EL MILAGRO DE LAS PENSIONES: CAPITALISTA A LOS 30 Y COMUNISTA A LOS 60

 



AVISO LEGAL

Este relato no está inspirado en nadie conocido. La inspiración es un misterio del universo, una musa caprichosa que a veces retrata realidades con una precisión que asusta. 

También quería ofrecer unas palabras amables a una persona que siempre es la primera en entrar en mi blog para echar una ojeada a lo que escribo. Así que esta crónica va dedicada con un cariño entrañable a esa persona que no sé quién es y a la que se le quiere con toda el alma. Pues eso, para que veas que me he dado cuenta y te lo agradezco. ❤️

Diario de un cotizante insumiso: De "que se hunda el barco" a "no toquéis mi pensión"

Fase 1: Los 18 años y la epifanía del apocalipsis financiero
Corría el año de nuestro señor del botellón cuando Javi escuchó por primera vez el mantra nacional en las noticias: “El sistema de pensiones es insostenible. La hucha está vacía. Los jóvenes de hoy no cobrarán nada”.
A Javi se le encendió la bombilla de la lógica más pura, aplastante y, por qué no decirlo, mezquina: «A ver, si yo no voy a ver un euro cuando sea un viejo arrugado, ¿por qué demonios le estoy pagando las vacaciones en Benidorm al vecino del quinto?».
Fue ahí cuando nació Javi "El Anarcocapitalista de Barrio". Su primera nómina de camarero fue un trauma. Ver el desglose de la Seguridad Social le dolió más que una ruptura amorosa. ¿Solidaridad intergeneracional? ¡Ja! Javi decidió que el sistema era una estafa piramidal y que él no iba a ser el último mono. Su plan maestro: boicotear el sistema desde dentro. Trabajar en negro cada vez que pudiera, exigir contratos mínimos y gastarse el dinero que se "ahorraba" en criptomonedas raras y festivales de música. Su lema era claro: Si el barco se va a hundir, prefiero pinchar el flotador yo mismo.
Fase 2: Los 35 años y el "Que se jodan los del futuro"
A los 35, Javi ya tenía un trabajo de oficina, camisa por dentro del pantalón y una úlcera en camino. Cada vez que el Gobierno de turno subía las cotizaciones, Javi entraba en combustión interna.
En las cenas de Navidad era el cuñado terrorista de la economía:
—“Os lo digo yo, hay que privatizarlo todo. Que cada perro se lama su cipote. Yo no tengo por qué mantener a los hijos de los demás ni a los viejos de ahora. ¡Que se hubieran comprado un piso en los noventa como todo el mundo!”.
Javi votaba con un único criterio: quien prometiera bajar las pensiones actuales o desmantelar el invento, tenía su apoyo. Vivía en una fantasía egoísta donde él era un lobo de Wall Street inmortal que jamás necesitaría la caridad del Estado. El futuro era algo abstracto. Un mito. Como los unicornios o la posibilidad de que su equipo ganara la Champions.
[NUEVA ESCENA] Intermedio cómico: Javi se manifiesta a los 35 años (Contra el Sistema)
Un soleado sábado de primavera, Javi acude a una minúscula manifestación convocada por cuatro gatos liberales frente a la sede de la Seguridad Social. Lleva gafas de sol de marca, un café de Starbucks de siete euros en la mano y una pancarta impecable hecha con impresora láser que reza: "¡Mi dinero es mío, no de tu abuelo!".
Javi está eufórico. Mira a los señores mayores que pasan paseando al perro y les grita:
—¡A trabajar, que se os va a acabar el chollo! ¡Parásitos del Estado! ¡Que os mantengan vuestros hijos!
Se une a un megáfono coreando: "¡Menos cotizar y más privatizar!". Cuando un señor de setenta años le mira con lástima y le dice: "Hijo, que tú también llegarás a viejo", Javi suelta una carcajada superior y le responde: "¡Para entonces yo viviré de mis rentas y de mis Bitcoins, caballero! ¡Búsquese un trabajo de verdad!". Javi se marcha a su casa sintiéndose el héroe de la libertad fiscal, convencido de que la jubilación es un invento comunista para debilitar a la raza humana.
Fase 3: Los 55 años y el sudor frío del retrovisor
Y de repente, el tiempo, ese maldito cobarde, hizo su magia. Javi cumplió 55 años. Las rodillas empezaron a crujirle con el cambio de tiempo, el pelo se mudó de la cabeza a las orejas y, tras un día especialmente insufrible en la oficina aguantando a un jefe que tenía la edad de su primer coche, Javi tuvo una revelación mística.
