El horizonte comenzó a fracturarse en mil pedazos de cristal cuando el bimotor inició su descenso hacia la costa oriental de Groenlandia. Desde la ventanilla, el mundo conocido se desvanecía para dar paso a una visión hipnótica: un océano de un azul eléctrico y denso, sobre el cual flotaban icebergs del tamaño de catedrales, esculpidos por el viento en formas imposibles de agujas y arcos traslúcidos.
Dentro de la cabina del bimotor, el rugido de los motores apenas permitía que las voces se escucharan, obligando a los cinco expedicionarios a inclinarse hacia el centro del pasillo. El grupo, compuesto por dos mujeres y tres hombres, contrastaba con la inmensidad blanca que se extendía bajo sus pies; sus equipos térmicos de última generación, marcados con el logo de la "Iniciativa Ártica 2026", brillaban bajo la luz cenital.
Elena, la geóloga y líder del grupo, extendió un mapa digital sobre sus rodillas. Sus dedos trazaron una ruta que se internaba hacia el corazón del Inlandsis, la gran capa de hielo interior.
—El objetivo no ha cambiado —dijo Elena, elevando la voz sobre el zumbido—. Tenemos que alcanzar la estación meteorológica automatizada en el sector noreste. Los sensores han detectado una anomalía térmica en el permafrost que no cuadra con los modelos de este año.
—Si los datos son correctos, estamos hablando de una liberación de gas atrapado que podría cambiar las mediciones de toda la región —añadió Marcus, un climatólogo sueco de barba canosa, mientras ajustaba sus gafas de sol—. No es solo investigación, es una carrera contra el deshielo estacional.
A su lado, Clara, la ingeniera técnica encargada de los drones de alta precisión, revisaba sus monitores. Su rostro reflejaba una mezcla de nerviosismo y fascinación.
—Mis unidades están listas —comentó ella, mirando a los otros dos hombres—. Pero si el viento en el fiordo supera los 80 nudos, como dicen las previsiones de esta tarde, el despliegue será manual. Ahí es donde entráis vosotros.
Jonas y Thomas, los dos especialistas en logística y supervivencia ártica, intercambiaron una mirada de complicidad. Jonas, el más joven, ya estaba revisando los arneses y las fijaciones de los trineos motorizados que descansaban en la bodega del avión.
—No te preocupes por el viento, Clara —respondió Thomas con voz tranquila, propia de quien ha pasado más tiempo en los polos que en las ciudades—. Nuestro plan es simple: aterrizamos en Kulusuk, cargamos los suministros y nos movemos hacia el campamento base antes de que caiga la noche polar. Si el hielo está estable, llegaremos a la anomalía en menos de cuarenta y ocho horas.
—Es un plan ambicioso para cinco personas —concluyó Elena, cerrando el mapa mientras el avión se inclinaba para enfocar la pista de aterrizaje—. Pero Groenlandia no suele darnos segundas oportunidades.
El viaje sobre el Estrecho de Dinamarca había sido una transición mágica. La bruma marina se disipó de pronto, revelando la Groenlandia profunda de este 2026, donde la luz del ártico, pura y sin filtros, convertía la nieve en un lienzo de matices rosados y violetas. Al acercarse a tierra firme, las montañas de basalto negro surgían del mar como colmillos de gigantes, coronadas por glaciares milenarios que se derramaban hacia los fiordos en cascadas de hielo estático. El aire, incluso filtrado por la cabina, se sentía distinto: una promesa de frío absoluto y silencio mineral.
Erik apoyó la frente contra el cristal frío. Había planeado esta travesía buscando el último rincón donde el tiempo pareciera detenerse. Al aterrizar en la pista de grava de Kulusuk, el golpe de aire polar le llenó los pulmones con una pureza casi dolorosa. El crujido de sus botas sobre el permafrost fue el primer sonido de su nueva realidad.
—Bienvenido al "país de los hombres" —susurró para sí mismo, mientras observaba a lo lejos las casas de madera pintadas de rojo, amarillo y azul, que salpicaban el paisaje como confeti caído sobre una sábana de blancura infinita.
El eco de las risas de Elena y Clara llenó la cabina, rompiendo por un momento la tensión técnica de la misión. Jonas y Thomas las miraron confundidos, mientras Erik, que seguía con la frente apoyada en el cristal tras haber pronunciado la frase en un susurro, se giró lentamente con una sonrisa tímida.
—¿"El país de los hombres"? —repitió Elena, secándose una lágrima de risa mientras señalaba su propio equipo de alta montaña—. Erik, estamos en 2026. Si vas a usar la traducción literal de Kalaallit Nunaat, más te vale incluirnos en el censo.
Clara, que seguía ajustando los parámetros de sus drones, soltó una carcajada final y le guiñó un ojo a su compañera.
—Me parece que este viaje va a ser más largo de lo que pensaba si empezamos con misticismos antropológicos —bromeó Clara—. Erik, querido, la mitad de esta expedición —y probablemente la mitad más inteligente, si miramos quién maneja los sensores de profundidad— no encaja en tu definición de "hombres".
Erik levantó las manos en señal de rendición, aunque su mirada seguía brillando con la emoción del aterrizaje.
—Técnicamente, es la traducción del groenlandés antiguo —se defendió él, contagiado por el buen humor de sus compañeras—. Pero acepto la corrección. Digamos que es el "país de los seres humanos"... aunque viendo cómo ruge el viento ahí fuera, creo que es más bien el país de los que se atreven a desafiar al hielo.
—Mucho mejor —asintió Elena, recuperando la compostura profesional mientras el avión daba una última sacudida antes de tocar tierra—. Porque si la anomalía térmica que venimos a investigar es lo que sospecho, este "país" va a necesitar a cada uno de nosotros, sin distinción de género, para entender qué diablos está pasando bajo la superficie.
El tren de aterrizaje golpeó la pista de grava de Kulusuk, y el grupo se preparó en silencio. La broma había servido para disipar los nervios, pero al abrirse la escotilla, la realidad de Groenlandia los golpeó con un muro de aire gélido que les recordó que, para la naturaleza ártica, todos eran igualmente diminutos ante su inmensidad.
Erik, aprovechando el silencio que siguió al primer impacto del frío, se acomodó la mochila y miró a sus compañeras con una expresión más seria, aunque mantenía un brillo de respeto en los ojos.
—Tenéis razón en reíros, pero la explicación tiene una raíz que os va a gustar —dijo Erik, mientras los cinco comenzaban a descender por la escalerilla hacia el suelo helado de Kulusuk—. En la lengua inuit, el kalaallisut, el nombre oficial de esta tierra es Kalaallit Nunaat. No se refiere a "hombres" en un sentido de género masculino, sino a la humanidad en su estado más puro y resistente.
Elena y Clara se detuvieron al final de la escalera, escuchando con curiosidad mientras el viento ártico de este enero de 2026 ondeaba sus parkas.
—Para los antiguos habitantes —continuó Erik, señalando el horizonte infinito de hielo—, este era el único lugar del mundo donde el ser humano podía demostrar que era capaz de vivir en equilibrio con una naturaleza que no perdona errores. Llamarlo "la tierra de los seres humanos" era una forma de decir que solo aquí, despojados de todo lo innecesario, somos verdaderamente nosotros mismos. No es una exclusión, es un título de supervivencia que ahora compartimos los cinco.
Clara asintió lentamente, mirando cómo Jonas y Thomas descargaban las cajas de instrumental científico con una eficiencia casi rítmica.
—Entiendo —murmuró Elena, ajustándose los guantes térmicos—. Entonces, si hemos venido a salvar este equilibrio, supongo que el nombre nos encaja mejor que nunca. No somos turistas, somos los "humanos" que deben entender por qué el corazón de esta isla está empezando a latir con un calor que no le corresponde.
Con esa nueva perspectiva, la expedición dejó atrás la pista de aterrizaje. El término ya no era una broma, sino una declaración de intenciones. Se dirigieron hacia el centro de mando local, donde los trineos motorizados ya estaban siendo preparados para la primera etapa de su viaje hacia el norte.
Elena y Clara se miraron, y por un instante el único sonido fue el silbido del viento entre los puntales del avión. El tono de Erik no había sido de reproche, sino de una profunda admiración por la cultura que los acogía, y eso hizo que la broma anterior se sintiera fuera de lugar.
—Vaya... —murmuró Clara, bajando la vista hacia sus guantes de alta tecnología—. Lo siento, Erik. Nos hemos precipitado con el sarcasmo. A veces el instinto de defensa nos hace saltar antes de preguntar.
Elena asintió, visiblemente avergonzada mientras acomodaba la correa de su equipo.
