VERA, LA GUARDIANA DE LA GRIETA



INTRODUCCIÓN AL RELATO VERA, LA GUARDIANA DE LA GRIETA

"Un agujero de gusano es un túnel cósmico: si quieres ir de un lado de la manzana al otro (el camino largo), puedes hacer un túnel por el centro (el atajo)

En los rincones más silenciosos del multiverso, donde la realidad se deshilacha como un hilo antiguo, las historias no solo se cuentan… también se bifurcan, se repiten, se contradicen y se devoran a sí mismas. Este relato nace justo ahí, en ese límite donde la ciencia roza el terror y la identidad se convierte en un espejo que nunca refleja lo mismo dos veces.

Es una exploración oscura y luminosa del destino, del sacrificio y de las infinitas versiones de nosotros mismos que se esconden detrás de cada elección. Inspirada libremente en ideas cuánticas —sin gatos, sin cajas, y con más sombras de las que la física admitiría—, esta historia nos sumerge en un universo fracturado donde las fronteras entre lo vivo y lo muerto, lo real y lo posible, apenas se sostienen.

A través del viaje de Vera, descubrirás mundos que agonizan, criaturas que se alimentan de existencia, y ecos de personas que nunca deberían haberse encontrado. Pero también encontrarás algo más: un corazón humano latiendo contra la oscuridad, empeñado en defender una luz que podría desvanecerse para siempre.

Bienvenid@ a esta grieta entre universos.

Pasen, disfruten y vean.

Pero hacedlo despacio…

Nunca se sabe qué versión de nosotr@s se podría estar observando desde el otro lado.


VERA, LA GUARDIANA DE LA GRIETA

Vera despertó jadeando en mitad de la madrugada. No recordaba haber soñado nada, pero tenía la certeza de haber caído desde una enorme altura… y de no haber tocado el suelo.

Se incorporó en la cama. Todo estaba en silencio. Demasiado silencio.

Encendió la luz: su habitación no era su habitación. Era idéntica… pero no igual. Las fotos del estante estaban torcidas; en una de ellas, su sonrisa parecía un poco más amplia, demasiado amplia, como si la Vera del retrato supiera algo que ella no.

Escuchó entonces un ruido seco en el salón.

Como un golpe. Después, otro. Luego, arrastres.

Se armó de valor, abrió la puerta y avanzó por el pasillo. El aire olía a humedad y a metal oxidado. Cuando llegó al salón, se quedó paralizada.

En el sofá había alguien sentado. Era ella.

La otra Vera tenía la piel pálida, casi traslúcida, y una mirada vidriosa, pero consciente. Movió la cabeza con lentitud, como si le costara recordar cómo funcionaba el cuello.

—No deberías estar aquí —susurró la otra Vera—. Este es mi estado cuántico.

Vera retrocedió instintivamente.

—¿Mi… qué?

La otra sonrió, mostrando unos dientes que no eran tan suyos como parecían.

—Tú estás viva. Yo… estoy entre estados. Ni muerta ni viva, pero muy… muy cerca de uno de ellos.

Vera sintió un escalofrío subirle por la espalda.

—¿Qué es este lugar? ¿Por qué todo es igual pero distinto?

—Porque —dijo la otra Vera levantándose con movimientos descoordinados— tú has colapsado en el universo incorrecto.

En ese instante, se escuchó un gruñido al otro lado de la ventana. Vera corrió a mirar.

La calle estaba repleta de sombras humanas tambaleantes. Decenas, quizá cientos. Sus cuerpos estaban en distintos estados de putrefacción, pero todos compartían la misma mirada vacía y hambrienta. Cada vez que uno movía la mandíbula, el sonido era húmedo y desagradable, como mordiscos repetidos en la nada.

Su doble se colocó detrás de ella.

—En este mundo, una infección cuántica alteró la frontera entre la vida y la muerte —explicó

—. No son zombis… no del todo. Están atrapados entre existir y dejar de existir. Igual que yo.

Vera tragó saliva.—Tengo que volver. Tengo que regresar a mi mundo.

La otra Vera soltó una carcajada distorsionada.

—Ay, ojalá fuera tan sencillo. No puedes volver… a menos que ocupe tu lugar.

Vera giró. Su doble dio un paso torpe hacia ella. Sus pupilas se dilataban y contraían como si observaran mil posibilidades a la vez.

—Solo puede haber una Vera viva en cada universo —dijo la otra—. Y ahora mismo… eres un problema matemático.

De pronto, un cristal estalló. Una de las criaturas cuánticas irrumpió en el salón, gruñendo con múltiples voces superpuestas.

Otro. Y otro. El aire se llenó de un zumbido, como si todos los futuros estuvieran vibrando.

La otra Vera sonrió con ternura macabra.

—Por favor… déjame ser.

Saltó hacia ella.

Y entonces, todo se volvió negro.

Vera abrió los ojos. Estaba en su cama. Su habitación era la correcta.

Suspiró, temblando. Quizá todo había sido un sueño.

Caminó hacia el espejo para calmarse.

Se miró fijamente. Su reflejo… sonrió.

Pero ella no.

Y desde ese momento, cada vez que parpadea, durante una fracción de segundo ve otra versión de sí misma, con la piel pálida, detrás del cristal, esperando pacientemente el próximo colapso cuántico.

Vera se incorporó de golpe.

Seguía en su cama. En su mundo. O al menos eso quería creer.

La luz tenue del amanecer entraba por la ventana. El silencio era tan absoluto que parecía artificial, como si todo lo que podía hacer ruido hubiese decidido contener la respiración.Durante unos minutos no se movió, temiendo que cualquier gesto rompiera el frágil equilibrio que la separaba del horror que había visto.

Pero entonces sintió un pinchazo en el pecho. Un latido fuera de ritmo.

Uno que no pertenecía a su corazón.

—No… —susurró.

Se levantó y caminó hacia el espejo. Con cada paso, el aire vibraba débilmente, como si algo invisible se moviese con ella.

Cuando llegó frente al cristal, contuvo el aliento.

Su reflejo estaba ahí… normal… casi.

Hasta que parpadeó. En ese instante, una imagen se superpuso: la otra Vera,,pálida, con el cuello torcido, la piel rasgada, la mirada perdida. Muerta.

La visión duró un milisegundo.

Suficiente.

Vera retrocedió.

—Ha muerto —dijo en voz alta—. Mi otro yo… ha muerto.

Y entonces, el silencio se quebró.

Un crujido retumbó por las paredes, como si la casa se estremeciera desde dentro. Los cuadros se torcieron solos. Un vaso cayó al suelo sin ser tocado.

Algo había cambiado en las leyes del mundo.

Era la consecuencia inevitable.

Dos Veras no pueden estar vivas en universos paralelos si una ha perdido su estado. La muerte del doble siempre reclama equilibrio.

El pinchazo en su pecho se intensificó. No era dolor… era presión. Algo intentando entrar. O salir.

—No. No, no, no. Yo no voy a reemplazar a nadie —murmuró con la voz temblorosa.

Pero el espejo vibró.

Primero como una onda en el agua.

Después como si algo golpeara desde el otro lado.

Un puño pálido emergió durante una fracción de segundo… y se retiró.

Vera se quedó paralizada.

La realidad acababa de comportarse como una membrana.

El reflejo sonrió entonces. Pero su propia boca no se movió.

La sonrisa era de la muerta.

—No puedes ignorarme —susurró el reflejo, con una voz hecha de ecos que no pertenecían a ese mundo—. La simetría exige mi lugar.

Vera sintió un mareo.

Un vértigo que no era físico, sino existencial: la sensación de que la habitación se doblaba en sí misma, como si hubiese más ángulos de los que un espacio puede contener.—Tú ya no existes —dijo Vera, intentando convencer a algo que no debía ser convencido.

—Oh… —rio el reflejo muerto—. Eso es lo que crees. Cuando un doble muere, se dispersa por los mundos que aún permanecen. Y yo… estoy buscando un cuerpo. Vera sintió un escalofrío helado recorrerle la columnaUn susurro subió por su espalda, como dedos recorriendo su piel desde un lugar que no podía ver.

El espejo volvió a ondular.
La superficie se abrió como un líquido oscuro.

Del reflejo emergió un rostro pálido, hundido, con los ojos blanqueados.

Vera retrocedió a trompicones.

—Aléjate —susurró—. No puedes estar aquí, estás muerta.

—Precisamente por eso estoy aquí —respondió la voz doble—. Mi universo colapsó conmigo. Mis zombis, mis criaturas cuánticas… todo desapareció en un instante cuando dejé de existir. Necesito un nuevo ancla.

La figura salió medio cuerpo del espejo, arrastrándose como si la gravedad no le perteneciera.

—Tú —dijo, señalándola con un dedo violáceo—. Eres el estado restante. Mi continuidad natural.

La cara se retorció con un hambre indescriptible.

—Déjame entrar.

Vera corrió hacia la puerta. Pero al tocar el pomo, la madera se volvió blanda, como si estuviera hecha de carne, y se contrajo.

El reflejo muerto rio con una risa de múltiples voces.

—No tienes dónde ir. Ya no hay fronteras. La muerte de una Vera siempre afecta a la otra.

La luz de la habitación parpadeó. El aire se volvió espeso y húmedo.
Un olor a tierra mojada y formol llenó sus pulmones.

Vera se dio la vuelta.
La otra ella estaba casi completamente fuera del espejo.

—No voy a morir —dijo Vera con un hilo de voz quebrada.

La muerta inclinó la cabeza.

—No hace falta que mueras. Basta con que me dejes vivir dentro de ti.

La figura avanzó.

Y cuando la tocó, Vera sintió el frío más profundo que un ser humano puede soportar:

la temperatura exacta de un universo extinguido.

