LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL DE LA SEÑORITA ANGUSTIAS
Angustias tenía once años, unas trenzas mal hechas y una curiosidad que a la Tía Pepita le parecía "peligrosamente expansiva". Pepita, una mujer que vestía siempre de color gris tormenta, una cabeza que parecía una colmena y que consideraba que la alegría era una falta de educación, la retenía cada tarde en su salón con olor a naftalina y alcanfor. Su misión era clara: criar a una compañera de soledad para su vejez.—Escúchame bien, Angustias —decía la tía, mientras tejía una bufanda interminable que parecía una soga—. El amor es una estafa piramidal diseñada por el destino para dejarnos sin aliento y con los pies fríos. Es una enfermedad que entra por los ojos y sale por la cuenta corriente.
—Pero tía —decía la niña, balanceando las piernas—, en los cuentos los príncipes rescatan a as princesas y luego hay perdices. A mí me gustan las perdices.
Pepita soltó un bufido que hizo bailar la llama de una vela.
—Esas perdices están rancias, niña. Los hombres son como los gatos: una vez que consiguen lo que quieren, se lamen las patas y se olvidan de que existes. Desaparecen en la niebla de su propio egoísmo.
Angustias dejó de balancear las piernas. Entornó los ojos con una picaresca que ya apuntaba maneras de futura guionista de dramas.
—¿Y qué es eso que quieren los hombres, tía? ¿Un cromo difícil? ¿Que les dejes el fuerte de Playmobil? ¿O es que quieren que les limpies las orejas?
La Tía Pepita se puso rígida como un mástil. El tintineo de sus agujas de tejer se detuvo en seco.
—No preguntes cosas inconvenientes, Angustias. Solo escucha y aprende: el amor no es sencillo. Si un hombre te lo pone fácil, es que te está tendiendo una trampa. El amor verdadero debe ser una lucha de trincheras, una agonía constante. Si no sufres, es que te están engañando.
—Ah... —murmuró la pequeña Angustias, procesando la información con una sonrisa traviesa—. Entonces, si un chico me regala un caramelo y me sonríe, ¿tengo que tirárselo a la cabeza para que sea "amor de verdad"?
—Exactamente —aprobó la tía con una sonrisa gélida—. Solo lo que se consigue con sangre, sudor y lágrimas merece ser guardado en el baúl de los recuerdos. El resto es... —hizo una pausa dramática— ...vulgaridad.
Angustias asintió, fascinada. Aquella tarde, mientras Pepita se quedaba traspuesta en su sillón, la niña miró por la ventana y vio a un vecino regalarle una flor a su madre. "Pobres", pensó Angustias con una madurez prematura y distorsionada, "no saben que les falta el drama. Yo, cuando sea mayor, tendré un amor tan difícil que ni siquiera el Capitán de mis juguetes podrá entenderlo".
Y así, bajo el ala egoísta de una tía que solo quería una enfermera gratis para el futuro, nació la Angustias que conocemos: la mujer que ve un "te quiero" y responde con un "demuéstramelo cruzando un desierto descalzo".
Angustias creció aleccionada por una tía egoísta que solo buscaba una enfermera en su vejez. Angustias estaba convencida de que el amor verdadero no podía ser una línea recta; tenía que ser, por lo menos, una carrera de obstáculos diseñada por un sádico. Cuando conoció a Plácido en la cola del supermercado —él intentando decidir si el aguacate estaba maduro y ella juzgando su elección de cereales—, el flechazo fue tan violento que casi tira la torre de latas de atún.
Plácido era perfecto: reía con los ojos, pedía perdón a los objetos cuando tropezaba y, sobre todo, la miraba como si ella fuera el último vaso de agua en el desierto. Pero para Angustias, eso era sospechoso. Demasiado fácil.
—¿Quieres salir a cenar el viernes? —preguntó él, con una sonrisa que desarmaría a un ejército.
—No puedo —respondió ella, fingiendo una gravedad existencial—. El viernes es el aniversario del hundimiento del Titanic y guardo luto reflexivo. Además, mi horóscopo dice que no debo cruzar puentes, y el restaurante está pasando el río.
Plácido parpadeó, confundido pero paciente.
—Podemos ir a la pizzería de esta orilla. No hay puentes.
—Ahí es donde el amor va a morir, Plácido. El queso barato es la antítesis del romance —sentenció ella.
