La vida no se volvió normal.
Nunca lo sería.
Pero tampoco estaba sola.
Los destellos cuánticos aparecían de vez en cuando:
brillando en objetos que debía mirar
avisándole cuando debía cambiar de camino
iluminando decisiones importantes
No eran fantasmas ni pesadillas.
Eran señales.
Un recordatorio de que su existencia única era un improbable milagro cuántico… y que muchas vidas, muchos “posibles yos”, la acompañaban todavía.
Y aunque a veces el espejo la mirara demasiado fijamente…
Vera aprendió a convivir con los destellos.
A aceptarlos.
A vivir.
A ser la última…
pero no sola.
Las semanas pasaron, y los destellos cuánticos se habían vuelto parte de la rutina de Vera, como el tic-tac de un reloj extraño que solo ella podía oír.
Eran suaves, benignos… casi protectores.
Hasta que un día dejaron de brillar.
No todos.
Solo algunos.
Los más antiguos.
Los que, según su intuición, provenían de los mundos donde las primeras Veras habían desaparecido.
Se apagaron de golpe, como si alguien… los hubiera cortado.
Vera sintió un escalofrío.
La luz nunca había hecho eso.
Esa noche, al abrir los ojos en plena madrugada, encontró una figura sentada en el borde de su cama.
No gritó.
Su cuerpo se congeló, incapaz de procesar el terror.
La habitación estaba oscura, pero la figura no lo estaba: emitía un resplandor tenue, enfermizo, comosi fuese una llama que se estuviera apagando.
La figura levantó la cabeza.
Era una mujer.
Era ella.
Pero… arrasada.
Su piel tenía marcas negras que corrían como grietas de obsidiana.
El cabello se desprendía en mechones flotantes.
Y sus ojos, vacíos, parecían dos agujeros por donde escapaban filamentos de luz moribunda.
La otra Vera abrió la boca.
Pero no habló.
Solo salió un susurro como el viento pasando por un cuerpo hueco.
—El mundo… se rompe…
Vera retrocedió sobre la cama, temblando.
—¿Qué… qué eres? —logró decir.
La figura inclinó la cabeza como un animal moribundo tratando de recordar cómo era respirar.
—Soy… lo que queda —susurró—. No de mí… sino de mi mundo.
Y entonces llegó la imagen.
No la vio: la sintió.
Una visión brutal, como una memoria de un universo que agonizaba.
Un mundo gris, retorcido, donde la luna estaba cuarteada como un cristal a punto de caer.
El cielo tenía fracturas por las que se veía… nada.
La realidad se deshilachaba como un tejido viejo.
Ese mundo… estaba muriendo.
Y lo que quedaba de su Vera estaba tratando de cruzar, desesperada, antes de que se extinguiera por
completo.
La figura la miró con súplica.
—Ayúdame… Ayúdate…
Y de pronto su luz osciló, como si algo tirara de ella desde un abismo.
Un sonido indescriptible llenó la habitación:
una especie de crujido, como si el espacio estuviera partiéndose en dos.
La figura tembló de dolor.
—No soy la única que viene.
Vera sintió que su corazón se detenía.
—¿Qué significa eso?
La figura la miró con los ojos vacíos y, por un instante, tuvo un brillo de miedo genuino.
—Mi mundo… está sangrando hacia el tuyo.
Cuando muere un universo, su hambre busca otro.
Luego se deshizo.
Literalmente se deshizo.
Se derrumbó como un castillo de ceniza brillante que se dispersó por el aire y desapareció sin dejarrastro.
La habitación quedó en silencio.
Pero no en calma.
Porque desde la esquina más oscura, Vera vio algo que casi la hizo desmayar:
Un hilo finísimo de oscuridad pura, como una grieta en el aire.
Y dentro de esa grieta… algo se movía.
Algo que no tenía forma.
Algo que no debía existir.
Algo que venía del universo moribundo.
Y lo peor:
Estaba creciendo.
La grieta no era grande.
Al principio no.
Un hilo de oscuridad suspendido en el aire, como si alguien hubiese rasgado la noche con una uñaafilada.
Pero se movía.
No como un objeto.
Ni siquiera como un ser vivo.