Cuando el dedo helado de la otra Vera tocó su piel, algo cambió.

No un cambio visible, no inmediatamente. Fue algo más profundo:
una fisura microscópica en su propio ser.

La figura muerta se desvaneció de nuevo en el espejo como humo absorbiéndose en agua, pero la superficie ya no volvió a solidificarse del todo. Siguió ondulando, respirando, observando.

Vera quedó sola en la habitación.

O eso creyó.

Esa misma noche, al despertar sobresaltada por un latido irregular, sintió una punzada en la muñeca. Al examinarla, vio un pequeño hilo de piel grisácea, como si un pedacito de su carne hubiese olvidado que estaba viva.

Intentó frotarlo.
No se quitó.

Intentó cubrirlo.
Se extendió unos milímetros más.

Decidió no mirarlo.
Pero ella lo sentía… expandiéndose.

Dos días después, mientras se lavaba la cara, la Vera del espejo parpadeó un instante más lento que ella.

—¿Lo notas? —preguntó el reflejo con la voz grave, doble, fría.

Vera se apartó, jadeante.

—No estás aquí —dijo—. Te fuiste.

El reflejo sonrió.
La sonrisa apareció un segundo antes de que Vera moviera los labios.

—Estoy dentro, Vera. Muy dentro. La muerte no llega de golpe. Es una semilla cuántica. Crece contigo.

Vera golpeó el espejo, desesperada.

El vidrio tembló como una superficie líquida.

A la semana, los síntomas eran innegables.

Su piel tomaba un tono ceniciento bajo cierta luz.

A veces perdía el equilibrio como si alguien empujara desde dentro.

Su sombra, en más de una ocasión, parecía moverse un segundo después que ella.

Y lo peor: empezó a tener hambre. Una hambre extraña. No de comida.

Hambre de quietud. Hambre de silencio. Hambre de cosas que no sabía nombrar.

Cuando dormía, soñaba con caminar entre ruinas, rodeada de criaturas cuánticas tambaleantes.

En esos sueños, ella misma era una de ellas.

Y al despertar, su muñeca gris se extendía un poco más hacia el codo.

Una noche, al intentar quitarse una tirita, vio que la piel bajo ella estaba muerta. No infectada, no herida.

Muerta.

Sin embargo seguía pegada, como si la muerte no afectara a su función biológica.
Era muerte… funcionando.

Gritó. Se arañó. Lloró de desesperación.

Y entonces, su reflejo apareció aunque no hubiese espejo.
En la superficie negra de su móvil.
En el brillo de un cristal de agua.
En el apagado de la televisión.

—Cada doble necesita un equilibrio —susurró—. Tú eres vida. Yo soy muerte. Pero ya no existen dos mundos. Solo uno. Uno roto. Y yo… lo ocupo a través de ti.

Vera cayó de rodillas.

—¿Qué quieres? —preguntó entre sollozos.

—Quiero volver. Y tu cuerpo es un puente. No te estoy matando, Vera.
Te estoy… ajustando.

Una mañana, al despertar, encontró bajo su cama restos de tierra húmeda. Como si alguien —o algo— hubiera caminado descalzo… desde el espejo hasta allí.

Se llevó la mano al rostro.
Su mejilla derecha estaba congelada.

Miró de reojo en la ventana.

Su reflejo tenía un ojo completamente blanco.

Ella no.

Todavía.

Con el paso de los días, la metamorfosis se volvió imposible de ocultar:

Su respiración era tan débil que apenas levantaba el pecho.

Su sangre se volvió espesa, casi inmóvil.

Su voz adquirió un eco extraño, como si otra voz hablara con ella.

Sus dientes empezaron a oscurecerse en las raíces.

Y a veces, se escuchaba a sí misma susurrar cosas que no recordaba haber dicho.

Una tarde, al intentar subir una escalera, sus rodillas cedieron de golpe.

No por debilidad.

Sino porque la gravedad parecía no reconocerla por completo.

Vera se situó frente al espejo, la silueta negra de su cuerpo reflejada como un recuerdo difuso. Su respiración era un susurro tembloroso; algo, otra vez, se movía fuera de lugar.

Primero fue el cuenco sobre la mesa: recordaba claramente haberlo dejado a la derecha del espejo, y ahora estaba a la izquierda, como si hubiera decidido moverse por sí mismo. Luego fue la lámpara: parpadeó un instante y desapareció, dejando un hueco que su mente trataba de rellenar, y cuando volvió a encenderse, estaba justo frente a ella.

Vera se llevó las manos a la cabeza, intentando aferrarse a la certeza. “No estoy loca… no puedo estarlo…” murmuró. Pero entonces el reflejo en el espejo titiló, y por un instante, vio algo que no había estado allí: un cuarto cuerpo, sombrío, que desapareció antes de que pudiera comprenderlo.

Cada objeto que reaparecía en un lugar distinto le golpeaba la mente con una certeza aterradora: no podía confiar en sus ojos ni en su memoria. Cada aparición, cada desaparición, era un martilleo constante en su cabeza, y con cada golpe, la grieta dentro de ella se ensanchaba un poco más.

Vera cerró los ojos, esperando que al abrirlos todo fuera normal. Pero sabía, con un terror helado, que la grieta no descansaba… y que quizá nunca podría hacerlo ella tampoco.

Como si su cuerpo perteneciera a otro plano.

Vera retrocedió frente al espejo, los ojos fijos en el cuenco que había desaparecido y reaparecido tres veces. Sintió la cabeza dar vueltas, la certeza de su cordura resquebrajándose.

Y entonces la vio: su otro yo, del otro lado del vidrio, sonriendo con una calma cruel. Cada movimiento suyo, cada titubeo ante la aparición y desaparición de los objetos, era un espectáculo para esa versión de sí misma.

—¿Tan fácil te asustas? —pareció susurrar el reflejo, aunque ningún sonido salió de su boca—. Vamos, intenta mantener el control… si puedes.

Vera parpadeó. La lámpara se había desplazado otra vez. Su otro yo rio, una risa suave, casi musical, que parecía provenir de todos los rincones de la habitación. Era imposible saber si estaba dentro del espejo, dentro de la grieta, o simplemente dentro de su cabeza.

Cada objeto que se movía, cada sombra que titilaba, le recordaba que no estaba sola. Y, peor aún, que la única que podía jugar con su mente de esta manera… era ella misma.

La noche más oscura llegó cuando su ojo derecho se volvió blanco.

Justo como el de la muerta.

Frente al espejo —ya convertido en una puerta líquida y temblorosa— vio, por primera vez, la figura completa de su otro yo. No estaba ya putrefacta. No estaba torcida.

Estaba… enteramente reconstruida.

—Gracias, Vera —sonrió la muerta—. Tu transformación me devolvió forma. Ahora eres el puente que une los dos estados. Ni viva ni muerta. Ni nuestra ni vuestra.

Vera sintió cómo el frío trepaba hasta su corazón, apagándolo lentamente.

—No quiero… desaparecer —susurró.

La otra apoyó una mano en el espejo.

—No desaparecerás. Seremos una. Yo pondré el cuerpo cuántico.
Tú pondrás la vida que queda.

El espejo se abrió.

La figura salió.

Y Vera… ya no pudo huir.

Los vecinos pasan y a veces detienen su caminar frente a la ventana de esa casa, ven a Vera moviéndose con movimientos lentos, como de sueño profundo, acariciándose la piel pálida, casi gris, y murmurando en dos voces superpuestas.

Y al acercarse al cristal, podrán notar algo:

Su reflejo siempre sonríe un poco antes que ella.

La transformación de Vera avanzaba sin freno.

Su piel era un mapa grisáceo de venas quietas. Sus ojos, uno humano, otro blanco, no coincidían ya en sus emociones. Y a veces, cuando hablaba, su voz se duplicaba: una viva, otra muerta.

La Vera cuántica —la que había cruzado desde el espejo— la observaba con satisfacción, como un escultor contemplando su obra a medio hacer.

—Ya casi eres como yo —susurró con ternura macabra—. Solo falta que tu corazón olvide latir.

Vera quería gritar, pero el frío en su pecho apagaba sus impulsos.

Sin embargo, algo ocurrió.

El espejo comenzó a vibrar.

Al principio, un temblor suave… luego, un repiqueteo profundo, como un latido. Una luz blanca atravesó la superficie, rompiendo el líquido oscuro en ondas brillantes.

La Vera muerta dio un paso atrás.

—No —dijo con una voz ahogada—. Esto no debería pasar. Ella no debería estar aquí.

Vera alzó la cabeza con esfuerzo.

—¿Quién…?

El espejo estalló en un destello.

Y entonces salió otra Vera.

Una Vera distinta a ambas.

Tenía la piel cálida, los ojos llenos de vida, el pulso fuerte, la respiración firme. Llevaba la misma ropa, pero limpia, luminosa, como si viniera de un mundo donde la luz hubiera ganado siempre.

La Vera viva —la nueva— se plantó entre ellas dos, respirando profundamente, como quien acaba de atravesar mil kilómetros en un segundo.

—Basta —dijo con una autoridad que ninguna de las otras había tenido jamás—. No voy a dejarte destruirla.

La Vera muerta siseó, sus ojos blancos brillantes de rabia.

—Tu universo estaba cerrado. ¿Cómo has cruzado?

La nueva Vera apretó los dientes.

—Porque ella —señaló a Vera, temblorosa en el suelo— está viva, esté donde esté. Y mientras exista una posibilidad, aunque sea mínima, puedo alcanzarla.

La muerta se carcajeó.

—Eres tan ingenua. La simetría se rompió. Yo soy la muerte. Ella es la transición. Tú no pintas nada ya.

Pero la Vera viva sonrió.
Una sonrisa segura, inquebrantable.