Angustias vivía bajo la premisa de que si no había drama, no era real. Una tarde, mientras paseaban por el parque, él intentó tomarle la mano. Ella se la retiró como si fuera una brasa ardiendo.
—¿Qué pasa? —preguntó Plácido, frenando en seco—. Llevamos un mes saliendo, nos gustamos, hablamos hasta las tres de la mañana sobre si los pingüinos tienen rodillas... ¿Por qué cada vez que trato de avanzar pones una trinchera?
—Porque el amor es una cumbre, Plácido —explicó ella, gesticulando con intensidad—. ¡Y nadie llega a la cima del Everest en ascensor! Si no sufrimos un poco de hipoxia y congelación, ¿cómo sabremos que valió la pena?—Angustias, esto es un parque en el centro, no el Himalaya. Y yo solo quiero darte un beso sin que saques un contrato de exclusión de responsabilidad.
Ella suspiró, acomodándose un mechón de pelo con nerviosismo.
—Es que si te digo que sí tan rápido, el universo se aburrirá de nosotros. Necesitamos un conflicto, una ex loca que aparezca en la boda, o al menos que descubramos que somos primos lejanos. ¡Algo de sabor!
Plácido se acercó, la tomó suavemente por los hombros y la obligó a mirarlo.
—Escucha bien: mi ex vive en Australia y es feliz, mis padres son de ciudades distintas y me gustas tanto que estoy dispuesto a subir tus montañas imaginarias. Pero me estoy cansando de las piedras que me tiras desde arriba.
Angustias lo miró. El silencio se prolongó tanto que un perro que pasaba por allí se detuvo a observar el desenlace. Ella sintió el impulso de decir que tenía alergia al polen de sus ojos, pero se detuvo.
—Está bien —cedió ella con un tono tragicómico—. Acepto el beso. Pero que conste que esto es muy poco cinematográfico. Ni siquiera está lloviendo.
Justo en ese instante, el sistema de riego automático del parque se activó, empapándolos por completo. Angustias sonrió, radiante bajo el chorro de agua fría.
—¡Ves! —gritó triunfante—. ¡Dificultades técnicas! Ahora sí podemos querernos.
¿Para su primera cita oficial "en serio", Angustias decidió que ir al cine era demasiado convencional. Así que arrastró a Plácido a un taller de cerámica para parejas ciegas (aunque ninguno de los dos tenía problemas de visión), convencida de que "conectar con el barro sin la tiranía de la vista" era la única forma de blindar su relación contra la superficialidad. Mucho cuento, la verdad es que esa afición tenia que ver con una película que acababa de ver y quedó fascinada.
Estaban sentados frente a un torno, con los ojos vendados y las manos hundidas en una masa grisácea y fría que se negaba a tomar forma de vasija.
—Angustias, amor —susurró Plácido, intentando no tragarse un poco de arcilla que le había saltado a la mejilla—, creo que acabo de decapitar a lo que sea que estábamos construyendo. Siento algo blando y separado del cuerpo principal.
—¡No es una decapitación, Plácido! —exclamó ella con fervor dramático, mientras sus dedos daban forma a algo que parecía un cenicero aplastado por un camión—. Es una metáfora de la fragilidad del ego. El amor no es una pieza de porcelana perfecta de una tienda de regalos. Es esto: barro, confusión y no saber dónde termina tu mano y empieza la mía.—Ahora mismo mi mano empieza en tu nariz, porque te acabo de manchar la cara sin querer—respondió él, soltando una risita—. ¿Podemos quitarnos las vendas ya? Me pica la oreja y no quiero dejarme un rastro de lodo digno de una criatura del pantano.
Angustias suspiró con una mezcla de decepción y ternura.
—Eres tan pragmático que a veces me asusta. ¿Acaso no sientes la vibración cósmica del esfuerzo? Si no salimos de aquí con las uñas negras y una crisis de identidad artística, ¿qué le contaremos a nuestros nietos? "¿Nos conocimos y ya está?" ¡Qué aburrimiento!—Les diremos que sobreviví a tus gincanas emocionales —dijo él, logrando por fin quitarse la venda con el antebrazo.