Miró el calendario y pensó: «Espera un momento... Diez años pasan volando. ¿Qué coño es eso de la jubilación?».
Por primera vez en su vida, buscó en Google "simulador de jubilación Seguridad Social". Tecleó sus datos con el pulgar tembloroso. Recordó, con un sudor frío recorriéndole la espalda, todos esos años que cotizó por lo mínimo, los trabajos "en B" de los que tanto presumía y las criptomonedas que compró en 2018 y que ahora valían tres bolsas de pipas.
De repente, la filosofía de "que se hunda el barco" ya no parecía tan atractiva. Resulta que él estaba metido en el camarote de abajo.
Fase 4: Los 60 años y el nacimiento del Che Guevara de los jubilados
Hoy, Javi tiene 60 años y se ha convertido en el monstruo que juró destruir. Es, oficialmente, el defensor número uno, acérrimo y radical del sistema público de pensiones.
¿Por altruismo? ¡Por favor! Por el mismo y puto egoísmo de siempre. Solo que ahora las cartas han cambiado.
Si vas a un bar con él, te dará una chapa de dos horas sobre "la dignidad del trabajador" y "el derecho constitucional a un retiro dorado". Ayer mismo se le vio en una manifestación, pancarta en mano y gritando a pleno pulmón: «¡Las pensiones se defienden, gobierne quien gobierne!».
Si un joven de 18 años se le acerca a decirle que el sistema es insostenible y que prefiere no cotizar, Javi lo agarra por la solapa y le ruge en la cara:
—“¡Tú a callar y a pagar, niñato! ¡Que me tienes que financiar los viajes del Imserso y la receta del omeprazol! ¡Solidaridad, coño, solidaridad!”.
Javi ha descubierto el verdadero sentido de la jubilación: la maravillosa justicia poética de vivir del sudor de la siguiente generación, exactamente como él no quería que hicieran con el suyo. La rueda de la vida sigue girando, y Javi la empuja con fuerza... siempre y cuando el dinero caiga en su bolsillo.
[NUEVA ESCENA] Desenlace cómico: Javi se manifiesta a los 60 años (A favor del Sistema)
Mismo lugar, misma calle, veinticinco años después. La misma sede de la Seguridad Social, pero hoy hay una marea humana de pelo cano. Y en primera línea de combate, con una gorra de la caja de ahorros y un silbato que le está dejando sordo a él mismo, está Javi.
Esta vez su pancarta está hecha a mano con cartón de una caja de leche y rotulador grueso: "¡Con mi pensión NO SE JUEGA o quemamos las calles!".
Javi está desatado. Tiene más energía que a los 35, impulsado por el puro pánico a tener que seguir madrugando hasta los 70. De repente, ve a un chaval de 20 años en la acera de enfrente mirando la escena con cara de desprecio mientras sostiene un café. Javi reconoce esa mirada. Es la mirada del Javi del pasado.
Poseído por el espíritu de Karl Marx combinado con el ansia de un pirómano, Javi cruza la calle cojeando levemente, apunta al chaval con el dedo y le grita con la voz rota por el silbato:
—¡¿De qué te ríes, niñato?! ¡Produce! ¡Cotiza! ¡Trabaja doce horas si hace falta, flojo! ¡Que mi futuro retiro en la playa no se va a pagar solo!
El chaval, asustado, balbucea: "Pero si a mí me han dicho que no voy a cobrar nada...".
Javi da un paso al frente, indignado ante semejante falta de patriotismo financiero:
—¡A mí me importa tres pimientos lo que tú cobres en el año 2070! ¡Yo cobro el mes que viene! ¡Ponte a hacer horas extras ahora mismo y financia mi bienestar, que para eso me he deslomado yo en una oficina! ¡Solidaridad intergeneracional obligatoria, coño!
Javi vuelve a la cabecera de la manifestación, con el pecho hinchado de orgullo, tocando el silbato con la furia de un hombre que sabe que, pase lo que pase, él no va a soltar esa teta del Estado ni aunque tengan que venir los antidisturbios a quitársela.
Aviso legal obligatorio para evitar que el universo colapse:
Cualquier coincidencia con nombres, apellidos, peinados con moño, pendientes en la nariz, marcas de leche de avena o tíos que tocan el ukelele en el parque, es absoluta y pura casualidad. Esto no está inspirado en ningún conocido, ni novio, ni activista de Twitter. Es un momento de inspiración y ya está. Nadie se sienta aludido, paz y amor.
Diario de un anticapitalista con reuma: De "el Estado nos protegerá" a "no me quitéis mi pensión"

