MANUSCRITO MARXISTA PARA TORPES

 

PRÓLOGO

Este no es un manual para quienes tienen áticos de 6 millones de euros ni yates de superlujo anclados en un puerto. Si tu mayor preocupación es saber en qué paraíso fiscal esconder tus millones o qué marca de champán servir en tu helicóptero, puedes cerrar este libro ahora mismo. Este manual está pensado para la gente común: para los que se despiertan temprano, trabajan ocho horas (o más), ven cómo su sueldo vuela a fin de mes y sospechan que el sistema económico actual está trampeado a favor de unos pocos.

El marxismo puede sonar a torres de marfil académicas, a libros interminables del siglo XIX y a un lenguaje técnico indescifrable. Pero en el fondo, es una caja de herramientas para entender por qué el mundo funciona como funciona.

EL MARXISMO PARA TORPES

O cómo entender a Marx sin acabar abrazado a un ejemplar de El Capital

Prólogo: Antes de empezar, respire

Si usted ha llegado hasta aquí y piensa que el marxismo consiste en repartir los bienes de la familia entre los vecinos, tranquilícese.

No.

Eso sería bastante complicado si su vecino tiene un chalet, tres coches y una colección de jamones.

El marxismo es algo bastante más interesante: un intento de comprender científicamente cómo funciona una sociedad, cómo produce su riqueza, quién controla esa producción y por qué unas personas poseen muchísimo mientras otras venden su tiempo para poder comprar las cosas que ellas mismas han producido.

Y aquí empieza el problema.

Porque Marx no se levantó una mañana diciendo:

«Hoy voy a inventar una ideología para cabrear a los señores con levita».

Marx se levantó, estudió filosofía, economía, historia, política, antropología de su época y las transformaciones producidas por la Revolución Industrial y llegó a una conclusión bastante incómoda:

si quieres comprender una sociedad, no basta con escuchar lo que dice de sí misma. Hay que mirar cómo produce su existencia.

Y eso, queridos lectores, ya nos mete de lleno en el fregado.

CAPÍTULO I



¿QUÉ DEMONIOS ES EL MATERIALISMO?

Aquí aparece la primera palabra capaz de provocar urticaria académica:

materialismo.

No significa que Marx creyera que solamente existen las cosas que puedes meter en una bolsa.

Tampoco significa:

—¿Eres materialista?

—Sí.

—¿Qué coche tienes?

—Un Seat.

Eso es otra cosa. 

En filosofía, el materialismo parte de una idea fundamental:

las condiciones materiales de existencia importan muchísimo para comprender cómo pensamos y cómo organizamos la sociedad.

Comemos antes de filosofar.

O, como mínimo, conviene.

Porque si llevas tres días sin comer, probablemente tu opinión sobre Aristóteles sea:

«Que me traigan una tortilla».

Y aquí aparece una cuestión profundamente filosófica.

¿Pensamos libremente?

Sí.

Pero no pensamos en el vacío.

Pensamos desde una determinada sociedad, una determinada época, unas determinadas relaciones económicas, una educación, una cultura y unas condiciones materiales concretas.

Un campesino medieval, una obrera textil de Manchester de 1840 y un programador de Silicon Valley pueden preguntarse:

«¿Qué sentido tiene mi vida?»

Pero probablemente las respuestas no serán idénticas.

El primero quizá rece.

La segunda quizá esté pensando en que trabaja catorce horas.

Y el tercero quizá esté preocupado porque su empresa acaba de sustituirle por una inteligencia artificial.

Plot twist: la inteligencia artificial también está explotada.

Bueno... eso lo dejamos para otro capítulo.

CAPÍTULO II





LA DIALÉCTICA, O CÓMO DOS COSAS PUEDEN TENER RAZÓN Y ESTAR A TORTAS

La dialéctica parece una palabra inventada para suspender oposiciones.

Pero en realidad es una herramienta filosófica para comprender procesos, contradicciones y transformaciones.

La realidad no permanece quieta.

Una semilla se convierte en planta.

La planta produce semillas.

Una sociedad agraria se transforma con nuevas tecnologías.

El feudalismo da paso al capitalismo.

El capitalismo desarrolla fuerzas productivas que, al mismo tiempo, generan nuevas contradicciones.

Y aquí Marx empieza a mirar el capitalismo con cara de:

«Esto funciona... pero hay algo que no me cuadra».

Porque el capitalismo tiene una característica fascinante:

socializa enormemente la producción, pero mantiene la propiedad privada de los medios de producción.

Dicho para torpes:

Para fabricar un teléfono pueden intervenir:

  • mineros;
  • ingenieros;
  • transportistas;
  • diseñadores;
  • trabajadores de fábricas;
  • programadores;
  • empresas energéticas;
  • sistemas logísticos;
  • distribuidores;
  • vendedores.

Es decir:

millones de personas participan directa o indirectamente en una producción cada vez más colectiva.

Pero la propiedad y los beneficios pueden concentrarse en relativamente pocas manos.

Marx ve aquí una contradicción.

Y la contradicción no es necesariamente un fallo accidental.

Puede ser precisamente el motor del cambio histórico.

CAPÍTULO III



EL CAPITAL: ESA COSA QUE CRECE MIENTRAS TÚ MIRAS

Aquí entramos en economía.

No huyan.

Prometo que habrá chistes.

Marx comienza por algo aparentemente inocente:

la mercancía.

Una mercancía tiene un valor de uso.

Una silla sirve para sentarse.

Un vestido sirve para vestirse.

Una sartén sirve para cocinar.

Un vestido de novia sirve además para provocar que alguien diga:

«¡Qué bonito!»

y posteriormente:

«¿Cuánto cuesta?»

Y aquí aparece la cuestión central.

En una economía capitalista, los productos no se fabrican únicamente porque sean útiles.

Se fabrican también para ser intercambiados y generar valor y beneficio.

Y Marx pregunta:

¿de dónde procede ese valor?

Su análisis conduce al trabajo humano socialmente necesario.

Y entonces aparece una de sus ideas más famosas:

LA PLUSVALÍA.

Explicación para absolutamente torpes:

Imaginemos una trabajadora que produce durante su jornada bienes cuyo valor permite cubrir el equivalente a su salario en, pongamos, cuatro horas.

Pero trabaja ocho.

¿Qué ocurre con las otras cuatro?

Ahí aparece la famosa plusvalía.

