MEMORIAS DE UNA AGONÍAS



Prólogo
Voy a contar otra anécdota de mi vida. Ya sé, ya lo sé, que en teoría esto no le importa a nadie. Vivimos en una época donde parece que si no eres famoso o no tienes un millón de seguidores, tus días carecen de valor. Sin embargo, las biografías siempre han existido y, curiosamente, siempre se han "vendido" muy bien. Hay algo magnético en asomarse a la existencia ajena, tal vez para buscar un reflejo de la nuestra o para entender cómo otros logran sobrevivir a este viaje.
Bajo esa premisa, hace un tiempo se me ocurrió mandar una propuesta a una iniciativa de televisión capitaneada por el periodista Francesc Escribano. El proyecto tenía un título directo y honesto: “Explica’ns la teva vida” (Cuéntanos tu vida). Fui realista desde el primer minuto. Sabía que mi propia vida no tenía el gancho ni el interés necesario, así que no hablé de mí. En su lugar, decidí enviar la historia de mi madre.
Al fin y al cabo, ella encarnaba un relato que yo conocía de sobra. Una historia forjada en una época oscura, marcada a fuego por la pobreza, el dolor y el sufrimiento silencioso de una generación que lo perdió todo menos la dignidad.
Para nuestra sorpresa, el proyecto respondió. El propio Francesc Escribano se puso en contacto con ella. No hubo llamadas rápidas ni cámaras de por medio; la conexión se tejió a la antigua usanza, a través de la palabra escrita. Francesc le envió varias cartas, preguntándole cosas, tirando con delicadeza de los hilos de sus recuerdos e indagando en una historia que para nosotros era cotidiana, pero que ante los ojos del periodista se desvelaba como algo tan fascinante como desgarrador. Mi madre contestaba y recibía aquellas respuestas con una emoción indescriptible. Esas cartas se convirtieron en algo sagrado para ella; las guardaba y las protegía como un auténtico tesoro.
El impacto real llegó al final de aquella correspondencia. Nos pidieron algo que jamás habríamos imaginado: querían nuestro permiso explícito para incluir el testimonio y las vivencias de mi madre en un archivo oficial de historia y antropología cultural. Mi madre y yo flipamos. Aquella mujer que había pasado gran parte de su vida sintiéndose invisible, descubría de pronto que sus palabras, sus dolores y sus batallas personales tenían un valor histórico incalculable para comprender el tejido social de nuestro pasado.
Lamentablemente, el destino de estos proyectos televisivos suele ser caprichoso y a menudo frustrante. Como sucede tantas veces, los vientos de los despachos cambiaron y Francesc Escribano terminó dejando el formato. El proyecto en sí no murió; de hecho, otras personas se hicieron cargo de la producción y lo llevaron hacia adelante. Sin embargo, ya nada fue igual. Al final, el programa careció por completo de esa esencia brillante, humana y cercana que Francesc le había impregnado desde el primer manuscrito.
Aquel proyecto continuó su rumbo desdibujado, pero las cartas y la verdadera historia de mi madre se quedaron en casa, intactas. Ese reconocimiento epistolar me enseñó que las vidas "anónimas" son, en realidad, las que sostienen el mundo y las que más merecen ser contadas. Y por eso, aunque insista en que esto no le importa a nadie, hoy abro de nuevo el baúl de los recuerdos y empiezo a escribir.
Capítulo 1: El volante del silencio y el misterio del ojo vago
Todo empezó, como tantas otras cosas en la vida que uno prefiere posponer eternamente, con la obligación de renovarme el carnet de conducir. Tengo que confesar que, en mi caso, ese trozo de plástico era poco más que un adorno en la cartera. No es que le tuviera manía, es que no me gustaba ni poco, ni mucho, ni nada tenerlo. Y bueno, siendo justas, parte de la culpa la tenía Antonia. Cada vez que iba de copiloto conmigo, parecía que le faltaban manos para agarrarse con todas sus fuerzas al asa que hay encima de la ventanilla del coche. Ver a alguien aferrarse así a la vida dentro de tu propio vehículo, de cara al parabrisas, pues qué queréis que os diga, te quita bastante la confianza.
Pero volvamos al origen del trauma. Un buen día, mi madre se levantó por la mañana, me miró fija y me soltó a bocajarro:
—Cati, te tienes que sacar el carnet de conducir. Por si un día Antonia tiene un problema y no puede llevar el coche.