Al abrir los ojos, Plácido vio el desastre: Angustias tenía una mancha gris en la frente que parecía una tercera ceja, y sobre el torno descansaba un montón de barro informe que recordaba sospechosamente a un moco gigante. Ella, todavía vendada, mantenía una expresión de profunda concentración espiritual.—¿Y bien? —preguntó ella—. ¿Es hermoso? ¿Representa nuestra lucha contra el destino?
Plácido miró la "obra de arte" y luego la cara de ilusión de Angustias.—Es... un desafío a las leyes de la física, Angustias. Definitivamente, nadie podría decir que nuestra relación es fácil de modela
—¡Exacto! —gritó ella, quitándose la venda y saltando de alegría—. ¡Ves como sufriendo se entiende la gente.
La noche de la pizza, Plácido pensó que finalmente había ganado la guerra contra el drama. Estaban en su sofá, con una caja de cartón humeante sobre la mesa y una película de acción genérica puesta en la televisión. Sin metáforas, sin barro, sin horóscopos.
Angustias miraba la porción de pizza con una desconfianza digna de un detective de homicidios.
—¿Pasa algo? —preguntó Plácido, masticando feliz—. Es margarita. Queso, tomate, albahaca. Cero complicaciones.
—Ese es precisamente el problema, Plácido —susurró ella, dejando caer la porción como si pesara una tonelada—. Esta paz... es inquietante. ¿No sientes el vacío? Es como si el universo nos estuviera ignorando. Si no hay una aceituna amarga o un repartidor que se pierda, ¿cómo sabemos que el destino no se ha olvidado de nosotros?
Plácido suspiró, cerrando los ojos un segundo.
—Angustias, el destino no se ha olvidado de nosotros. El destino simplemente tiene hambre y quiere cenar tranquilo.
—¡No! —insistió ella, levantándose y empezando a caminar en círculos por la alfombra—. Esto es la "calma antes de la tempestad". Lo he leído en mil novelas. Cuando el protagonista se relaja y come pizza y en el capítulo siguiente descubre que su novia es una espía internacional o que tiene una enfermedad incurable que solo se cura con una flor que crece en Marte. ¡Estamos en riesgo, Plácido!
De repente, se escuchó un golpe seco en la puerta. Angustias dio un salto y se puso detrás del sofá.—¿Ves? ¡Ahí está! ¡Es la tragedia! ¡Ha llegado!
Plácido abrió la puerta, esperando encontrar al menos a un cobrador de deudas enfurecido para satisfacer la sed de drama de Angustias. Era el vecino del 4ºB, un señor de ochenta años con un camisón de cuadros.
—Perdona, Plácido... es que se me ha escapado el hámster por el pasillo y creo que se ha metido debajo de tu puerta. Se llama "Napoleón".
Angustias asomó la cabeza, con los ojos brillando de emoción tragicómica.
—¿Un rescate? ¿En mitad de la noche? ¡Un ser inocente cuya vida depende de nuestra agilidad mecánica y emocional! ¡Esto es lo que necesitaba la relación,
—Angustias, es un hámster —dijo Plácido, viéndola ya armada con una linterna y un guante de cocina.
—Es una misión de vida o muerte, Plácido. Si no salvamos a Napoleón, nuestra estructura ética como pareja se desmoronará. ¡Rápido, busca detrás de la nevera! ¡El amor es sacrificio y rodillas sucias!
Media hora después, Plácido estaba tirado en el suelo, con el brazo encajado bajo el mueble de la televisión, mientras Angustias le daba instrucciones tácticas y anotaba "el tiempo de crisis" en una libreta para su futuro diario de memorias.
—¡Lo tengo! —gritó Plácido, sacando al pequeño roedor, que lo miraba con profunda indiferencia.
Angustias lo miró con una mezcla de orgullo y alivio existencial. Se acercó a Plácido, que estaba cubierto de pelusas y sudor, y le dio un beso apasionado.
—Ves... —dijo ella, recuperando el aliento—. Ahora la pizza sabrá a victoria. Porque antes de comer, tuvimos que descender a los infiernos del polvo doméstico para salvar una vida. Eso, Plácido, es romance puro.
Plácido miró al hámster y luego a ella.
—Si mañana te despiertas y decides que tenemos que ir a buscar el tesoro de los templarios para desayunar, avísame con tiempo, por favor.
Plácido se limpió un poco de barro de la frente y sonrió.—Está bien, hemos superado la prueba del barro. Pero la próxima cita la elijo yo. Y te aviso: implica un sofá, una pizza y absolutamente ningún significado oculto.