—Tienes razón, Erik. Me disculpo —dijo con sinceridad—. Hemos venido aquí a leer el hielo, pero nos hemos olvidado de leer la historia de quienes lo pisaron primero. Es una lección de humildad necesaria antes de empezar la misión. En 2026 seguimos teniendo mucho que aprender de las raíces.
Erik sonrió ampliamente, restándole importancia con un gesto mientras ayudaba a Thomas a asegurar la última caja de suministros en el trineo.
—No hay nada que perdonar —respondió él—. Al contrario, vuestra reacción demuestra que estamos aquí con los ojos abiertos. En Groenlandia, lo peor que puedes hacer es dar algo por sentado. Si vamos a enfrentarnos a esa anomalía térmica, esa actitud crítica es justo lo que necesitamos.
—Bueno —intervino Jonas, tratando de romper el momento de seriedad con una palmada en el hombro de Thomas—, ahora que los "seres humanos" hemos hecho las paces con la lingüística, ¿qué os parece si nos movemos? El hielo no va a esperar a que terminemos el seminario de antropología.
Con el malentendido resuelto y un nuevo sentido de respeto mutuo, el equipo de cinco se puso en marcha. La vergüenza inicial de las mujeres se transformó en una determinación renovada; ahora comprendían que no solo eran científicas en una misión técnica, sino parte de una larga estirpe de personas que, desafiando al frío, buscaban respuestas en la tierra más indómita del planeta.
El frío de este enero de 2026 no era una temperatura, era una presencia física que les apretaba las costillas. Mientras esperaban en el borde de la pista de Kulusuk, el equipaje —cajas de aluminio estancas, sensores térmicos y mochilas de Kevlar— parecía un naufragio tecnológico sobre la superficie de grava y hielo.
A su alrededor, el paisaje de Groenlandia se desplegaba con una belleza brutal y desoladora. No había árboles que frenaran la vista, solo una extensión infinita de colinas de roca desnuda y nieve endurecida que brillaba con un resplandor azulado bajo el sol bajo del mediodía. El cielo era de un cobalto tan profundo que rozaba el negro en el cenit, y el aire estaba tan limpio de partículas que las montañas al otro lado del fiordo, a decenas de kilómetros, parecían estar al alcance de la mano, revelando cada grieta y cada arista de sus cumbres de granito.
Hacia el este, el océano se fundía con el hielo en una danza de fragmentos blancos que los lugareños llaman pancake ice. Gigantescos icebergs permanecían varados cerca de la costa, como estatuas de cristal opaco que emitían gemidos profundos cuando las mareas los obligaban a asentarse. El silencio era casi absoluto, solo interrumpido por el silbido constante del viento catabático que bajaba del glaciar, arrastrando una fina polvareda de nieve que se colaba por las costuras de sus trajes.
—¿Seguro que el guía sabe que hemos llegado? —preguntó Jonas, cuya barba ya empezaba a cubrirse de una fina capa de escarcha blanca.
—En este lugar, todo el mundo sabe cuándo aterriza un avión —respondió Elena, frotándose los brazos para mantener la circulación—. Solo que aquí el tiempo se mide de otra forma.
Las pequeñas casas del pueblo, pintadas de colores primarios —rojo sangre, azul marino y amarillo ocre—, destacaban como gotas de pintura en un lienzo blanco. No había carreteras asfaltadas, solo senderos marcados por el paso de los trineos y las huellas de los perros de caza. Aquella explosión de color era la única señal de rebeldía humana frente a la monocromía del Ártico.
De pronto, una mancha oscura emergió tras una loma de nieve, moviéndose con una agilidad sorprendente. El silencio fue roto por el rítmico jadeo de un hombre que se aproximaba a paso ligero, casi trotando, a pesar de las pesadas botas de piel de foca.
Cuando el guía llegó frente a la expedición, todos quedaron atónitos. A pesar de los -20 °C que marcaban los termómetros en este enero de 2026, el hombre, un inuit de complexión robusta llamado Malik, llevaba la parka desabrochada y se abanicaba con un guante de cuero. Su rostro, curtido por mil inviernos, estaba encendido y cubierto de una fina capa de sudor que evaporaba al contacto con el aire gélido, creando una pequeña nube de vapor a su alrededor.
—¡Aay! ¡Perdón, perdón! —exclamó Malik entre bocanadas de aire, riendo mientras se limpiaba la frente con la manga—. Vengo de la otra punta del asentamiento. Se me escapó uno de los cachorros de trineo y he tenido que correr tras él por toda la ladera. ¡Uf, qué calor hace hoy!
Los cinco expedicionarios, que estaban encogidos y tiritando bajo sus capas de aislamiento térmico, lo miraron con los ojos como platos. Thomas consultó su reloj inteligente: la sensación térmica era de congelación inmediata para cualquier humano común.
—¿Calor? —balbuceó Clara, ajustándose la bufanda hasta la nariz mientras observaba cómo el vapor salía del pecho del guía como si fuera una chimenea humana—. Malik, estamos a punto de convertirnos en estatuas de hielo.
Malik soltó una carcajada profunda que pareció calentar el ambiente por un segundo.
—Es el movimiento, amigos. En el "país de los seres humanos", si te quedas quieto, el frío te encuentra. Si te mueves, la sangre baila —dijo, empezando a cargar con una fuerza asombrosa dos de las cajas más pesadas sobre su trineo de madera—. Vamos, vuestro hospedaje tiene la estufa de leña encendida. ¡Movámonos antes de que yo también empiece a sentir este "calor" del que os quejáis!
Con una energía contagiosa, el guía les indicó que le siguieran hacia las casas de colores. Su llegada no solo trajo el transporte, sino una lección vital: en Groenlandia, la temperatura es una cuestión de actitud y de ritmo.
Malik los condujo a través de una vía que parecía más una herida abierta en el hielo que una carretera convencional. El camino estaba flanqueado por hielos perpetuos que, debido a la presión del permafrost en este inicio de 2026, se habían fracturado y elevado, formando pequeños montículos a ambos lados que brillaban como diamantes en bruto bajo el sol ártico.
Los cinco expedicionarios caminaban en un silencio reverencial, con la mirada saltando de un lado a otro, incapaces de procesar tanta belleza alienígena. Las paredes de hielo que bordeaban el sendero no eran blancas, sino de un azul translúcido y profundo que parecía contener luz propia. En algunas zonas, el viento había pulido los montículos hasta dejarlos lisos como espejos, reflejando las siluetas del grupo de forma distorsionada.
—Es como caminar por el interior de un cristal —susurró Elena, deteniéndose un segundo para tocar una de las formaciones. El hielo estaba tan comprimido que se sentía más duro que la roca.
—Mirad las capas —señaló Marcus, el climatólogo—. Esas líneas oscuras entre el azul son cenizas de erupciones volcánicas de hace siglos, atrapadas en el tiempo. Estamos caminando junto a la historia geológica del planeta.
A medida que avanzaban, los montículos de hielo a los lados de la carretera crecían en altura, creando un pasillo natural que los protegía del viento racheado. El suelo bajo sus botas crujía con un sonido metálico, un recordatorio de que en Groenlandia el suelo no es tierra, sino una estructura viva y cambiante.
Malik, que seguía caminando a un ritmo frenético y aún sin abrocharse la parka, se giró para ver sus caras de asombro.
—A esto lo llamamos el "aliento de la tierra" —dijo Malik con orgullo—. El hielo empuja y sube, nunca está quieto. Lo que veis hoy, mañana habrá cambiado de forma.
Al final de ese pasillo de cristal, las casas de colores de Kulusuk aparecieron finalmente, recortadas contra el inmenso glaciar de fondo. Para los viajeros, acostumbrados al asfalto y al gris de las ciudades, aquella carretera de hielos eternos era el umbral definitivo hacia un mundo donde la naturaleza seguía siendo la única reina absoluta.
Mientras los trineos se deslizaban junto a los muros de cristal de la carretera, fue Clara quien rompió el hechizo del paisaje. Se acercó a Malik, tratando de mantener el equilibrio sobre el suelo resbaladizo, y su voz sonó cargada de una curiosidad que iba más allá de los datos científicos que habían repasado en el avión.
—Malik, nuestra misión oficial es medir anomalías térmicas en el permafrost —comenzó ella, bajando el tono mientras Elena se acercaba para escuchar—. Pero en los foros avanzados de geología y en ciertas transmisiones que interceptamos antes de salir en este 2026, se habla de algo más. Dicen que el calor no es por el clima, sino que proviene de una estructura... algunos la llaman la "Puerta de los Ancestros", una especie de punto de fractura o puerta interdimensional oculta bajo los kilómetros de hielo.
