DE MADRID AL CIELO: AYUSO, PRESIDENTA
Imaginad por un momento la situación en que Isabel Díaz Ayuso se convirtiera en presidenta del Gobierno de España, el país entraría inmediatamente en una nueva era histórica, conocida por los cronistas como el Ayusoceno Superior.
La noche electoral sería de una sobriedad absoluta. Los informativos abrirían con titulares discretos como:
—«España ha elegido a Ayuso. Se recomienda a la población mantener la calma y comprobar si dispone de suficientes aceitunas para afrontar la celebración».
Los mercados internacionales quedarían desconcertados. Algunos analistas de Wall Street intentarían comprender cómo un país puede funcionar con una economía basada simultáneamente en las exportaciones, el turismo y las conversaciones de barra de bar.
Desde el extranjero, varios gobiernos europeos solicitarían informes urgentes para averiguar por qué millones de españoles sonríen misteriosamente mientras repiten: «Pues en Madrid…».
En la oposición se formarían comisiones de emergencia para estudiar el fenómeno. Tras meses de investigaciones, los expertos llegarían a una conclusión devastadora:
—«No sabemos qué ha pasado, pero claramente tiene algo que ver con las terrazas».
En el seno del Partido Popular, los dirigentes históricos observarían los acontecimientos con una mezcla de admiración y desconcierto. José María Aznar consultaría documentos de los años noventa buscando precedentes, mientras Mariano Rajoy concluiría filosóficamente:
—«Es la presidenta porque los españoles han querido que sea presidenta, y mientras sea presidenta, será presidenta».
Los corresponsales extranjeros describirían el fenómeno con gran rigor académico:
«Los españoles parecen haber desarrollado una extraña capacidad para convertir cualquier debate político en una discusión sobre cañas, libertad y horarios de hostelería».
Mientras tanto, las redes sociales entrarían en una fase de actividad sísmica. Los partidarios proclamarían que comienza una edad de oro comparable al Renacimiento italiano, y sus adversarios anunciarían, aproximadamente por decimoquinta vez, el fin inminente de la civilización occidental.
Sin embargo, al cabo de unas semanas, la mayoría de la población seguiría con sus rutinas habituales: trabajando, pagando impuestos, quejándose del calor y discutiendo sobre fútbol y política, demostrando una vez más que España posee una capacidad extraordinaria para sobrevivir incluso a las profecías más apocalípticas de unos y a las expectativas más grandiosas de otros.
Y así continuaría la historia, porque una de las leyes fundamentales de la política española establece que, gobierne quien gobierne, siempre habrá alguien diciendo:
—«Con Franco esto no pasaba».
Y otro respondiendo:
—«Precisamente por eso».
La Puerta del Sol pasaría a llamarse oficialmente Puerta del Libre Mercado, y cada mañana una banda municipal interpretaría el himno de la Comunidad mientras una voz anuncia:
—"Ciudadanos, recuerden que hoy también han bajado los impuestos... aunque nadie sepa ya de dónde."
Los atascos desaparecerían porque, según el BOE madrileño, se declararían "fenómeno de izquierdas" y, por tanto, quedarían abolidos por decreto.
Los hospitales incorporarían una nueva especialidad: liberalismo traumatológico. El médico ya no preguntará"¿dónde le duele?", sino:
—"¿Ha probado usted a emprender?"
La Asamblea de Madrid se sustituiría por un plató permanente donde la oposición dispondría de tres minutos para intervenir y cuarenta y cinco para escuchar cómo Madrid representa el 97 % del PIB mundial, el 112 % del español y aproximadamente la mitad de la Vía Láctea.
En las escuelas, la asignatura de Historia se resumiría en tres temas:
- Madrid.
- Más Madrid (la región, no el partido).
- Cómo todo lo bueno de la humanidad acabó pasando por Madrid.
El Canal de Isabel II empezaría a embotellar agua con denominación de origen "Lágrimas de los que se fueron a vivir a provincias".
La estación espacial internacional establecería una delegación en Móstoles y se estudiará seriamente la anexión de Marte como distrito número 180 de la Comunidad.
La presidenta inauguraría la misma estación de Metro diecisiete veces, pero cada vez con una placa distinta y una rebaja fiscal conmemorativa.
Telemadrid emitiría las 24 horas un programa titulado "Madrid, bien; el resto, ya veremos", presentado por hologramas que discutirían si Lisboa debería ser considerada un barrio periférico de la capital.
Cuando llueva, se atribuiría al dinamismo económico madrileño. Si hay sequía, la culpa es del Gobierno central. Si nieva, se proclama una victoria de la colaboración público-privada con las nubes.
Finalmente, tras años de prosperidad mística, los libros de texto internacionales sustituirán la expresión "capital de España" por "centro neurálgico del universo conocido y de varias dimensiones aún por descubrir".
Y en la primera página de la Constitución aparecería una disposición adicional:
"La Comunidad de Madrid es una e indivisible, y lo que ocurra en Cuenca ya se estudiará en una comisión de expertos."
Las elecciones habían sido intensas, pero nadie imaginó la magnitud del fenómeno. Los sondeos se rindieron, las calculadoras electorales pidieron la baja por ansiedad y algunos analistas de televisión, incapaces de procesar la situación, fueron vistos murmurando porcentajes sin sentido mientras contemplaban gráficos en blanco.
España había hablado. O quizá había cantado. O tal vez había gritado "¡cañas!" con una fuerza tan colosal que las ondas sísmicas fueron detectadas por observatorios japoneses.
La noche electoral adquirió pronto tintes sobrenaturales. Las encuestas a pie de urna empezaron a atribuir a Isabel Díaz Ayuso victorias en provincias donde ni siquiera se celebraban elecciones, y un comentarista especialmente entusiasta llegó a afirmar que había obtenido representación parlamentaria en Luxemburgo y una cómoda mayoría en las colonias marcianas previstas para el año 2085.
La oposición se reunió de urgencia para intentar comprender el fenómeno. Unos reclamaban auditorías metafísicas; otros denunciaban la influencia de las terrazas, mientras varios expertos en ciencia política discutían acaloradamente sobre si era constitucional que una presidenta obtuviera más votos de los que tenía censados la Vía Láctea y dos galaxias vecinas.
Pero lo verdaderamente extraordinario llegó con el discurso de investidura.
La presidenta entró en la Asamblea entre aplausos, vítores y el sonido lejano de una orquesta interpretando una versión sinfónica del himno de Madrid. Los diputados se pusieron en pie. Algunos por cortesía. Otros por protocolo. Y unos pocos porque, según la leyenda, el magnetismo político del momento había alterado ligeramente la gravedad terrestre.
Con serenidad cósmica, la presidenta se dirigió a la nación, al universo observable y, por precaución, a cualquier civilización extraterrestre que estuviera siguiendo la retransmisión.
—Madrileños, españoles, seres interplanetarios y contribuyentes de buena voluntad. Hemos demostrado una vez más que Madrid no es solo una comunidad autónoma. Madrid es un estado de ánimo. Un concepto filosófico. Una forma de entender el espacio-tiempo.
Los aplausos duraron cuarenta y siete minutos.
Y así comenzó una era cuya existencia los historiadores aún discuten, los politólogos niegan y los guionistas de ciencia ficción consideran excesivamente inverosímil.
Esta es la crónica de aquellos tiempos extraordinarios.
Y, sobre todo, de las consecuencias que tuvo para el resto de la humanidad descubrir que, en efecto, la libertad era compatible con inaugurar la misma estación de Metro dieciocho veces.
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