Sino como algo que aún no entendía qué era el movimiento, y por tanto lo imitaba mal.
Como si ensayara.
Vera permaneció inmóvil, paralizada, sentada en su cama.
Ni respiraba.
Del interior de la grieta emergió una sombra.
No una sombra real: era más bien la ausencia de algo, una región donde la luz sencillamente
no existía.
Una boca seca en la realidad.
Y entonces oyó el sonido.
No era un rugido.
Ni un chillido.
Era…
una copia.
Un eco defectuoso intentando reproducir un sonido humano sin comprenderlo.
Como una sílaba deshecha.
—V–e… r… a…
El nombre salió arrastrado, descompuesto, como si lo hubiera escuchado desde millares de universos y tratara de pronunciarlo por primera vez.
Vera se levantó sin darse cuenta.
No por valentía.
Por puro instinto de huida.
Pero la cosa reaccionó… y aprendió.
La grieta se abrió un poco más.
De ella emergió algo parecido a un brazo.
Solo que no estaba hecho de carne ni de hueso.
Era un contorno, una idea de brazo, compuesto de humo sólido y retazos de espacio desgarrado.
Y aquello se estiró hacia ella.
La habitación se volvió más fría.
El aire se volvió más denso.
Vera no podía moverse.
El “brazo” se posó sobre su mesilla de noche, y allí ocurrió lo peor:
El objeto sobre la superficie —un simple vaso de cristal— se deformó, como si recordara mal qué forma debía tener.
El asa se estiró.
El cristal se volvió opaco.
El borde se derritió en una curva imposible.
La criatura estaba aprendiendo a copiar la realidad.
A formar un cuerpo.
A existir aquí.
Vera retrocedió lentamente.
La cosa giró hacia ella, aunque no tenía ojos.
Su superficie ondulaba, como si algo en su interior se reorganizara cada segundo.
—V–e—ra… —repitió, con un tono de triunfo imperfecto.
Y entonces llegó el verdadero terror:
El contorno se comprimió… se dobló… se estiró… y adoptó una forma humanoide.
Inestable, temblorosa, hecha de oscuridad líquida y líneas temblorosas.
Pero humana.
O mejor dicho…
Un boceto vivo de Vera.
Cuando habló de nuevo, la voz era más clara.
—Vera…
Ella sintió que el corazón le golpeaba el pecho con violencia.
—¿Qué… quieres? —susurró.
La criatura dio un paso.
Las líneas de su cuerpo se fracturaron como vidrio bajo presión.
—Sobrevivir.
Y mientras la criatura avanzaba hacia ella, haciendo crujir el aire a su alrededor, Vera comprendió loesencial:
El universo moribundo no solo enviaba ecos, Veras rotas o advertencias.
Estaba enviando cosas que querían escapar.
Y aquella…
aquella era solo la primera que había logrado atravesar la grieta.
La criatura dio su primer paso completo fuera de la grieta.
La habitación tembló.
No un temblor físico, sino un estremecimiento en las cosas,como si cada objeto dudara por un instante de su propia forma.
La lámpara parpadeó.
El suelo crujió como un hueso viejo.
Y entonces la criatura… respiró.
Si es que podía llamarse respirar.
No inhaló aire.
Inhaló realidad.
Vera lo sintió como una succión silenciosa que le tiró de los párpados, del estómago, de la memoria.
Un escalofrío que no venía del frío, sino de la sustracción.
El primer síntoma fue pequeño.
La alfombra sobre la que la criatura se apoyó se volvió opaca, perdiendo color, como si alguien la
hubiera borrado con una goma.
La criatura se estremeció de placer.
Su contorno parpadeó.
La forma humana se volvió un poco más nítida.
—M-más… —murmuró, con una voz que ya no era eco, sino sombra de voz.
Vera retrocedió hasta chocar contra la pared.
Sentía su mente derramarse en pensamientos incoherentes.
La criatura generaba una distorsión que afectaba a la percepción, un hambre que rozaba la existenciamisma.
Entonces ocurrió algo peor.
La criatura giró la “cabeza” hacia la ventana.
El cristal vibró.
Los bordes se deformaron, curvándose hacia dentro como si alguien los succionara desde el otro lado.
