COMO SER UN ANALFABETO FUNCIONAL Y NO MORIR EN EL INTENTO

 


EL ANALFABETO FUNCIONAL POLÍTICO - Manual de identificación en campo


No es que no sepa leer. Sabe leer. De hecho, lee muchísimo. Lee titulares. Solo titulares. Y los comentarios de los titulares. Su biblioteca es Facebook, su hemeroteca es un grupo de WhatsApp llamado "ESPAÑA DESPIERTA 🇪🇸" y su tesis doctoral es un TikTok de 15 segundos con música épica.
Su superpoder es no distinguir entre realidad, sátira, ironía y esquizofrenia colectiva. 
Tú le pones delante una noticia de El Mundo Today que dice: "El Gobierno prohíbe respirar los martes para reducir emisiones", y él responde:
"¡LO SABÍA! ¡ESTO ES LO QUE NOS TRAE EL COMUNISMO! ¡YO EL MARTES NO RESPIRO, POR ESPAÑA!"
Le explicas que es sátira. Que es broma.
Y te contesta: "Claro que es broma para ti, que estás pagado por Soros".
La ironía para él es como el WiFi para un perro: intuye que existe algo ahí, pero si no lo puede morder, no existe.
Si le dices: "Vaya, qué bien, otra subida de impuestos, qué alegría, estoy deseando pagar más", él te mira muy serio y te dice: "¿Ves? Hasta tú reconoces que es necesario para mantener el estado del bienestar. Por fin entras en razón."
Es literal. Todo es literal. Todo va a misa.
Tiene el detector de sarcasmo roto de fábrica. Es el único ser humano que lee a Jonathan Swift proponiendo comerse a los niños y dice "Hombre, es una medida impopular, pero habría que estudiarla, porque la carne está muy cara".
Su ideología no es de izquierdas ni de derechas. Es de pantallazo.
No argumenta. Comparte. No razona. Reacciona con emoticonos. Su dialéctica se resume en tres fases:
Ve un meme.
Se indigna muchísimo.
Escribe "ASI ES!!" en mayúsculas y con dos signos de exclamación, como si el volumen compensara la falta de argumentos.
Si le contradices con un dato, te hace un whataboutism cuántico: "¿Y lo de tu partido qué?" Aunque tú no tengas partido. Aunque estés hablando de la subida del precio de los calabacines.
Confunde opinión con información, información con propaganda, y propaganda con ese audio de 4 minutos de su cuñado que empieza con "Buenos días, te voy a contar la VERDAD que no te cuentan...
Y lo peor, lo verdaderamente terrorífico, es que VOTA. Vota con la convicción de un premio Nobel y la comprensión lectora de un microondas.
Es el cliente perfecto de la política moderna: no necesita que le convenzas. Solo necesita que le indignes. No quiere soluciones, quiere enemigos. Y si le enseñas esta sátira, te dirá ofendidísimo:

"¡Esto es exactamente lo que le pasa a los del otro partido! ¡Clavado!


