TIERRA MUERTA



La Tierra había dejado de girar con suavidad mucho antes de morir. Desolada y en ruinas por el impacto de un meteorito, ha desgarrado cada continente como si fueran páginas arrancadas de un libro ya ilegible. Los océanos, antaño inmensos y azules, se habían convertido en cuencas fangosas y tóxicas. El cielo era un espejo quebrado teñido de cenizas.

La ciudad llevaba tanto tiempo muerta que ya no recordaba haber sido humana. Entre los edificios derrumbados se movían cosas que no tenían nombre, criaturas nacidas del polvo radiactivo y del miedo acumulado. No caminaban: se deslizaban, como si el suelo aún les doliera.

Tenían demasiados ojos o ninguno, bocas que no hablaban pero recordaban. Se alimentaban de ecos: risas antiguas, gritos atrapados en el asfalto, promesas hechas antes del final. Cada noche salían de las grietas, husmeando entre coches oxidados y esqueletos de semáforos, buscando restos de humanidad para aprender a imitarla.

Una de ellas encontró un juguete infantil enterrado bajo los escombros. Lo sostuvo con cuidado, como si algo en su interior se quebrara. Por primera vez, no cazó. Se quedó quieta, observando el cielo muerto.

Cuando cayó la última ciudad, las criaturas aprendieron a cazar.

Quizá no eran monstruos.

Quizá eran lo que quedó cuando el mundo ya no pudo soportarnos más.

En medio de aquel mundo roto, sólo quedaba una ciudad en ruinas sobresaliendo entre un mar de escombros: Vástago, llamada así no por quienes la construyeron, sino por quienes la encontraron demasiado tarde para salvarla.

Elena caminaba por el territorio que ocupaban esas extrañas criaturasla última descendiente de los Errantes, una familia que había vagado durante generaciones buscando un lugar donde la tierra aún respirara. Tenía el rostro tiznado por el polvo y unas botas tan remendadas que prácticamente se sostenían por voluntad propia. Aun así, sus ojos conservaban algo extraño en ese mundo muerto: curiosidad. 

Las criaturas oteaban desde la azotea de un edificio en ruinas. 

No buscaban carne: buscaban conciencia. Seguían el rastro del pensamiento, el miedo recién nacido, la memoria que aún dolía. Allí donde alguien recordaba cómo era el mundo antes, ellas aparecían.

Tenían garras hechas de huesos ajenos y piel que cambiaba de forma para parecer refugio. Esperaban inmóviles entre ruinas hasta que la presa creyera estar sola. Entonces atacaban sin ruido, devorando no el cuerpo, sino la certeza de existir.

Al amanecer, solo quedaban huellas circulares en el polvo.

Y un silencio nuevo, más profundo

Elenaavanzó hasta el corazón de Vástago, donde una antigua torre de comunicaciones sobresalía torcida como el esqueleto de un gigante. Entre las grietas del suelo, notó un leve resplandor, débil y tembloroso, como el latido de un corazón cansado. Se arrodilló y apartó piedras, hierro retorcido y cristales rotos. Allí encontró un pequeño artefacto esférico, aún funcionando.

Era una semilla luminosa.

Los Antiguos habían creado esas semillas antes de su caída, con la esperanza de que algún día alguien pudiera reparar lo que ellos habían destruido. Cada semilla contenía el mapa genético de miles de especies perdidas, así como el patrón energético para regenerar un pedazo de tierra fértil. Pero la mayoría se había destruido o perdido. Elena no esperaba encontrar ninguna… hasta ese momento.

Mientras la sostenía, la semilla proyectó un destello que iluminó las ruinas. La torre, los escombros, incluso el polvo suspendido en el aire parecía observarla. Elena sintió un escalofrío: por primera vez en su vida, el mundo no estaba completamente quieto.

Detrás de ella, un viento desconocido comenzó a soplar. No era el viento cortante que arrastraba toxinas; este llevaba un susurro cálido, casi un canto. La semilla vibró.