Así, sin anestesia. Yo, para no parecer una cobardica ante semejante orden materna, asentí sumisa con la cabeza, pero por dentro me quería morir. No me hacía ninguna gracia, la verdad. Y claro, con la misma "ilusión" con la que entré a la autoescuela, así me fue. El paso por la primera academia fue un desastre absoluto. Me tuve que cambiar a mitad del proceso. Algún miembro de mi familia, tirando de guasa, dijo que me marchaba porque se habían enamorado de mí; pero la cruda realidad era otra. En esa primera academia pensaron que habían encontrado en mí un filón de oro, una mina de hacer dinero a costa de suspensos y prácticas infinitas, y tenían toda la intención de aprovecharse a gusto de mi paciencia. Así que corté por lo sano. Me apunté a una segunda autoescuela y, mira por dónde, allí aprobé a la primera, sin necesidad de ponerle velas a ningún santo ni encomendarme a ninguna virgen.
Eso sí, el aprobado no me quitó el miedo. Mi familia, que siempre ha sido de lo más parlanchina —de esos que no callan ni debajo del agua—, intuía perfectamente que cuando yo conducía iba sobrecogida, en una tensión máxima y metida en un mutismo absoluto. Era una cosa rarísima en casa: en cuanto yo ponía las manos en el volante y arrancaba el motor, el coche se convertía en un monasterio de clausura. Se quedaban todos mudos, quietos, como esperando el impacto.
Y así, entre el silencio de mis pasajeros y mi absoluta falta de ganas de conducir, fueron pasando los años. Iba renovando el carnet cuando tocaba y nunca pasaba nada. Hasta que llegó la última renovación.
Unos días antes del examen médico, me dio por pensar: «Catalina, tendrías que ir al oculista a ver si necesitas gafas... no por nada, chica, sino por seguridad». Pero como suele pasar, lo dejé estar. Fui al centro médico de renovación totalmente confiada, pensando que sería el mismo trámite aburrido de siempre. Pasé todas las pruebas satisfactoriamente (los mandos, las preguntas de rigor, el oído) y llegué, por fin, a la famosa prueba de las letras, esa en la que tienes que ir cantando lo que ves en el panel del fondo.
El médico me tapó un ojo. Silencio absoluto en la sala.
Vamos, que no di pie con bola. No acerté ni una sola letra, aquello parecía un jeroglífico egipcio. El médico me miró, extrañado, y me dijo:
—Catalina, no puedo renovarle el carnet. No ve usted absolutamente nada con ese ojo. ¿Ve usted bien en su día a día?
Yo, con toda la naturalidad del mundo, le contesté que sí, que por supuesto, que yo no había notado ninguna disminución de la visión en mi vida cotidiana. Ahora bien, no os voy a mentir: no puedo decir que la noticia de no poder renovarlo me diera un disgusto. Es más, creo que en ese preciso instante respiré aliviada pensando: «¡Por fin me libro de conducir para siempre!».
Pero la alegría dura poco en la casa del pobre. El doctor continuó con la prueba y me tapó el ojo con el que acababa de fracasar para examinar el otro.
—La visión en este ojo está perfecta —dictaminó.
Acto seguido, se quedó pensativo y me dijo:
—A ver, voy a hacer una prueba. Mire usted ahora al panel, pero con los dos ojos abiertos.
Y ahí ocurrió el milagro. Con los dos ojos abiertos le leí todas y cada una de las palabras del panel, carrerilla y sin dudar. El oculista me miró fascinado y soltó su veredicto:
—A usted le pasa una cosa que es muy poco común. Tiene un ojo que ha perdido casi toda la visión, pero como con el otro ve perfectamente, sucede que el cerebro acopla las dos imágenes y su visión general resulta perfecta. De todas formas, vaya al médico de familia y explíquele esto que le pasa. Así que... se libra usted por los pelos. Le voy a renovar el carnet.
Y yo, mientras él firmaba los papeles de la renovación, me quedé mirando el techo pensando para mis adentros: «Mi gozo en un pozo... otra vez a pasar tensión al volante».
Capítulo 2: El colapso, el milagro de TikTok y las farolas de Barraquer
Naturalmente, a mi doctora de cabecera no le comenté absolutamente nada del misterio de mis ojos. ¿Para qué? Bastante tenían ya conmigo; a veces pensaba que me miraban como a un conejillo de indias y no tenía yo el cuerpo para darles más material de estudio. Así que me callé. Sin embargo, el destino es muy astuto. Un buen día, estando en la consulta con la enfermera para otra cosa, me soltó una pregunta a traición. Creo que venía a cuento de mi edad, de los chequeos rutinarios que te tocan cuando vas cumpliendo años. Sin venir a cuento, me soltó:
—Catalina, ¿y qué tal vas de la vista?
Yo, poniendo mi mejor cara de póker, le respondí de lo más ufana:
—¡Uy, pues veo estupendamente!
Omitiendo, por supuesto, toda la película del ojo rebelde que se acoplaba con el otro en el carnet de conducir. Pero las enfermeras tienen un sexto sentido para detectar cuándo les estás ocultando algo, y ella no se quedó nada conforme con mi entusiasmo. Me miró de reojo y me dijo con tono protector:
—Mira, Catalina, por si acaso, sería conveniente que te hicieras un fondo de ojo.