EL NOBLE ARTE DE VOTAR SIN MIRAR, SIN PENSAR, EL ANALFABETISMO FUNCIONAL COMO PILAR DEMOCRÁTICO


Pero no nos engañemos, el analfabetismo funcional es, sin lugar a dudas, el motor secreto de la estabilidad política moderna. En un mundo obsesionado con la educación, la lectura crítica y la comprensión de textos, hemos olvidado el inmenso valor de tener ciudadanos capaces de leer perfectamente la palabra "CONSTITUCIÓN" en un cartel electoral, pero absolutamente incapacitados para entender qué demonios significa el párrafo que viene debajo.
Gracias a este fenómeno, la política ha podido evolucionar de un aburrido debate de ideas a lo que realmente debe ser: un partido de fútbol eterno donde las bufandas importan más que las estrategias.
El superpoder de la lectura selectiva
El analfabeto funcional político posee un superpoder envidiable: puede leer un programa electoral entero de ochenta páginas y extraer exactamente cero conclusiones, pero es capaz de detectar un tuit de tres líneas de la oposición y encontrar en él la prueba definitiva de una conspiración global.
Para este ciudadano ideal, los textos legales, los presupuestos del Estado y los gráficos macroeconómicos no son más que "ruido visual". Son adornos que ponen los gobiernos para que las páginas web parezcan serias. Lo que realmente importa es el color del logotipo y si el candidato tiene pinta de ser alguien con quien te tomarías una caña o, por el contrario, alguien a quien le robarías el almuerzo en el colegio.
Beneficios mutuos: Políticos felices, votantes tranquilos
Esta maravillosa condición genera una simbiosis perfecta entre la clase dirigente y el electorado:
Simplificación del mensaje: ¿Para qué gastar millones en diseñar políticas de vivienda complejas cuando el electorado solo puede procesar eslóganes de tres palabras como "Vota con ganas", "Sálvate tú" o "Ellos son malos"? El analfabetismo funcional ahorra tinta, papel y, sobre todo, neuronas a los asesores de campaña.
Inmunidad a la hemeroteca: El votante funcionalmente analfabeto vive en un eterno presente. Si un político prometió bajar los impuestos en un manifiesto que firmó hace tres meses, da igual; el votante leyó las palabras, pero su cerebro las archivó en la misma carpeta mental donde guarda los términos y condiciones de uso de las aplicaciones del móvil. Nadie pide cuentas porque nadie recuerda qué significaba el contrato.
La indignación como deporte de bajo impacto: Al no comprender los mecanismos del Estado (como la separación de poderes o las competencias autonómicas), cualquier problema complejo se reduce a una narrativa de buenos y malos. Si sube el precio del pan, la culpa es directamente del presidente o del líder de la oposición, dependiendo de a quién se odie ese mes. Es un sistema limpio, rápido y que no requiere pensar.
El peligro de la comprensión
Imaginemos por un segundo la catástrofe que supondría erradicar el analfabetismo funcional de la política. Si la gente empezara a comprender la ironía, a detectar las falacias lógicas y a contrastar los datos de los discursos, el sistema colapsaría en cuestión de horas.
Los debates televisados se quedarían vacíos. Los candidatos no sabrían qué hacer si no pueden usar palabras vacías como "sinergia", "progreso" o "libertad" sin que alguien levante la mano desde el fondo para preguntar: "Oiga, concretamente, ¿eso cómo se paga?". Sería el fin de la democracia tal y como la conocemos, es decir, el fin del entretenimiento.
Por suerte, mientras las leyes se sigan redactando en un lenguaje deliberadamente incomprensible y las redes sociales sigan limitando nuestro tiempo de atención al de un pez de colores, el analfabetismo funcional político estará a salvo. Seguiremos acudiendo en masa a las urnas, guiados por el sagrado instinto de votar al que mejor nos caiga en los vídeos de quince segundos, con la firme convicción de que estamos cambiando el mundo. O al menos, de que estamos fastidiando al vecino del quinto, que es de los otros.
Confesiones de una analfabeta digital (o cómo Mark Zuckerberg se rió en mi cara)
Lo confieso públicamente: yo también fui una analfabeta funcional digital. Hace algunos años, diría que al principio de estar registrada en Facebook, rodeada por la calidez de mi hogar y con el cerebro operando a un cómodo 2% de su capacidad, entré a Facebook y me encontré con un panorama desolador. El muro de varios de mis amigos estaba inundado por el mismo mensaje alarmante. Gente sensata, con carreras universitarias y trabajos respetables, me advertía directamente desde sus perfiles: “¡No dejes que Facebook se apodere de tus fotos!”. 
Debajo de la advertencia, venía un imponente texto legal redactado con una solemnidad digna de la ONU que empezaba así: “No doy permiso a Facebook para usar mis fotos personales…”.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Mis fotos del verano en Can Dragó en peligro? ¿Mis selfis con cara de rmala hostia convertidos en propiedad exclusiva de una multinacional de Silicon Valley porque mis propios amigos me estaban avisando del peligro? No dejes que el miedo te paralice, me dije. Actúa.
Así que hice lo que cualquier ciudadano alfabetizado del siglo XXI haría bajo presión social: copié el texto, lo pegué en mi muro con la urgencia de quien desactiva una bomba, y respiré aliviada. Ya estaba a salvo. Había protegido mis recuerdos. Había hackeado el sistema. 
El despertar de la fuerza (y de la vergüenza)
Con el tiempo un amigo entendido, de esos repelentes que leen la letra pequeña, me comentó:: “Oye, que eso es un bulo más viejo que internet y no sirve para nada”.
En ese preciso instante, la cruda realidad me golpeó la cara: acababa de convertirme en el póster oficial del analfabetismo funcional digital.
Yo, que me considero una persona leída, que no me trago los discursos de los políticos y que detecto falacias lógicas a kilómetros de distancia, había caído en la trampa más vieja de la red por culpa del pánico colectivo de mi círculo social. Analicemos mi ridículo paso a paso:
El contrato que nunca leí: Hace años, cuando me registré en Facebook, marqué una casilla que decía "Acepto los términos y condiciones". Un documento de ochenta páginas de jerga legal que acepté sin parpadear porque tenía prisa por ver fotos ajenas. Allí ya le regalé mi alma (y mis imágenes) a Zuckerberg.
El pensamiento mágico: Pensar que un estado en mi muro de Facebook tiene el poder legal de anular un contrato internacional firmado de forma voluntaria es el equivalente digital a salir al balcón durante una tormenta y gritarle a las nubes: “¡No doy mi consentimiento para que me mojéis!”. Es ridículo, es tierno, es patético.
El virus del "Por si acaso": Cuando mis amigos me dijeron "no dejes que se apoderen de tus fotos", mi cerebro crítico intentó protestar: “Oye, esto suena un poco falso”. Pero la masa me arrastró. El instinto primitivo del "Bueno, no pierdo nada, por si acaso funciona" me obligó a pulsar el botón.
La victoria de Silicon Valley
Imagino perfectamente las oficinas centrales de Meta en California. Un panel gigante muestra en tiempo real cómo millones de personas en todo el mundo pegamos el dichoso mensajito porque un amigo nos ha asustado. Te imaginas a los ingenieros riéndose mientras cambian el mundo: “¡Mira, otro grupo de amigos que se cree que un post en su muro anula el contrato de la empresa!”.
Al final, este es el gran triunfo de la era moderna. Nos da pereza leer la letra pequeña de los contratos, nos da pereza verificar la información, pero nos sobra energía para compartir consignas vacías y asustarnos los unos a los otros. Nos hemos convertido en expertos en firmar lo que no leemos y en protestar de la forma más inútil posible.
La próxima vez que mis amigos me adviertan de que Facebook quiere quedarse con mis fotos, haré lo único que legalmente funciona: borrarme la cuenta. Pero claro, si me la borro, ¿dónde voy a publicar esta crónica para reírme de mí misma? Supongo que tendré que seguir arriesgándome a que Mark Zuckerberg use mis fotos de Can Dragó. Al fin y al cabo, él se lo pierde.

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