No significa que el empresario se haya levantado pensando:

«Hoy voy a robar cuatro horas porque soy un villano de Disney».

El asunto es mucho más sofisticado.

La explotación está incorporada estructuralmente a la relación entre trabajo asalariado y capital.

El trabajador vende su fuerza de trabajo.

El capitalista compra esa capacidad de trabajar.

Y durante la jornada laboral esa fuerza de trabajo puede producir un valor superior al necesario para reproducir el salario.

Ahí está el mecanismo.

Marx no necesita imaginar un capitalista malvado acariciando un gato.

Le basta con analizar la estructura económica.

Y esto es fundamental para comprender el marxismo.

CAPÍTULO IV



LA HUELGA: O CÓMO DEJAR DE VENDER TU FUERZA DE TRABAJO DURANTE UN RATO PARA QUE ALGUIEN SE DÉ CUENTA DE QUE EXISTES

Llegamos ahora a uno de los grandes inventos de la clase trabajadora:

LA HUELGA.

Según algunas mentes especialmente imaginativas, una huelga consiste en que los trabajadores se levantan por la mañana, miran el despertador, dicen:

«Hoy me quedo en casa porque me da la gana».

Y se vuelven a dormir.

No.

Eso sería una siesta.

La huelga es otra cosa.

Una huelga es una acción colectiva mediante la cual los trabajadores interrumpen su trabajo para defender sus intereses frente al empresario o frente al poder político.

Y aquí está la palabra importante:

COLECTIVA.

Porque si tú, individualmente, dices:

«No voy a trabajar».

puedes acabar teniendo un problema bastante serio con tu jefe.

Pero si lo dicen cien, mil o cien mil trabajadores al mismo tiempo...

Entonces aparece algo mucho más interesante:

el poder colectivo del trabajo.

1. ¿POR QUÉ UNA HUELGA PUEDE SER TAN PODEROSA?

Recordemos lo aprendido anteriormente.

El capital necesita trabajadores.

Una fábrica sin trabajadores es un edificio lleno de máquinas.

Un restaurante sin camareros es una sala con mesas.

Un hospital sin trabajadores sanitarios es un edificio muy caro con pasillos.

Una empresa tecnológica sin programadores puede convertirse rápidamente en una magnífica oficina con plantas.

El capitalismo tiene una peculiaridad:

el capital necesita que la fuerza de trabajo funcione.

Y aquí el trabajador descubre algo extraordinariamente sencillo:

«¡Ah, resulta que si todos dejamos de trabajar, la máquina económica también se para!»

¡Eureka!

No hacía falta estudiar cinco años de Economía.

2. LA HUELGA NO ES CONTRA EL TRABAJO

Esto conviene dejarlo clarísimo.

Una huelga no significa que el trabajador odie trabajar.

Normalmente significa precisamente lo contrario:

el trabajador quiere que su trabajo sea reconocido, remunerado y realizado en condiciones dignas.

El trabajador no dice:

«No quiero trabajar».

Dice:

«Quiero trabajar, pero no acepto estas condiciones».

Y ahí aparece una diferencia gigantesca.

La huelga no niega el trabajo.

La huelga cuestiona las condiciones en las que se realiza el trabajo.

Porque una cosa es decir:

«Trabajo».

Y otra muy distinta:

«Trabajo por un salario que no me permite vivir dignamente, con horarios abusivos, inseguridad laboral y sin capacidad real de negociar».

3. ¿Y QUÉ PRETENDE REALMENTE UNA HUELGA?

Aquí llegamos al corazón del asunto.

Una huelga pretende alterar la relación de fuerzas.

Eso es fundamental.

Porque una negociación entre dos partes no es necesariamente equilibrada.

Imaginemos:

Empresario:
—Te pago lo que considero oportuno.

Trabajador:
—Necesito cobrar para vivir.

Empresario:
—Pues si no quieres, tengo otros cien esperando.

Eso no es exactamente una conversación entre dos poderes iguales.

Es una relación económica asimétrica.

Pero aparece la organización colectiva:

Trabajadores:
—Pues resulta que los cien también se han puesto de acuerdo.

Silencio.

El empresario mira la fábrica.

La fábrica mira al empresario.

Las máquinas permanecen elegantemente indiferentes.

Y entonces aparece la negociación.

4. LA HUELGA COMO PODER DE NEGOCIACIÓN

Desde una perspectiva marxista, la huelga tiene una importancia enorme porque demuestra algo que muchas veces olvidamos:

el trabajador individual posee poco poder frente al capital; el trabajador organizado puede poseer muchísimo más.

El trabajador aislado vende su fuerza de trabajo.

El trabajador organizado puede retirar colectivamente esa fuerza de trabajo.

Y eso modifica la ecuación.

No porque mágicamente desaparezca la propiedad privada.

No porque el empresario se convierta de repente al socialismo.

Y tampoco porque aparezca Karl Marx detrás de una máquina diciendo:

«¡Muy bien, camaradas!».

Sino porque la producción depende de personas reales.

5. ¿POR QUÉ MOLESTA TANTO UNA HUELGA?

Aquí viene una pregunta interesante.

Si la huelga fuera simplemente:

«Un montón de personas que no quieren trabajar».

¿por qué tendría semejante capacidad para alterar una economía?

Precisamente porque el trabajo produce.

Cuando se detiene colectivamente, se interrumpe la producción de valor y la prestación de servicios.

Y entonces se hace visible algo que normalmente permanece oculto:

sin trabajadores, el sistema no funciona.

Durante los días normales parece que todo sucede automáticamente.

La mercancía aparece.

El paquete llega.

El tren sale.

La fábrica produce.

El supermercado abre.

El hospital funciona.

La basura desaparece.

La carretera se limpia.

La electricidad llega.

Y uno puede tener la impresión de que el capitalismo funciona gracias a una especie de hechicería.

Hasta que llega una huelga.

Entonces descubrimos que detrás de esa maravillosa máquina automática había millones de personas.

6. LA HUELGA Y LA PLUSVALÍA

Aquí podemos conectar todo con lo que hemos explicado anteriormente.

Recordemos:

El trabajador vende su fuerza de trabajo.

Esa fuerza de trabajo produce valor.

Una parte de ese valor vuelve al trabajador en forma de salario.

Otra parte constituye la base del beneficio del capital.

La huelga introduce una interrupción:

«Hoy no vendo mi fuerza de trabajo en estas condiciones».