Al escuchar las palabras "puerta interdimensional", Malik se detuvo en seco. Los otros tres hombres de la expedición se agruparon a su alrededor, atrapados por la súbita gravedad del momento. El guía ya no parecía acalorado; cerró su parka por primera vez y miró hacia la vasta extensión del Inlandsis, el desierto de hielo interior.
—En este país, el hielo no solo guarda agua congelada, guarda memorias —respondió Malik con una voz que parecía vibrar con el viento—. Mis abuelos hablaban de lugares donde el aire se vuelve espeso y las brújulas giran sin sentido. Dicen que hay una entrada a un mundo que no es el nuestro, un lugar donde el tiempo corre en círculos.
Elena intervino, ajustando sus gafas:
—Científicamente, detectamos una distorsión gravitatoria mínima en las coordenadas de la anomalía. Si esa "puerta" existe, Malik, ¿es allí hacia donde nos dirigimos?
Malik retomó la marcha, pero esta vez con un paso más pesado.
—Si buscáis el origen del calor, encontraréis el límite de vuestra ciencia. Aquí decimos que hay puertas que solo se abren para quienes no las buscan. Pero si el hielo se está retirando tanto en este 2026, es porque lo que hay debajo quiere ser visto.
El grupo llegó finalmente frente a la posada, una construcción de madera robusta, pero la intriga ya se había instalado en sus mentes. El objetivo del viaje acababa de transformarse: ya no solo buscaban respuestas sobre el cambio climático, sino que se enfrentaban a la posibilidad de que Groenlandia custodiara un secreto que desafiaba las leyes de la física.
Malik se detuvo frente a la pesada puerta de madera roja de la posada, pero no la abrió de inmediato. Se giró hacia los cinco investigadores, y la luz azulada del crepúsculo ártico de este enero de 2026 proyectó sombras profundas en las arrugas de su rostro. El tono jovial de hace unos minutos se había evaporado por completo.
—Debéis entender algo antes de entrar —dijo Malik, bajando la voz hasta convertirla en un susurro que apenas competía con el viento—. En los últimos diez años, y especialmente en los últimos meses de 2025, no habéis sido los únicos en traer sensores y drones a estas coordenadas.
Elena intercambió una mirada nerviosa con Clara. Jonas y Thomas soltaron las correas de los trineos, prestando total atención.
—Han venido otros —continuó el guía, señalando con la barbilla hacia las cumbres lejanas—. Equipos con presupuestos diez veces mayores que el vuestro, con tecnología que parecía sacada de la ciencia ficción. Buscaban lo mismo: ese punto de calor, esa "puerta" que vuestros mapas insinúan. Y lo que es inquietante no es que no encontraran nada... sino que ellos mismos dejaron de ser encontrados.
—¿Estás diciendo que se perdieron en una tormenta? —preguntó Thomas, el experto en supervivencia, tratando de buscar una explicación lógica.
—En el Ártico, una tormenta es un enemigo digno. Pero estas desapariciones son distintas —respondió Malik con frialdad—. Encontraron sus campamentos intactos. La comida caliente en los platos, los equipos de radio encendidos, las huellas en la nieve deteniéndose en seco en mitad de la nada, como si el suelo se los hubiera tragado o el cielo los hubiera reclamado. Aquí decimos que la Puerta no se abre con una llave, sino que elige a quienes cruzan. Y una vez que el hielo te invita a entrar, ya no perteneces a este mundo.
Un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura recorrió la espalda de los expedicionarios. La misión técnica, en ese instante, se sintió como una sentencia. Malik finalmente empujó la puerta de la posada, revelando el resplandor cálido de la estufa, pero sus últimas palabras quedaron flotando en el aire gélido:
—Si encontráis la anomalía, mi consejo es que toméis la lectura y huyáis. Porque en Kalaallit Nunaat, algunas curiosidades se pagan con la eternidad.
El silencio que siguió a las palabras de Malik fue tan denso que casi se podía cortar con un piolet. Los cinco científicos permanecieron estáticos bajo el dintel de la puerta de la posada, con la escarcha de sus pestañas empezando a derretirse en pequeñas gotas que parecían lágrimas de cristal. El aire gélido de este enero de 2026 seguía golpeándoles la espalda, pero el verdadero frío venía de dentro.
Fue Jonas, el más joven y el encargado de la logística, quien decidió romper la presión de la peor manera posible. Soltó una risita nerviosa y le dio una palmada en la mochila a Thomas.
—¡Venga ya, familia! —exclamó con una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos—. Desapariciones misteriosas, puertas a otros mundos... Ni que estuviéramos en una película de serie B. A este paso, Malik nos va a decir que en la anomalía térmica nos vamos a encontrar hasta con un grupo de Trolls hambrientos esperando para cenarnos.
Jonas soltó una carcajada que resonó hueca en el porche de madera. Esperaba encontrar complicidad, algún comentario sarcástico de Clara o una corrección técnica de Elena, pero se encontró con un muro de desaprobación.
Elena lo fulminó con la mirada, una expresión que rara vez usaba fuera del laboratorio. Clara ni siquiera se rió; se limitó a ajustar la correa de su unidad de drones con un gesto seco, evitando el contacto visual. Incluso Thomas, su compañero de logística, se mantuvo serio, observando cómo Malik cerraba la puerta de la posada con un golpe sordo, dejando fuera el viento pero no la inquietud.
—No es el momento para tus chistes de instituto, Jonas —dijo Elena con una voz cortante—. Estamos en 2026, y si algo nos ha enseñado la crisis climática y las nuevas misiones polares es que la naturaleza no tiene sentido del humor. Malik nos está hablando de personas reales, colegas nuestros que no volvieron a casa. Un poco de respeto por el hielo que pisas.
Malik, que ya se estaba despojando de sus guantes de piel, miró a Jonas de reojo. No parecía ofendido, sino más bien compasivo, como quien mira a un niño que juega cerca de un acantilado.
—Los trolls son historias de Islandia y Escandinavia, joven —dijo Malik con calma—. Aquí en Groenlandia no tenemos trolls. Tenemos cosas mucho más antiguas, fuerzas que no necesitan nombres para ser peligrosas. Entrad, comed algo. Mañana, cuando el GPS empiece a dar errores, tu risa será lo primero que el viento se lleve.
El grupo entró finalmente en la sala común, donde el fuego crepitaba en una vieja estufa de hierro, pero la broma de Jonas había dejado un sabor amargo. La expedición ya no se sentía como un equipo de científicos invencibles, sino como cinco seres humanos diminutos entrando en la boca de un lobo blanco.
La frase de Jonas quedó suspendida en el aire cálido de la posada como una nota discordante. Malik, que ya estaba organizando las llaves sobre el mostrador de madera gastada, se detuvo un segundo y lo miró con una cara de circunstancias difícil de descifrar; una mezcla de incredulidad y esa paciencia infinita que los locales reservan para los forasteros que aún no han sentido el verdadero peso del Ártico.
—Claro —murmuró Malik, con una sombra de ironía en la mirada—. Quizás ellos tengan las respuestas que vuestros satélites no encuentran.
Con una eficiencia silenciosa, el guía comenzó a repartir las estancias en la planta superior de la posada. Era un lugar austero pero acogedor, con paredes de pino que crujían bajo el azote del viento exterior y ventanas de triple acristalamiento que enmarcaban la oscuridad total de este enero de 2026.
—Elena y Clara, en la habitación del fondo, es la más cálida —indicó Malik—. Jonas, Thomas y Erik, compartiréis la estancia grande. Tened cuidado con la calefacción, no la subáis demasiado o el aire se volverá tan seco que os despertará la sed de un oso polar.
Una vez que el equipaje técnico quedó apilado en el salón común y los cinco estuvieron instalados, Malik se dirigió hacia la salida. Se ajustó su desgastada gorra y puso la mano sobre el pomo de la puerta, girándose una última vez hacia el grupo. Su rostro, que antes parecía severo, ahora mostraba un punto de socarronería casi traviesa, como si estuviera disfrutando del nerviosismo latente del equipo.
—Bueno, "seres humanos" —dijo Malik con una sonrisa de medio lado—, descansad. Mañana nos espera una jornada larga sobre el hielo. Y tú, Jonas...
El joven logista levantó la vista, esperando otra reprimenda.
—Que duermas bien —continuó el guía con un guiño burlón—. Espero que vuestros sueños sean tranquilos, aunque aparezcan esos trolls que tanto te interesan. Si escuchas algo rascando tu ventana a medianoche, no te preocupes... probablemente solo sea el viento. O quizás algún invitado que viene a por su cena.
Con esa última broma pesada, Malik salió a la noche polar, cerrando la puerta con un golpe seco que hizo vibrar los cristales. El silencio que dejó tras de sí fue absoluto. Elena miró a Jonas, quien ya no sonreía, y luego a la ventana, donde la negrura de Groenlandia parecía presionar contra el vidrio, como si el paisaje mismo estuviera escuchando sus conversaciones.