Y la ventana, simplemente, olvidó que era una ventana.
Quedó convertida en una superficie lisa, sin vidrio, sin marco, sin función.
Un trozo de pared muerto.
La criatura se estabilizó un poco más.
Su silueta dejó de temblar tanto.
Sus brazos se definieron como contornos más sólidos.
La sombra líquida que la formaba se volvió más densa.
Estaba ganando cuerpo… devorando el mundo.
—N-no… —susurró Vera.
La criatura giró hacia ella.
Sus ojos —si podían llamarse ojos— se abrieron como dos agujeros negros brillantes.
—Tú…
—No.
—Tú… eres realidad fuerte.
Vera comprendió el peligro de inmediato.
No quería objetos.
Ni paredes.
Ni luz.
Quería personas.
Seres conscientes.
Seres cuya existencia era más definida, más “valiosa” para su estabilización.
La criatura avanzó.
Con cada paso, las cosas perdían algo: las fotos se volvieron borrosas, los libros perdieron título,las plantas se marchitaron de golpe el aire se volvió más pesado, como si el mundo estuvieracansándose.
Vera sintió un tirón en su pecho, como si algo tirara de su centro, como si la criatura intentara absorber su presencia, su identidad, su memoria, para hacerse sólida… y reemplazarla.
—D-detente… —balbuceó.
La criatura inclinó la cabeza con una curiosa imitación humana.
—No… puedo.
Mi universo muere.
Yo… debo… consumir… para vivir.
Su voz ahora era casi perfecta.
Demasiado humana.
Vera se dio cuenta entonces, con terror atroz:
no estaba copiando objetos.
Estaba copiando a ella.
Con cada bocado de realidad, la criatura se hacía más Vera…
más viva…
más presente…
mientras el mundo a su alrededor se volvía más frágil.
Un zumbido creciente llenó la habitación.
La grieta empezó a agitarse detrás de la criatura, como si algo enorme —mucho peor— empujara
desde el otro lado.
La criatura extendió una mano hacia Vera.
Un dedo oscuro, tembloroso, pero casi humano.
—No luches —susurró—.
Seremos una.
La criatura extendía la mano hacia Vera.
Pero antes de tocarla, la grieta detrás de ella lanzó un estallido de luz negra,un pulso que hizo que la habitación entera temblara como si el mundo fuera un papel arrugándose.
Vera cayó al suelo.
La criatura giró la cabeza…
y emitió un sonido gutural, mitad furia, mitad miedo.
La grieta ya no era un hilo.
Era una hendidura abierta, como la boca de un animal gigantesco intentando morder el mundo.
Y lo peor:
Algo la estaba empujando desde el otro lado.
Primero, llegaron los sonidos:
Un murmullo sordo, como cientos de voces susurrando palabras sin estructura.
Después, un crujido parecido al de huesos quebrándose bajo un peso invisible.
Luego, un gemido colectivo —ni humano ni animal— que heló la sangre de Vera.
La grieta se expandió unos centímetros más.
Cada milímetro era un grito del tejido del espacio.
La criatura que estaba en la habitación retrocedió.
No parecía contenta con lo que venía detrás.
Parecía… aterrorizada.
—No… —murmuró—.
No debían seguirme.
Vera sintió un escalofrío.
Si esa cosa tenía miedo, lo que venía detrás debía ser indescriptible.
El primer nuevo ser emergió sin forma clara.
Era una masa de sombras que se retorcía como un montón de serpientes sin cuerpo, intentando encontrar
geometría.
Sus bordes se agitaban como si cortaran la realidad.
Y al avanzar…
la lámpara del techo desapareció, no explotó ni se apagó.
Simplemente dejó de existir, borrada del mundo.
El segundo ser atravesó la grieta arrastrándose, con un cuerpo que cambiaba cada segundo:
a veces tenía piernas,
a veces tentáculos,
a veces parecía un conjunto de voces envueltas en una sombra.
En cuanto entró en la habitación, la pared derecha perdió su color, volviéndose gris ceniza.
Las fotos se volvieron en blanco y negro.
La temperatura cayó diez grados de golpe.
El tercer ser no tenía forma.
Era un agujero.
Una ausencia que se movía.