—Te equivocas. Las tres somos posibilidades. Tú eres el final. Ella es el umbral. Yo soy el comienzo.
Y los comienzos… no mueren tan fácilmente.
La Vera viva extendió la mano.
Su piel brilló con una luz suave, vibrante, como si contuviera miles de versiones de sí misma en
perfecto equilibrio.

La Vera muerta retrocedió.

—No puedes detenerme —gruñó—. Ella ya es mía. La estoy habitando.

—Pues sal de ella —respondió la viva—. Te lo ordeno.

La luz se intensificó.
La casa entera tembló.

Vera sintió un tirón dentro de su pecho, como si la muerte que crecía en ella fuera arrancada de raíz. Se dobló de dolor, incapaz de gritar.

Su reflejo en la ventana gritó también, desgarrador, incapaz de sostenerse.

La Vera muerta se empequeñeció, su piel cuarteándose como tierra seca.

—¡No puedes expulsarme! —chilló—. ¡La simetría exige que muera alguien! ¡Exige equilibrio!

La Vera viva dio un paso más.

—Tienes razón. Alguien debe morir.
Pero no será ella.

La muerta abrió los ojos con terror justo antes de que la luz la envolviera.

Su cuerpo se deshizo en un parpadeo.
No explotó, no se desplomó.
Simplemente… dejó de existir, como si el universo borrara un error.

El frío en el pecho de Vera desapareció de inmediato.

Su piel volvió a tomar color.
Su respiración se aceleró.
Y su ojo blanco recuperó el iris.
Lloró.

—Gracias —susurró, temblando.

La Vera viva se arrodilló a su lado y la abrazó.

—No te voy a dejar caer.

Pero el espejo —o lo que quedaba de él— emitió un sonido profundo y terrible.

Un latido.

Uno enorme.

Un latido que no provenía del vidrio… sino de la realidad misma.

La Vera viva cerró los ojos.

—Lo sabía… —murmuró.

—¿Qué pasa? —preguntó Vera, agarrando su mano.

La otra la miró con una tristeza oscura.

—Las leyes del multiverso no permiten que tres versiones de la misma persona existan juntas. En cuanto destruí a la muerta, la simetría se rompió más aún.

—¿Entonces…?

La Vera viva tomó aire.

—Yo… no puedo quedarme.

Vera abrió los ojos con horror.

—No. No, no. Tú me salvaste. ¿Por qué tienes que irte?

La otra sonrió con dulzura.

—Porque eres tú la que debe seguir viviendo. No yo. Mi mundo… puede prescindir de mí. Éste no puede prescindir de ti.

El aire comenzó a absorber luz desde su cuerpo.
Comenzó a deshacerse, como polvo luminoso.

Vera la abrazó con desesperación.

—¡No te vayas!

La otra la sostuvo con fuerza, aunque sus brazos ya no tenían forma definida.

—Vivirás —susurró—. Y ahora, por primera vez, vivirás solo como una.
Sin sombras.
Sin espejos.
Sin nosotras.

Y con una última sonrisa…

Desapareció.

Vera quedó sola en la habitación.

La casa ya no vibraba.
Los espejos eran sólidos.
El frío había desaparecido.

Pero en su interior, sentía dos cosas:

Un vacío donde antes había una presencia.
Y una fuerza, nueva, cálida, luminosa… como si un pedazo de la Vera viva hubiera elegido quedarse.

A veces, cuando camina por la calle, cree ver a personas que nunca ha conocido mirándola fijamente, como si reconocieran algo en ella.

A veces siente que su sombra se adelanta medio segundo… pero luego vuelve a su sitio.

Y por las noches, cuando el mundo está en silencio, susurra:

—Gracias… a las dos.

Porque sabe que está viva gracias a una versión de sí misma……y que la muerte nunca volverá a reclamarla tan fácilmente.

La desaparición de la Vera viva fue silenciosa.
No hubo explosión, ni destello, ni sonido.
Pero el universo sí lo sintió.

No solo este universo.
Sino muchos.

Y la consecuencia no tardó en manifestarse.

Esa noche, mientras Vera intentaba dormir, escuchó un sonido suave, remoto, como un tambor vibrando a años luz de distancia.

PUM…

Luego silencio.

PUM…

Un latido.

Pero no uno cardíaco.
Era más profundo.
Más grande.

Como si el tejido mismo del multiverso estuviera marcando un ritmo que antes no existía.

Vera se levantó sobresaltada.

La luz de su lámpara titiló con un patrón inquietante, como si respondiera a ese latido.

PUM… Tik. PUM… Tik.

—No… no puede ser —susurró.

Porque sentía el latido dentro de su propia cabeza.

No era suyo.

Era de algo que estaba despertando.

A la mañana siguiente, ocurrió lo imposible.

En el cielo, justo antes del amanecer, aparecieron… grietas. No nubes. No reflejos.
Grietas.

Como si un cristal invisible estuviera quebrándose desde el interior.

Entre las grietas se veían destellos:
Ciudades desconocidas, cielos violetas, mares verticales, montañas flotantes, sombras gigantes
caminando sobre planetas que no eran la Tierra.

Eran otros mundos.
Asomándose.
Asomándose demasiado.

Vera salió a la calle. La gente miraba al cielo, paralizada, incapaz de comprender.

—¿Es una aurora? ¿Es una tormenta geomagnética? —murmuraba alguien.

Pero Vera sabía la verdad.

El multiverso estaba sangrando.

Porque la desaparición de la Vera viva había roto el equilibrio de su universo. Y cuando un universo pierde a su “centro estable”, deja de mantenerse aislado... y empieza a mezclarse con los demás.

Esa noche, mientras las grietas del cielo crecían, Vera sintió un escalofrío en la columna.

Una voz… suave… familiar.

—Vera…

Ella giró en la oscuridad.

—¿Eres tú? —susurró.

El aire vibró.
La voz habló desde todos los rincones.

—No pude irme del todo…

Vera sintió lágrimas arderle los ojos.

—Pensé que estabas muerta. Que te desvaneciste.

—Me desvanecí —respondió la voz—… pero el multiverso no lo aceptó. Cuando dejé de existir, quedó un hueco. Un hueco demasiado grande. Y ahora… algo intenta ocuparlo.

La temperatura de la habitación descendió varios grados.

—¿Qué… qué está intentando entrar?

La voz fue un susurro quebrado:

—Lo llaman… El Regresor.

Vera sintió la piel erizársele.

—¿Qué es eso?

—Algo que no debería existir. Algo que solo aparece cuando un universo queda… incompleto. No es una criatura. No tiene forma. Es… una idea que busca cuerpo. Una posibilidad descartada que exige encarnación.

Un viento helado recorrió la habitación sin ventanas abiertas.

—Y viene hacia ti —dijo la voz—. Porque tú eres la única Vera que queda aquí. El único corazón vivo que puede sostenerlo.

A medianoche, el cielo se abrió por completo.

No como una grieta.
Como un ojo.

Un abismo brillante, lleno de colores imposibles, como si los mundos se estuvieran mezclando en un mar de realidades.

La gente empezó a sentir mareos.
Otros se desmayaban.
Algunos veían versiones de sí mismos caminando junto a ellos.
Otros veían sombras gigantescamente distantes.

Y Vera sintió que su propia sombra temblaba bajo sus pies.

Tomó la mano de su sombra instintivamente.

Y la sombra… se la devolvió.

Solo que su sombra tenía los ojos blancos.

Hizo un gesto de advertencia, temblando como un fuego oscuro.

—Está viniendo —susurró la voz de la Vera viva—. Vera, tienes que correr.

—¿Hacia dónde? —gritó ella, desesperada—. ¡No hay ningún lugar seguro!

—Entonces corre hacia mí —dijo la voz.

El espejo del pasillo vibró.

Y una figura luminosa comenzó a formarse en él.
Borrosas facciones.
Un gesto familiar.

La Vera viva estaba intentando volver.

Pero algo más estaba intentando entrar al mismo tiempo.

Algo grande.
Algo hambriento.
Algo que no tenía nombre.

El espejo empezó a resquebrajarse desde dentro, como si dos realidades estuvieran forcejeando por salir.

La voz de la Vera viva gritó:

—¡NO DEJES QUE ÉL CRU…!

El vidrio explotó.

Una mano luminosa salió.

Y una garra oscura salió al mismo tiempo.

Ambas luchando.
Ambas tirando de la realidad como si fuera un tejido húmedo.

Vera cayó de rodillas.

El latido cósmico retumbó más fuerte que nunca.

PUM.
PUM.
PUM.

Era el ritmo de algo intentando nacer.

En medio del caos, la voz de la Vera viva volvió a hablar, débil, distorsionada.

—Vera… escucha…
No fue mi desaparición lo que provocó esto.
Fue mi sacrificio.

—¿Qué…? —susurró Vera.

—Cuando yo desaparecí por ti, el universo interpretó que tú eras… demasiado valiosa.

Demasiado probable.

Y ahora, esa fuerza, ese Regresor, quiere tomar tu lugar.

Quiere convertirse en la única realidad de Vera.

Y si lo hace…

Los mundos dejarán de existir como los conoces.

El espejo crujió.
La garra y la mano chocaron una contra otra.

Una luz cegadora llenó la habitación.

—Vera —susurró la voz viva, apenas audible—… tú eres el punto fijo ahora.
Tú decides qué se mantiene… y qué se rompe.

La garra oscura avanzó.
La mano luminosa retrocedió.

Y Vera entendió, con terror absoluto…

…que debía elegir:

¿Salvar a la Vera viva y cerrar el multiverso?

(O arriesgarse a quedarse sin ella para siempre).

¿Dejar entrar al Regresor… y reescribir toda la existencia?

¿O sacrificarse ella… para restaurar el equilibrio cósmico?