El comedor de la posada era un refugio de madera crujiente, impregnado del aroma a té de labrador y estofado caliente. Mientras fuera el viento de este enero de 2026 aullaba con una fuerza renovada, los cinco científicos se sentaron alrededor de una mesa de roble macizo, apartando los cuencos de sopa para desplegar sus herramientas de trabajo.
Elena, con la autoridad que le otorgaba años de investigación polar, encendió un proyector holográfico portátil. Sobre la mesa surgió un mapa tridimensional de la región de Sermersooq, donde la topografía del hielo aparecía en un azul eléctrico, salpicada de puntos rojos que indicaban las lecturas térmicas anómalas.
—Bien, centrémonos —dijo Elena, señalando una depresión geográfica a unos cien kilómetros al norte de Kulusuk—. Si esa "puerta" o anomalía estructural existe, no estará a la vista. Tiene que estar protegida por la geografía. He seleccionado tres puntos probables.
Clara se inclinó sobre el holograma, ajustando los datos con su tableta.
—El primer punto es el Glaciar Helheim. Es uno de los que más rápido se desplaza en Groenlandia. Los sensores de 2025 detectaron allí ecos de baja frecuencia que no son naturales. Podría ser una cavidad inmensa bajo tres mil metros de hielo.
—Yo voto por el Nunatak de basalto en el sector 4 —intervino Marcus, señalando un pico rocoso que sobresalía del manto de hielo como una isla en un mar blanco—. El magnetismo allí está totalmente fuera de rango. Las brújulas de las expediciones que desaparecieron se volvieron locas justo antes de perder la señal de radio. Es el lugar perfecto para un "punto de fractura".
Jonas, que había recuperado parte de su confianza tras la cena, señaló un tercer punto, mucho más alejado y solitario.
—Mirad este cañón oculto bajo el hielo. Según los últimos escaneos de satélite de la Agencia Espacial Europea, el gradiente de temperatura aquí sube de golpe diez grados. Si hay una puerta interdimensional, o simplemente una fuente de calor geotérmico desconocida, ese es el lugar donde el hielo es más delgado y peligroso.
El grupo guardó silencio mientras observaban los tres puntos brillantes en el mapa. Organizaron los turnos de guardia, el racionamiento de las baterías para los drones y los protocolos de emergencia. Sin embargo, a pesar de la precisión técnica de su plan, las palabras de Malik seguían flotando en el ambiente. Cada vez que una ráfaga de viento golpeaba las paredes de la posada, todos levantaban la vista del mapa, preguntándose si lo que buscaban no los estaría buscando a ellos también.
La indecisión flotaba en el aire del comedor junto al vapor de las tazas de café. Los tres puntos marcados en el holograma —el Glaciar Helheim, el Nunatak de basalto y el cañón térmico— brillaban con la misma intensidad enigmática. En este 2026, donde la lógica científica solía imperar, el grupo se encontró ante un dilema que la tecnología no podía resolver: los tres destinos eran igualmente prometedores y peligrosos.
—Si nos basamos solo en los datos, nos quedaremos aquí hasta que termine el invierno —sentenció Thomas, sacando una vieja petaca de metal—. En el Ártico, a veces hay que dejar que la suerte decida.
Elena suspiró, pero asintió. Escribieron los tres destinos en pequeños trozos de papel y los depositaron en un cuenco de cerámica local. Tras un breve silencio, Clara alargó la mano, cerró los ojos y extrajo uno.
—Ha salido el Nunatak de basalto en el sector 4 —anunció con un hilo de voz, mostrando el papel.
El destino estaba decidido. Se trataba del pico rocoso donde las brújulas enloquecían y donde el magnetismo desafiaba los mapas de la Agencia Espacial Europea. Era el lugar más vinculado a las leyendas de desapariciones de 2025 que Malik había mencionado.
—El destino tiene sentido del humor —masculló Jonas, recordando la broma de los trolls—. Vamos directos al lugar donde el equipo de radio se vuelve inútil.
—Mañana salimos al amanecer —ordenó Elena, apagando el proyector. El holograma desapareció, dejando la sala en una penumbra solo rota por las brasas de la estufa—. Preparad los equipos magnéticos y revisad las fijaciones de los trineos. Si la "puerta" está en ese pico de basalto, mañana por la noche estaremos durmiendo sobre ella.
Mientras subían las escaleras hacia sus habitaciones, el crujido de la madera parecía imitar el sonido de algo rompiéndose bajo el hielo. Ninguno lo admitió, pero todos miraron de reojo hacia las ventanas oscuras, preguntándose si el sorteo había sido una casualidad o si el propio Nunatak los había reclamado.
En la habitación del fondo, donde el viento ártico golpeaba los cristales con una fuerza que parecía querer entrar, Elena y Clara no lograban conciliar el sueño. La penumbra estaba apenas iluminada por el parpadeo de los leds de carga de sus equipos.
—¿Lo sientes? —susurró Clara desde su litera—. No es solo el frío. Es como si el aire tuviera una carga eléctrica. Esa mirada de Malik... y ahora el sorteo. Tengo una inquietud que no me dejan los datos científicos.
Elena, mirando al techo de madera, asintió en la oscuridad.
—Es la sensación de ser observados, Clara. En el laboratorio de Copenhague todo parecía una gráfica de temperaturas, pero aquí, en este 2026 de deshielos extraños, parece que estamos invadiendo el jardín de alguien que no quiere visitas.
Finalmente, el cansancio las venció, pero el descanso no trajo paz. Elena se sumergió en un sueño vívido y aterrador, arrastrada por las historias que había leído sobre la mitología inuit. En su mente, el Nunatak de basalto no era una montaña, sino un diente negro que surgía del hielo para rasgar el cielo.
Soñó con Adlivum, el "mundo de los que están debajo". En el sueño, el suelo de la posada se volvía transparente como el cristal y bajo sus pies veía un reino de sombras azules y grises. No era un lugar de muerte, sino de una vida distinta, gélida y eterna. Veía figuras de hombres y mujeres de otras expediciones caminando en círculos bajo kilómetros de hielo, con los ojos blancos y la piel del color del permafrost, custodiando una puerta de obsidiana que latía con un calor negro.
En el clímax de la pesadilla, una voz que no era humana, sino que sonaba como el crujido de un glaciar al romperse, pronunciaba su nombre. Elena despertó de golpe, bañada en un sudor frío que se enfriaba instantáneamente en el aire de la habitación.
Se incorporó, jadeando. A través de la ventana, la aurora boreal de este 2026 danzaba sobre el horizonte con un verde violento y antinatural. Elena supo entonces que el sorteo no había sido azar: Adlivum los estaba llamando y el viaje de mañana hacia el Nunatak no era hacia una montaña, sino hacia el umbral de lo desconocido.
La mañana del lunes 19 de enero de 2026 amaneció con un cielo de color plomo. La tormenta nocturna había dejado tras de sí muros de nieve fresca que bloqueaban casi por completo la entrada de la posada. Durante el desayuno, el ambiente era pesado, cargado por la falta de sueño y la electricidad estática que aún erizaba el vello de los científicos.
Elena, con la taza de café temblando levemente entre sus manos, buscó a Malik. Lo encontró en el vestíbulo, encerando los patines de un trineo con movimientos lentos y rítmicos.
—Malik, anoche tuve un sueño —comenzó ella, tratando de sonar clínica, aunque su voz la traicionaba—. Soñé con un lugar bajo el hielo... con figuras atrapadas y una puerta de obsidiana. Soñé con Adlivum.
Al pronunciar ese nombre, Malik detuvo su tarea en seco. Una chispa intensa, una mezcla de alarma y un respeto ancestral, se encendió en sus ojos oscuros mientras miraba a la geóloga. Dejó caer el trapo y se acercó a ella, bajando el tono para que los demás, que revisaban los GPS en el comedor, no pudieran oírle.
—Soñar con Adlivum en este 2026 no es como soñarlo hace cien años, Elena —dijo Malik con gravedad—. Adlivum es el "lugar de los de abajo", el reino donde Sedna, la dueña del mar, purifica las almas de quienes han faltado al respeto a la tierra. Pero para nosotros, los inuit, soñar con ese lugar antes de una travesía significa que el velo entre los mundos se ha vuelto delgado.
Malik la tomó del antebrazo con firmeza, sus ojos fijos en los de ella.