Angustias decidió que presentar a Plácido no podía ser un simple almuerzo de domingo. No, eso sería "insultantemente burgués". Para ella, la introducción de su pareja al núcleo familiar debía tener la tensión de un juicio por traición a la patria.
—Escucha, Plácido —le dijo mientras le anudaba la corbata con tanta fuerza que él empezó a ver luces de colores—. Mis padres son encantadores, pero para efectos de nuestra narrativa, hoy son los Guardianes del Umbral. Mi padre te hará preguntas sobre el rendimiento de tus acciones que no posees, y mi madre analizará tu forma de cortar la carne para determinar si eres un psicópata en potencia.
—Angustias, tu padre es profesor de yoga jubilado y tu madre rescata galgos —jadeó Plácido, intentando recuperar el flujo de aire—. La última vez que los vi en fotos estaban haciendo un puzle de mil piezas de un campo de lavanda.
—¡Fachada! —sentenció ella con un brillo maníaco—. Todo es una prueba. Si no sudas frío al menos dos veces antes del postre, es que no te importa lo suficiente integrarte en mi árbol genealógico.
Necesito que luches por mi aprobación filial!
Llegaron a la casa. La mesa estaba puesta con un mantel de flores y el olor a asado inundaba el aire.
Todo parecía peligrosamente idílico.
—¡Plácido, qué alegría! —exclamó el padre de Angustias, extendiendo la mano—. Pasa, estaba justo leyendo sobre...—¡Papá! —interrumpió Angustias, cruzándose de brazos con pose de heroína de tragedia—. No le des una bienvenida tan cálida. Ponle un reto. Pregúntale qué opina del colapso del sistema de pensiones o de la teoría de cuerdas. ¡Pon a prueba su intelecto frente a la adversidad!
El padre miró a Plácido, luego a su hija, y suspiró con la paciencia de quien ha criado a una actriz dramática durante veintiocho años.
—Bueno... Plácido, ¿qué opinas de... que nos ayudes a abrir esta botella de vino? El corcho está rebelde.
Angustias se llevó la mano a la frente.
—¡Un desafío físico! ¡Excelente! El corcho como símbolo de las barreras emocionales que Plácido debe derribar para entrar en nuestro linaje.
Plácido tomó el sacacorchos con la solemnidad de quien empuña la Excalibur. Tras un par de tirones, el corcho se rompió por la mitad, dejando la mitad inferior atascada en el cuello de la botella.
—¡Oh, no! —gritó Angustias, casi radiante—. ¡El Corcho de la Discordia! ¡Es una señal! Plácido, esto significa que nuestra unión está fragmentada. ¡Rápido, di algo profundo para salvar el honor de la comida!
—Angustias, significa que el corcho estaba seco —dijo Plácido, buscando un tenedor para empujar el resto hacia adentro—. Pero si quieres drama, puedo fingir que me he herido gravemente con la etiqueta de la botella y pedir una ambulancia. ¿Eso ayudaría?
—No bromees con el dolor, Plácido. Esto es una crisis de protocolo.
La madre de Angustias apareció con una bandeja de croquetas.
—Hija, deja de torturar al pobre chico. Plácido, siéntate. He hecho croquetas de boletus, pero me han salido un poco blandas.
Angustias palideció.
—¿Blandas? ¿Como la falta de carácter? ¿Es un mensaje subliminal sobre mi elección de pareja, mamá?
¿Estás diciendo que Plácido no tiene la consistencia necesaria para sostener el peso de mi existencia?
—Digo que me pasé con la leche, Angustias —respondió la madre, dándole un beso en la mejilla—.
Comed y callad, por favor.
Durante la comida, Angustias vigilaba cada gesto. Cuando Plácido elogió el asado, ella anotó en una servilleta: "Adulación estratégica. ¿Falsedad o instinto de supervivencia?".
Al final, mientras ayudaban a recoger, el padre de Plácido le dio una palmada en el hombro.
—Tienes el cielo ganado, hijo. Nosotros sobrevivimos a su fase de "mimo profesional" en el instituto, tú podrás con esto.
A la salida, Angustias caminaba satisfecha, aunque algo agotada por su propio despliegue emocional.
