LA CONSPIRACIÓN DE LOS TERMOMONONEURONALES DE MILEY




"Termo mononeuronales": así es como el presidente Javier Milei ha decidido bautizar, con su habitual "delicadeza" y "diplomacia", a su propio equipo de futbolistas tras el fiasco mundialista. Todo un entrañable detalle de cercanía presidencial que redefine por completo el clásico espíritu deportivo de "lo importante es participar, no ganar".

Sin embargo, más allá de los cariñosos adjetivos oficiales, la reciente derrota ante España ha servido para quitarle la careta a estos divos del deporte rey. Con el pitido final, hemos podido comprobar en riguroso directo la verdadera pasta de la que están hechos: una soberbia monumental combinada con una absoluta incapacidad para perder con un mínimo de dignidad.
Entre el berrinche y el desplante, la radiografía de su regreso a casa nos deja tres joyas imperdibles:
La pataleta de los semidioses: Acostumbrados al aplauso ciego, estos multimillonarios del balón prefirieron culpar a francotiradores imaginarios y a conspiraciones de la FIFA antes que aceptar que el rival simplemente fue mejor en la cancha.
Arrogancia envasada al vacío: Fieles al concepto de "termo", blindaron sus mentes ante cualquier atisbo de autocrítica, demostrando que su ego es directamente proporcional a su mal perder.
La gambeta a la Casa Rosada: Para rematar el espectáculo de la altivez, los jugadores rechazaron hasta seis propuestas de festejos oficiales, dándole un plantón histórico a Milei. Están demasiado tristes para ver al presidente, pero no tanto como para subirse con prepotencia a sus aviones privados rumbo a las vacaciones.
Pues eso, el noble arte de perder con dignidad es una asignatura que Argentina, una vez más, ha decidido suspender con honores de nivel termonuclear. Tras el último revés futbolístico, el país entero ha entrado en un estado de trance místico-conspiranoico donde la autocrítica es un concepto tan inexistente como un peso argentino fuerte. No es que hayan jugado mal; es que el cosmos entero, la FIFA, el Mossad y las fuerzas del más allá se han alineado en una macabra coreografía para arrebatarles lo que, por derecho divino, les pertenece.
La resistencia psicológica ante la derrota ha dejado momentos verdaderamente memorables:
El francotirador de la tribuna: Se comenta en los cafés de Buenos Aires que cada penalti fallado no fue culpa de la presión, sino de un rayo láser invisible o de un francotirador de élite apostado en el techo del estadio, apuntando directamente a las pestañas de los jugadores para desestabilizar su sutil equilibrio emocional.
El complot de la banderita: La aparición de una pancarta de las Islas Malvinas desató un drama digno de Netflix; los tertulianos deportivos locales ya calculaban, entre lágrimas de indignación, una suspensión de 10 años de toda actividad planetaria por culpa de la implacable e "injusta" burocracia internacional.
Firmas para resetear la realidad: Como el botón de "reiniciar" no viene integrado en la Copa del Mundo, la hinchada ha acudido en masa a Change.org para exigir la repetición inmediata del torneo, convencidos de que si consiguen un millón de firmas digitales, la FIFA no tendrá más remedio que pedir perdón y volver a jugar los 90 minutos.
La teoría del "giro respetuoso": Cuando los jugadores dieron la espalda al palco de autoridades durante la entrega de medallas, el mundo vio un desplante monumental. Sin embargo, la narrativa oficial rápidamente aclaró que no fue una falta de respeto, sino una maniobra coreográfica ensayada para proteger sus ojos del excesivo brillo de la Copa y los flashes .
Al final del día, toda esta maravillosa epopeya del lamento y la excusa cósmica nos lleva a recordar las clarividentes palabras del actual presidente, Javier Milei, quien en su habitual y desatado estilo analítico intentó definir la inquebrantable (y a veces indescifrable) mentalidad de ciertos sectores de su propio pueblo.
El mandatario, buscando quizás un término de la física cuántica para describir esa asombrosa capacidad de generar calor, drama y energía a partir de la nada absoluta, soltó que eran "termonucleares". Pero claro, viendo cómo se justifican los pelotazos en el palo y las conspiraciones de la bandera, la calle y las redes sociales no tardaron en corregir el tiro con muchísima más precisión anatómica: no, Javier, no son termonucleares... ¡son termomononeuronales! Una sola neurona, pero eso sí, girando a las revoluciones de un reactor nuclear y dedicada exclusivamente a gritar que nos han robado el partido y a dar hostias como panes. 
Y, no nos podemos dejar en el tintero esos cánticos del más allá y el espíritu "tocacollons".
Para terminar de sazonar esta epopeya del ego, no podían faltar los cánticos de la grada. Cuando la realidad del marcador se puso fea, la hinchada demostró su verdadera naturaleza tocacollons: esa insistencia casi mística en incordiar al rival con bandas sonoras delirantes. Lejos de asumir la superioridad de España, la tribuna prefirió sintonizar "cánticos del más allá" .
