LAS MUJERES SIN LLAVE EN EL CERROJO, EL SECRETO DE LA POSMODERNIDAD
De los setenta a "La Revuelta": El termómetro de la falsa liberación sexual
En mi anterior publicación nos sumergimos en las aguas de la educación sexual durante la década de los 70; aquellos años de transición, de tímidas aperturas y de clases clandestinas que prometían un horizonte de libertad. Sin embargo, al observar el panorama actual, una se da cuenta con amargura de que no hemos cambiado tanto. Pese al bombardeo digital, al porno a un clic y al postureo de la deconstrucción, la cruda realidad es que la mayoría de las mujeres siguen en sombras, con la llave en el cerrojo y el cerebro a tientas, atrapadas todavía en el pánico moral de complacer y callar.
Y para muestra, el botón definitivo de estos días.
Todo empezó a raíz de la publicación de un meme sobre la salida de la exministra Irene Montero en el programa La Revuelta, diciendo que "no hay hombre que lo coma bien". El clip de los "1,5 puntos por comerlo bien" ha hecho que a media España pacata le suba la fiebre de golpe. Lo gracioso es que la crucifican acusándola de vulgar, ordinaria y chabacana, fingiendo una pureza digna de sacristía decimonónica.
Pero como ya me vais conociendo, y sabéis que con mi habitual verborrea siempre arde Troya, decidí dejar mi propio comentario en la publicación. ¿El resultado? Un colapso mental absoluto, pero no de los hombres, sino de las propias mujeres. Y es que lo que verdaderamente escuece en este debate no es la palabra en sí, sino el despliegue de libertad, soberanía y la bofetada sin mano que se le ha dado al relato machista de siempre.
A Montero le han dicho de todo durante años. El insulto favorito del machismo político ha sido el de intentar machacarla con la insinuación de que su carrera se debía a su vida privada, usando metáforas asqueantes para pintarla como una mujer sumisa o "arrodillada" ante el poder de los hombres. Y resulta que ella, que es lista como el hambre, se va al programa de más audiencia de la televisión, recoge el guante del humor gamberro y le da la vuelta a la tortilla con una gracia magistral. Al exigir placer y ponerle nota al desempeño sexual de ellos, el mensaje subliminal que lanza es demoledor: "Aquí la que está de pie soy yo, y si alguien tiene que hincar la rodilla para dar la talla, son otros". Una declaración de independencia que duele bastante más que una patada en santa sea la parte.
El refugio de los asustados: "¿Y si lo dijera un hombre?"
El único argumento que ha balbuceado el sector ofendido es el comodín de "¿Qué pasaría si un hombre dijera eso mismo de una mujer?". Qué enternecedor intento de victimización. Pero esa falsa equivalencia no se sostiene por ningún lado. Cuando los hombres recurren al lenguaje sexual en el espacio público, la historia demuestra que rara vez es para exigir su propio disfrute (que ya viene de serie en el modelo falocéntrico tradicional). No, el lenguaje sexual de los hombres se ha usado históricamente contra la integridad de las mujeres, como una herramienta de dominación, humillación de barra de bar y agresión verbal.
Montero no agredió a nadie; invirtió la dirección del juicio. Puso al ego sexual masculino en el banquillo de los evaluados y reclamó reciprocidad en el placer. Y eso es lo que la cultura de la sumisión femenina no puede digerir. Por eso mi comentario provocó ese cortocircuito masivo entre las mujeres: porque muchas veces el peor enemigo de la autonomía de una mujer es el miedo de otra a romper las normas de la "respetabilidad" machista.
El arte de llamar a las cosas por su nombre: Alta literatura frente a la censura
Para colmo de males, los guardianes de la moral se escandalizan por el uso del lenguaje sexual, confundiéndolo ignorantemente con el lenguaje sexista. Convendría recordarles que el lenguaje sexual explícito ha sido, es y será una obra de arte literaria. De hecho, los clásicos y los grandes autores de nuestra cultura han escrito páginas que dejan el chiste de Irene Montero en pañales pedagógicos.