—Ha sido intenso, ¿verdad? Casi noto cómo el aire se cortaba con un cuchillo cuando tu tenedor rozó el plato de porcelana. Estuvimos a punto del colapso familiar.
Plácido la rodeó con el brazo, riendo.
—Angustias, ha sido la comida más tranquila de mi vida. Pero si te hace ilusión, puedo decir que tu
padre me miró con odio ancestral durante el café.
—¿De verdad? —preguntó ella, con los ojos iluminados—. ¡Lo sabía! ¡Nuestra historia es una epopeya contra la desaprobación! ¡Qué romántico!
¿Para Angustias, una mudanza no era un simple traslado de cajas de cartón; era una "purga espiritual de identidades pasadas". Según su teoría, si dos personas lograban sobrevivir a compartir un solo camión de alquiler sin una orden de alejamiento, es que estaban destinados a la eternidad.
—Plácido, detente —dijo ella, bloqueando el paso con un brazo extendido mientras él cargaba una estantería de madera maciza—. No puedes meter esa librería en nuestro nuevo santuario sin antes pedirle perdón.
—¿Perdón? ¿A quién, Angustias? ¿A la madera? —preguntó Plácido, cuyo rostro ya empezaba a adquirir un tono púrpura por el esfuerzo—. Pesa cuarenta kilos y mis vértebras están haciendo música de percusión.
—Perdón por los libros que nunca leíste y por los posavasos que no usaste. Esta estantería carga con el peso de tu soltería despreocupada. Necesitamos un ritual de transición. ¡Quema un poco de salvia en el pasillo!
Plácido soltó la estantería con un estruendo que hizo vibrar las ventanas del piso vacío.
—Angustias, la única transición que necesito es de "estar de pie" a "estar tumbado". El vecino de abajo ya nos mira mal y solo llevamos tres lámparas y un perchero.
—¡Ese es el conflicto vecinal que vaticiné! —exclamó ella, anotando con entusiasmo en su libreta de vicisitudes—. "Día 1: La hostilidad del entorno pone a prueba la cohesión de la unidad de convivencia".
¡Es perfecto! ¡Es como Los Miserables, pero con cortinas de IKEA!
La verdadera tragedia estalló cuando llegaron a la caja marcada como "Miscelánea Emocional". Angustias sacó un peluche de un oso con un solo ojo y lo sostuvo en el aire como si fuera una reliquia maldita.
—Plácido... ¿qué hace esto aquí? —preguntó con voz trémula—. Este oso emana una energía de exnovia que corta la respiración. ¿Es un caballo de Troya enviado para destruir nuestra paz doméstica?
—Es de cuando tenía cinco años, Angustias. Se llama 'Tuerto' y mi abuela lo cosió con restos de unamanta. No es un complot internacional, es un recuerdo infantil.
—¡Peor aún! ¡Complejo de Edipo no resuelto! —sentenció ella, dejándose caer dramáticamente sobre una pila de cojines—. ¿Cómo vamos a construir un futuro si tu pasado tiene un botón por ojo y me mira con juicio desde la estantería de las metáforas?
Plácido se sentó a su lado, cubierto de polvo y con cinta de embalar pegada accidentalmente en el brazo.
—Escucha, dramaturga de mi vida. He subido cuatro pisos sin ascensor con tu colección de "piedras con significado especial". He aceptado que el salón sea una zona de "reflexión minimalista" donde no se puede comer patatas fritas porque el crujido "rompe la armonía". Pero Tuerto se queda. El amor esaceptación de las taras del otro, ¿no?
Angustias lo miró. Vio su frente sudada, su paciencia infinita y cómo, a pesar de sus locuras, él seguía allí, sosteniendo un oso viejo.
—Tienes razón —suspiró ella, limpiándose una lágrima imaginaria—. El contraste entre mi sofisticación trágica y tu apego a los objetos desdentados es el nudo gordiano de nuestra relación. ¡Qué difícil es quererte, Plácido! ¡Qué gloriosamente difícil!
Se abrazaron entre cajas abiertas y el olor a pintura fresca.
—¿Sabes qué falta para que esta mudanza sea un éxito cinematográfico? —
preguntó Plácido con cautela.
—¿Un incendio accidental? ¿Una fuga de gas que nos obligue a dormir en un hotelbarato? —sugirió ella con esperanza.
—No. Pedir comida china y comerla en el suelo porque no encuentro la caja de los cubiertos.