Imagen generada con IA
Fase 1: Los 20 años y el "Manifiesto de la Leche de Avena"

Corría el año de nuestro señor de las asambleas universitarias cuando Borja escuchó por primera vez el mantra sistémico: “El modelo de reparto es inviable”.A Borja con su camiseta de comercio justo tres tallas más grande y su fe ciega en la bondad humana, se le encendió la bombilla de la utopía colectiva: «A ver, el sistema de pensiones no es una hucha de números, ¡es el pacto sagrado de la humanidad! Las pensiones son un derecho inherente a la existencia humana, como el aire o el wifi libre en las plazas».  

Borja defendía las pensiones con uñas y dientes. Sus argumentos en Twitter (ahora X) eran hilos infinitos de 45 mensajes. ¿Su solución al déficit? Muy fácil: “Que lo paguen los ricos, los bancos y las multinacionales que destruyen el planeta”. Borja no tenía un euro, trabajaba en una cooperativa de inserción social donde le pagaban principalmente en abrazos y hortalizas ecológicas, pero él era feliz sabiendo que sus "abrazos cotizados" sostenían la dignidad de la clase obrera. Su lema: De cada cual según su capacidad, a cada cual según su pensión.

Intermedio cómico: Borja se manifiesta a los 20 años (A favor de la Utopía)

Un lluvioso martes por la tarde, Borja encabeza una manifestación alternativa con un megáfono tuneado con pegatinas antifa. Lleva un café de comercio justo en termo de bambú y una pancarta gigante de cartón reciclado que reza: "¡Nuestros mayores no son números, son memoria viva!".

Borja está desatado, con la vena del cuello a punto de estallar:  
—¡Capitalistas! ¡Explotadores! ¡La jubilación no se negocia, se garantiza! ¡Queremos jubilación a los 50 para poder dedicarnos a la poesía y al huerto urbano!

Cuando un señor trajeado pasa a su lado mirándole el iPhone y le dice: "Chaval, que si no hay natalidad ni cotizantes la matemática no da", Borja le lanza una mirada de superioridad moral y le grita: "¡La matemática es una herramienta de la opresión heteropatriarcal! ¡Se imprime más dinero y se redistribuye la riqueza, especulador! ¡Déjanos en paz!". Borja vuelve a su comuna sintiéndose el salvador del proletariado.

Fase 2: Los 40 años y la contradicción del autónomo societario

A los 40 años, la vida se puso seria. Borja montó una pequeña consultoría de diseño web sostenible. Para su horror metafísico, descubrió lo que era la cuota de autónomos y el IVA trimestral.

Su discurso seguía siendo de izquierdas, pero con un matiz de supervivencia:

—“A ver, yo defiendo el sistema, por supuesto... pero es que la presión fiscal al pequeño creador es una violencia estructural. Si pago el máximo de cotización este mes, no puedo pagar el alquiler del coworking ecológico”.