Y eso puede afectar directamente a la generación de valor.

Por eso la huelga no es simplemente una protesta simbólica.

Puede ser una herramienta económica.

El trabajador está diciendo:

«Si mi trabajo es indispensable para que exista vuestro beneficio, entonces mi capacidad de retirarlo también es una forma de poder».

Y ahí Marx empieza a sonreír desde el más allá.

7. PERO UNA HUELGA NO ES NECESARIAMENTE REVOLUCIONARIA

Aquí hay que tener cuidado.

Una huelga puede pedir:

  • aumento salarial;
  • reducción de jornada;
  • mejores horarios;
  • seguridad laboral;
  • contratación;
  • defensa de puestos de trabajo;
  • igualdad;
  • mejoras en las pensiones;
  • servicios públicos;
  • derechos laborales.

Es decir:

una huelga puede ser reformista.

No todas las huelgas pretenden derribar el capitalismo.

Una huelga por conseguir un 5 % más de salario no pretende necesariamente instaurar una sociedad comunista antes de la hora de comer.

Y eso no la convierte en insignificante.

Porque incluso una lucha aparentemente pequeña puede demostrar que los derechos laborales no suelen caer del cielo.

Se conquistan.

Se organizan.

Se negocian.

Y a veces se arrancan después de una buena pelea sindical.

8. ¿ENTONCES LA HUELGA ES UNA LUCHA DE CLASES?

Desde el análisis marxista, muchas huelgas pueden entenderse como una expresión concreta de la lucha de clases.

Pero aquí hay que abandonar la imagen infantil de:

«Los buenos contra los malos».

Marx no está escribiendo una película de superhéroes.

La lucha de clases no necesita que todos los empresarios sean malvados ni que todos los trabajadores sean santos.

Es una cuestión de intereses materiales diferentes y, en ocasiones, enfrentados.

El empresario busca rentabilidad.

El trabajador busca salario, estabilidad y mejores condiciones de vida.

A veces ambos intereses pueden coincidir.

Y a veces chocan frontalmente.

Cuando chocan, aparece el conflicto.

Y cuando los trabajadores se organizan colectivamente para defender sus intereses...

aparece la lucha sindical.

9. ¿QUÉ ENSEÑA REALMENTE UNA HUELGA?

Quizá la enseñanza más profunda sea esta:

un trabajador aislado puede tener una necesidad; muchos trabajadores organizados pueden tener poder.

Y esto es importantísimo.

Porque el capitalismo moderno suele presentarnos como individuos:

«Tú negocias tu salario».

«Tú eliges tu empleo».

«Tú decides».

«Tú eres responsable de tu éxito».

Pero la huelga responde:

«No soy solamente un individuo. También soy parte de una clase trabajadora».

Y cuando muchos individuos descubren que tienen intereses comunes...

nace la organización colectiva.

10. Y AQUÍ LLEGAMOS A LA PARTE MÁS MARXISTA

La huelga puede hacer algo todavía más interesante:

convertir una experiencia individual en conciencia colectiva.

Una trabajadora puede pensar:

«Mi sueldo es una mierda».

Otra:

«Yo también».

Otra:

«A mí me pasa lo mismo».

Otra:

«Y a mí».

Y de repente alguien dice:

«¿Y si no es que tenemos mala suerte?»

Silencio.

«¿Y si esto tiene que ver con cómo está organizado el trabajo?»

Silencio todavía mayor.

Y ahí empieza la política.

Porque la conciencia de clase no consiste en ponerse una camiseta con la cara de Marx.

Consiste en comprender que muchos problemas que parecen individuales tienen causas sociales y económicas colectivas.

11. ¿Y QUÉ ES LO QUE VERDADERAMENTE PERSIGUE UNA HUELGA?

Aquí podemos resumirlo todo.

Una huelga no persigue simplemente que la gente deje de trabajar.

Persigue aumentar la capacidad de los trabajadores para defender sus intereses.

Puede buscar una mejora inmediata.

Puede presionar para conseguir un acuerdo.

Puede impedir un retroceso.

Puede defender un derecho.

Puede obligar a negociar.

Y, en una perspectiva más amplia, puede contribuir a que los trabajadores comprendan su propia fuerza colectiva.

Porque hay una diferencia enorme entre decir:

«No puedo hacer nada».

y descubrir:

«Solo no puedo hacer mucho. Organizado con los demás, puedo cambiar la relación de fuerzas».

Y quizá ese sea el verdadero significado político de una huelga.

No es:

«No quiero trabajar».

Es:

«Mi trabajo tiene un valor y, si quienes trabajamos dejamos de ponerlo a disposición del capital colectivamente, también tenemos poder para negociar cómo se organiza nuestra vida».

Y entonces comprendemos algo que el capitalismo intenta ocultar constantemente:

la economía no funciona sola.

La hacen personas.

Y si las personas que la hacen descubren que pueden organizarse...

Bueno...

entonces la historia puede empezar a ponerse interesante.

Y aquí es donde Marx probablemente dejaría el puro, se acomodaría en la silla y diría:

«Ahora sí que estamos empezando a hablar».

 INTERLUDIO

LA HUELGA POR EXCESO DE PRODUCCIÓN

O cómo conseguir que Marx se levante de la tumba para comprobar que no estamos de coña

Y entonces llega el momento en que el capitalismo consigue alcanzar una de sus contradicciones más gloriosas:

LOS TRABAJADORES SE PONEN EN HUELGA PORQUE PRODUCEN DEMASIADO.

Sí, sí.

No es una errata.

No piden trabajar más.

No piden aumentar la producción.

No piden más horas.

Dicen:

«¡Ya está bien de producir como si no hubiera un mañana!»

Y aquí Marx se queda mirando desde el más allá.

Porque acabamos de entrar en un territorio deliciosamente absurdo:

una sociedad capaz de producir cada vez más...

...pero que necesita limitar el consumo de quienes producen.

Es decir:

fabricamos más cosas, pero no necesariamente tenemos más capacidad para comprarlas.

Y aquí aparece la contradicción:

La empresa quiere aumentar la productividad.

El trabajador produce más por hora.

La tecnología permite fabricar más con menos trabajo.

La producción aumenta.

La productividad aumenta.

La riqueza potencial aumenta.

Y entonces uno pregunta:

«¿Y ahora qué hacemos con todo lo que hemos producido?»

Silencio empresarial.