—Significa que el Nunatak que habéis sorteado no es solo roca. En la leyenda, quien sueña con Adlivum ha sido "marcado" por los ancestros. Significa que la Puerta ya sabe que vas hacia ella. No es un sueño, Elena; es una invitación... o una advertencia de que el hielo te ha dejado de considerar una extraña para considerarte una pieza más de su mecanismo.
Elena sintió un escalofrío que el café caliente no pudo mitigar. Malik se dio la vuelta y, con un gesto brusco, señaló el horizonte donde el sol apenas lograba teñir de un gris sucio las nubes.
—Si vais hoy al Nunatak de basalto, recordad esto: en Adlivum, el tiempo no existe y el calor que buscáis no es físico, es el aliento de lo que vive debajo. Tened cuidado con lo que deseáis abrir.
El rugido de los trineos motorizados rompió el silencio sagrado de la mañana de este 18 de enero de 2026. Bajo un cielo que se cerraba como una losa de plomo, la expedición abandonó el último rastro de civilización en Kulusuk para adentrarse en una "carretera" que solo existía en los mapas satelitales y en la memoria de Malik.
El camino era una cinta de hielo negro y nieve compactada que serpenteaba entre formaciones de roca volcánica. A medida que avanzaban hacia el norte, la visibilidad cayó drásticamente. Las ráfagas de viento levantaban una nieve fina y cortante, conocida como purgi, que golpeaba los visores de sus cascos como si fueran miles de agujas de cristal. A los lados, el paisaje se volvía cada vez más inhóspito: los montículos de hielo perpetuo ya no eran diamantes brillantes, sino figuras retorcidas y amenazantes que parecían acechar tras la bruma.
—¡Mantened la distancia de seguridad! —gritó Elena por la radio, aunque su voz sonaba distorsionada por las primeras interferencias magnéticas—. ¡El suelo es inestable por la anomalía térmica!
El trayecto era un desafío para los sentidos. El horizonte se había borrado, fundiendo el cielo gris con el suelo blanco en un fenómeno de "luz plana" que eliminaba las sombras y la percepción de profundidad. Sentían que flotaban en un vacío gélido, donde lo único real era el vibrar de los motores y el eco de las palabras de Malik sobre Adlivum.
De repente, el GPS de Clara emitió un pitido agudo y la pantalla empezó a mostrar coordenadas imposibles, saltando de 2026 a fechas aleatorias.
—¡Elena! ¡Estamos perdiendo el posicionamiento global! —avisó Clara, con un tono de urgencia—. Algo está tirando de la señal hacia abajo, hacia el subsuelo.
Frente a ellos, surgiendo de la niebla como un colmillo de obsidiana, apareció finalmente la silueta del Nunatak de basalto. No era solo una montaña; era un monolito oscuro que parecía absorber la poca luz que quedaba en el día. Al acercarse, notaron algo que desafiaba toda lógica científica: a pesar de los -25 °C exteriores, el hielo en la base de la roca estaba derretido, formando un anillo de agua negra y vaporosa que exhalaba un calor antiguo y perturbador.
Habían llegado al umbral. La carretera terminaba allí, frente a la boca de una oscuridad que no pertenecía a los mapas del hombre.
La expedición detuvo los motores de los trineos simultáneamente, sumiendo el mundo en un silencio sepulcral que resultaba casi ensordecedor. Allí, frente a ellos, el monolito de basalto no parecía una formación natural producto de la erosión volcánica, sino un indicador geográfico colocado deliberadamente por una mano no humana.
La estructura se elevaba unos cincuenta metros, perfectamente hexagonal y de un negro tan absoluto que parecía un agujero en la realidad. Lo más impactante no era su forma, sino la energía que emanaba: el vapor que subía de su base derretida creaba una neblina perpetua que se movía en contra del viento, como si tuviera voluntad propia. Al acercarse, los cinco científicos notaron que la superficie de la roca estaba cubierta de unas finas líneas geométricas que brillaban con un tenue pulso azulado, sincronizado con el latido del grupo.
—Esto no es geología —murmuró Marcus, bajándose del trineo y extendiendo un sensor magnético que comenzó a emitir un chirrido agónico—. La densidad de esta roca es teóricamente imposible. No está apoyada sobre el suelo, parece que está anclada a una profundidad que mis instrumentos no logran alcanzar.
Elena se acercó al anillo de agua negra que rodeaba el monolito. Al observar su reflejo en el líquido caliente, no vio las nubes grises del cielo de este enero de 2026, sino un firmamento estrellado con constelaciones que no reconoció. El miedo de su pesadilla sobre Adlivum regresó, pero esta vez mezclado con una fascinación científica que la empujaba hacia adelante.
—Es una baliza —dijo Clara, con la voz temblorosa mientras revisaba los datos de su dron, que se negaba a sobrevolar la cumbre del monolito—. No está aquí para ser estudiada, está aquí para marcar una entrada. Malik tenía razón: el calor no es geotérmico. Es una fuga de energía de... de algo que está al otro lado.
Jonas, por primera vez, no tuvo bromas que hacer. El monolito se alzaba ante ellos como la última página de un libro que la humanidad aún no estaba lista para leer. Sabían que, si daban un paso más hacia ese vapor cálido y ancestral, el mundo que conocían en 2026 quedaría atrás para siempre, convirtiéndolos en los próximos nombres que Malik mencionaría en sus historias de desaparecidos.
Malik se acercó al monolito con una parsimonia que contrastaba con el nerviosismo del grupo. No llevaba instrumentos de medición ni tablas de datos; simplemente extendió su mano desnuda, permitiendo que el vapor cálido envolviera su piel. En este atardecer del 18 de enero de 2026, su figura parecía fundirse con la piedra negra.
—Habéis buscado una explicación en los satélites, pero la respuesta está en el aliento de mis antepasados —dijo Malik, volviéndose hacia ellos con una mirada profunda—. Este monolito no es una piedra, es un "Alausaq", un ancla.
El guía les explicó que, según las tradiciones orales que los cartógrafos europeos nunca quisieron registrar, estos pilares de basalto son los puntos de presión que mantienen el mundo de arriba unido al de abajo.
—No es un indicador geográfico de otro planeta, sino de otra dimensión del nuestro —continuó Malik, señalando las líneas geométricas azuladas—. Los inuit sabemos que el hielo es una piel. Cuando la piel se calienta y se retira, como está ocurriendo en este 2026, las "costuras" como esta quedan a la vista. El calor que sentís es el latido de Adlivum tratando de equilibrar el frío de la superficie.
Malik tocó una de las aristas perfectas del hexágono y, ante el asombro de los científicos, la roca vibró con un sonido armónico, similar al de un cuenco tibetano pero multiplicado por mil.
—La "Puerta" no es un agujero en el suelo —reveló finalmente—. La Puerta es la propia piedra. Se vuelve líquida para aquellos que saben cómo pedir permiso. Los que desaparecieron no murieron de frío; simplemente no entendieron que para entrar aquí no hace falta tecnología, sino dejar de ser un extraño para la tierra.
Elena retrocedió un paso, comprendiendo que su pesadilla era una premonición exacta. Malik no estaba allí solo para guiarlos por la nieve, sino para ser el testigo del momento en que la ciencia de 2026 se encontraba de frente con la eternidad de Groenlandia.
Bajo la apariencia de un guía experto en logística ártica, Malik ocultaba una identidad que se hundía en las raíces más profundas de su pueblo: él era un Angakok. En este 2026, donde la ciencia intentaba diseccionarlo todo con láseres y satélites, él seguía siendo el puente sagrado, un chamán capaz de viajar en trance al fondo del mar y a las entrañas del hielo para parlamentar con los espíritus.
Aquel monolito no era solo un fenómeno físico; era su altar. Como canalizador mental, Malik estaba allí con una misión que la "Iniciativa Ártica" desconocía: él era el único capaz de sintonizar las mentes de los científicos con las entidades que habitaban el Adlivum. Sabía que, sin su mediación, la energía del monolito simplemente freiría las mentes de Elena y su equipo, como ya les ocurrió a los que desaparecieron en 2025.
Malik cerró los ojos, y aunque sus labios no se movían, el equipo empezó a escuchar una voz directamente en sus pensamientos. No era una comunicación verbal, sino una cascada de imágenes, olores a mar prehistórico y una sensación de una presencia inmensa y antigua que los observaba desde el basalto.
—No tengáis miedo —resonó en la mente de Elena, con la textura del hielo rompiéndose—. Él está abriendo el camino.
Malik se mantuvo inmóvil, actuando como un pararrayos psíquico. Su piel comenzó a brillar con el mismo tono azulado que las líneas del monolito. Estaba filtrando la inmensidad de las entidades de las profundidades para que los cinco expedicionarios pudieran soportar la visión de lo que estaba por venir. Por fuera, seguía pareciendo el guía que les servía café en la posada; por dentro, estaba librando una batalla mental para que la Puerta no los devorara, sino que les hablara.