Y lo que tocaba desaparecía sin transición: un pedazo de cortina, la esquina de la cómoda, parte del techo.
Era como si mordiera el mundo —y el mundo cediera sin resistencia.
Detrás de ellos, en la grieta…
Vera vio movimiento.
Mucho movimiento.
Demasiado.
Como si un enjambre de seres esperara su turno para entrar.
La primera criatura —la que imitaba su cuerpo— se puso delante de ella, como si quisiera bloquearlade la multitud.
—Huyen —susurró, temblando—.
Igual que yo.
—¿Huyen de qué? —graznó Vera.
La criatura la miró con sus ojos de sombra.
—De la muerte… de un universo entero.
No hay espacio… no hay tiempo…
No hay nada allí ya.
Solo hambre.
Los nuevos seres avanzaban como una ola de sombras deformes.
Y cada uno de ellos hacía que el mundo se deshiciera un poco más.
Que la realidad se adelgazara.
Que el aire se volviera imposible de respirar.
Vera sintió la presión de un vacío infinito detrás de ellos, como si un viento sin aire la llamara porsu nombre.
La criatura frente a ella habló con una voz rota:
—Debo protegerte…
Si ellos te tocan, te copiarán.
Te devorarán.
Y si lo hacen, tú también serás parte de ese vacío.
Vera apenas podía respirar.
Detrás de la criatura principal, los otros seres se retorcían, peleando entre sí por avanzar primero.
El agujero negro viviente se deslizó como un charco, extendiéndose hacia sus pies.
La criatura de forma humana la tomó del brazo.
—Hay un lugar al que podemos correr —dijo—.
Un punto donde la realidad es más fuerte.
Pero debemos llegar antes de que ellos… sean demasiados.
Entonces el cielo fuera de la casa… se resquebrajó.
Un sonido como un trueno invertido, como si el cielo llorara hacia dentro.
Vera vio una línea negra cruzando el firmamento.
La grieta del universo moribundo no solo estaba en su habitación.
Se estaba expandiendo por el mundo entero.
La criatura tiró del brazo de Vera para sacarla de la habitación antes de que las sombras hambrientas
la alcanzaran.
Pero en cuanto cruzaron la puerta del pasillo… la casa entera se estremeció.
No por un temblor, sino por un recuerdo que no era suyo.
Un destello cuántico, fuerte como un golpe de martillo en su mente.
Vera cayó de rodillas.
—¡No! —gritó la criatura—. ¡Aún no estás lista!
Pero ya era demasiado tarde.
La información la golpeó como una avalancha.
No era una visión.
No era un sueño.
Era una memoria heredada de todas las Veras que habían muerto… y también de las que habían
logrado mirar demasiado profundo en el caos.
Un recuerdo del otro universo.
Un recuerdo del origen del colapso.
Primero vio un mundo similar al suyo.
No igual, pero familiar:
— cielos azules,
— ciudades vivas,
— gente caminando sin miedo,
— niños jugando en parques,
— luces y sonidos normales.
Un universo sano.
Pero las Veras de aquel universo descubrieron algo.
Demasiado grande.
Demasiado antiguo.
Demasiado peligroso.
Lo llamaron El Punto de Coincidencia.
Un momento cuántico donde todos los universos paralelos estaban alineados… durante una fracción de segundo infinitesimal.
Un micro instante en que todas las versiones de cada persona podían responder a una misma decisión.
Una superposición real.
Una encrucijada del ser.
Algunas Veras —científicas, investigadoras, obsesas de lo imposible— decidieron que debían explorarlo.
Creían que podían ver todos sus futuros.
Unir sus decisiones.
Convertirse en una consciencia única y perfecta.
Un error de arrogancia absoluta.
El Punto de Coincidencia se abrió.
Y por ese agujero… algo miró de vuelta.
No una criatura.
No una mente.
Una necesidad.
Una especie de fuerza hambrienta, primitiva, que existía fuera de todos los universos.
No quería conocimiento.
No quería poder.
Solo quería ser.
Y al contactar con las miles de versiones de Vera…
descubrió cómo entrar.
Cada Vera que había participado fue infectada.
Una infección no biológica, sino ontológica:
una fisura en su esencia.