Entonces comprendió.

El planeta estaba esperando. No a los poderosos, ni a los sabios, ni a los antiguos líderes. Esperaba a alguien que simplemente no hubiera perdido la capacidad de creer que quedaba algo por salvar.

Elena colocó la semilla en una grieta luminosa del suelo. El terreno tembló suavemente y una columna de luz se elevó, rompiendo el techo de nubes oscuras que llevaba años sin moverse. Por primera vez en siglos, un rayo auténtico de sol tocó la superficie de la Tierra.

Ella sonrió.

No sabía si sobreviviría al mañana, ni si el mundo renacería por completo. Pero sabía que, mientras existiera una sola semilla, una sola persona dispuesta a intentar, la Tierra no estaría completamente perdida.

Y en un planeta desolado, donde todo parecía aniquilado, la esperanza volvió a echar raíces.

En algún lugar de aquella Tierra devastada, lejos de la luz que Elena había logrado despertar sin saberlo, existía una cueva que el tiempo había tragado como un secreto. Allí dentro, la oscuridad era tan espesa que parecía tener dedos. Olía a humedad, metal oxidado y miedo antiguo.

En esa negrura vivían un anciano de barba poblada, encorvado como un tronco muerto, y un grupo de chiquillos tan silenciosos que apenas parecían vivos. No eran familia. En aquel mundo, la palabra “familia” era un fragmento de idioma olvidado. Solo eran supervivientes que compartían el mismo refugio, unidos por una necesidad primitiva: seguir respirando un día más.

El anciano se llamaba Soren, aunque hacía tanto que nadie pronunciaba su nombre que ya le sonaba extraño, como si perteneciera a otra persona, quizás a un recuerdo que no existía. Los chiquillos simplemente le llamaban Viejo.

Esa noche, como muchas otras, el Viejo encendió una chispa en una lámpara improvisada. La luz titilante proyectó sombras en las paredes, sombras que parecían moverse por su cuenta.

Los niños se acercaron, buscando no calor, sino algo más básico: un motivo para no volverse locos.

—Viejo… —susurró una niña de ojos enormes—. ¿Cuándo volverá la luz al mundo?

El anciano no respondió de inmediato. Había aprendido que las preguntas más dolorosas requerían silencio antes de palabras.

—Eso ya no lo sé, pequeña —dijo al fin—. Pero puedo contaros algo. No para daros esperanza… sino para que sepáis que no estáis solos en el miedo.

Los niños se miraron entre sí. Todos querían escuchar. En un mundo sin futuro, los cuentos eran la única forma de recordar que existió un pasado.

Soren pasó la mano por su barba, como si buscara enredada en ella la memoria.

—Hubo un tiempo —empezó— en que la gente creía que lo peor siempre estaba por venir. Nunca entendieron que lo peor llega cuando ya no te queda nada por temer… Cuando el miedo se convierte en rutina.

Los niños tragaron saliva. En sus ojos brillaba la aceptación resignada de quien ha crecido sin conocer la luz del sol.

—Una vez —continuó el anciano— viví en una ciudad. Tenía amigos, una casa pequeña, un perro viejo llamado Anka. Pensaba que la vida era difícil… hasta que un día empezó a temblar la tierra, y luego a arder, y luego a callarse para siempre. Nos escondimos bajo tierra, como vosotros ahora. Allí sobrevivimos… pero no vivimos. Y así, con el tiempo, comprendí algo terrible.

—¿Qué? —preguntó un niño tembloroso.

Soren miró las sombras bailar en la pared. Y las sombras parecieron acercarse, como si también quisieran escuchar.

—Que la esperanza no muere de golpe. Se desangra… muy lentamente. Gota a gota. Hasta que un día descubres que sigues vivo solo porque no supiste cuándo dejar de respirar.

Los niños bajaron la mirada. Ninguno lloró; hacía tiempo que no tenían lágrimas.

La lámpara parpadeó como si fuera a extinguirse. Y por un instante, el Viejo pensó en no continuar. Pero después suspiró.