Tres opciones.
Tres finales.
Tres destinos.

Y ella era el centro.

Una vida nueva marcada por destellos cuánticos, extraños, inquietantes, pero también con un tenue resplandor de esperanza.

Vera respiraba por primera vez sin aquella presión que parecía un segundo corazón muerto latiendo dentro de ella. La otra Vera —la radiante, la que había luchado por salvarla arrancando el contagio cuántico de la Vera muerta— se había desvanecido en un estallido de luz, sacrificándose para preservar su existencia.

Desde entonces, el mundo seguía girando…pero algo estaba descompensado.

Durante los primeros días, Vera creyó que se trataba de trauma.
Los médicos hablaron de estrés, de disociación, de “residuos psicológicos”.
Pero ella sabía que no era eso.

Porque las sombras se movían antes que su cuerpo.

Si levantaba la mano, su sombra la levantaba unas milésimas después, como dudando.

Si caminaba por un pasillo, veía un destello —apenas un trazo de luz— recorriendo sus pasos justo por detrás.

Notaba presencias como reflejos desincronizados, memorias de vidas que no vivió.

La otra Vera viva, la que luchó por ella, había sellado su existencia… pero al hacerlo había distorsionado la “malla” que sostenía su identidad cuántica.

Ahora Vera era una única versión, la última de todas, pero cargaba con ecos de infinitas posibilidades truncadas.

Y cuando dormía, soñaba con sí misma… pero no la de antes:
soñaba con Veras que eran:

paleontólogas en un desierto infinito

soldados huyendo de ruinas ardientes

monjas en monasterios que nunca existieron

niñas que no habían aprendido a hablar

ancianas con manos temblorosas escribiendo su nombre por última vez

Todas la miraban.

Todas sabían que solo una sobrevivía.

Una tarde, al salir de casa, vio un destello brillante sobre el asfalto: una línea de luz vertical, delgada como un cabello, que vibraba como si respirara.

Duró un segundo.
Luego desapareció.

Pero dejó un rastro en su mente:
una emoción que no era suya.

Una mezcla de inquietud… y nostalgia.

Como si alguien, desde un mundo muy lejano, la hubiese llamado por última vez.

Al desaparecer las demás versiones vivas, Vera había quedado como nudo central de un enjambre de realidades.

Y aunque no era consciente de ello, su mente recibía impulsos residuales:

decisiones que no tomó

vidas que no vivió

muertes que no la alcanzaron

Cada destello cuántico era una posibilidad extinguida tratando de anclar un último mensaje.

A veces escuchaba su nombre susurrado en habitaciones vacías.

A veces encontraba objetos fuera de lugar —una llave que no encajaba en ninguna cerradura,
una moneda de un país inexistente—.
A veces veía su reflejo pestañear antes que ella.

Y sin embargo…

Una mañana, al mirar por la ventana, vio un destello más fuerte que los anteriores:
un pequeño pulso iluminado flotando sobre el alféizar.
No era blanco ni azul ni dorado; era todos los colores, cambiando demasiado rápido para comprenderlos.

Cuando estiró la mano, no huyó.
No se apagó.

Simplemente se posó en la punta de su dedo.

Y Vera sintió algo que la recorrió por completo.

No miedo.

Sino calor.

Una caricia cálida, antigua y amorosa.

Como si todas las Veras que ya no existían, incluida la que se sacrificó por ella, le estuvieran diciendo:

“Sigue viviendo.
Eres nuestra historia final.”

El destello se desvaneció como una lágrima de luz.

Vera cerró los ojos y, por primera vez desde aquel caos, sonrió.

A partir de entonces…

La vida no se volvió normal.
Nunca lo sería.

Pero tampoco estaba sola.
Los destellos cuánticos aparecían de vez en cuando: 

brillando en objetos que debía mirar

avisándole cuando debía cambiar de camino

iluminando decisiones importantes

No eran fantasmas ni pesadillas.
Eran señales.

Un recordatorio de que su existencia única era un improbable milagro cuántico… y que muchas vidas, muchos “posibles yos”, la acompañaban todavía.

Y aunque a veces el espejo la mirara demasiado fijamente…

Vera aprendió a convivir con los destellos.

A aceptarlos.

A vivir.

A ser la última…
pero no sola.

Las semanas pasaron, y los destellos cuánticos se habían vuelto parte de la rutina de Vera, como el tic-tac de un reloj extraño que solo ella podía oír.

Eran suaves, benignos… casi protectores.

Hasta que un día dejaron de brillar.

No todos.
Solo algunos.
Los más antiguos.
Los que, según su intuición, provenían de los mundos donde las primeras Veras habían desaparecido.

Se apagaron de golpe, como si alguien… los hubiera cortado.

Vera sintió un escalofrío.
La luz nunca había hecho eso.

Esa noche, al abrir los ojos en plena madrugada, encontró una figura sentada en el borde de su cama.

No gritó.
Su cuerpo se congeló, incapaz de procesar el terror.

La habitación estaba oscura, pero la figura no lo estaba: emitía un resplandor tenue, enfermizo, comosi fuese una llama que se estuviera apagando.

La figura levantó la cabeza.

Era una mujer.

Era ella.

Pero… arrasada.

Su piel tenía marcas negras que corrían como grietas de obsidiana.
El cabello se desprendía en mechones flotantes.

Y sus ojos, vacíos, parecían dos agujeros por donde escapaban filamentos de luz moribunda.

La otra Vera abrió la boca.
Pero no habló.

Solo salió un susurro como el viento pasando por un cuerpo hueco.

—El mundo… se rompe…

Vera retrocedió sobre la cama, temblando.

—¿Qué… qué eres? —logró decir.

La figura inclinó la cabeza como un animal moribundo tratando de recordar cómo era respirar.

—Soy… lo que queda —susurró—. No de mí… sino de mi mundo.

Y entonces llegó la imagen.

No la vio: la sintió.
Una visión brutal, como una memoria de un universo que agonizaba.

Un mundo gris, retorcido, donde la luna estaba cuarteada como un cristal a punto de caer.
El cielo tenía fracturas por las que se veía… nada.
La realidad se deshilachaba como un tejido viejo.

Ese mundo… estaba muriendo.
Y lo que quedaba de su Vera estaba tratando de cruzar, desesperada, antes de que se extinguiera por
completo.

La figura la miró con súplica.

—Ayúdame… Ayúdate…

Y de pronto su luz osciló, como si algo tirara de ella desde un abismo.
Un sonido indescriptible llenó la habitación:
una especie de crujido, como si el espacio estuviera partiéndose en dos.

La figura tembló de dolor.

—No soy la única que viene.

Vera sintió que su corazón se detenía.

—¿Qué significa eso?

La figura la miró con los ojos vacíos y, por un instante, tuvo un brillo de miedo genuino.

—Mi mundo… está sangrando hacia el tuyo.
Cuando muere un universo, su hambre busca otro.

Luego se deshizo.
Literalmente se deshizo.

Se derrumbó como un castillo de ceniza brillante que se dispersó por el aire y desapareció sin dejarrastro.

La habitación quedó en silencio.

Pero no en calma.

Porque desde la esquina más oscura, Vera vio algo que casi la hizo desmayar:

Un hilo finísimo de oscuridad pura, como una grieta en el aire.
Y dentro de esa grieta… algo se movía.

Algo que no tenía forma.

Algo que no debía existir.

Algo que venía del universo moribundo.

Y lo peor:

Estaba creciendo.

La grieta no era grande.
Al principio no.

Un hilo de oscuridad suspendido en el aire, como si alguien hubiese rasgado la noche con una uña afilada.

Pero se movía.

No como un objeto.
Ni siquiera como un ser vivo.
Sino como algo que aún no entendía qué era el movimiento, y por tanto lo imitaba mal.
Como si ensayara.

Vera permaneció inmóvil, paralizada, sentada en su cama.
Ni respiraba.

Del interior de la grieta emergió una sombra.
No una sombra real:
era más bien la ausencia de algo, una región donde la luz sencillamente no existía.

Una boca seca en la realidad.

Y entonces oyó el sonido.

No era un rugido.
Ni un chillido.
Era…
una copia.

Un eco defectuoso intentando reproducir un sonido humano sin comprenderlo.
Como una sílaba deshecha.

—V–e… r… a…

El nombre salió arrastrado, descompuesto, como si lo hubiera escuchado desde millares de universos y tratara de pronunciarlo por primera vez.

Vera se levantó sin darse cuenta.
No por valentía.
Por puro instinto de huida.

Pero la cosa reaccionó… y aprendió.

La grieta se abrió un poco más.
De ella emergió algo parecido a un brazo.
Solo que no estaba hecho de carne ni de hueso.
Era un contorno, una idea de brazo, compuesto de humo sólido y retazos de espacio desgarrado.

Y aquello se estiró hacia ella.

La habitación se volvió más fría.

El aire se volvió más denso.

Vera no podía moverse.

El “brazo” se posó sobre su mesilla de noche, y allí ocurrió lo peor:

El objeto sobre la superficie —un simple vaso de cristal— se deformó, como si recordara mal qué forma debía tener.

El asa se estiró.
El cristal se volvió opaco.
El borde se derritió en una curva imposible.

La criatura estaba aprendiendo a copiar la realidad.

A formar un cuerpo.

A existir aquí.

Vera retrocedió lentamente.
La cosa giró hacia ella, aunque no tenía ojos.
Su superficie ondulaba, como si algo en su interior se reorganizara cada segundo.

—V–e—ra… —repitió, con un tono de triunfo imperfecto.

Y entonces llegó el verdadero terror:

El contorno se comprimió…
se dobló…
se estiró…

y adoptó una forma humanoide.

Inestable, temblorosa, hecha de oscuridad líquida y líneas temblorosas.
Pero humana.