El universo comenzó a deformarse desde dentro.
No porque la fuerza quisiera destruirlo…
sino porque no sabía existir sin devorar.
Devoró leyes físicas.
Devoró posibilidad.
Devoró futuro.
Hasta que aquel mundo se quedó sin estructura.
Se disolvió como un dibujo bajo la lluvia.
Pero esa entidad —esa hambre primigenia— aún podría sobrevivir…
si encontraba un universo vecino.
Y lo encontró.
El de Vera.
La visión terminó.
Vera abrió los ojos empapada en sudor, temblando, casi incapaz de respirar.
La criatura la miraba con una mezcla de terror y… pena.
—Ahora lo sabes —dijo—.
Mi universo murió porque las otras tú lo permitieron.
Creímos que podíamos entenderlo.
Dominarlo.
Sus “ojos” se oscurecieron como pozos sin fondo.
—Pero lo que hay fuera de todos los mundos no piensa.
No razona.
Solo come.
Los seres que cruzaban la grieta eran restos distorsionados de esas vidas, infectadas por la misma fuerza devoradora que ahora se abría paso hacia su universo.
—¿Entonces… esto lo causó otra versión de mí? —susurró Vera.
La criatura negó lentamente.
—No solo tú.
Miles de ti.
Y miles de otros.
Todos auténticos.
Todos curiosos.
Todos valientes.
Un silencio enorme se expandió entre ellas.
—Ese es el origen —concluyó la criatura—.
El hambre vino porque un día ustedes miraron demasiado lejos.
Y ahora… tu universo es el siguiente plato.
Los humanos comienzan a notar la desaparición de objetos, colores y recuerdos
Al principio, nadie conectó los hechos.Una anciana llamó a emergencias diciendo que su alfombra había perdido el rojo.
En un instituto, los alumnos se quedaron en silencio cuando intentaron recordar el nombre de su profesor
de matemáticas… un profesor que, según todos los documentos, nunca había trabajado allí.
En una tienda de comestibles, un estante entero apareció vacío sin que las cámaras registraran a nadie
llevándose nada.
Los informativos comenzaron a tratarlo como “la ola de olvidos”, un fenómeno psicológico colectivo.Pero Vera sabía la verdad: eran los hambriento, aquellos seres sin forma que devoraban fragmentode realidad para sostener su existencia condenada.
—Cada desaparición es una mordida —explicó la Vera viva, con su voz ya débil por la inestabilidad
cuántica—. Cuando el universo moribundo se derrumba, ellos buscan fisuras en otros mundos. Y noshan encontrado. Pero lo peor llegó cuando la gente empezó a perder recuerdos íntimos,aquellos que no debería poder borrar ni el tiempo más cruel.
Un niño dejó de recordar el rostro de su madre fallecida.
Un hombre despertó sin saber que había estado casado durante veinte años.
Una mujer lloraba frente al espejo porque ya no reconocía su propia voz.
La policía recibió llamadas desconcertantes: denuncias de objetos inexistentes, reclamaciones pordesapariciones que no coincidían con ningún registro. Era como si la realidad hubiera empezado a
editarse a sí misma, borrando fragmentos sin orden ni criterio.
Vera lo notaba todo de forma más intensa.
Sentía vibraciones en el aire, como si cada recuerdo borrado abriera una pequeña corriente de viento frío.
Incluso la luz parecía titubear a veces, temblando como una bombilla a punto de fundirse.
Su cuerpo, marcado por los destellos cuánticos, reaccionaba ante cada desaparición. Cuando un colorse desvanecía del mundo, Vera sentía un tirón en la columna, una especie de latido oscuro que laobligaba a doblarse. Era como si el universo le pidiera que llenara el vacío… o que se entregara a él.
—La grieta está creciendo —advirtió la Vera viva—. Si no hacemos algo, pronto empezarán adesaparecer personas enteras.
Y entonces, mientras lo decía, escucharon un grito lejano.
Corrieron al balcón.
En medio de la calle, una mujer estaba mirando horrorizada sus propias manos: sus dedos estaban
transparentes, vibrando como si fueran humo atrapado en un recipiente. Un instante después, se esfumó.