—Sin embargo… —dijo en voz baja— hay rumores. Historias. Dicen que alguien allá afuera encendió una luz. Una luz que no es de fuego ni de guerra. Una luz que podría significar que el mundo no está del todo muerto.

Los niños levantaron los ojos. No era esperanza. No todavía. Era algo más débil: curiosidad dolorosa.

—¿Es verdad? —preguntó la niña.

Soren cerró los ojos y respondió:

—No lo sé. Pero incluso si fuera mentira… es mejor que la oscuridad nos encuentre escuchando una historia, y no gritando.

Y así, en aquella cueva lóbrega donde el tiempo no tenía nombre y la locura acechaba como un depredador silencioso, los niños se acurrucaron alrededor del Viejo. No buscaban sobrevivir al mundo. Solo buscaban sobrevivir a la noche.

Aferrados a un cuento que tal vez nunca debió contarse.

EL ORIGEN

La casa era una vieja reminiscencia d olía aún a la infusión de hierbas que su madre preparaba cada tarde, aunque ella ya no estaba para sostener la tetera. Desde que falleció, el silencio había invadido cada rincón, un silencio denso, casi físico, que se pegaba a las paredes igual que la humedad de un invierno interminable.

En esa casa vivían ahora sus dos hijas, Elena y Mar, ambas adultas, pero rotas de una forma que las hacía parecer niñas perdidas en un bosque demasiado grande.

Elena intentaba sostenerlo todo: la casa, los recuerdos, las palabras que no se atrevían a decir. Mar, en cambio, se fue apagando poco a poco, como si hubiera decidido seguir a su madre sin moverse del sitio. Su duelo era tan profundo, tan absoluto, que parecía beberse cada día un poco más de su propia fuerza.

—Tienes que comer algo —le murmuraba Elena una y otra vez, sin conseguir más que una sonrisa débil de su hermana.

Pero Mar no tenía hambre. No de comida. Tenía hambre de presencia, de la voz suave de su madre, de las historias que contaba antes de dormir, de la forma en que ponía fin a los miedos tocando apenas el cabello de sus hijas.

Sin eso, nada tenía gusto.

Los días se hicieron semanas. Mar dejó la cama solo cuando Elena insistía con una paciencia ya agotada. Sus manos estaban frías, los ojos hundidos, y su respiración, cada día, se volvía más corta, más frágil.

Elena intentó dar con algún médico, llamó a conocidos, pidió ayuda a quien pudo. Pero la respuesta siempre era la misma: “Necesita apoyo emocional, tiempo, descanso… no hay enfermedad física que podamos tratar.”

Pero Elena sabía que sí la había. Era una enfermedad silenciosa, que no salía en análisis ni en radiografías. Dolor sin cura.

Pronto, Mar dejó de levantarse. Una mañana ya no abrió los ojos cuando Elena la llamó. Respiraba, pero parecía estar muy lejos, en un lugar donde ninguna voz podía alcanzarla.

Elena se sentó junto a ella. Le mojó los labios. Le habló durante horas, contándole las mismas historias que su madre les contaba de pequeñas. El viento golpeaba la ventana, molesto por no poder entrar.

—Mar, vuelve conmigo —susurró Elena en un momento de desesperación—. No me dejes sola.

Por un instante, los párpados de Mar se movieron. Pareció reconocer la voz, el tono, el temblor contenido. Después de incorporó un poco con la ayuda de su hermana.

Elena supo en ese mismo instante que su hermana se había ido. La muerte fue tan suave que no rompió el silencio de la habitación.

Solo añadió uno más.

Durante dos días, Elena permaneció cerca del cuerpo, incapaz de moverse, incapaz de llorar siquiera. Llorar en soledad parecía un acto demasiado vasto, demasiado peligroso, como abrir una grieta en el pecho de la que ya no podía salir.