Porque resulta que hay una pequeña complicación:

las mercancías necesitan compradores.

Y los trabajadores son, además de productores...

consumidores.

Aquí el capitalismo se encuentra con una especie de problema doméstico:

«Necesito que produzcas muchísimo, pero también necesito que puedas comprar lo que produces».

Y el trabajador responde:

«Perfecto. Pues págame lo suficiente».

Y el capitalista:

«Bueno... eso ya es otra cosa».

LA PARADOJA

Cuanto más productivo se vuelve el sistema, menos trabajo humano puede necesitar para producir determinada cantidad de mercancías.

Eso puede ser una maravilla tecnológica.

Pero plantea una pregunta social enorme:

¿quién se beneficia del aumento de productividad?

Si una máquina permite producir el doble en la mitad de tiempo, existen dos posibilidades.

Podemos decir:

«Magnífico. Ahora trabajaremos menos».

O podemos decir:

«Magnífico. Ahora produciremos el doble y mantendremos la jornada».

La máquina no decide.

La sociedad decide cómo utiliza la productividad.

Y aquí Marx vuelve a aparecer con su inseparable libreta:

«¿Quién controla los medios de producción?»

Porque una cosa es que la humanidad invente una máquina capaz de multiplicar la productividad...

y otra muy distinta es:

quién se queda con el beneficio de haberla inventado.

Y AQUÍ APARECE EL CHISTE QUE SE CUENTA SOLO

Imaginemos la reunión sindical:

—Compañeros, tenemos un problema.

—¿Nos han bajado el sueldo?

—No.

—¿Han aumentado la jornada?

—No.

—¿Han despedido gente?

—Tampoco.

—Entonces, ¿qué ocurre?

—Estamos produciendo demasiado.

Silencio.

—¿Y qué pedimos?

—Que repartamos la productividad.

—¿En dinero?

—También.

—¿En tiempo libre?

—Preferentemente.

—¿Y si nos dicen que hay que seguir produciendo?

—Entonces...

HUELGA.

Y Marx se levanta lentamente de su sillón celestial:

«Por fin han entendido el problema».

PORQUE AQUÍ ESTÁ LA CLAVE

Una huelga no tiene por qué significar:

«Queremos producir más».

Puede significar:

«Si somos capaces de producir más con menos tiempo de trabajo, queremos que ese aumento de productividad mejore también nuestras vidas».

Más salario.

Menos jornada.

Más descanso.

Más seguridad.

Más tiempo para vivir.

Porque quizá el verdadero progreso tecnológico no consista en que una persona trabaje ocho horas y produzca lo que antes producían dos personas durante ocho horas.

Quizá el progreso consista en que:

produzca lo mismo en cuatro horas y pueda dedicar las otras cuatro a vivir.

Y aquí llegamos a una pregunta profundamente marxista:

¿Para qué sirve aumentar la productividad si no aumenta también la libertad humana?

Porque si la máquina nos permite producir diez veces más...

pero seguimos corriendo detrás del reloj diez veces más rápido...

quizá no hayamos liberado al ser humano.

Simplemente hemos conseguido que corra más deprisa.

Y eso sí que sería una extraordinaria paradoja:

inventar máquinas para ahorrar trabajo y acabar trabajando para mantener las máquinas ocupadas.

Marx probablemente se echaría a reír.

Y después, muy serio, añadiría:

«Camaradas, quizá el problema nunca fue producir poco».

«Quizá el problema sea quién decide qué producimos, cuánto producimos y para qué producimos».

Y entonces alguien pregunta:

—¿Y esto cuándo lo explicamos?

—En el próximo capítulo.

—¿Y cuánto dura?

—Depende.

—¿De qué?

—De la productividad.

—¿Y quién se queda con la productividad?

Silencio.

Se convoca una huelga.


CAPÍTULO V



«PERO SI SOY LIBRE, ¿NO?»

Aquí aparece otra pregunta filosófica.

En el capitalismo moderno, formalmente somos libres.

Podemos firmar contratos.

Podemos elegir trabajos.

Podemos comprar.

Podemos vender.

Podemos emprender.

Magnífico.

Pero Marx pregunta:

¿qué significa ser formalmente libre si no posees los medios necesarios para producir tu propia existencia?

Porque si tienes que vender tu fuerza de trabajo para vivir, tu libertad jurídica convive con una dependencia económica.

No significa que seas literalmente esclavo.

Eso sería históricamente incorrecto.

Significa algo más sutil:

eres jurídicamente libre, pero necesitas encontrar a alguien que compre tu capacidad de trabajar.

Y aquí Marx se pone filosófico otra vez.

Porque la libertad no consiste solamente en que nadie te diga:

«No puedes hacerlo».

También importa que existan las condiciones materiales para poder hacerlo.

Y aquí Marx empieza a rozar una cuestión que todavía hoy sigue siendo brutalmente contemporánea:

¿Qué significa realmente ser libre?

Porque decirle a alguien:

«Eres completamente libre».

mientras esa persona responde:

«Sí, pero mañana tengo que trabajar doce horas o no pago el alquiler»

puede ser filosóficamente un poquito sospechoso.

CAPÍTULO VI



CIENCIA: NO, MARX NO ERA UN MAGO CON BARBA

Una de las grandes confusiones consiste en convertir el marxismo en una especie de religión.

Marx no pretendía crear un catecismo.

Su ambición era analizar científicamente las estructuras sociales e históricas mediante categorías como:

  • fuerzas productivas;
  • relaciones de producción;
  • clases sociales;
  • trabajo;
  • mercancía;
  • capital;
  • plusvalía;
  • acumulación;
  • reproducción social;
  • conflicto de clases.

Eso no significa que todo lo que Marx escribió sea hoy científicamente incuestionable.

Ni mucho menos.

La ciencia avanza precisamente porque las teorías se contrastan, se corrigen y se superan.

La física de Newton sigue siendo extraordinariamente útil, pero Einstein llegó después.

Darwin transformó nuestra comprensión de la evolución.

La economía moderna ha desarrollado herramientas que Marx no podía conocer.

La neurociencia estudia procesos que Marx jamás pudo observar.

Y aun así, muchas de sus preguntas continúan vivas.

Porque una teoría puede tener más de un siglo y seguir siendo intelectualmente provocadora.

CAPÍTULO VII

EL FANTASMA QUE RECORRE EL SUPERMERCADO

Y llegamos a uno de los conceptos más curiosos:

el fetichismo de la mercancía.