No dejó sombra. No dejó eco. No dejó memoria.
Nadie la recordaría salvo Vera, porque ella era el origen de la fisura.
El cielo, mientras tanto, había comenzado a mostrar un tono enfermizo: un gris verdoso que parecíaretorcerse, como un tejido podrido dándole paso a algo que deseaba entrar.
Vera entendió que lo que venía no era solo una invasión.
Era el colapso de una frontera cósmica.
Y ella estaba en el centro.
Hasta entonces, Vera había asumido que los seres sin forma —los hambrientos— eran la mayor amenaza.
Criaturas nacidas del borde de la extinción, alimentándose de colores, objetos y recuerdos como parásitos
pegajosos.
Pero una noche, cuando el cielo adoptó un tono violeta imposible, escuchó un sonido nuevo en la grieta:un crujido que no pertenecía a ningún animal, ni a ningún viento, ni a nada que la mente humanapudiera relacionar con algo natural. Era un crujido profundo, como el de un gigantesco huesopartiéndose más allá del horizonte.
La Vera viva —cada vez más débil— se incorporó con un temblor:
—Ya viene… —susurró, con una mezcla de terror y resignación—. Eso es lo que devoró nuestro
universo. Los hambrientos huyen de eso.
Un segundo después, los hambrientos reaccionaron.
Todos.
A la vez.
Se encogieron, se retorcieron, emitieron chillidos sin sonido, como si el tejido mismo de su falsa
existencia temblara ante un depredador mayor.
Se agruparon alrededor de la grieta, no para invadir, sino para escapar.
Vera comprendió de golpe que nunca habían sido conquistadores: eran refugiados.
—¿Qué es lo que los persigue? —preguntó Vera, aunque ya temía la respuesta.
La Vera viva, con los ojos hundidos y la sombra de la muerte sobre cada palabra, murmuró:
—El Vacío Profundo.
No es un ente. No es un ser.
Es una ley del universo que tomó consciencia de sí misma cuando el primero de los mundos se apagó.
Consume todo lo que se desvía de su curso: mundos cuánticamente desgajados, líneas temporales
divergentes, decisiones que no deberían haber existido…
La miró directamente.
—Te consume a ti… porque existes dos veces.
Y ese es un error que el Vacío no tolera.
De pronto, en el interior de la grieta, algo apareció.
No tenía forma, ni contorno, ni textura.
Era una ausencia perfecta.
Era la sombra de un concepto.
Una región donde la luz moría sin reflejo, donde la materia se negaba a existir, y donde incluso
el tiempo se encogía como un animal acorralado.
Los hambrientos se arrojaron hacia la grieta para huir de esa presencia. Pero al rozarla, comenzarona disolverse como si fuesen dibujos hechos de humo. No gritaban: eran borrados.
El Vacío Profundo no los mataba.
Los deshacía.
Los convertía en posibilidad nunca ocurrida.
Vera sintió su columna helarse.
Los destellos cuánticos en su piel palpitaban de pánico.
Y entonces lo comprendió:
Los seres sin forma se alimentaban de la realidad para adquirir peso,para hacerse consistentes, para tener masa suficiente como para que el Vacío no los borrara al rozarlos.
Eran desesperados, no monstruos.
Lo verdaderamente monstruoso era aquello que venía detrás de ellos.
La Vera viva cayó de rodillas:
—Cuando cruce la grieta… nuestro universo dejará de ser una posibilidad válida.
Se apagará como el mío.
Y tú, Vera… tú desaparecerás antes que nadie.
Vera sintió que el aire se hacía más denso.
Que la luz perdía profundidad.
Que su propio nombre pesaba menos en su mente, como si empezara ya a borrarse letra por letra.
Algo estaba entrando.
Algo contra lo que no se podía pelear.
Algo que no pertenecía a ningún lugar excepto a la aniquilación absoluta.
Y ahora lo había encontrado.
Cuando la sombra del Vacío Profundo comenzó a extender sus bordes dentro de la grieta, Vera sintió que el aire se quebraba como cristal.
Era el final.
El verdadero final.
La Vera viva apenas podía sostenerse en pie, y los hambrientos se desintegraban en silencio al contacto con aquella ausencia absoluta.