Cuando por fin se levantó, lo hizo con la misma calma con la que su madre encendía las lámparas al anochecer. Cubrió el cuerpo de su hermana con la manta preferida de ambas, aquella que su madre había tejido en otro tiempo, un tiempo que ahora parecía inventado.

Encendió una vela y la colocó junto a la cama.

Entonces se sentó en el suelo y, con la voz rota, murmuró:

—Madre… ya están juntas otra vez. Cuidadme desde donde estéis, porque yo aún no sé cómo seguir.

La casa permaneció en silencio, como siempre. Pero esa noche, Elena creyó escuchar algo suave, como el roce de una caricia en el aire. Quizá fue solo imaginación. O quizá no.

A veces, el dolor es tan grande que puede abrir puertas invisibles.

 Y, Elena evocó sus vidas compartidas, afloraron los recuerdos más felices, y en medio de ese llanto contenido, asomó un rayo de esperanza.  En esa casa de habitaciones vacías, donde la muerte había querido quedarse a vivir, una sola vela siguió ardiendo, resistiendo, como si recordara que incluso el duelo más absoluto necesita una luz diminuta para no convertirse en sombra eterna.

Cuando la madre murió, la casa no se quedó vacía: se quedó incompleta. Como si alguien hubiese arrancado una pared de repente y el viento entrara por un hueco imposible de tapar.

Las dos hermanas, Elena y Mar, permanecieron allí, moviéndose por las habitaciones como si caminaran sobre cristales rotos. Todo recordaba a su madre: el olor de su ropa aún colgada en el armario, la taza favorita sin lavar, el eco de su risa atrapado entre las paredes.

No sabían vivir sin ella. No sabían siquiera cómo empezar.

Elena era la mayor. Se obligaba a ser fuerte, o al menos a parecerlo. Era ella quien hacía las compras, quien hablaba con los vecinos que venían a dar el pésame, quien apagaba las luces por la noche para conservar un poco de orden dentro del caos.

Pero cada vez que entraba al dormitorio de su madre para ventilarlo, el corazón se le apretaba como un puño. Abrir una ventana era como abrir una herida.

Mar, la menor, no lloraba. No podía. No le salían lágrimas, como si se le hubieran quedado atrapadas muy adentro, en un lugar al que ni ella sabía llegar. Pasaba horas sentada en el sofá con una manta sobre las rodillas, mirando hacia la puerta de la cocina como si, en cualquier momento, viera a su madre aparecer con un plato recién hecho.

A veces decía su nombre en voz baja, buscando que la casa respondiera.

Pero la casa, testaruda, guardaba silencio.

La convivencia se volvió difícil. No por peleas, sino por todo lo contrario: demasiada quietud.

Elena quería seguir adelante, reconstruir una rutina, cambiar pequeñas cosas. Un día propuso mover los muebles del salón.

—Quizás así… —dijo— deje de doler tanto al entrar.

Mar negó con la cabeza, casi indignada.

—No toques nada. Si lo cambiamos, será como si mamá no hubiera estado aquí.

—Mar, mamá ya no está —respondió Elena, con una voz quebrada que no pretendía sonar cruel.

El silencio posterior fue tan espeso que casi apagó las luces.

Con el tiempo, cada una comenzó a desmoronarse a su manera.

Elena empezó a tener insomnio. Por las noches escuchaba pasos que sabía que no existían. El ruido del viento se confundía con la respiración de su madre, y cuando se daba cuenta, sentía una punzada de culpa por haberlo creído.

Mar enfermó, pero no físicamente. Le faltaba el aire como si el mundo se hubiese encogido. A veces parecía hablar con su madre en sueños, como si la imaginara sentada a los pies de su cama. No era delirio. Era necesidad.

La tristeza se volvió una forma de vivir.

Pero algo cambió una tarde lluviosa.

Elena encontró a su hermana guardando la ropa de su madre en una caja. No toda: solo un pañuelo, un jersey y unos calcetines. Mar, temblando, dijo:

—No quiero olvidarla… pero tampoco quiero seguir viviendo como si estuviera en la otra habitación.