No significa que la gente adore zapatos.

Aunque viendo determinadas colas para comprar zapatillas edición limitada, tampoco descartemos nada.

Marx observa algo profundo:

Las relaciones sociales entre personas pueden aparecer ante nosotros como relaciones entre cosas.

Yo veo un precio.

Tú ves un salario.

Vemos un producto.

Vemos dinero.

Pero detrás de esas cosas existen relaciones humanas:

trabajo, cooperación, jerarquías, propiedad, poder y conflicto.

El producto parece tener valor por sí mismo.

Pero detrás de él hay una enorme red social.

Un teléfono móvil parece simplemente:

«Un teléfono que cuesta 999 euros».

Marx respondería:

«No tan deprisa, criatura».

Preguntaría:

¿Quién extrajo sus materiales?

¿Quién los transportó?

¿Quién diseñó el aparato?

¿Quién lo fabricó?

¿En qué condiciones?

¿Quién controla la empresa?

¿Quién posee las acciones?

¿Quién obtiene los beneficios?

De pronto, el teléfono deja de ser un objeto.

Se convierte en una radiografía de la sociedad.

CAPÍTULO VIII




EL TOCOMOCHO DEL BITCOIN

O cómo inventar dinero sin banco y terminar mirando el móvil cada cinco minutos para ver si te has hecho rico

Hay que reconocerle algo al Bitcoin:

la idea es extraordinariamente ingeniosa.

En 2009 apareció una criatura llamada Bitcoin, asociada al misterioso Satoshi Nakamoto, que propuso algo que parecía propio de una novela de ciencia ficción:

dinero digital que no necesitara un banco central para funcionar.

La criatura venía acompañada de criptografía, matemáticas, ordenadores, una red descentralizada y una palabra que haría las delicias de cualquier marxista con insomnio:

DESCENTRALIZACIÓN.

Pero también apareció otra palabra:

ESPECULACIÓN.

Y aquí empieza el cachondeo.

1. ¿QUÉ COÑO ES UN BITCOIN?

Para empezar:

un bitcoin no es una moneda física.

No hay una bóveda llena de bitcoins.

No existe un señor en Suiza diciendo:

«Un momento, que voy a buscarle su bitcoin».

Bitcoin funciona mediante una red informática descentralizada que mantiene un registro compartido de las transacciones, la llamada cadena de bloques o blockchain. Las operaciones se validan mediante criptografía y un sistema de consenso basado en prueba de trabajo.

Dicho para torpes:

Imagina un libro de contabilidad que tienen copiado miles de ordenadores.

Todos pueden comprobar:

«Pepito tenía esto».

«Pepito se lo ha enviado a Juanita».

«Juanita ahora tiene esto».

Y si alguien intenta inventarse:

«Yo tengo 400 bitcoins».

la red responde:

«No, criatura. Aquí no consta».

No hace falta un banco central que lleve esa contabilidad.

La propia red mantiene el sistema.

Y eso, tecnológicamente, tiene bastante mérito.

2. ¿QUIÉN HACE LOS BITCOINS?

Aquí entra la famosa:

MINERÍA.

No hay mineros con casco bajando a una mina de Bitcoin.

Aunque alguno probablemente agradecería que le dieran un pico en vez de una factura eléctrica.

Los llamados mineros utilizan potencia informática para competir en la resolución de problemas criptográficos y validar bloques de transacciones.

El sistema se denomina Proof of Work, prueba de trabajo.

Es decir:

«Demuestra que has gastado una cantidad determinada de trabajo computacional y podrás participar en la validación».

A cambio, los mineros reciben recompensas.

Y aquí aparece una curiosísima ironía:

para crear dinero digital hay que gastar trabajo, capital, electricidad, maquinaria y tiempo.

Marx estaría levantando una ceja.

3. «PERO SI ES DESCENTRALIZADO, ¿NO ES COMUNISTA?»

JAJAJA.

No.

Que algo sea descentralizado no lo convierte automáticamente en socialista.

Una comunidad de vecinos también puede ser descentralizada y seguir siendo perfectamente capaz de matarse por el ascensor.

Bitcoin elimina la necesidad de una autoridad central para mantener su registro, pero eso no significa que haya eliminado:

  • propiedad privada;
  • desigualdad;
  • acumulación;
  • competencia;
  • especulación;
  • concentración económica.

De hecho, aquí aparece una de las grandes paradojas.

Bitcoin nació asociado a una crítica al sistema financiero tradicional y a la confianza en intermediarios.

Pero puede utilizarse perfectamente como:

activo especulativo dentro del capitalismo.

Es decir:

«¡Vamos a acabar con el sistema financiero!»

Y cinco minutos después:

«¿A cuánto está hoy?»

4. EL GRAN TRUCO: NO ES MAGIA, ES ESCASEZ DIGITAL

Bitcoin tiene programado un límite máximo de emisión de 21 millones de unidades. La creación de nuevas unidades disminuye progresivamente.

Y aquí aparece uno de sus grandes atractivos:

escasez programada.

En lugar de:

«Podemos emitir más».

tenemos:

«No, no. Hay un límite».

Y eso resulta muy atractivo para quienes consideran que la expansión monetaria de los bancos centrales destruye el valor del dinero.

El argumento sería:

«El euro puede aumentar su cantidad; el Bitcoin está limitado».

Parece estupendo.

Hasta que uno descubre una pequeña peculiaridad:

que algo sea escaso no significa automáticamente que tenga un valor estable.

El diamante es escaso.

Un cuadro de un pintor desconocido puede ser escaso.

Una entrada para ver a tu equipo ganar una final puede ser escasísima.

Y puede haber bofetadas para conseguirla.

Pero la escasez no determina por sí sola el precio.

Hace falta demanda.

5. Y AQUÍ LLEGA EL TOCOMOCHO

Ahora viene la parte que hay que explicar con mucho cuidado.

Bitcoin puede tener utilidad tecnológica.

Puede funcionar como sistema descentralizado de transferencia de valor.

Puede tener usuarios reales.

Puede poseerse y transferirse sin que exista un banco central que gestione directamente la red.

Todo eso es cierto.

Pero otra cuestión completamente diferente es afirmar:

«Por tanto, comprar Bitcoin hará que me haga rico».

Ahí hemos cambiado de película.

