo:
No miedo del cementerio.
No miedo de Bernardo…
Sino de ella.
—Esa niña es peor que todos los monstruos —susurró Luna.
—No es normal… —dijo Bruno— parece que habla como un adulto.
—Peor —añadió Sergio—. Como varios.
Vera levantó la piedra y pronunció un susurro en el idioma antiguo que Luna usó la noche anterior… pero esta vez sonó correcto. Perfecto.
Demasiado perfecto.
Y el cementerio obedeció.
Bernardo sintió cómo el suelo lo llamaba, tirando de sus sombras, doblándolo.
—No… —murmuró—. No puedes… controlarme…
—Claro que puedo —contestó Vera—. Solo necesitaba encontrar cómo. Y ya lo encontré.
Las llamas de los cirios se apagaron.
Las tumbas empezaron a temblar.
La figura gigantesca que los niños invocaron la noche anterior asomó un ojo desde la tierra, asustada.
Vera señaló a Bernardo.
—Ponte de rodillas.
Y el fantasma… obedeció.
El guardián del cementerio.
La sombra más vieja.
La tristeza más profunda.
De rodillas ante una niña.
En rebeldía las voces de todos los muertos se levantaron al mismo tiempo, como un viento lleno de cuchillos.
—Esa niña… no es humana…
—No debería estar aquí…
—Si la controla a ella… nos controla a todos…
Vera dio una vuelta sobre sí misma, disfrutando la sinfonía de terror.
—Lo sabía. Este sitio es mío. Todos vosotros también.
Extendió la piedra hacia Bernardo
—Levántate, guardián. A partir de ahora… trabajas para mí.
Vamos a hacer cosas grandes.
El Guardián intentó resistirse.
Su sombra se agitó, luchando.
Pero la piedra brilló otra vez.
—Yo doy las órdenes aquí —dijo Vera—. Y tú las cumples.
La sonrisa de la niña se volvió cruel.
—Mañana empezaremos con los vivos del pueblo.
Quiero practicar.
Los niños sintieron cómo el terror crecía detrás de ellos, alto como una torre.
Bernardo derrotado, levantó la mirada hacia los niños escondidos.
Comprendió que ellos eran la única esperanza de impedir que Vera despertara a cosas peores.
Cosas que ni él podía controlar.
Pero la niña ya los había olido.
—Ah —dijo de pronto—. Veo que tenemos visitantes.
Y su sonrisa se volvió imposible, afilada.
—Me encantan los niños desobedientes.
Vera apretó la piedra negra en su mano, lista para obligar a Bernardo a obedecerla.
Pero en ese mismo instante, el cementerio… despertó del todo.
No un temblor normal.
No un viento frío.
No un susurro de tumbas.
Fue algo más.
Algo que ningún humano debería sentir.
La tierra inhaló…y exhaló.
Un sonido húmedo, lento, como si el suelo mismo tuviera pulmones antiguos.
Las raíces temblaron, las cruces se inclinaron, las estatuas lloraron sangre oscura.
Luna se agarró a Bruno.
—¿E… eso ha sido un suspiro?
—No… —dijo Bruno, temblando—. Eso fue una… respiración.
Vera dio un paso atrás, sorprendida. La piedra negra dejó de brillar.
Por primera vez, perdió un poco de su seguridad.
Bernardo levantó la cabeza.
Sus ojos, antes tristes, ahora ardían con un brillo viejo y profundo.
—Has cometido un gran error —le dijo a Vera—. Creíste que yo era lo más peligroso aquí…
El suelo volvió a inhalar.
—…Pero este lugar nunca ha obedecido a nadie.
Ni siquiera a mí.
De pronto, todas las voces del cementerio callaron a la vez.
Ni un cuervo.
Ni una ráfaga de viento.
Ni un susurro de cadáver.
El silencio fue tan brutal que dolía.
Los niños sintieron que algo invisible les presionaba el pecho.
Un miedo espeso, antiguo, primitivo.
Un miedo que no se aprende: se hereda.
Sergio empezó a llorar sin darse cuenta.
—Yo… yo quiero irme…
El Guardián habló con una voz que resonó como si viniera desde el fondo de todas las
tumbas juntas:
—Esto es el miedo real. El que no puedes desafiar. El que no puedes controlar.
El cementerio exhaló.
Todas las velas se encendieron solas… de color negro.
Detrás de cada lápida se levantó una sombra demasiado alta.
Detrás de cada niño, una figura demasiado cerca.
No se movían.
Solo estaban allí.
Observando.
Luna sintió algo frío rozar su cuello.
Bruno sintió que alguien le respiraba detrás del oído.
Sergio vio una mano fósil salir de la tierra para tocar su zapatilla.
Y todos lo sintieron:
La presencia.
Un algo sin forma, sin nombre, pero consciente.