Fue la primera vez que Mar hablaba en semanas sin que se le quebrara la voz.

Elena soltó el aire que llevaba reteniendo desde hacía meses.

—Entonces lo haremos juntas —respondió—. Guardaremos lo que nos duela demasiado mirar, pero dejaremos lo que nos haga bien recordar.

Mar asintió. No lloró, pero esta vez se le humedecieron los ojos.

Fue un avance diminuto, pero en el duelo, los avances diminutos son como puentes invisibles.

Esa noche, por primera vez desde la muerte de su madre, cocinaron juntas. No la receta perfecta que ella hacía, sino una versión torpe, mal hecha, con demasiado ajo y muy poca sal. Y aun así, las dos sonrieron al probarla.

No era que el dolor hubiera desaparecido.

Era que, por fin, estaban aprendiendo a compartirlo.

Y cuando se sentaron a cenar, las dos miraron la silla vacía sin romperse por completo. Dolía, claro. Dolería siempre. Pero la casa ya no parecía una tumba; parecía un hogar en reparación.

Porque el duelo no es olvidar a quien se fue.

El duelo es aprender a respirar dentro del hueco que deja su ausencia.

El METEORITO

Elena empezaba, por fin, a levantarse sin sentir que el peso del mundo le caía directamente sobre el pecho. No era fortaleza, ni esperanza; era algo más humilde: costumbre. Aprender a vivir con la ausencia como quien aprende a cojear sin mirar el pie.

Habían pasado meses desde la muerte de su madre y de su hermana. La casa seguía siendo grande y silenciosa, pero ya no le parecía hostil. Había guardado algunas cosas, dejado otras a la vista. El duelo, pensaba, no se supera: se ordena.

Aquella mañana encendió la radio mientras preparaba café. Hablaban de un supuesto meteorito, de trayectorias improbables y alarmas en redes. Elena sonrió con cansancio.

—Otro bulo —murmuró—. Como tantos otros.

Apagó la radio.

El cielo estaba limpio. Demasiado.

El impacto no vino precedido de sirenas ni de comunicados urgentes. No hubo tiempo para el miedo colectivo, solo para la sorpresa. Un destello blanco, silencioso al principio, cruzó el firmamento como una grieta en la realidad. Después, el sonido: no una explosión, sino algo más profundo, como si la Tierra hubiera exhalado un aliento que llevaba siglos conteniendo.

Las ventanas vibraron. El suelo tembló. Elena cayó de rodillas sin saber por qué.

A lo lejos, el horizonte se iluminó con un resplandor antinatural, demasiado estable para ser fuego.

Los teléfonos dejaron de funcionar casi al mismo tiempo. Las radios enmudecieron. Y entonces llegó lo peor: el silencio. Un silencio nuevo, absoluto, que no se parecía al de la casa ni al del duelo. Era un silencio cósmico, como si algo hubiera apagado el ruido de fondo del universo.

Elena salió a la calle.

Las personas estaban quietas, mirando al cielo. Nadie gritaba. Nadie corría. En los rostros había confusión, pero también algo más inquietante: una sensación de reconocimiento, como si todos supieran, sin saber cómo, que aquello no era un accidente.

El meteorito había impactado lejos, pero su efecto era global. No traía destrucción inmediata. Traía presencia.

Esa noche, Elena soñó con su madre y su hermana. No hablaban. La miraban con una tristeza antigua, como si ya supieran lo que estaba por venir. Al despertar, comprendió que no había sido un sueño: el aire en la habitación estaba más denso, cargado de una vibración apenas perceptible.

Las criaturas aparecieron días después.

No descendieron del cielo. Emergieron. De grietas, de túneles, de lugares donde la realidad era más delgada. Las mismas criaturas que ya cazaban en las ciudades muertas, ahora más activas, más seguras. El meteorito no las había traído: les había dado permiso.

Elena lo entendió antes que muchos.