Y entonces ocurrió lo imposible.
Una línea fina de luz, delgada como un pelo, atravesó el aire detrás de Vera con un clic sonoro, como si alguien hubiese cerrado un interruptor cósmico.
La luz se abrió un poco más…
y luego un poco más…
Hasta que una figura emergió arrastrando un objeto metálico extraño, lleno de diales y antenas queparecían moverse por sí mismas.
La figura era una mujer.
Con su misma cara.
Su mismo cuerpo.
Su misma voz cuando habló:
—Vale, llego tarde, pero todavía estamos todas vivas, ¿no? Bueno… más o menos.
Era otra Vera.
Una tercera.
Pero esta era distinta en todo: llevaba un traje reforzado con placas que parecían vibrar con cada
fluctuación cuántica. Su mirada era aguda, calculadora. Y lo más impresionante: su cuerpo no
parpadeaba ni temblaba como los de la Vera humana o la Vera viva. Era estable.
Demasiado estable.
—¿Quién eres? —preguntó “nuestra” Vera, con la voz temblorosa.
La recién llegada sonrió de lado, esa sonrisa cansada de quien vive demasiado deprisa:
—Vera #1138, Exploradora de Realidades Inestables.
Vengo de un universo donde aprendimos a controlar nuestras líneas alternativas en lugar de dejarlas
colapsar.
La Vera viva, apenas consciente, levantó la mirada:
—¿Tu universo sobrevivió al Vacío Profundo?
La Exploradora negó lentamente:
—No. Fue lo primero que se tragó.
Pero aprendimos a saltar antes de que nos borrara.
Tuve que visitar cientos de universos para encontrar uno donde vosotras dos aún existierais.
Vera sintió un escalofrío.
¿Por qué buscarla a ella?
¿Y por qué tantas versiones?
La Exploradora apuntó con el aparato hacia la grieta, que seguía expandiéndose como un agujero desombra líquida.
—Este aparatito es un “Ancla Cuántica”. Mantiene nuestras existencias coherentes para el Vacío. Pero solo funciona con tres versiones de la misma persona. Una, sola, no basta. Dos, tampoco.
Tres… tres hacen un patrón.
Vera frunció el ceño.
—¿Un patrón para qué?
La Exploradora la miró directamente a los ojos.
—Para engañar al Vacío.
Para que, al vernos a las tres superpuestas en un equilibrio perfecto, crea que esta línea de realidad es
estable,
que no está rota, que no contiene “errores” cuánticos…
Y entonces nos ignore.
Antes de que pudiera decir más, el Vacío Profundo avanzó un milímetro. Un solo milímetro, y aun así la calle entera se apagó como si nunca hubiese existido.
La Exploradora agarró a las dos Veras del brazo.
—Escuchadme bien: no hay tiempo.
Vosotras dos estáis moribundas: una en el cuerpo, la otra en la lógica cuántica.
Pero juntas podemos cerrar la grieta.
O… al menos retrasar el final.
La Vera viva respiró con dificultad, aferrándose al brazo de la Exploradora:
—Si cerramos la grieta… ¿qué pasa con los hambrientos? ¿Y con los otros universos?
La Exploradora bajó la mirada.
—Desaparecerán.
Los que no hayan cruzado… serán borrados definitivamente.
La Vera humana sintió un puñal de hielo.
Salvar su universo significaba condenar a incontables realidades agonizantes.
Pero entonces, la Exploradora añadió en voz baja:
—O podemos intentar lo imposible.
No solo cerrar la grieta.
Sino… invertirla.
Devolver todo lo que el Vacío ha devorado.
Revivir universos enteros.
Vera dio un paso atrás, anonadada.
—¿Eso es siquiera posible?
La Exploradora alzó el dispositivo, cuyos diales giraban frenéticamente.
—No lo sé.
Pero un universo improbable ya se rompió para traerme hasta aquí.
Quizá la clave esté en vosotras.
En ese instante, el Vacío Profundo rugió sin sonido.
Y las tres Veras, por primera vez, se miraron sabiendo que eran la última y única esperanza no solo para un universo… sino para todos.
Y llegó el momento de realizar el ritual cuántico de las tres Veras para intentar invertir la grieta
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