Y hambriento.
Vera, que había querido mandar sobre el cementerio, cayó de rodillas con los ojos abiertos de par en par.
—¿Qué… qué es…? —balbuceó, temblando por primera vez.
El Guardián respondió:
—El verdadero dueño de este lugar.
El que dormía mientras tú jugabas con piedras.
El que no tolera intrusos.
Las sombras se acercaron un centímetro.
Solo un centímetro.
Pero fue suficiente.
Los tres niños pegaban bandazos, pálidos como hueso.
Sergio gritó:
—¡Nos vamos! ¡Nos vamos ya! ¡YA!
Bruno tropezó y se levantó llorando.
Luna corrió sin mirar atrás, con un terror que cortaba la respiración.
Vera intentó levantarse… pero la presencia se inclinó hacia ella.
Se oyó un crujido de tierra.
Un suspiro grave.
El Guardián dijo:
—Vete mientras aún te permite marcharte.
Vera huyó a cuatro patas al principio, luego corriendo, sollozando, arrastrando su piedra negra que ahora quemaba como hielo.
Los cuatro niños salieron por la verja sin detenerse.
Corrieron hasta que el pueblo estuvo a la vista.
Hasta que el aire ya no olía a tierra húmeda y muerte.
Cuando todos desaparecieron, el cementerio exhaló una última vez.
Las sombras volvieron a sus tumbas.
Las cruces se enderezaron un poco.
Las velas negras se apagaron sin dejar humo.
Bernardo se quedó solo en medio del camino.
Por primera vez en siglos…estaba en paz.
La presencia se retiró, satisfecha.
El cementerio volvió a dormirse, como un anciano monstruo que se acomoda.
Bernardo sonrió apenas.
—Gracias… —susurró.
Y en el aire quedó flotando una advertencia silenciosa:
Aquí no manda ningún niño.
Aquí no manda nadie.
Aquí, solo el miedo es rey.
“La mañana que fingió no haber pasado nada”
El sol empezó a asomar por detrás de las colinas, lento, tímido, como si también él temiera entrar en el Cementerio.
Pero aun así, llegó.
Y entonces…
Todo cambió.
La luz bañó las lápidas.
El rocío brilló sobre el mármol.
Los árboles agitaban las hojas con una brisa suave.
Nada parecía fuera de lugar.
No había sombras errantes.
No había respiraciones saliendo de la tierra.
Ni rastro de la niña dominante, ni de los tres pequeños temerarios.
Ni rastro del miedo monstruoso de la noche anterior.
El cementerio parecía… normal.
Tan normal que daba miedo.
Las cruces torcidas amanecieron casi rectas.
Las flores marchitas parecían frescas.
Las velas apagadas de la noche anterior estaban nuevas, con mechas blancas y limpias.
Parecía que alguien había ordenado todo.
Pero nadie había entrado.
Nadie había salido.
Bernardo caminó entre las tumbas en silencio, y por primera vez en mucho, mucho tiempo… no crujía nada bajo sus pies.
Ni siquiera él sabía si eso era buena señal.
El Guardián se detuvo frente a la verja abierta.
La misma por la que huyeron los niños.
Ahora estaba cerrada.
Cerrada con un candado viejo que no había estado ahí durante años.
Se inclinó a observarlo.
El candado tenía marcas de óxido reciente…y también, muy sutilmente, una huella de mano pequeña.
Bernardo suspiró.
—No volverán —murmuró.
Y por primera vez, sonó casi… aliviado.
Mientras la mañana avanzaba, el cementerio se llenó de una paz tan profunda que hasta los pájaros cantaron.
Una mariposa se posó sobre una lápida.
El aire olía a hierba mojada.
Pero si alguien se hubiera fijado muy, muy de cerca, habría notado algo:
Bajo la tierra, había hilos de sombra moviéndose como raíces.
Las estatuas, aunque quietas, parecían tener los ojos un milímetro girados hacia la entrada.
Y en la tumba más antigua, la tierra respiraba muy suavemente, casi imperceptible, como si soñara.
La presencia no se había ido.
Solo dormía otra vez.
Y el cementerio… lo sabía.
El Guardián se sentó bajo un ciprés, su forma translúcida brillando débilmente con la luz del sol.
Por fin, nadie lo molestaba.
Ni risas.
Ni juegos.
Ni niños desafiando a los muertos.
Ni niñas creyendo que podían controlar la oscuridad.
Solo él.
Y las tumbas.
Como siempre debió ser.
Cerró los ojos.
Por primera vez en siglos…
estaba verdaderamente en paz.
Una paz que la luz del día parecía proteger.
Aunque él sabía, mejor que nadie,
que esa paz era un regalo…
y un aviso.
Porque la noche siempre vuelve.
Y el cementerio siempre recuerda.
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