Aquel era el verdadero propósito del viaje: no una medición térmica, sino el primer contacto telepático entre la humanidad técnica de 2026 y los guardianes milenarios del corazón de Groenlandia.
A pesar de que el monolito parecía una pared sólida de basalto, Malik sabía que la materia es solo una ilusión para quien sabe mirar con los ojos del espíritu. El Angakok comenzó a rodear la estructura hexagonal, pero no caminaba sobre la nieve; sus pies trazaban un patrón geométrico preciso sobre el anillo de agua negra que hervía a borbotones.
—La entrada no se busca con las manos, sino con la frecuencia del corazón —susurró Malik, aunque su voz resonó en las mentes de los expedicionarios como si fuera el estruendo de un glaciar partiéndose en dos.
De pronto, Malik se detuvo ante una de las caras del monolito que parecía más oscura que las demás. No había picaportes ni ranuras, pero en este 18 de enero de 2026, la luz de la aurora boreal comenzó a ser absorbida por la piedra. Malik colocó su frente contra el basalto frío y empezó a entonar un piseq, un canto ancestral que vibraba en una frecuencia tan baja que hizo que los sensores digitales de Clara estallaran en mil pedazos.
Ante los ojos incrédulos de la expedición, la roca empezó a comportarse como un fluido. El basalto sólido se onduló como la superficie de un lago agitado por una piedra.
—Mirad —señaló Elena, cuya formación científica luchaba por procesar lo que veía—. La estructura molecular está cambiando... se está volviendo permeable.
Malik introdujo un brazo en la roca, que lo tragó como si fuera humo negro. Luego, se giró hacia el grupo. Su rostro ya no era el del guía amable; sus ojos brillaban con una luz blanca, la mirada de un ser que ya está viendo el Adlivum.
—El santuario está abierto —dijo Malik, y una grieta vertical, perfecta y luminosa, se rasgó en el centro del monolito, revelando un túnel que descendía en una espiral infinita hacia el corazón de la isla—. No es una cueva, es el canal por donde respira la Tierra. Si entramos, vuestros relojes se detendrán. El 2026 será solo un eco lejano.
El vapor que salía de la entrada olía a ozono y a mar antiguo. Malik dio el primer paso hacia la oscuridad luminosa, invitándolos a penetrar en el santuario donde las entidades esperaban para revelar por qué la última costura del hielo se estaba deshilachando.
Malik los guio hacia el interior de la grieta, y el grupo experimentó una transición sensorial absoluta. Al cruzar el umbral del monolito, el rugido del viento ártico de este 18 de enero de 2026 desapareció, sustituido por un zumbido rítmico que parecía el latido de un corazón colosal.
No descendían por una cueva de piedra, sino por un corredor de geometría imposible donde las paredes no eran de roca, sino de un hielo negro y cristalino que atrapaba la luz en su interior. A medida que Malik avanzaba, el suelo bajo sus pies vibraba. Los expedicionarios caminaban en trance, viendo cómo sus propios cuerpos emitían una sutil luminiscencia azulada; en este santuario, la materia se volvía energía.
—Bienvenidos a la columna vertebral del mundo —dijo Malik, cuya voz ahora se expandía en todas direcciones sin necesidad de radio.
A los lados del camino, el santuario revelaba sus secretos. Vieron inmensas esferas de luz suspendidas en el vacío, donde se proyectaban imágenes de la Groenlandia de hace diez mil años y la de un futuro incierto. Elena observó, sobrecogida, cómo las corrientes térmicas que venían a estudiar se materializaban aquí como hilos de fuego dorado que tejían el manto del permafrost desde abajo.
—No miréis a las sombras —advirtió el Angakok cuando Jonas intentó acercarse a una de las figuras translúcidas que custodiaban los laterales—. Son los Guardianes de la Memoria. Si os tocan, vuestros recuerdos se disolverán en el hielo eterno.
Llegaron a una cámara central donde el techo desaparecía en una infinidad de estrellas subterráneas. En el centro, una inmensa masa de agua líquida desafiaba la gravedad, flotando como una lágrima gigante. Malik se detuvo y señaló el centro de la esfera líquida, donde una grieta roja palpitaba con fuerza.
—Esa es la herida —reveló Malik—. La "costura" que se está rompiendo. El calor que vuestros satélites detectaron en la superficie es la sangre de la Tierra escapando. Las entidades me han dicho que el 2026 es el año del gran sellado... o de la ruptura final.
Los cinco científicos, despojados de su arrogancia técnica, comprendieron que estaban en el centro de mandos del planeta. Malik, el canalizador, comenzó a elevar sus manos, preparándose para el ritual que pondría a los humanos en contacto directo con las entidades que habitan el Adlivum.
El aire en el interior de la cueva comenzó a espesarse, transformando la realidad de este enero de 2026 en algo irreconocible.
Malik, el Angakok, extendió sus brazos y sus dedos parecieron alargarse, tocando las aristas del basalto. No hubo palabras, pero Elena, Clara y los tres hombres sintieron un tirón violento en la base del cráneo. El paisaje de Groenlandia desapareció. Ya no estaban en una cueva; estaban flotando en una red de luz azul que conectaba el núcleo de la Tierra con las estrellas. Malik estaba actuando como un transformador eléctrico, impidiendo que la pura energía de las entidades los desintegrara.
A través de la mente de Malik, las figuras que Elena vio en su sueño empezaron a materializarse en el vapor. No eran fantasmas, sino conciencias antiguas que custodiaban el equilibrio térmico del planeta. El mensaje fue claro y aterrador: la anomalía que detectaron los satélites en 2026 no era un fallo geológico, sino una señal de socorro. La "costura" se estaba rompiendo no solo por el calor exterior, sino porque algo desde el "otro lado" estaba intentando salir para evitar la extinción del hielo.
Jonas, el bromista, fue el primero en caer de rodillas, abrumado por la visión de una Groenlandia sin hielo que las entidades le proyectaron. Elena comprendió que su misión técnica era irrelevante. Los sensores de miles de euros esparcidos por la nieve no servían para nada frente a la verdad que Malik les estaba revelando: la Puerta necesitaba ser sellada desde dentro, y los instrumentos humanos eran la llave, pero solo si se usaban bajo las leyes del Angakok.
—Elegid —resonó la voz de Malik en sus cerebros, mientras la cueva empezaba a volverse translúcida, revelando una escalera de luz que descendía hacia las profundidades de Adlivum—. Podéis volver a vuestras ciudades y contar que no encontrasteis nada, o podéis cruzar y ser la costura que mantenga este mundo unido.
La expedición de cinco personas se miró. El viento del 2026 seguía soplando fuera, pero ellos ya no pertenecían del todo a ese tiempo.
Tras el trance de Malik, las leyes de la física del 18 de enero de 2026 se disolvieron como escarcha al sol. El Angakok permanecía suspendido a unos centímetros del suelo, con sus ojos convertidos en dos cuencos de luz blanca, mientras una serie de fenómenos inexplicables transformaban el santuario en un escenario de pesadilla y maravilla.
Primero, el tiempo se volvió líquido. Elena miró su cronómetro digital y vio con horror cómo los números no solo corrían hacia atrás, sino que empezaban a transformarse en símbolos rúnicos que palpitaban al ritmo del corazón de la isla. En un parpadeo, sus compañeros envejecían y rejuvenecían: Clara vio sus manos arrugarse y luego volverse las de una niña en cuestión de segundos, mientras el eco de conversaciones que aún no habían tenido resonaba en las paredes de hielo negro.
—¡No intentéis sujetaros a nada! —gritó la voz de Malik en sus mentes, aunque su cuerpo físico permanecía inmóvil—. El tiempo aquí es solo una corriente, y la costura se ha deshecho.
De pronto, la gravedad se invirtió. El grupo sintió un vacío en el estómago cuando sus pies dejaron de tocar el suelo y empezaron a flotar hacia la bóveda de estrellas subterráneas. El equipo técnico —los sensores magnéticos y las cámaras— se desprendió de sus arneses y comenzó a girar alrededor de la esfera de agua central, fundiéndose en una masa de metal líquido que las entidades del Adlivum estaban "reciclando" para sellar la herida.
Pero lo más extraño fue la aparición de los otros. De las paredes de cristal empezaron a emerger las figuras de los expedicionarios desaparecidos en 2025. No eran cadáveres, sino proyecciones de luz azulada que caminaban por el techo y las paredes, realizando tareas incomprensibles. Uno de ellos se acercó a Jonas y le susurró algo al oído que lo dejó paralizado: un secreto sobre el futuro de Groenlandia que ningún ser humano debería conocer.