Porque el precio de Bitcoin depende de la oferta y la demanda del mercado, y su cotización puede experimentar movimientos extraordinariamente bruscos.

Los supervisores financieros europeos y españoles siguen advirtiendo de su elevada volatilidad y del riesgo de perder incluso todo el dinero invertido.

Por tanto:

tecnología interesante ≠ inversión segura.

Y:

descentralización ≠ ausencia de especulación.

6. EL BITCOIN Y EL FETICHISMO DE LA MERCANCÍA

Y aquí Marx vuelve a entrar en escena.

Recordemos el fetichismo de la mercancía.

Las relaciones sociales pueden aparecer ante nosotros como propiedades de las cosas.

Pues bien...

Miremos Bitcoin.

Una pantalla dice:

Bitcoin: 100.000 €

Y el cerebro humano empieza:

«¡Tiene un valor de 100.000 euros!»

Marx podría responder:

«¿Y por qué?»

Silencio.

Porque aquí tenemos una cuestión fascinante:

el precio no es una propiedad física del bitcoin.

No pesa 100.000 euros.

No mide 100.000 euros.

No contiene 100.000 euros.

El precio expresa una valoración social realizada en un mercado.

Y esa valoración puede cambiar.

Muchísimo.

Por eso puede suceder algo que al pequeño inversor le resulta bastante menos filosófico:

Por la mañana:

«¡Soy rico!»

Por la tarde:

«¿Dónde está mi dinero?»

Por la noche:

«He descubierto el materialismo histórico».

7. ¿Y QUÉ DIRÍA MARX DE ESTO?

Aquí debemos ser honestos:

Marx murió en 1883.

No conoció Internet.

No conoció los ordenadores.

No conoció blockchain.

No conoció criptografía moderna.

Por tanto, afirmar:

«Marx habría dicho exactamente esto sobre Bitcoin»

sería inventárselo.

Pero sí podemos utilizar sus categorías para analizarlo.

Y resulta bastante interesante.

Podemos preguntar:

¿Quién posee los activos?

¿Quién controla la infraestructura?

¿Quién tiene capacidad económica para minar?

¿Quién puede soportar las pérdidas?

¿Quién compra cuando el precio cae?

¿Quién vende cuando sube?

¿Quién obtiene beneficios de las plataformas que permiten comerciar?

Y aparece una realidad bastante poco revolucionaria:

la tecnología puede ser descentralizada y, sin embargo, la riqueza generada alrededor de ella puede concentrarse.

La descentralización del protocolo no implica igualdad económica entre sus usuarios.

8. EL PEQUEÑO INVERSOR Y LA BALLENA

En el maravilloso ecosistema cripto existe además una criatura mitológica:

LA BALLENA.

No, no es una ballena marxista.

Es alguien que posee una cantidad muy grande de un determinado criptoactivo.

Y aquí tenemos otra enseñanza económica:

No todos los participantes entran al mercado con la misma capacidad.

Uno compra 100 euros.

Otro puede mover millones.

Uno necesita vender porque tiene que pagar el alquiler.

Otro puede esperar años.

Uno entra cuando todo el mundo habla de Bitcoin.

Otro compró muchísimo antes.

Y entonces aparece una vieja conocida:

la desigualdad de poder económico.

El mercado puede ser técnicamente abierto a todos.

Pero eso no significa que todos participen en igualdad de condiciones.

9. «PERO YO HE VISTO GENTE HACIÉNDOSE MILLONARIA»

Por supuesto.

También existe gente que se hace millonaria con empresas, acciones, inmuebles, arte o inversiones.

La existencia de ganadores no demuestra que el mecanismo sea seguro para todos.

Y aquí aparece uno de los trucos psicológicos más antiguos de la especulación:

vemos al ganador.

No vemos a todos los que perdieron.

El que ganó un millón publica:

«¡Bitcoin me cambió la vida!»

El que perdió 30.000 euros quizá no publique nada.

Está en la cocina mirando la pared.

10. ¿ES ENTONCES UNA ESTAFA?

Aquí tampoco conviene caer en el simplismo.

Bitcoin no es simplemente una estafa.

Es una tecnología y un activo digital que existe, funciona sobre una red descentralizada y tiene una arquitectura criptográfica real.

Pero eso no convierte automáticamente en legítima cualquier promesa comercial construida alrededor de Bitcoin.

Y aquí sí hay que encender todas las alarmas.

Porque alrededor del ecosistema cripto han aparecido:

  • fraudes;
  • plataformas fraudulentas;
  • esquemas piramidales;
  • promesas de rentabilidad garantizada;
  • manipulación;
  • productos extremadamente especulativos.

Los reguladores europeos continúan alertando precisamente de estos riesgos.

Así que si alguien te dice:

«Invierte 500 euros y tendrás 5.000 garantizados».

No necesitas estudiar a Marx.

Necesitas correr.

11. LA GRAN PARADOJA MARXISTA

Y aquí está lo verdaderamente interesante.

Bitcoin pretendía, entre otras cosas, reducir la dependencia de intermediarios financieros.

Pero puede convertirse en un objeto de:

acumulación.

Uno compra.

Otro compra más.

El precio sube.

Llegan nuevos compradores.

El precio vuelve a subir.

Aparece la expectativa de que seguirá subiendo.

Más compradores.

Más especulación.

Y entonces alguien dice:

«¡Esto es el futuro!»

Mientras otro responde:

«¡Esto es una burbuja!»

Y Marx, desde el cementerio, probablemente estaría pensando:

«Señores, yo solamente he dicho que miréis las relaciones sociales que hay detrás».

12. EL VERDADERO PROBLEMA NO ES BITCOIN

Y aquí está la conclusión importante.

Desde una perspectiva marxista, la pregunta interesante no es:

«¿Bitcoin sí o Bitcoin no?»

La pregunta es:

¿qué función cumple Bitcoin dentro de las relaciones económicas existentes?

Porque una tecnología no existe suspendida en el aire.

Se introduce en una sociedad concreta.

Con unas determinadas relaciones de propiedad.

Con desigualdad.

Con mercados.

Con capital financiero.

Con especulación.

Con trabajadores.

Con empresas.

Con Estados.

Y acaba siendo utilizada dentro de esas relaciones.

Por eso una tecnología concebida como alternativa al sistema financiero puede terminar integrada en el propio sistema financiero.

El capitalismo tiene una extraordinaria capacidad para convertir casi cualquier cosa en un activo negociable.