En las cenas de amigos, Borja ya no hablaba de derrocar el sistema, sino de "optimizar facturas". Cotizaba por la base mínima por "necesidad del proyecto", convenciéndose a sí mismo de que el Estado ya se encargaría de él cuando llegara el momento, porque el universo provee y la justicia social vencerá. El futuro seguía siendo un concepto poético.

Fase 3: Los 55 años y el bajón de realidad en el herbolario

Y de repente, el tiempo, ese implacable agente del libre mercado, hizo su trabajo. Borja cumplió 55. El moño de la cabeza se le quedó ralo, la ciática empezó a protestar cada vez que se agachaba a cuidar los tomates de su terraza y se dio cuenta de que sus amigos de la juventud estaban empezando a mirar folletos de apartamentos en la costa.

Un día, por curiosidad sociológica, entró en la web de la Seguridad Social con su certificado digital. Tecleó su historial. Cuando vio la cifra de su futura pensión tras 35 años de "cotizaciones creativas y cooperativas", se le cayó el termo de infusión de kombucha de las manos.

Su futura pensión daba para pagar tres semanas de alquiler y una barra de pan de masa madre al mes. De repente, la "redistribución del Estado" le pareció horrorosamente insuficiente. ¡A él, que había dedicado su juventud a defenderla!

Fase 4: Los 65 años y el "Che Guevara" del bufet libre

Hoy, Borja tiene 65 años. Ha dejado atrás la poesía y el ukelele. Se ha convertido en un defensor de las pensiones... pero ya no por la emancipación del ser humano, sino porque necesita llegar a fin de mes.

Sigue siendo de izquierdas, pero con la mentalidad de un tacaño profesional. Si vas a un bar con él, te dará una chapa de tres horas sobre cómo los jóvenes de hoy en día "no tienen conciencia de clase" porque prefieren comprarse zapatillas de marca antes que cotizar para pagarle a él su jubilación.

Desenlace cómico: Borja se manifiesta a los 65 años (Por la Justicia Social y su propio Bolsillo)
Mismo lugar, misma calle. Cuarenta y cinco años después. La misma plaza frente a la Seguridad Social. Borja está allí, pero ya no lleva la pancarta de cartón reciclado; lleva una de plástico resistente de las que no se rompen con la lluvia y un silbato profesional de árbitro de fútbol.
Su pancarta ahora dice: "¡Indexación de las pensiones al IPC real o huelga general indefinida!".
Borja ve a un chaval de 20 años con patinete eléctrico y auriculares inalámbricos que pasa de largo olímpicamente de la manifestación. Borja lo mira con los ojos inyectados en sangre revolucionaria, se planta delante del patinete cojeando ostensiblemente de la pierna izquierda y le ruge por el megáfono:
—¡¿A dónde vas con el juguetito de la sociedad de consumo, niñato?! ¡Quítate los auriculares y escucha la voz de la clase obrera! ¡Vete a trabajar y exige hacer horas extras sindicalizadas! ¡Que hay que blindar las pensiones públicas en los Presupuestos Generales!
El chaval se quita un auricular, confuso: "Pero señor, si usted de joven decía en el sindicato que el trabajo asalariado era una explotación alienante y que había que abolirlo...".
Borja se pone rojo de la indignación marxista:
—¡Eso era la teoría macroeconómica para derrocar a la burguesía! ¡Ahora estamos en la fase práctica de la redistribución de la plusvalía y me toca recaudar a mí! ¡Así que te pones a cotizar y a militar por la base máxima ahora mismo si tienes un mínimo de conciencia de clase! ¡Menos pantallas alienantes y más solidaridad intergeneracional obligatoria y combativa, coño! Que mi derecho constitucional a una vejez digna, mi suscripción al canal de documentales históricos y mis yogures bífidos ecológicos son conquistas sociales que tú vas a financiar con el sudor de tu frente.
Borja regresa a la cabecera de la marcha, soplándose los dedos por el frío, tocando el silbato con la furia de un hombre que ha descubierto que el verdadero sentido de la revolución socialista es que el proletariado más joven madrugue de lunes a domingo para que él pueda ejercer su legítimo derecho al descanso obrero, paseando con su tarifa reducida de pensionista por los museos de Europa.

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