El santuario comenzó a emitir un sonido ensordecedor, una nota pura que hacía vibrar cada átomo de sus cuerpos. La grieta roja en la esfera de agua empezó a cerrarse bajo la presión mental de Malik, pero a cambio, el santuario exigía un equilibrio. El aire se llenó de una nieve que caía hacia arriba, y cada copo, al tocar la piel de los científicos, les transmitía visiones de una tierra donde el hielo y el fuego eran una sola cosa.
La última costura estaba siendo remendada, pero el precio del hilo era la cordura de quienes se atrevieron a mirar.
Justo cuando la nota vibratoria alcanzó su punto álgido, el espacio frente a la esfera de agua se rasgó. No fue una explosión, sino un despliegue silencioso y fluido: como si la propia oscuridad del santuario se doblara sobre sí misma. De la nada más absoluta, comenzó a materializarse la Puerta.
Apareció primero como un marco de filamentos de platino y sombra que palpitaban con el ritmo de una respiración lenta. No era una puerta de madera o piedra; era un umbral de energía pura y sólida que desafiaba toda lógica de este enero de 2026. Los bordes estaban grabados con una escritura que se movía, símbolos que cambiaban de forma cada vez que alguien intentaba enfocarlos, como si la puerta estuviera viva y leyera las mentes de quienes la observaban.
—Ahí está —susurró Malik, cuya voz ahora era un coro de mil almas—. La verdadera costura de Adlivum.
A través del centro translúcido de la puerta, los expedicionarios no vieron más cueva, sino un horizonte imposible. Vieron un océano de nubes de color violeta y estructuras de cristal que desafiaban la gravedad, un mundo donde el frío era una forma de luz. La Puerta actuaba como un cristal de aumento hacia otra dimensión, y el calor que emanaba era ahora un perfume a tierra antigua y ozono que inundó sus sentidos.
Elena dio un paso al frente, hipnotizada. Al acercarse, notó que la Puerta no solo mostraba otro lugar, sino que emitía una atracción gravitatoria. Sus cabellos y las correas de su equipo empezaron a ser succionados hacia el interior del umbral.
—Si la Puerta se materializa por completo, el equilibrio se restablecerá —advirtió Malik, mientras su cuerpo empezaba a volverse transparente—. Pero para que se cierre desde fuera, alguien debe sostenerla desde el otro lado.
El monolito de basalto exterior, en la superficie de Groenlandia, empezó a brillar con tal intensidad que pudo verse desde la costa de Kulusuk. El indicador geográfico de otro mundo estaba cumpliendo su función final: servir de anclaje para que la Puerta terminara de anclarse en nuestra realidad.
La Puerta estaba totalmente abierta. El destino de la expedición y de la propia isla dependía ahora de quién se atreviera a cruzar el umbral de la última costura del hiel.
Al cruzar el umbral, la sensación de calidez y la luz azulada del santuario se extinguieron de golpe. El grupo no llegó a un paraíso de cristal, sino a la verdadera entraña del Adlivum: un lugar de una desolación aterradora que parecía el cementerio de todos los inviernos de la historia.
Se encontraban en una llanura infinita bajo un cielo de un color gris ceniza, donde no había sol, ni estrellas, ni horizonte. El suelo no era nieve, sino una amalgama de huesos fosilizados y ceniza volcánica que crujía con un sonido quebradizo bajo sus botas. En este rincón olvidado del 2026, el aire no se movía; estaba estancado y pesado, con un olor metálico a sangre seca y permafrost podrido que les revolvía el estómago.
—¿Dónde estamos? —logró articular Clara, cuya voz sonó apagada, como si el entorno devorara el sonido.
A lo lejos, siluetas de estructuras colosales y retorcidas se alzaban como costillas de gigantes muertos. No eran edificios, sino excrecencias de un mineral oscuro que goteaba un líquido negro que nunca llegaba a tocar el suelo. No había rastro de las entidades de luz; aquí, en la profundidad del Adlivum, solo había sombras alargadas que se arrastraban por la periferia de su visión, moviéndose con una lentitud agónica.
Malik, cuya luminiscencia chamánica se había reducido a un débil parpadeo, caminaba con la cabeza gacha.
—Este es el lugar donde el hielo guarda lo que quiere olvidar —susurró con miedo—. Es el vertedero de la creación. La "costura" se rompió aquí porque el horror de este lugar está intentando filtrarse hacia nuestra Groenlandia.
De repente, el silencio fue roto por un lamento colectivo que parecía surgir del propio suelo. Miles de rostros sin ojos empezaron a formarse en el polvo de ceniza a sus pies, abriendo bocas silenciosas en un grito eterno. Elena comprendió con horror que la anomalía térmica que buscaban era en realidad el calor de la putrefacción de este mundo inferior que amenazaba con derretir la realidad desde abajo.
Estaban en el corazón de la pesadilla, y la Puerta por la que habían entrado comenzaba a desvanecerse, dejándolos atrapados en la desolación absoluta del revés del mundo.
El frío de Adlivum no era térmico; era una ausencia de alma. Mientras se adentraban en aquella llanura de ceniza, la arquitectura de la desolación comenzó a plegarse sobre ellos. Las costillas gigantes que divisaban no eran minerales, sino los restos de conceptos olvidados: geometrías que la mente humana no podía procesar y que causaban un dolor físico tras los ojos de Elena y Clara.
De pronto, Malik se detuvo. Su cuerpo empezó a vibrar, pero no con la luz azul del Angakok, sino con una negrura absoluta.
—No somos los salvadores de la costura —dijo Malik, y su voz ya no era humana, sino el chirrido de un billón de insectos bajo el hielo—. Somos el material de reparación.
El grupo comprendió el horror cósmico de su situación: el santuario no los había llamado para "sellar" la puerta con su ciencia, sino para ser la materia prima. Las sombras que se arrastraban por el suelo se abalanzaron sobre Jonas, pero no lo mataron; lo deshicieron. Vieron con una parálisis aterradora cómo el cuerpo de su compañero se deshilachaba en filamentos de puro miedo que volaban hacia la grieta roja, zurciendo el tejido de la realidad con su propia existencia.
Elena intentó correr hacia la Puerta, que ahora era apenas un hilo de luz en la inmensidad gris, pero el espacio se estiraba infinitamente. Cada paso que daba la alejaba más.
—¡Malik, detén esto! —gritó Clara, pero al mirar al guía, vio que su rostro se había borrado, convirtiéndose en una superficie lisa de basalto.
Su final fue un susurro de revelación: la "anomalía térmica" de este 2026 no era una fuga de calor, sino la exhalación de una entidad tan vasta que toda Groenlandia no era más que una costra sobre su espalda. La Puerta no se cerró con un ritual, sino con el silencio de cinco vidas borradas de la historia.
En la superficie de Groenlandia, cerca de Kulusuk, el monolito de basalto recuperó su negro absoluto. No había rastro de los trineos, ni de las cajas, ni de las huellas. En los registros de la "Iniciativa Ártica", la expedición de Elena nunca figuró. Al revisar los archivos en la base, un técnico encontró una fotografía del equipo tomada antes de salir: en ella, solo aparecía el paisaje blanco y vacío.
La costura se había cerrado perfectamente, borrando no solo a los humanos, sino incluso el recuerdo de que alguna vez intentaron saber la verdad. Groenlandia seguía allí, blanca e impasible, guardando bajo el hielo a los cinco nuevos hilos que sostenían su realidad.
El silencio que se asentó sobre el sector 4 tras la desaparición de la expedición no era el silencio de la paz, sino el de una digestión lenta. El monolito, ahora una aguja de obsidiana vibrante, se erigía como el epitafio de una ambición humana que, en este 2026, cometió el error último: creer que toda anomalía es un dato y toda puerta, una invitación.
Hay umbrales que no han sido diseñados para ser cruzados. Existen fronteras grabadas en la estructura misma de la realidad que actúan como sellos de seguridad, barreras necesarias entre nuestra frágil lógica y un horror cósmico que no entiende de piedad ni de tiempo. Elena y su equipo buscaron una respuesta técnica y encontraron una verdad absoluta: hay puertas que no deben abrirse, porque su propósito no es ocultar un secreto, sino contener un hambre.
La visión final tras el umbral de Adlivum no era un mundo ajeno, sino un espejo cruel de nuestro propio futuro. Lo que los expedicionarios vieron antes de ser asimilados no fue una galaxia distante, sino una Tierra futura, una imagen del planeta devorado por esa misma desolación cenicienta. La anomalía térmica no era el problema; era la fiebre de un organismo que intentaba defenderse de lo que ahora, gracias a la apertura de la puerta, comenzaba a filtrarse sin remedio.