O mejor dicho…

Un boceto vivo de Vera.

Cuando habló de nuevo, la voz era más clara.

—Vera…

Ella sintió que el corazón le golpeaba el pecho con violencia.

—¿Qué… quieres? —susurró.

La criatura dio un paso.
Las líneas de su cuerpo se fracturaron como vidrio bajo presión.

—Sobrevivir.

Y mientras la criatura avanzaba hacia ella, haciendo crujir el aire a su alrededor, Vera comprendió loesencial:

El universo moribundo no solo enviaba ecos, Veras rotas o advertencias.

Estaba enviando cosas que querían escapar.

Y aquella…
aquella era solo la primera que había logrado atravesar la grieta.

La criatura dio su primer paso completo fuera de la grieta.

La habitación tembló.

No un temblor físico, sino un estremecimiento en las cosas, como si cada objeto dudara por un instante de su propia forma.
La lámpara parpadeó.
El suelo crujió como un hueso viejo.

Y entonces la criatura… respiró.
Si es que podía llamarse respirar.

No inhaló aire.
Inhaló realidad.
Vera lo sintió como una succión silenciosa que le tiró de los párpados, del estómago, de la memoria.
Un escalofrío que no venía del frío, sino de la sustracción.

El primer síntoma fue pequeño.
La alfombra sobre la que la criatura se apoyó se volvió opaca, perdiendo color, como si alguien la
hubiera borrado con una goma.

La criatura se estremeció de placer.
Su contorno parpadeó.
La forma humana se volvió un poco más nítida.

—M-más… —murmuró, con una voz que ya no era eco, sino sombra de voz.

Vera retrocedió hasta chocar contra la pared.
Sentía su mente derramarse en pensamientos incoherentes.

La criatura generaba una distorsión que afectaba a la percepción, un hambre que rozaba la existenciamisma.

Entonces ocurrió algo peor.

La criatura giró la “cabeza” hacia la ventana.

El cristal vibró.
Los bordes se deformaron, curvándose hacia dentro como si alguien los succionara desde el otro lado.
Y la ventana, simplemente, olvidó que era una ventana.

Quedó convertida en una superficie lisa, sin vidrio, sin marco, sin función.
Un trozo de pared muerto.

La criatura se estabilizó un poco más.

Su silueta dejó de temblar tanto.
Sus brazos se definieron como contornos más sólidos.
La sombra líquida que la formaba se volvió más densa.

Estaba ganando cuerpo… devorando el mundo.

—N-no… —susurró Vera.

La criatura giró hacia ella.
Sus ojos —si podían llamarse ojos— se abrieron como dos agujeros negros brillantes.

—Tú…
—No.
—Tú… eres realidad fuerte.

Vera comprendió el peligro de inmediato.
No quería objetos.
Ni paredes.
Ni luz.

Quería personas.
Seres conscientes.
Seres cuya existencia era más definida, más “valiosa” para su estabilización.

La criatura avanzó.

Con cada paso, las cosas perdían algo:

las fotos se volvieron borrosas,

los libros perdieron título,

las plantas se marchitaron de golpe,

el aire se volvió más pesado, como si el mundo estuviera cansándose.

Vera sintió un tirón en su pecho, como si algo tirara de su centro, como si la criatura intentara absorber su presencia, su identidad, su memoria, para hacerse sólida… y reemplazarla.

—D-detente… —balbuceó.

La criatura inclinó la cabeza con una curiosa imitación humana.

—No… puedo.
Mi universo muere.
Yo… debo… consumir… para vivir.

Su voz ahora era casi perfecta.
Demasiado humana.

Vera se dio cuenta entonces, con terror atroz:
no estaba copiando objetos.
Estaba copiando a ella.

Con cada bocado de realidad, la criatura se hacía más Vera…
más viva…
más presente…

mientras el mundo a su alrededor se volvía más frágil.

Un zumbido creciente llenó la habitación.
La grieta empezó a agitarse detrás de la criatura, como si algo enorme —mucho peor— empujara
desde el otro lado.

La criatura extendió una mano hacia Vera.

Un dedo oscuro, tembloroso, pero casi humano.

—No luches —susurró—.
Seremos una.

La criatura extendía la mano hacia Vera.

Pero antes de tocarla, la grieta detrás de ella lanzó un estallido de luz negra, un pulso que hizo que la habitación entera temblara como si el mundo fuera un papel arrugándose.

Vera cayó al suelo.

La criatura giró la cabeza…
y emitió un sonido gutural, mitad furia, mitad miedo.

La grieta ya no era un hilo.

Era una hendidura abierta, como la boca de un animal gigantesco intentando morder el mundo.

Y lo peor:

Algo la estaba empujando desde el otro lado.

Primero, llegaron los sonidos:

Un murmullo sordo, como cientos de voces susurrando palabras sin estructura.
Después, un crujido parecido al de huesos quebrándose bajo un peso invisible.
Luego, un gemido colectivo —ni humano ni animal— que heló la sangre de Vera.

La grieta se expandió unos centímetros más.
Cada milímetro era un grito del tejido del espacio.

La criatura que estaba en la habitación retrocedió.

No parecía contenta con lo que venía detrás.
Parecía… aterrorizada.

—No… —murmuró—.
No debían seguirme.

Vera sintió un escalofrío.
Si esa cosa tenía miedo, lo que venía detrás debía ser indescriptible.

El primer nuevo ser emergió sin forma clara.
Era una masa de sombras que se retorcía como un montón de serpientes sin cuerpo, intentando encontrar
geometría.
Sus bordes se agitaban como si cortaran la realidad.

Y al avanzar…
la lámpara del techo desapareció, no explotó ni se apagó.
Simplemente dejó de existir, borrada del mundo.

El segundo ser atravesó la grieta arrastrándose, con un cuerpo que cambiaba cada segundo:

a veces tenía piernas,

a veces tentáculos,

a veces parecía un conjunto de voces envueltas en una sombra.

En cuanto entró en la habitación, la pared derecha perdió su color, volviéndose gris ceniza.
Las fotos se volvieron en blanco y negro.
La temperatura cayó diez grados de golpe.

El tercer ser no tenía forma.
Era un agujero.
Una ausencia que se movía.
Y lo que tocaba desaparecía sin transición: un pedazo de cortina, la esquina de la cómoda, parte del techo.

Era como si mordiera el mundo —y el mundo cediera sin resistencia.

Detrás de ellos, en la grieta…
Vera vio movimiento.
Mucho movimiento.
Demasiado.
Como si un enjambre de seres esperara su turno para entrar.

La primera criatura —la que imitaba su cuerpo— se puso delante de ella, como si quisiera bloquearlade la multitud.

—Huyen —susurró, temblando—.
Igual que yo.

—¿Huyen de qué? —graznó Vera.

La criatura la miró con sus ojos de sombra.

—De la muerte… de un universo entero.
No hay espacio… no hay tiempo…
No hay nada allí ya.
Solo hambre.

Los nuevos seres avanzaban como una ola de sombras deformes.
Y cada uno de ellos hacía que el mundo se deshiciera un poco más.
Que la realidad se adelgazara.
Que el aire se volviera imposible de respirar.

Vera sintió la presión de un vacío infinito detrás de ellos, como si un viento sin aire la llamara porsu nombre.

La criatura frente a ella habló con una voz rota:

—Debo protegerte…
Si ellos te tocan, te copiarán.
Te devorarán.
Y si lo hacen, tú también serás parte de ese vacío.

Vera apenas podía respirar.

Detrás de la criatura principal, los otros seres se retorcían, peleando entre sí por avanzar primero.

El agujero negro viviente se deslizó como un charco, extendiéndose hacia sus pies.

La criatura de forma humana la tomó del brazo.

—Hay un lugar al que podemos correr —dijo—.
Un punto donde la realidad es más fuerte.
Pero debemos llegar antes de que ellos… sean demasiados.

Entonces el cielo fuera de la casa… se resquebrajó.

Un sonido como un trueno invertido, como si el cielo llorara hacia dentro.

Vera vio una línea negra cruzando el firmamento.

La grieta del universo moribundo no solo estaba en su habitación.

Se estaba expandiendo por el mundo entero.

La criatura tiró del brazo de Vera para sacarla de la habitación antes de que las sombras hambrientas
la alcanzaran.
Pero en cuanto cruzaron la puerta del pasillo… la casa entera se estremeció.
No por un temblor, sino por un recuerdo que no era suyo.

Un destello cuántico, fuerte como un golpe de martillo en su mente.

Vera cayó de rodillas.

—¡No! —gritó la criatura—. ¡Aún no estás lista!

Pero ya era demasiado tarde.

La información la golpeó como una avalancha.

No era una visión.
No era un sueño.
Era una memoria heredada de todas las Veras que habían muerto… y también de las que habían
logrado mirar demasiado profundo en el caos.

Un recuerdo del otro universo.

Un recuerdo del origen del colapso.

Primero vio un mundo similar al suyo.
No igual, pero familiar:

— cielos azules,
— ciudades vivas,
— gente caminando sin miedo,
— niños jugando en parques,
— luces y sonidos normales.

Un universo sano.

Pero las Veras de aquel universo descubrieron algo.

Demasiado grande.
Demasiado antiguo.
Demasiado peligroso.

Lo llamaron El Punto de Coincidencia.

Un momento cuántico donde todos los universos paralelos estaban alineados… durante una fracción de segundo infinitesimal.

Un micro instante en que todas las versiones de cada persona podían responder a una misma decisión.

Una superposición real.

Una encrucijada del ser.

Algunas Veras —científicas, investigadoras, obsesas de lo imposible— decidieron que debían explorarlo.

Creían que podían ver todos sus futuros.
Unir sus decisiones.
Convertirse en una consciencia única y perfecta.