Una idea.

Una patente.

Una vivienda.

Una acción.

Una deuda.

Una fotografía.

Un terreno.

Y ahora...

un activo digital protegido por criptografía.

13. EL MARXISMO PARA TORPES LO RESUME ASÍ

Bitcoin puede ser:

una innovación tecnológica real.

Puede ser:

un sistema descentralizado de registro y transferencia de valor.

Puede ser:

un activo digital escaso por diseño.

Y también puede ser:

un instrumento altamente especulativo.

Las cuatro cosas pueden ser ciertas simultáneamente.

Y aquí está la lección:

No confundamos la tecnología con la ideología que se construye alrededor de ella.

Ni confundamos:

descentralización

con

igualdad.

Ni:

escasez

con

valor garantizado.

Ni:

innovación

con

rentabilidad segura.

Ni, por supuesto:

«ha subido mucho»

con:

«seguirá subiendo».

Porque si algo nos ha enseñado la historia económica es que cuando todo el mundo empieza a decir:

«Esta vez es diferente»,

conviene sentarse tranquilamente...

sacar una calculadora...

y agarrar la cartera con las dos manos.

Y si además alguien te promete hacerte rico rápidamente...

recuerda la primera ley del Marxismo para Torpes:

cuando el dinero parece demasiado fácil, probablemente alguien está trabajando muchísimo para que tú seas el que ponga la pasta.

Y ese alguien, curiosamente...

casi nunca eres tú.

EPÍLOGO FINAL

POBRES, RICOS Y CLASE MEDIA

O cómo saber en qué clase estás sin necesidad de que venga Robespierre a preguntártelo

Después de hablar de Marx, la plusvalía, la explotación, la lucha de clases, las huelgas, la productividad y hasta del misterioso tocomocho del Bitcoin, llega la pregunta definitiva:

¿Y yo qué clase social soy?

Aquí podemos simplificar bastante.

Tenemos tres categorías populares:

el pobre, el rico y la clase media.

Aunque la clase media tiene una característica extraordinaria:

casi todo el mundo cree pertenecer a ella.

EL POBRE

El pobre sabe perfectamente que es pobre.

No necesita un estudio sociológico.

Lo descubre cuando llega el alquiler.

Lo confirma cuando llega la factura de la luz.

Y alcanza el doctorado cuando hace la compra.

El pobre escucha:

—Hay que ahorrar.

Y piensa:

—¿Ahorrar qué? ¿Los suspiros?

Su problema no suele ser filosófico.

Es mucho más práctico:

conseguir que el sueldo llegue a final de mes sin tener que hacer espiritismo con la cuenta bancaria.

EL RICO

El rico tiene preocupaciones diferentes.

El pobre pregunta:

—¿Cuánto cuesta?

El rico pregunta:

—¿Qué rentabilidad ofrece?

El pobre trabaja para obtener un salario.

El rico puede poseer patrimonio que genera ingresos.

Y aquí aparece una curiosidad maravillosa del capitalismo:

el dinero puede trabajar sin fichar.

No necesita despertador.

No necesita vacaciones.

No necesita convenio colectivo.

Y, por supuesto, jamás protesta por las condiciones laborales.

Y EN MEDIO ESTÁ LA CLASE MEDIA

Ah, la clase media.

Esa criatura económica que vive en una especie de limbo.

Tiene nómina.

Tiene hipoteca.

Tiene coche.

Tiene vacaciones, si no se ha disparado el precio de los vuelos.

Tiene Netflix.

Tiene una lavadora que amenaza con jubilarse antes que ella.

Y tiene, sobre todo:

MIEDO A CAER.

Porque la clase media puede vivir razonablemente bien, pero sabe que una crisis, un despido, una enfermedad o una acumulación de gastos puede cambiar radicalmente su situación.

Por eso responde:

—¿Eres rico?

—No.

—¿Eres pobre?

—¡Tampoco!

—Entonces, ¿qué eres?

—Clase media.

Una especie de estación de tren situada entre la pobreza y la riqueza, donde todo el mundo espera que no llegue nunca el tren equivocado.

PERO MARX NOS DIRÍA: «NO MIRES SOLAMENTE EL SUELDO»

Y aquí está la trampa.

Para Marx, la clase social no puede reducirse simplemente a cuánto cobras.

La cuestión fundamental es:

¿qué relación tienes con los medios de producción?

Porque puedes ganar un salario bastante elevado y seguir dependiendo de vender tu fuerza de trabajo.

Mientras otra persona puede obtener buena parte de sus ingresos de empresas, propiedades, acciones o capital.

Por eso la pregunta marxista no es solamente:

«¿Cuánto tienes?»

sino:

«¿Qué posees, cómo obtienes tus ingresos y qué posición ocupas dentro del proceso de producción?»

Y aquí la conversación empieza a ponerse interesante.

Porque dejamos de preguntar quién tiene el coche más caro...

y empezamos a preguntar:

«¿Quién posee qué?»

Esa pregunta tiene la desagradable costumbre de arruinar algunas conversaciones familiares.

Y ENTONCES NOS VAMOS A FRANCIA



Para comprender hasta dónde puede llegar una sociedad cuando las desigualdades se vuelven explosivas, tenemos que hacer una visita a Francia.

Año:

1789.

La sociedad francesa estaba organizada en tres estamentos:

Primer Estado: el clero.

Segundo Estado: la nobleza.

Tercer Estado: prácticamente todo el resto.

Campesinos.

Artesanos.

Comerciantes.

Profesionales.

Burguesía.

Trabajadores.

Una enorme mayoría de la población.

Y entonces ocurrió algo peligrosísimo:

empezaron a hacer preguntas.

¿Por qué unos tienen privilegios?

¿Por qué otros pagan impuestos?

¿Por qué unos tienen poder y otros no?

¿Por qué la representación política no corresponde con el peso de la población?

¿Por qué la riqueza está tan desigualmente repartida?

Y cuando una sociedad empieza a hacerse demasiadas preguntas...

las respuestas empiezan a ser peligrosas.

Y LLEGÓ LA GUILLOTINA

La Revolución Francesa entró posteriormente en una etapa de enorme violencia política.

Y apareció la famosa:

GUILLOTINA.

Una máquina que pretendía hacer las ejecuciones rápidas y, en cierto sentido, igualitarias.