Resucitaron el comodín de "el que no salta es un inglés" frente a un rival que venía de Madrid, mutaron el emotivo "Muchachos" en un tango lacrimógeno sobre el robo del VAR corporativo, y se enzarzaron en absurdas guerras gastronómicas sobre si el choripán es mejor que la tortilla de patatas.
En definitiva, todo un recital de soberbia, excusas baratas y plantones presidenciales que confirma la teoría: en el planeta de los divos arrogantes que no saben perder, la autocrítica es un deporte de riesgo. Ellos prefieren seguir habitando su búnker de una sola neurona, convencidos de que, aunque el marcador diga lo contrario, el cosmos entero sigue conspirando contra su innegable e indiscutible divinidad futbolística.
Pero lo verdaderamente fascinante, es el despliegue de "hacha y tiza" sobre el césped fue de proporciones bíblicas! Repartieron leña a tutti frutti, como si en lugar de la final de un Mundial de fútbol estuvieran disputando un torneo clandestino de artes marciales mixtas. Pero lo verdaderamente increíble  del manual  "termo mononeuronal" es esa asombrosa capacidad para sacudir al rival sin piedad y, de inmediato, tirarse al suelo llorando a moco tendido para ponerse la tirita antes de tener la herida.
Esta táctica del "pego y me quejo" dejó momentos que merecen pasar a la posteridad del cinismo deportivo:
La doctrina del "hachazo preventivo": Para la zaga albiceleste, cualquier intento de los delanteros españoles por jugar al fútbol era considerado una provocación personal. Repartieron patadas, agarrones y empujones a discreción, pero en cuanto el árbitro soplaba el silbato, ponían cara de monaguillo inocente y acusaban al colegiado de persecución ideológica.
La tirita preventiva: Es un arte milenario. Después de dejar los tacos marcados en la tibia del rival, el infractor argentino caía al césped rodando de dolor, agarrándose el tobillo opuesto y exigiendo asistencia médica urgente. Una maniobra sublime para presionar al árbitro, dar pena en la grada y desviar la atención de la tarjeta roja que se acababan de ganar a pulso.
Víctimas de su propia intensidad: Lo más divertido de verlos ponerse la tirita es que, en su relato alternativo, las faltas que ellos cometían eran "fútbol macho y de contacto", mientras que cualquier roce del equipo rival era catalogado inmediatamente como un "intento de homicidio en primer grado" que la FIFA debía sancionar con diez años de suspensión.
Con esta última pincelada sobre el juego duro y el victimismo teatral, el retrato de estos divos arrogantes queda absolutamente completo.
Mención especial: El "efecto Leonor y Sofía" (y la huida de Pedro)
Para terminar este retrato de la diplomacia surrealista, es de justicia hacer una mención especial a las autoridades del palco. Nuestro presidente, Pedro Sánchez, tuvo un comportamiento verdaderamente ejemplar: elegante, comedido y, sobre todo, rapidísimo de reflejos. De hecho, en cuanto la tensión en el MetLife Stadium empezó a subir de decibelios con aquella silbatina confusa que Donald Trump se tragó con patatas, a Pedro le faltaron piernas para salir huyendo de la escena del crimen. Habló poco y se expuso lo justo, aplicando la máxima de que una retirada a tiempo es una victoria política.
Y es que, se me ve el plumero, pero la realidad es la que hay. Si el presidente estuvo callado y comedido fue porque el protagonismo absoluto se lo robaron la Princesa Leonor y la Infanta Sofía.  Monísimas, impecables y radiantes, ellas fueron la verdadera y única causa de que el equipo español ganara la copa y de que los futbolistas de la albiceleste se quedaran embobados mirando al palco. 
Hinchas y jugadores por igual las querían a ellas. Ni el Rey Felipe VI imponía tanto respeto, ni Pedro Sánchez despertaba tanta simpatía. Toda la arrogancia de los divos del balón y el espíritu "tocacollons" de la grada se derrumbaron ante el encanto de la monarquía joven, dejando claro que, mientras los termos seguían buscando francotiradores y poniéndose tiritas preventivas, España ganaba el Mundial en el campo... y las Infantas conquistaban el palco.
Nota de la autora para navegantes (y presidentes):
Hay que reconocer que en este Mundial parece que hemos sido testigos del típico "scape room". Por cierto, sigo diciendo —y tengo pruebas visuales— que en las altas esferas me leen con devoción. Todo ese desmadre coreografiado en el palco, el mutismo estratégico de Pedro Sánchez, y la impecable puesta en escena de Leonor y Sofía tienen sospechosamente mucho que ver con las directrices que dejé caer en mi anterior publicación sobre el Mundial. Así que ya lo saben en Moncloa: sigan atentos a mis líneas, porque controlo cada movimiento, analizo cada huida a tiempo y, si hace falta, tengo la aguja lista para hilvanar el próximo traje diplomático. Avisados quedan.

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