Un error de arrogancia absoluta.

El Punto de Coincidencia se abrió.

Y por ese agujero… algo miró de vuelta.

No una criatura.
No una mente.
Una necesidad.
Una especie de fuerza hambrienta, primitiva, que existía fuera de todos los universos.
No quería conocimiento.
No quería poder.

Solo quería ser.

Y al contactar con las miles de versiones de Vera…
descubrió cómo entrar.

Cada Vera que había participado fue infectada.
Una infección no biológica, sino ontológica:
una fisura en su esencia.

El universo comenzó a deformarse desde dentro.
No porque la fuerza quisiera destruirlo…

sino porque no sabía existir sin devorar.

Devoró leyes físicas.
Devoró posibilidad.
Devoró futuro.

Hasta que aquel mundo se quedó sin estructura.
Se disolvió como un dibujo bajo la lluvia.

Pero esa entidad —esa hambre primigenia— aún podría sobrevivir…

si encontraba un universo vecino.

Y lo encontró.

El de Vera.

La visión terminó.

Vera abrió los ojos empapada en sudor, temblando, casi incapaz de respirar.

La criatura la miraba con una mezcla de terror y… pena.

—Ahora lo sabes —dijo—.
Mi universo murió porque las otras tú lo permitieron.
Creímos que podíamos entenderlo.
Dominarlo.

Sus “ojos” se oscurecieron como pozos sin fondo.

—Pero lo que hay fuera de todos los mundos no piensa.
No razona.
Solo come.

Los seres que cruzaban la grieta eran restos distorsionados de esas vidas, infectadas por la misma fuerza devoradora que ahora se abría paso hacia su universo.

—¿Entonces… esto lo causó otra versión de mí? —susurró Vera.

La criatura negó lentamente.

—No solo tú.
Miles de ti.
Y miles de otros.
Todos auténticos.
Todos curiosos.
Todos valientes.

Un silencio enorme se expandió entre ellas.

—Ese es el origen —concluyó la criatura—.
El hambre vino porque un día ustedes miraron demasiado lejos.

Y ahora… tu universo es el siguiente plato.

Los humanos comienzan a notar la desaparición de objetos, colores y recuerdos

Al principio, nadie conectó los hechosUna anciana llamó a emergencias diciendo que su alfombra había perdido el rojo.
En un instituto, los alumnos se quedaron en silencio cuando intentaron recordar el nombre de su profesor
de matemáticas… un profesor que, según todos los documentos, nunca había trabajado allí.
En una tienda de comestibles, un estante entero apareció vacío sin que las cámaras registraran a nadie
llevándose nada.

Los informativos comenzaron a tratarlo como “la ola de olvidos”, un fenómeno psicológico colectivo.Pero Vera sabía la verdad: eran los hambriento, aquellos seres sin forma que devoraban fragmentode realidad para sostener su existencia condenada.

—Cada desaparición es una mordida —explicó la Vera viva, con su voz ya débil por la inestabilidad

cuántica—. Cuando el universo moribundo se derrumba, ellos buscan fisuras en otros mundos. Y noshan encontrado. Pero lo peor llegó cuando la gente empezó a perder recuerdos íntimos, aquellos que no debería poder borrar ni el tiempo más cruel.

Un niño dejó de recordar el rostro de su madre fallecida.
Un hombre despertó sin saber que había estado casado durante veinte años.
Una mujer lloraba frente al espejo porque ya no reconocía su propia voz.

La policía recibió llamadas desconcertantes: denuncias de objetos inexistentes, reclamaciones pordesapariciones que no coincidían con ningún registro. Era como si la realidad hubiera empezado a

editarse a sí misma, borrando fragmentos sin orden ni criterio.

Vera lo notaba todo de forma más intensa.
Sentía vibraciones en el aire, como si cada recuerdo borrado abriera una pequeña corriente de viento frío.
Incluso la luz parecía titubear a veces, temblando como una bombilla a punto de fundirse.

Su cuerpo, marcado por los destellos cuánticos, reaccionaba ante cada desaparición. Cuando un colorse desvanecía del mundo, Vera sentía un tirón en la columna, una especie de latido oscuro que laobligaba a doblarse. Era como si el universo le pidiera que llenara el vacío… o que se entregara a él.

—La grieta está creciendo —advirtió la Vera viva—. Si no hacemos algo, pronto empezarán adesaparecer personas enteras.

Y entonces, mientras lo decía, escucharon un grito lejano.

Corrieron al balcón.
En medio de la calle, una mujer estaba mirando horrorizada sus propias manos: sus dedos estaban
transparentes, vibrando como si fueran humo atrapado en un recipiente. Un instante después, se esfumó.
No dejó sombra. No dejó eco. No dejó memoria.
Nadie la recordaría salvo Vera, porque ella era el origen de la fisura.

El cielo, mientras tanto, había comenzado a mostrar un tono enfermizo: un gris verdoso que parecíaretorcerse, como un tejido podrido dándole paso a algo que deseaba entrar.

Vera entendió que lo que venía no era solo una invasión.

Era el colapso de una frontera cósmica.

Y ella estaba en el centro.

Hasta entonces, Vera había asumido que los seres sin forma —los hambrientos— eran la mayor amenaza.
Criaturas nacidas del borde de la extinción, alimentándose de colores, objetos y recuerdos como parásitos
pegajosos.

Pero una noche, cuando el cielo adoptó un tono violeta imposible, escuchó un sonido nuevo en la grieta:un crujido que no pertenecía a ningún animal, ni a ningún viento, ni a nada que la mente humanapudiera relacionar con algo natural. Era un crujido profundo, como el de un gigantesco huesopartiéndose más allá del horizonte.

La Vera viva —cada vez más débil— se incorporó con un temblor:

—Ya viene… —susurró, con una mezcla de terror y resignación—. Eso es lo que devoró nuestro

universo. Los hambrientos huyen de eso.

Un segundo después, los hambrientos reaccionaron.
Todos.
A la vez.

Se encogieron, se retorcieron, emitieron chillidos sin sonido, como si el tejido mismo de su falsa
existencia temblara ante un depredador mayor.
Se agruparon alrededor de la grieta, no para invadir, sino para escapar.
Vera comprendió de golpe que nunca habían sido conquistadores: eran refugiados.

—¿Qué es lo que los persigue? —preguntó Vera, aunque ya temía la respuesta.

La Vera viva, con los ojos hundidos y la sombra de la muerte sobre cada palabra, murmuró:

—El Vacío Profundo.
No es un ente. No es un ser.
Es una ley del universo que tomó consciencia de sí misma cuando el primero de los mundos se apagó.
Consume todo lo que se desvía de su curso: mundos cuánticamente desgajados, líneas temporales
divergentes, decisiones que no deberían haber existido…

La miró directamente.

—Te consume a ti… porque existes dos veces.
Y ese es un error que el Vacío no tolera.

De pronto, en el interior de la grieta, algo apareció.

No tenía forma, ni contorno, ni textura.
Era una ausencia perfecta.
Era la sombra de un concepto.
Una región donde la luz moría sin reflejo, donde la materia se negaba a existir, y donde incluso
el tiempo se encogía como un animal acorralado.

Los hambrientos se arrojaron hacia la grieta para huir de esa presencia. Pero al rozarla, comenzarona disolverse como si fuesen dibujos hechos de humo. No gritaban: eran borrados.

El Vacío Profundo no los mataba.
Los deshacía.
Los convertía en posibilidad nunca ocurrida.

Vera sintió su columna helarse.
Los destellos cuánticos en su piel palpitaban de pánico.

Y entonces lo comprendió:

Los seres sin forma se alimentaban de la realidad para adquirir peso, para hacerse consistentes, para tener masa suficiente como para que el Vacío no los borrara al rozarlos.

Eran desesperados, no monstruos.

Lo verdaderamente monstruoso era aquello que venía detrás de ellos.

La Vera viva cayó de rodillas:

—Cuando cruce la grieta… nuestro universo dejará de ser una posibilidad válida.
Se apagará como el mío.
Y tú, Vera… tú desaparecerás antes que nadie.

Vera sintió que el aire se hacía más denso.
Que la luz perdía profundidad.
Que su propio nombre pesaba menos en su mente, como si empezara ya a borrarse letra por letra.

Algo estaba entrando.

Algo contra lo que no se podía pelear.

Algo que no pertenecía a ningún lugar excepto a la aniquilación absoluta.

Y ahora lo había encontrado.

Cuando la sombra del Vacío Profundo comenzó a extender sus bordes dentro de la grieta, Vera sintió que el aire se quebraba como cristal.

Era el final.
El verdadero final.

La Vera viva apenas podía sostenerse en pie, y los hambrientos se desintegraban en silencio al contacto con aquella ausencia absoluta.

Y entonces ocurrió lo imposible.

Una línea fina de luz, delgada como un pelo, atravesó el aire detrás de Vera con un clic sonoro, como si alguien hubiese cerrado un interruptor cósmico.
La luz se abrió un poco más…
y luego un poco más…

Hasta que una figura emergió arrastrando un objeto metálico extraño, lleno de diales y antenas queparecían moverse por sí mismas.

La figura era una mujer.
Con su misma cara.
Su mismo cuerpo.
Su misma voz cuando habló:

—Vale, llego tarde, pero todavía estamos todas vivas, ¿no? Bueno… más o menos.

Era otra Vera.
Una tercera.

Pero esta era distinta en todo: llevaba un traje reforzado con placas que parecían vibrar con cada
fluctuación cuántica. Su mirada era aguda, calculadora. Y lo más impresionante: su cuerpo no
parpadeaba ni temblaba como los de la Vera humana o la Vera viva. Era estable.
Demasiado estable.