Desde las profundidades del monolito, una mancha de oscuridad líquida comenzó a extenderse por debajo del hielo eterno. No era visible a simple vista, pero el permafrost empezó a vibrar con una frecuencia que los satélites de la ESA empezarían a registrar como un latido extraño en los días siguientes. La "costura" no solo se había roto; se estaba deshilachando hacia fuera.
El santuario ya no se conformaba con los cinco sacrificios. Como una infección que ha encontrado una herida, el vacío de Adlivum comenzaba a reclamar primero la isla de Groenlandia, luego las corrientes del Atlántico y, finalmente, la totalidad del continente. La imagen final de este 2026 es la de un planeta que, bajo su piel de ciudades y nubes, empieza a ser sustituido por la arquitectura de huesos y ceniza de la Puerta.
El Ártico, el lugar donde la humanidad esperaba encontrar las respuestas para su supervivencia, se había convertido en el punto de entrada de su borrado definitivo. La última costura del hielo se había soltado, y lo que había al otro lado tenía toda la eternidad para terminar de devorar lo que quedaba de nuestro mundo.
Mientras tanto, en los despachos de la "Iniciativa Ártica", situados en un rascacielos de cristal en Nuuk que desafiaba la ventisca de este enero de 2026, el ambiente era de una frialdad burocrática aterradora. Mientras el mundo exterior se estremecía bajo un clima cada vez más errático, dos oficiales de inteligencia y un representante de la corporación científica revisaban los registros de la misión.
—El informe de baja es definitivo —dijo el oficial, deslizando una tableta sobre la mesa de caoba—. La expedición de Elena y su equipo ha sido declarada como "pérdida total por fenómeno meteorológico extremo".
En la pantalla, el gráfico de actividad mostraba una línea plana. No había señales de socorro, ni grabaciones de audio, ni rastro de los cinco miembros. Sin embargo, en el despacho reinaba una calma sospechosa. No había sorpresa en sus rostros, solo la eficiencia de quien archiva una factura pagada.
—¿Y el guía local, ese tal Malik? —preguntó el representante de la corporación, ajustándose el nudo de la corbata.
—No figura en el censo de Kulusuk. Nunca figuró. Los habitantes del pueblo dicen que no conocen a nadie con ese nombre que trabaje con perros de trineo. Según los archivos gubernamentales del Naalakkersuisut, el hombre que aparece en la foto del hangar murió en una expedición en 1926, exactamente un siglo antes de que estos científicos aterrizaran.
El silencio se hizo pesado. En la esquina de la mesa, un monitor mostraba los datos satelitales en tiempo real del sector 4. La mancha térmica que el equipo fue a investigar no había desaparecido; al contrario, se estaba expandiendo con una forma que recordaba vagamente a una mano abierta, extendiéndose desde el corazón de Groenlandia hacia las costas de Europa y América del Norte.
—¿Qué ponemos en la conclusión del informe para la prensa? —preguntó el oficial administrativo, con los dedos sobre el teclado.
El director miró por el ventanal hacia el horizonte gris de la ciudad. Sabía que la "costura" estaba abierta y que lo que fuera que Malik había dejado pasar ya estaba viajando por los cables de fibra óptica y las corrientes submarinas.
—Pon que Groenlandia es un lugar peligroso para los curiosos —respondió con una sonrisa gélida—. Pon que "hay puertas que no deben abrirse". Y luego, borra la carpeta del proyecto. A partir de hoy, el sector 4 no existe en los mapas de este 2026.
Mientras el archivo se eliminaba, en el fondo del monitor, un pequeño punto rojo parpadeó una última vez antes de apagarse, dejando a la humanidad a oscuras frente al hambre que acababa de despertar bajo el hielo.
A pesar de que los archivos fueron borrados en los niveles altos, la desaparición de un equipo de cinco científicos en este enero de 2026 no pudo ser contenida por mucho tiempo. El eco de la anomalía magnética detectada antes del borrado atrajo a una segunda expedición, esta vez financiada de forma encubierta por un consorcio internacional decidido a no dejar cabos sueltos.
A diferencia del primer grupo de científicos, esta segunda expedición no traía solo drones y termómetros. Al puerto de Kulusuk llegó una unidad de respuesta rápida equipada con tecnología de filtrado cuántico para intentar mitigar las interferencias del sector 4. Sabían que algo se había filtrado desde abajo y que la "costura" estaba cediendo.
—No busquéis supervivientes —ordenó el nuevo líder, un exmilitar curtido en entornos extremos—. Buscad el origen de la emisión. Si encontramos a los de la primera misión, lo más probable es que ya no sean quienes recordamos
El viaje por la carretera inhóspita fue distinto esta vez. Los hielos perpetuos que antes eran diamantes brillantes ahora estaban teñidos de una vena grisácea que parecía pulsar con el mismo ritmo que el corazón de la isla. Al llegar al Nunatak de basalto, los nuevos expedicionarios no encontraron el anillo de agua negra, sino un cráter de ceniza que se extendía en círculos concéntricos.
El monolito ya no era solo una piedra; ahora emitía un zumbido que hacía sangrar los oídos de quienes se acercaban sin protección. El equipo desplegó sus cámaras de alta frecuencia, pero las imágenes no capturaban roca, sino una red de filamentos oscuros que se elevaban hacia el cielo, conectando la isla con las nubes.
Mientras aseguraban el perímetro, uno de los especialistas encontró algo que el borrado administrativo no pudo eliminar en el mundo físico: una de las cámaras de Clara, la ingeniera de la primera misión, medio fundida con el basalto. Al extraer la memoria protegida con protocolos de 2026, lo que vieron no fue una grabación de video, sino un bucle de audio de apenas tres segundos.
Era la voz de Elena, distorsionada por una estática que no pertenecía a este mundo:
—No es una puerta... es una boca. No entrad. No...
La orden de retirada fue inmediata, pero la segunda expedición descubrió con horror que el camino por el que habían venido ya no existía. La bruma de Adlivum había avanzado, y las sombras alargadas que Malik había despertado ya estaban rodeando el cráter. La última costura del hielo se había deshecho por completo, y la búsqueda de los desaparecidos acababa de convertirse en el primer día de la invasión silenciosa.
En los salones de Nuuk, los informes seguían acumulándose bajo el rótulo de "incidente geológico", pero en las calles, la realidad de este enero de 2026 hablaba un lenguaje mucho más antiguo. Mientras la segunda expedición se perdía en el vacío del sector 4, el hambre de Adlivum ya no necesitaba puertas; se manifestaba en la propia carne de la isla.
En un parque infantil a las afueras de la ciudad, un grupo de niños inuit se detuvo, con las manos enguantadas señalando hacia la costa. Allí, donde el puerto se encontraba con las montañas de basalto, se alzaba una imponente mole negra. Los adultos, cegados por sus prismáticos científicos y sus miedos burocráticos, comentaban entre ellos que solo se trataba de una nueva roca que el deshielo acelerado de este año había dejado al descubierto.
—Mirad esa montaña —susurró uno de los niños, con los ojos muy abiertos—. Se parece a las historias que cuenta el abuelo.
—Es solo piedra, tonto —respondió otro, aunque no pudo apartar la mirada de la extraña textura de la roca, que no brillaba con el hielo, sino que parecía cubierta de un musgo pétreo y oscuro.
De pronto, el silencio de la tarde fue roto por un crujido sísmico, un estruendo de granito chocando contra granito. Ante la mirada atónita de los pequeños, la "mole negra" comenzó a desplazarse. Lo que creían que era una arista de la montaña se flexionó como una rodilla gigantesca. Una cabeza colosal, coronada por líquenes milenarios y ojos que brillaban con la luz de una estrella muerta, emergió del torso de piedra.
Malik había dicho que en Groenlandia no había trolls, pero quizás solo era una verdad a medias: no los había mientras la costura del hielo permaneciera cerrada. Ahora, con el sello roto, el Troll del Inlandsis —una entidad de Adlivum hecha de tierra y rencor— se había materializado en nuestra dimensión.
Con una lentitud majestuosa y aterradora, el ser se dio la vuelta, ignorando los rascacielos y las luces de la ciudad de Nuuk. Cada uno de sus pasos hacía vibrar los cimientos de la capital de Groenlandia. No buscaba destruir la ciudad; simplemente caminaba hacia el norte, de regreso al corazón del hielo, como si fuera el pastor que viene a recoger lo que queda de su rebaño.
Los niños observaron en silencio cómo la mole se fundía con la tormenta de nieve. La última costura se había deshecho, y las leyendas que Malik intentó ocultar ya caminaban libremente por la superficie del mundo, recordándonos que, en este 2026, la tierra finalmente había recuperado su voz más antigua y monstruosa.
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