El meteorito no era una roca. Era una señal. Un latido enviado desde fuera del tiempo, anunciando que la humanidad había entrado en su última fase: la fase del recuerdo.

Las criaturas empezaron a cazar de nuevo, con más precisión. Donde había duelo, iban primero. Donde había memoria, después. La conciencia doliente era un faro irresistible.

Elena sobrevivía porque ya había perdido casi todo.

Una noche, mientras observaba el cielo alterado —las estrellas ligeramente fuera de lugar—, comprendió la ironía final: el universo no había venido a destruirlos. Había venido a terminar de corregirlos, asegurándose de que nadie recordara cómo fue existir creyéndose importante.

Elena pensó en su madre. En su hermana. En el amor que aún dolía.

Y por primera vez, sintió miedo no de morir, sino de que eso también pudiera ser devorado.

En lo alto, algo inmenso se movió.

Y esta vez, nadie volvió a decir que era un bulo.

Durante años se creyó que las criaturas habían nacido tras la guerra, como mutaciones del desastre. Un error comprensible. La mente humana necesita causas cercanas para no enloquecer.

La verdad era otra.

Las criaturas ya estaban allí cuando las ciudades se alzaron. Cuando los mares aún eran mares y el cielo no ardía. Dormían bajo la corteza del mundo, en cavidades imposibles, esperando que la humanidad hiciera lo que siempre hace: hacer ruido.

Las guerras no las crearon.
Las guerras las despertaron.

En la ciudad en ruinas, los supervivientes hablaban de ellas en susurros, aunque nadie las había visto del todo. Decían que no tenían forma fija, porque la forma es un concepto humano. Decían que imitaban edificios derruidos, túneles, refugios seguros… porque comprendían el miedo mejor que la carne.

Pero lo peor no era cómo cazaban.

Lo peor era por qué.

Las criaturas no se alimentaban del individuo, sino de algo más vasto: la idea de humanidad. Cada pensamiento coherente, cada recuerdo compartido, cada intento de reconstruir comunidad emitía una vibración que ellas percibían como un canto insoportable. Para ellas, la conciencia era una anomalía en un universo diseñado para el silencio.

Por eso cazaban recuerdos.
Por eso devoraban identidad.
Por eso dejaban cuerpos intactos y mentes vacías.

Una noche, una de las criaturas permitió que un humano la mirara sin matarlo. No fue compasión. Fue curiosidad antigua. A través de ella, el hombre comprendió algo que ningún idioma podía sostener sin romperse:

La Tierra no había sido destruida.
Había sido corregida.

Las criaturas no eran invasoras, sino mecanismos. Antiguos, pacientes, enviados —o despertados— cuando una especie comienza a creer que el mundo le pertenece.

Cuando el hombre intentó gritar, ya no recordaba su nombre.

En el cielo, más allá de las nubes muertas, algo inmenso se movió lentamente, reajustando órbitas, afinando constantes, preparando el planeta para una quietud más adecuada.

Las criaturas siguieron cazando.

No por hambre.
Por equilibrio.

Y la ciudad, al fin, aprendió a callar.

Elena supo que no estaba sola antes de verla.

No fue un ruido. Fue una ausencia. Como si el aire hubiese olvidado cómo vibrar. La casa, que ya había aprendido a habitar sin voces, se quedó aún más quieta, obediente a algo que no pertenecía a este mundo.

La criatura estaba en el pasillo.

No tenía una forma estable. A ratos parecía una sombra con volumen; a ratos, una grieta arrancada del espacio. Sus bordes se replegaban sobre sí mismos, como si la realidad se negara a sostenerla. Allí donde debía haber ojos, había profundidad. Allí donde debía haber piel, memoria comprimida.

Elena no gritó.

Había sobrevivido a cosas peores: una habitación vacía, dos sillas sin uso, el nombre de su madre que ya no se decía en voz alta. El miedo, comparado con eso, era soportable.

—Vienes por mí —dijo, sin saber por qué lo afirmaba y no lo preguntaba.