—¿Quién eres? —preguntó “nuestra” Vera, con la voz temblorosa.

La recién llegada sonrió de lado, esa sonrisa cansada de quien vive demasiado deprisa:

—Vera #1138, Exploradora de Realidades Inestables.
Vengo de un universo donde aprendimos a controlar nuestras líneas alternativas en lugar de dejarlas
colapsar.

La Vera viva, apenas consciente, levantó la mirada:

—¿Tu universo sobrevivió al Vacío Profundo?

La Exploradora negó lentamente:

—No. Fue lo primero que se tragó.
Pero aprendimos a saltar antes de que nos borrara.
Tuve que visitar cientos de universos para encontrar uno donde vosotras dos aún existierais.

Vera sintió un escalofrío.
¿Por qué buscarla a ella?
¿Y por qué tantas versiones?

La Exploradora apuntó con el aparato hacia la grieta, que seguía expandiéndose como un agujero desombra líquida.

—Este aparatito es un “Ancla Cuántica”. Mantiene nuestras existencias coherentes para el Vacío. Pero solo funciona con tres versiones de la misma persona. Una, sola, no basta. Dos, tampoco.

Tres… tres hacen un patrón.

Vera frunció el ceño.

—¿Un patrón para qué?

La Exploradora la miró directamente a los ojos.

—Para engañar al Vacío.
Para que, al vernos a las tres superpuestas en un equilibrio perfecto, crea que esta línea de realidad es
estable,
que no está rota, que no contiene “errores” cuánticos…
Y entonces nos ignore.

Antes de que pudiera decir más, el Vacío Profundo avanzó un milímetro. Un solo milímetro, y aun así la calle entera se apagó como si nunca hubiese existido.

La Exploradora agarró a las dos Veras del brazo.

—Escuchadme bien: no hay tiempo.
Vosotras dos estáis moribundas: una en el cuerpo, la otra en la lógica cuántica.
Pero juntas podemos cerrar la grieta.
O… al menos retrasar el final.

La Vera viva respiró con dificultad, aferrándose al brazo de la Exploradora:

—Si cerramos la grieta… ¿qué pasa con los hambrientos? ¿Y con los otros universos?

La Exploradora bajó la mirada.

—Desaparecerán.
Los que no hayan cruzado… serán borrados definitivamente.

La Vera humana sintió un puñal de hielo.
Salvar su universo significaba condenar a incontables realidades agonizantes.

Pero entonces, la Exploradora añadió en voz baja:

—O podemos intentar lo imposible.
No solo cerrar la grieta.
Sino… invertirla.
Devolver todo lo que el Vacío ha devorado.
Revivir universos enteros.

Vera dio un paso atrás, anonadada.

—¿Eso es siquiera posible?

La Exploradora alzó el dispositivo, cuyos diales giraban frenéticamente.

—No lo sé.
Pero un universo improbable ya se rompió para traerme hasta aquí.
Quizá la clave esté en vosotras.

En ese instante, el Vacío Profundo rugió sin sonido.

Y las tres Veras, por primera vez, se miraron sabiendo que eran la última y única esperanza no solo para un universo… sino para todos.

Y llegó el momento de realizar el ritual cuántico de las tres Veras para intentar invertir la grieta

La Exploradora extendió el Ancla Cuántica sobre el suelo.

El dispositivo se abrió como una flor metálica cuyos pétalos estaban hechos de circuitos vivos y geometrías imposibles. En el centro, un núcleo cristalino latía como un corazón enfermo.

—Este es el punto cero —dijo—. El único lugar donde la grieta puede invertirse sin destruirnos a todas.

La Vera viva, pálida como un espectro, asentía con dificultad.
La Vera humana sentía que el aire vibraba, como si el mundo entero contuviera la respiración.

La Exploradora les indicó dónde colocarse:

—Tú, Vera humana, al norte. Eres la que aún pertenece a este universo.
Tú, Vera viva, al sur. Eres la testigo del colapso, el hilo que nos conecta con lo perdido.
Y yo, al oeste. La que camina entre universos posibles.

—¿Y el este? —preguntó la Vera humana, sin saber por qué la pregunta le erizó la piel.

La Exploradora sonrió, pero no era una sonrisa tranquila.

—El este es para la grieta. Para lo que sale… y para lo que podría volver.

Las tres se posicionaron alrededor del Ancla Cuántica.
El aire comenzó a distorsionarse.

Las luces de la calle parpadeaban en secuencias imposibles, como si un código secreto estuvierasiendo transmitido a través de las farolas.

La grieta se ensanchó un poco y el Vacío Profundo asomó un borde que borró un trozo del cielo, dejándolo tan negro que no parecía ni siquiera un espacio.

La Exploradora comenzó la primera fase:

Sincronización.

El Ancla Cuántica emitió un zumbido grave.
Los cuerpos de las tres Veras empezaron a superponerse tenuemente, como sombras proyectadas por
varias luces a la vez.
La Vera humana sintió un tirón profundo en el pecho, como si estuviera compartiendo su latido con las
otras dos.

Luego vino la segunda fase:

Alineación.

El núcleo cristalino comenzó a rotar sobre sí mismo, generando un vórtice de luz que no iluminaba,pero sí revelaba: en él podían verse millones de universos colapsando, renaciendo, deformándose.

Retazos fugaces de realidades paralelas que se pegaban al cristal como eco de un sueño.

La Vera viva lloró sin lágrimas.

—Mi universo está ahí… lo veo… está ahí, pero tan… roto…

La Exploradora apretó los dientes.

—No te distraigas.
Todavía falta lo peor.

Finalmente, la tercera fase:

Inversión.

El Ancla Cuántica se abrió con un chasquido que quebró el silencio.
El cristal se elevó.
Un rayo de energía salió disparado hacia la grieta, conectando ambos extremos como un puente de luz.

Las tres Veras sintieron un dolor profundo en la base del cráneo, un dolor que no era físico sino existencial: el de ser arrancadas de sus posibles destinos y forzadas a unificarse.

La grieta se retorció.
El Vacío Profundo se agitó como una mancha viva.

Entonces la Exploradora gritó:

Ahora, pensad lo mismo. Un solo pensamiento. Uno que nos una.

Vera humana cerró los ojos.
Vera viva hizo lo mismo.
La Exploradora también.

Y las tres pensaron exactamente la misma cosa:

“La realidad merece existir.”

Fue como si una campana cósmica resonara.

La grieta comenzó a contraerse.

La luz se curvó.

El Vacío retrocedió un centímetro, luego dos… luego diez.

El Ancla Cuántica vibraba como si fuera a estallar.

Pero entonces, justo cuando parecía que el ritual iba a funcionar, ocurrió algo que ninguna Vera esperaba:

Una voz surgió del Vacío.
Una voz que sonaba como la suya.
Una cuarta Vera.

—No podéis cerrarlo —susurró la voz desde la nada—. Si lo hacéis, yo desapareceré.
Y yo también soy real.

Las tres Veras se paralizaron.

Porque la voz no era una mentira.

No era una imitación.

Era otra Vera, atrapada dentro del Vacío desde hacía quién sabe cuánto tiempo.

El ritual titubeó.
La grieta dejó de cerrarse.

Y el Vacío Profundo empezó a extenderse de nuevo.

La aparición completa de la cuarta Vera desde el Vacío llegó acompañada y el dilema moral

El Vacío Profundo tembló como si fuera un líquido al que le arrojan una piedra invisible.
Una forma comenzó a desprenderse de él, muy lentamente, como si arrancarla de esa nada absoluta requiriese un esfuerzo infinito.

Primero apareció un contorno, casi humano.
Luego, unos ojos abiertos de par en par, sin pupilas pero llenos de terror puro.
Después, un cuerpo tenso, rígido, como si hubiera sido moldeado por manos que no entendían del todo la anatomía humana.

Finalmente, cayó de rodillas sobre el asfalto, jadeando, su piel aún oscurecida por la sombra del Vacío.

Era una cuarta Vera.

Pero esta no estaba viva.
Ni muerta.
Ni cuerda.

Estaba incompleta.
Un ser que nunca debió existir… pero que luchó desesperadamente por no ser devorado.

La Exploradora retrocedió un paso, horrorizada.

—No… no puede ser… Tú eres la Vera residual. La que quedó atrapada cuando su universo colapsó. Tú… no deberías haber sobrevivido.

La nueva Vera levantó la cabeza, temblando. Tenía la voz rota, como si cada palabra le arañara la garganta.

—Sobreviví porque… me negué a dejar de existir.
He escuchado los gritos de millones de realidades apagándose.
He visto cómo el Vacío me arrancaba los pensamientos uno por uno… pero nunca me dejé borrar del todo.
Y ahora que vosotras podéis cerrar la grieta… eso me matará a mí.
A mí sola.

La Vera humana sintió un nudo en el pecho. Era como mirarse a un espejo donde la desesperación se convertía en carne.

—Si no cerramos la grieta —dijo suavemente—, el Vacío seguirá expandiéndose… y destruirá nuestro mundo también.

La Vera viva, apoyada contra un poste, con la piel casi translúcida, murmuró:

—Y después, otro. Y otro. El Vacío no se detiene. No negocia. No perdona.
Salvarte a ti significaría condenar incontables universos.

La Exploradora apretó los puños con frustración.

—Tenemos que cerrarla. No hay otra opción.

La Vera residual —la cuarta— cayó de bruces, suplicando:

—Por favor… he resistido tanto tiempo… tanto dolor… No quiero desaparecer. Soy real, igual que vosotras.

Y entonces, el dilema se volvió insoportable.

Salvar el universo significaba matarla.
Salvarla a ella significaba dejar que el Vacío devorara todo.

No había punto medio.