Venimos de una sociedad reprimida donde estas maravillosas obras no se podían leer delante de nadie sin que te miraran como a un criminal. Pero la impronta de la carne, el erotismo y el deseo en las letras es gigantesca, con nombres antiguos y recientes que desafiaron la censura de su época:
El Arcipreste de Hita: Con su inmortal Libro de buen amor, todo un ejemplo de "porno medieval" donde las doncellas siempre han sido muy fermosas y las pasiones carnales se camuflaban entre rezos y picardías imposibles de ocultar.
Francisco de Quevedo: Nuestro genio del Siglo de Oro, que combinaba la poesía más elevada con los versos satíricos, escatológicos y sexuales más brutales y explícitos que se recuerdan.
El Marqués de Sade: Un clásico absoluto que utilizó la crudeza de la anatomía y el sexo para destrozar la hipocresía de la burguesía y la Iglesia de su época. Eso sí es notoriamente moralista, porque casualmente a todas las "pecadoras" las termina fulminando un rayo.
Federico García Lorca: El genio granadino que también nos legó una muestra desbordante de erotismo literario, explorando el deseo oculto, la pasión descarnada y la carne con una sensibilidad poética que desafió los pilares del puritanismo español.
D.H. Lawrence: Autor del famosísimo e inicialmente prohibido El amante de Lady Chatterley, donde el placer femenino y las barreras de clase se rompían a través de la crudeza y honestidad de los encuentros sexuales.
Henry Miller: Con sus salvajes Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, y su célebre trilogía La crucifixión rosada (Sexus, Plexus y Nexus). Toda una revolución de la literatura erótica en la que, compartiendo andanzas con su mítica pareja Anaïs Nin (quien tampoco se quedaba atrás en la exploración del deseo sin filtros), dejaba claro que el hombre tenía que espabilar de una vez por todas si quería estar a la altura del placer.
Camilo José Cela: Premio Nobel de Literatura, que no solo escribió el monumental Diccionario secreto recogiendo todas las "palabrotas" de nuestra lengua, sino que inauguró la mismísima colección de La Sonrisa Vertical con su explícita e irreverente La ilustre y gloriosa hazaña del cipote de Archidona.
Almudena Grandes: Que se consagró en las letras hispanas ganando precisamente el premio de esa misma colección con Las edades de Lulú, una joya descarnada sobre el deseo que abrió camino a millones de lectoras en una España que despertaba.
Lucía Etxebarria: Que con su legendaria y multipremiada novela Beatriz y los cuerpos celestes dio un puñetazo sobre la mesa a finales de los 90. Etxebarria desnudó sin tapujos la identidad sexual, los afectos y el deseo de las mujeres fuera de los moldes convencionales, rompiendo esa línea del silencio que mantenía los cuerpos femeninos a oscuras en la literatura contemporánea más comercial. Por cierto, cualquier parecido con la Lucia Etxebarria de ahora, es mera coincidencia, tristemente. Esperamos que vuelva pronto.
El legado de la Sonrisa Vertical
Mención aparte merece ese monumento a la libertad que fue la colección La Sonrisa Vertical de Tusquets Editores, parida en la Transición por el grandioso cineasta Luis García Berlanga y la editora Beatriz de Moura. Durante décadas, esa colección de portadas malvas rescató clásicos prohibidos y dio voz al erotismo patrio, demostrando que hablar de sábanas y genitales con crudeza, gracia y verdad es cultura con mayúsculas. O títulos inolvidables que rompieron tabúes como la tremenda novela La sonrisa etrusca de José Luis Sampedro, que aunque transita por otros caminos de la ternura y la vejez, nos enseñó que el erotismo y la pasión no caducan con la edad.
Así que menos golpes en el pecho y menos rasgarse las vestiduras. A Irene Montero no la atacan por "maleducada"; la linchan porque les aterra ver a una mujer que no pide perdón por existir, que se apropia del humor que antes solo pertenecía a los hombres y que demuestra que su libertad es innegociable. Lo dicho: una provocación brillante que ha servido como un termómetro infalible para medir el puritanismo rancio que todavía nos arrastra y que, gracias a mi verborrea habitual, ha dejado claro quiénes son las que de verdad colapsan cuando una mujer decide, por fin, quitar la llave del cerrojo.

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