Porque delante de ella:

el noble,

el plebeyo,

el revolucionario,

el contrarrevolucionario...

todos acababan teniendo exactamente la misma altura.

Una igualdad bastante radical.

Y bastante definitiva.

Pero aquí conviene hacer una pausa.

Porque una revolución puede aspirar a transformar una sociedad.

Una guillotina solamente puede...

cortar cabezas.

Y nosotros estamos intentando entender la historia, no montar una ferretería revolucionaria.

LA GRAN IRONÍA HISTÓRICA

La Revolución Francesa proclamó ideas como:



libertad, igualdad y fraternidad.

Y la historia posterior demostró que construir una sociedad realmente igualitaria es bastante más complicado que escribirlo en una bandera.

Porque puedes eliminar privilegios jurídicos...

pero la desigualdad económica puede sobrevivir.

Puedes cambiar las instituciones...

pero las relaciones de propiedad pueden permanecer.

Puedes derribar una aristocracia...

y posteriormente descubrir que existe otra clase dominante con formas diferentes de poder.

Y aquí Marx toma nota.

Porque una de sus grandes aportaciones consiste precisamente en intentar comprender cómo las relaciones económicas y las formas de propiedad estructuran el poder social.

LA GUERRA DE LAS CLASES... SIN ESPADAS

La lucha de clases no significa que cada mañana haya que salir de casa buscando un aristócrata al que arrojarle una baguette.

Es algo mucho más serio.

Significa que diferentes grupos sociales pueden tener intereses materiales diferentes y, en determinados momentos, enfrentados.

El empresario quiere rentabilidad.

El trabajador quiere mejores salarios y condiciones.

El propietario quiere proteger su propiedad.

El inquilino quiere poder pagar el alquiler.

El capital busca acumular.

El trabajo necesita vivir.

Y entre todos ellos se desarrolla una permanente negociación, conflicto y transformación.

A veces mediante elecciones.

A veces mediante sindicatos.

A veces mediante huelgas.

A veces mediante reformas.

Y, en determinados momentos históricos, mediante revoluciones.

LA GRAN PREGUNTA MARXISTA

Después de todo este viaje, quizá la pregunta más importante no sea:

«¿Soy pobre, rico o clase media?»

Sino:

«¿Qué posición ocupo dentro de la estructura económica que produce la riqueza?»

Porque puedes tener un buen sueldo y no poseer los medios de producción.

Puedes tener una casa, un coche y vacaciones y seguir dependiendo de tu salario.

Puedes tener una pequeña empresa y trabajar más horas que cualquiera de tus empleados.

Puedes tener millones y vivir fundamentalmente de la propiedad del capital.

La realidad social es mucho más compleja que tres casillas.

Y precisamente por eso conviene pensar.

Y AQUÍ TERMINA EL MANUSCRITO

Así que, querido lector:

Si tienes poco dinero...

probablemente tengas un problema económico.

Si tienes muchísimo dinero...

probablemente tengas un problema fiscal.

Si tienes una cantidad razonable de dinero, una hipoteca y una lavadora que hace ruidos extraños...

probablemente seas clase media.

Si posees una parte importante de los medios de producción...

Marx quiere hablar contigo.

Y si después de todo este manuscrito alguien te dice:

—Aquí no existen las clases sociales.

Tú no discutas.

No grites.

No invoques a Marx.

No saques El Capital.

Simplemente sonríe y pregunta:

—Entonces, ¿quién posee los medios de producción?

Si responde:

—No lo sé.

Puedes contestar:

—Pues ya tenemos tarea.

Y si alguien, llevado por el entusiasmo revolucionario, propone solucionar la desigualdad sacando una guillotina del trastero...

NO.

Guardamos la guillotina.

La ponemos en el museo.

La contemplamos.

La estudiamos.

Y aprendemos de ella.

Porque la historia ya nos ha demostrado que cortar cabezas es bastante más fácil que construir una sociedad justa.

Y quizá esa sea la última lección de este pequeño manuscrito:

La revolución verdaderamente difícil no consiste en cambiar quién está arriba.

Consiste en construir una sociedad en la que nadie necesite estar abajo para que alguien pueda estar arriba.

Y con esto cerramos el libro.

Marx puede descansar.

Robespierre también.

La guillotina vuelve al museo.

El capital sigue haciendo cuentas.

El trabajador mira la nómina.

La clase media mira la hipoteca.

El rico mira la bolsa.

Y alguien, inevitablemente, pregunta:

—¿Y el Bitcoin?

¡POR FAVOR, NO EMPECEMOS OTRA VEZ!...

EPÍLOGO

¿Y ENTONCES MARX TENÍA RAZÓN EN TODO?

No.

Y precisamente por eso merece la pena leerlo.

Un pensamiento serio no necesita convertir a su autor en profeta.

Marx cometió errores.

Algunas predicciones fueron demasiado esquemáticas.

El capitalismo demostró una capacidad de adaptación enorme.

Las sociedades socialistas del siglo XX produjeron resultados muy distintos de los que Marx había imaginado.

Pero hay una pregunta que continúa molestando:

¿quién controla la riqueza que producimos colectivamente?

Y otra:

¿por qué una sociedad capaz de producir una cantidad gigantesca de bienes puede mantener al mismo tiempo desigualdades enormes?

Y otra todavía más incómoda:

¿somos nosotros quienes controlamos la economía o es la economía la que termina controlando nuestras vidas?

Y aquí quizá esté la verdadera utilidad de Marx.

No en memorizar citas.

No en convertir El Capital en un objeto de culto.

Ni en aprenderse «dialéctica materialista» para soltarla en una cena y observar cómo tres personas buscan desesperadamente una salida.

Su utilidad está en algo mucho más sencillo:

enseñarnos a mirar detrás de las cosas.

Detrás del precio, mirar el trabajo.

Detrás del beneficio, mirar la producción.

Detrás de la riqueza, mirar las relaciones sociales.

Detrás de las instituciones, mirar la historia.

Y detrás de la historia...

mirar quién tiene el mando.

Porque quizá el marxismo, explicado para torpes, pueda resumirse así:

No preguntes solamente cuánto cuesta una cosa.
Pregunta quién la produce, quién la posee, quién decide y quién se queda con el resultado.

Y si después de todo esto alguien sigue diciendo que Marx era simplemente un señor que odiaba a los ricos...

invítale a leerlo.

Pero no El Capital entero de golpe.

Tampoco queremos perder una amistad. 




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