Pensé para mis adentros que, bueno, tampoco estaría mal echar un vistazo por si las moscas. Así que entré en la rueda. Me han llegado a hacer tres fondos de ojo en total. Los dos primeros salieron perfectos, intachables. Pero en el tercero la cosa se torció. Noté el runrún en las caras de los técnicos; salió "algo" en los resultados que no me quisieron decir en ese momento y, con cara de circunstancias, me derivaron directamente al oftalmólogo del hospital.
Imaginaos el panorama. Yo, que soy una agonías de manual y que me pongo en lo peor a la mínima, me presenté en la consulta con el corazón en la boca. Me hicieron la exploración pertinente con esas luces cegadoras y, en cuanto terminó, la oftalmóloga se giró y me soltó a bocajarro, sin anestesia ni miramientos:
—Tiene usted cataratas en los dos ojos. Se tiene que operar de inmediato.
Mi cerebro colapsó en el acto. Me quedé blanca, tiesa en la silla. Y antes de que pudiera procesar la palabra "quirófano" o recuperar el aliento tras semejante impacto, la doctora, con la mayor naturalidad del mundo —como quien te pregunta si quieres el café con leche entera o desnatada—, me suelta:
—¿Qué fecha le va bien para la operación?
¡Pero bueno! Ni me preguntó cómo me sentía, ni si quería pensarlo, nada. El protocolo de fábrica. Al ver mi cara de espanto, reuní las pocas fuerzas que me quedaban y le dije con total firmeza:
—Mire, no. Yo no me opero.
La doctora, al ver mi negativa rotunda, cambió de estrategia. Se lo tomó con más calma, suspiró y me dijo para rebajar la tensión:
—Está bien... Vamos a hacer una cosa. Vamos a ver cómo evoluciona en los próximos seis meses, a ver si mejora.
A ver, por favor, ¡que no somos tontos! Que todos sabemos que las cataratas no mejoran por arte de magia. En todo caso se estancan o no avanzan, pero ¿mejorar? Una catarata no da marcha atrás porque sí. Salí de allí indignada, asustada y con una cuenta atrás de seis meses grabada en la frente.
Y entonces, ocurrió el milagro de la era digital. Un día, perdiendo el tiempo con el móvil, me apareció en TikTok un vídeo de un doctor. Ya sé que buscar consejos médicos en TikTok no es precisamente lo más recomendable del mundo —que ahí dentro hay cada visionario que válgame Dios—, pero este hombre hablaba con mucha seguridad y aconsejaba fervientemente la luteína para proteger la salud ocular. Me dio buena espina. Así que, ni corta ni perezosa, me planté en la herboristería de siempre, consulté con la especialista sobre las propiedades de la luteína y decidí probarla. Total, perdidos al río.
Me tomé mis cápsulas rigurosamente cada santo día, sin saltarme ni una, hasta el mismísimo día de la consulta de revisión con el oftalmólogo.
Llegó el día del juicio final. Entré en la consulta con la espalda bien recta y dispuesta a pelear, pero el karma se puso de mi parte: la doctora que unos meses antes había osado intentar operarme a la carrera no estaba por ningún lado, y respiré tranquila. En su lugar, el destino me puso delante ni más ni menos que al jefe del servicio. El número uno.
Me sentó en la máquina, me miró los ojos de arriba a abajo y el médico empezó a poner cara de no entender nada. Comparaba los informes catastrofistas que había dejado su subordinada con lo que estaba viendo en directo en mis ojos, y el hombre no pudo evitar echarse a reír, totalmente desconcertado.
—Qué cosa más rara... —dijo rascándose la cabeza—. Su visión está ahora mismo en un 80%. Ha pasado de tener un 50% de visión a un 80%.
¡Milagro! La luteína había hecho su magia silenciosa. El médico, entre divertido y asombrado, terminó por dictaminar:
—Mire, está usted correcta. No hace falta operar para nada. El día que empiece a tropezar con las farolas por la calle, entonces vuelve usted por aquí.
Me dio la risa porque, en realidad, es exactamente lo que decía el mismísimo doctor Barraquer: las cataratas solo tienen que operarse cuando uno empieza a chocarse con las farolas de la acera. Y cuánta razón tenía. Al fin y al cabo, si tienes una visión aceptable que te permite hacer tu vida normal, ¿para qué meterte en un quirófano, pasar ese mal trago y exponerte a que no te dejen bien? Porque hay que reconocer las cosas como son: una operación de cataratas, por mucho que digan que es sencilla, no es infalible. Y yo, mientras conserve mi 80% y esquive bien las farolas de mi barrio, mantengo mis ojos bien lejos de los bisturís.

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