La Vera humana sintió que su mente se partía en dos. Una mitad decía:

“No puedes sacrificar a alguien que suplica vivir.”

La otra:

“Miles de millones morirán si no lo haces.”

La Vera viva la tomó de la mano con dedos cada vez más desvanecidos.

—Escúchame —dijo con voz casi espectral—. El dolor de una sola… contra el fin de tantos mundos… No es justo, pero es lo que es.
Tú tienes que decidir, Vera.
Tú eres la que todavía pertenece a este universo.
El Ancla Cuántica responde a tu intención.

La Exploradora la miró fijamente:

—Una orden tuya… y cierro la grieta.
Otra orden… y la mantengo abierta.
Decide.

Vera miró a la cuarta versión de sí misma, arrodillada, llorando sin lágrimas, hecha de cicatrices que ningún mundo debería haber dejado en una sola mente.

El Vacío Profundo avanzó medio metro más, borrando un edificio entero en un suspiro silencioso.

El tiempo se agotaba.

Y la Vera humana tuvo que decidir:

¿Salvar su universo… o salvar a la cuarta Vera?

La Vera humana cerró los ojos un instante.

El silencio se volvió insoportable, tan denso que parecía una cuerda tensándose alrededor de su cuello.

Cuando volvió a abrirlos, sus manos temblaban, pero su mirada era firme.

—Lo siento… —murmuró—. No puedo condenar todos los mundos por una sola vida.
Aunque esa vida seas tú.

La cuarta Vera —la residual, la incompleta— dejó escapar un gemido desgarrador. No era un grito de terror, sino de resignación profunda, de alguien que ya había sufrido demasiado para seguir luchando.

La Exploradora asintió, con un gesto grave.

—Activando cierre total.

La Vera viva tomó aire con esfuerzo, como si sus pulmones fueran de humo.

—Hiciste lo correcto… aunque te parta el alma.

Pero Vera no estaba tan segura.

El Ancla Cuántica comenzó a cambiar de tonalidad: del azul cuántico al blanco absoluto, una luz tan pura que parecía cortar las sombras.

La grieta reaccionó como un animal herido.

—¡Ya! —ordenó la Exploradora.

Las tres Veras —humana, viva y exploradora— se sincronizaron por última vez.

Sus sombras se fusionaron, sus pensamientos vibraron al unísono y el núcleo del Ancla lanzó un rayo que golpeó la grieta como un martillo divino.

La cuarta Vera gritó:

—¡No me borréis! ¡Por favor! ¡Por favor, existo! ¡Existo!

El Vacío Profundo absorbió su voz sin eco alguno.

Y entonces ocurrió.

En un instante imposible de medir, la cuarta Vera fue deshilada.
No murió como mueren los seres vivos.
No cayó, no sangró, no dejó cuerpo.

Simplemente dejó de estar.

Sus bordes se vaporizaban como papel al fuego, pero sin el fuego, sin calor, sin humo.
Fue reducida a un parpadeo.
A un recuerdo.
Y luego ni siquiera a eso.

La grieta, al perder su vínculo cuántico con esa existencia imposible, empezó a cerrarse con violencia, como una herida que finalmente cicatriza luego de supurar demasiado.

El Vacío Profundo rugió sin sonido, furioso, intentando introducir un tentáculo de nada absoluta por la abertura.

Pero era demasiado tarde.

—¡Mantened el pensamiento sincronizado! ¡No dejéis que nos rompa! —gritó la Exploradora mientras el asfalto bajo sus pies vibraba como un tambor.

Las tres Veras concentraron toda su fuerza mental en un solo hilo:

“La realidad merece existir.”

El resplandor fue cegador.

Un estampido de luz sin luz.
Un trueno sin sonido.
Una presión en el pecho como si el universo respirara al revés.

Y de pronto…

Silencio.

La grieta se cerró.
El cielo recuperó su color natural.
El Vacío desapareció como si nunca hubiese estado allí.

Las tres Veras cayeron de rodillas, exhaustas y temblando.

La Vera viva, casi transparente, sonrió con tristeza.

—Lo logramos… pero a un precio que jamás olvidarás.

La Exploradora bajó la mirada, visiblemente afectada a pesar de su dureza:

—Nunca es fácil sacrificar una posibilidad.
Pero a veces… es la única forma de salvar incontables realidades.

Vera humana sintió algo romperse dentro de ella.
Un vacío pequeño, personal, íntimo…
El hueco exacto donde había existido esa cuarta Vera durante apenas unos minutos.

—No quiero olvidarla —susurró.

Y ninguna de las otras dos dijo nada, porque sabían que ese deseo, más que cualquier ley cuántica, mantendría viva la huella de la Vera sacrificada.

Pero entonces, cuando el mundo parecía estabilizarse…

Algo les dejó heladas.

Un destello oscuro, diminuto, imperceptible para cualquier otra persona, flotaba justo encima donde la cuarta Vera había desaparecido.

No era el Vacío.

No era sombra.

Era… una posibilidad latente.

Un residuo.

Una semilla.

Algo que no debería existir, pero que se había negado, hasta el último segundo, a ser borrado del todo.

La Exploradora palideció.

—Esto no debería estar aquí…

Vera humana sintió un escalofrío.

Porque esa pequeña chispa de oscuridad parecía observarlas.

Pero eso…
era un problema para más tarde.

Cuando la grieta se cerró con un estruendo sin sonido —una implosión muda que se llevó consigo la cuarta Vera—, el universo pareció contener el aliento. Las luces regresaron gradualmente, los colores dejaron de drenarse y los objetos dejaron de parpadear entre existencia y olvido. Pero nada volvió exactamente a como era.

La Vera viva, la única que quedó, cayó de rodillas en el borde donde había existido la cicatriz cósmica. No lloró. A esas alturas, había llorado tanto que las lágrimas se habían convertido en un recurso escaso, casi tan escaso como la esperanza.

Los seres hambrientos, ahora atrapados detrás de lo que quedaba del velo cuantificado, se retorcían en un lugar al que ningún humano podría entrar jamás. Y más allá de ellos, aquello que los perseguía, aquello innombrable, volvió a dormir en el vientre del vacío. Pero el precio había sido pagado.

Los científicos, que habían observado todo desde la distancia prudente de quienes saben que la ignorancia a veces es un salvavidas, intentaron contactar a Vera. Querían entrevistarla, examinarla, entenderla. Querían encontrar ecuaciones en su dolor.

Ella se negó.

Durante semanas, desapareció del mundo. Nadie sabía si estaba encerrada, vagando o simplemente desvaneciéndose como tantos recuerdos que la grieta casi se había tragado.

Hasta que un día, reapareció.

No en un laboratorio.
No en una televisión.
No en un libro de historia.

Sino en un refugio remoto, en la frontera entre lo humano y lo salvaje. Allí comenzó a escribir compulsivamente, como si aún pudiera escuchar el eco de las otras Veras en su cabeza: la prudente, la valiente y la imposible. Escribía para que ninguna de ellas desapareciera del todo.

Con el tiempo, la humanidad la dejó tranquila, porque la humanidad olvida rápido. Pero el universo no.

A veces, por la noche, Vera mira al cielo y ve una ligera vibración, casi imperceptible, como un párpado cósmico que se resiste a cerrarse por completo. Sabe que la grieta está sellada… pero también sabe que los sellos envejecen.

Y aún así, vive.

No como heroína.
No como mártir.
No como superviviente.

Sino como testigo:
la única guardiana de un secreto que, si se contara abiertamente, rompería la mente de cualquiera.

La gente dice que sonríe a menudo, pero con una tristeza extraña, como si recordara a alguien que nunca existió o que aún podría existir en un rincón improbable del multiverso.

Y cuando le preguntan por qué sigue luchando, o por qué no se rinde, ella a veces responde:

—Porque mientras yo exista, ellas también existen.

Luego vuelve a escribir.

Y el universo, agradecido o temeroso, sigue girando.

Pasaron los años, y el universo, aunque marcado por cicatrices invisibles, siguió expandiéndose con la música silenciosa de la vida. Los astrónomos observaron nuevas estrellas naciendo en regiones donde antes solo había oscuridad, como si el cosmos hubiera decidido celebrar su propia supervivencia.

Y Vera… Vera también sanó.

Al principio, solo fueron pequeños destellos: poder dormir sin pesadillas, sonreír sin culpa, sentir la tibieza del sol sin recordar que un día casi se apagó. Con el tiempo, empezó a compartir sus cuadernos con otros, transformando sus memorias en enseñanzas. No de ciencia ni de catástrofes, sino de algo mucho más humano: cómo seguir adelante cuando el mundo se ha roto y tú has tenido que recomponerlo con tus propias manos.

Fundó un pequeño centro de observación y retiro, abierto a cualquiera que hubiera sentido alguna vez el peso del universo sobre los hombros. Lo llamó El Horizonte Quieto. Allí guiaba a la gente a través del cielo estrellado y les contaba historias no de miedo, sino de resiliencia.

Decía:

—Todo lo que amamos puede romperse. Pero todo lo que amamos también puede renacer.

Nunca habló públicamente de las otras Veras, pero a veces, por las noches, dejaba una silla vacía junto a la suya, mirando al firmamento. No era un símbolo de dolor, sino de gratitud.

Un recuerdo vivo.

Una promesa silenciosa.

El universo siguió respirando.
Y por primera vez en mucho tiempo… Vera también.

Y así, con la grieta sellada, con la oscuridad contenida y con el amor cuántico que la unió a sus otras versiones latiendo en algún rincón de la existencia, Vera encontró algo inesperado:

paz.

Una paz humilde, luminosa y frágil, como una estrella recién nacida.

Pero suficiente.
Más que suficiente.

Porque incluso tras haberlo perdido todo, había aprendido que la luz —siempre— encuentra su camino de regreso.




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