La criatura se acercó sin moverse. El suelo no crujió. Las paredes no reaccionaron. Solo Elena sintió cómo algo tiraba de sus recuerdos, como dedos hundiéndose en una herida que nunca cicatrizó.

Vio a su madre doblando ropa.
A su hermana riendo con la boca llena.
La tarde exacta en que entendió que ninguna de las dos volvería.

La criatura se alimentaba.

Elena cayó de rodillas, no por debilidad, sino por claridad.

—No —susurró—. Eso no.

Comprendió entonces algo que nadie había entendido antes: las criaturas cazaban conciencia, sí… pero no soportaban el vínculo. El recuerdo aislado era alimento. El recuerdo sostenido por amor, por pérdida compartida, pesaba demasiado.

Elena pensó en todo a la vez. No en imágenes sueltas, sino en la continuidad: una vida entera entrelazada con otras dos. El amor, el cuidado, la ausencia, el dolor que no se fue porque no debía irse.

La criatura retrocedió.

Su forma tembló, como si estuviera mal sintonizada con el mundo.

Emitió algo parecido a un sonido, aunque no pasó por el aire. Era un rechazo antiguo. El duelo no la debilitaba: la hacía indigesta.

Elena se levantó, temblando.

—No me lleves —dijo—. Ya he perdido bastante. Y no voy a olvidar.

La criatura se contrajo, como si la casa misma la expulsara. Se replegó hacia una grieta que no estaba allí un segundo antes y desapareció, dejando tras de sí una sensación de frío y un olor a lluvia vieja.

Elena se quedó sola.

Pero no vacía.

Esa noche comprendió que quizá el universo no podía ser vencido… pero tampoco podía borrar todo. Que el amor recordado, incluso en el fin del mundo, era una forma de resistencia.

Y mientras las criaturas seguían cazando en las ciudades muertas, una mujer de duelo profundo había logrado algo imposible:

No sobrevivir.

Permanecer.

Elena resistió más de lo que el universo había previsto.

Eso fue su único error.

Las criaturas aprendieron. Siempre lo hacían. No eran dioses ni demonios, sino procesos: cuando algo se desviaba del equilibrio esperado, se ajustaba. El amor recordado había sido una anomalía tolerable… durante un tiempo.

Una noche, el cielo dejó de tener profundidad. Las estrellas se apagaron una a una, no como luces que se extinguen, sino como conceptos que dejan de ser necesarios. El meteorito —aquella señal que nadie creyó— volvió a responder.

No cayó otro.

Bastó con que recordara que estaba allí.

La criatura regresó a la casa. Esta vez no imitó pasillos ni sombras. No necesitaba engañar. La realidad se plegó a su presencia con docilidad cansada. Elena la esperó sentada, con las manos sobre las rodillas, demasiado exhausta para huir.

—¿Vienes a terminarlo? —preguntó.

La criatura no respondió. Extrajo algo de ella sin tocarla. No recuerdos sueltos. No imágenes. El hilo que los unía.

Elena sintió cómo el amor dejaba de doler. Y comprendió, con una claridad insoportable, que eso era peor que morir.

Vio a su madre… pero ya no supo quién era.
Vio a su hermana… pero no sintió nada.
Vio su propia vida… y no encontró razón para llamarla así.

La criatura no la mató.

La dejó vacía de sentido, funcionando, respirando, ocupando espacio como una sombra obediente.

Cuando se fue, la casa siguió en pie. El mundo también. No hubo explosiones ni finales grandiosos. El universo no celebra correcciones.

Días después, Elena salió a la calle y caminó sin rumbo. Las criaturas ya no la detectaban. Para ellas, era ruido muerto.

En el cielo, algo inmenso terminó de reajustar constantes. La Tierra quedó estable. Silenciosa. Adecuada.

Y en un planeta que había aprendido por fin a callar, Elena siguió viviendo.

No como castigo.
No como milagro.

Solo como lo que queda cuando incluso el duelo ha sido devorado.





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