—¡Cenar como refugiados en nuestra propia tierra! —gritó Angustias, entusiasmada—. ¡Me encanta! Es tan decadente... ¡pide los rollitos de primavera del destino!
Aquella primera noche en el nuevo piso, el destino decidió que la "paz burguesa" de la pizza en el suelo era una afrenta personal. Mientras Plácido roncaba con la satisfacción del guerrero que ha subido un somier por las escaleras, Angustias permanecía con los ojos como platos, analizando el crujido de las tuberías.
De repente, un sonido seco rompió el silencio. el oso de peluche, se cayó de la estantería. Pero no cayó con la gracia de la gravedad; aterrizó de pie, con su único ojo de botón brillando bajo la luz de la luna.
—¡Plácido! ¡Despierta! —susurró Angustias, dándole un codazo que casi le saca el aire—. El umbral se ha roto. El oso... el oso tiene intenciones.
—Angustias, por favor... —balbuceó él, medio dormido—. Es un oso de lana. Las leyes de la física no permiten que los osos tengan agenda propia.
En ese instante, una corriente de aire helado recorrió el salón. La caja de los cubiertos vibró y una voz que sonaba como papel de lija frotando una tumba susurró desde las costuras de Tuerto:
—“Déjalo... dormir... mujer intensa...”
Angustias se llevó las manos a las mejillas, radiante de terror.
—¡Lo sabía! ¡Posesión demoníaca de segunda mano! ¡Nuestra mudanza ha invocado a un espíritu afín a tu desidia, Plácido! ¡Es un fantasma solidario con el patriarcado doméstico!
Plácido se incorporó, frotándose los ojos, justo a tiempo para ver cómo el peluche levitaba unos centímetros y señalaba con una pata de trapo hacia la cocina.
—“Trae... una cerveza... para el muchacho...” —siseó el espectro desde el interior del oso—. “Ha cargado... con la lavadora... déjalo en paz...”
—¡Es increíble! —exclamó Angustias, indignada pero fascinada—. ¡Incluso los muertos se ponen de tu parte! ¿Cómo voy a construir un arco dramático de superación personal si el fantasma de la casa es un aliado de tu comodidad? ¡Esto es una brecha de seguridad espiritual!
Plácido, que ya no sabía si estaba teniendo un brote psicótico o si realmente su juguete de la infancia estaba poseído por un ente con empatía masculina, se acercó al oso.
—Eh... ¿gracias, señor Fantasma? —dijo Plácido, rascándose la cabeza—. ¿Te importa si dormimos?Ha sido un día largo.
Tuerto asintió lentamente y volvió a su sitio en la estantería, dejando tras de sí un rastro de olor a lavanda antigua y resignación.
—¿Ves? —dijo Angustias, cruzándose de brazos sobre el colchón inflable—. Hasta el más allá sabe que lo nuestro es difícil. Ahora tenemos un poltergeist que te hace de abogado defensor. ¡Nuestra convivencia es oficialmente una zona de guerra metafísica! ¡Es el romance más complicado de la historia del código postal!
Plácido suspiró, atrajo a Angustias hacia él y le dio un beso en la frente mientras el oso, desde la oscuridad, emitía un pequeño suspiro de satisfacción.
—Mañana llamo a un exorcista, Angustias. O a un decorador de interiores que sepa de espiritismo.—¡No! —protestó ella—. ¡Deja al fantasma! Si se solidariza contigo, significa que mi vida es un desafío
constante contra fuerzas visibles e invisibles. ¡Es el conflicto perfecto para el segundo capítulo denuestra vida juntos!
Al día siguiente, Angustias no preparó café; preparó un escenario de confrontación espiritual. Había desplegado un círculo de tizas de colores (porque el blanco era "demasiado clínico") y colocado a Tuerto en el centro, rodeado de velas con olor a vainilla que, según ella, "suavizaban el carácter de los entes del bajo astral".
Plácido apareció en el salón con el pelo revuelto y una camiseta del revés, observando el despliegue con la resignación de quien ya ha aceptado que su vida es un episodio de Cuarto Milenio dirigido por Almodóvar.
—Angustias, son las ocho de la mañana. ¿Es necesario interrogar al peluche antes de las tostadas?—preguntó Plácido, esquivando una vela.
—¡Silencio, escéptico! —sentenció ella, envuelta en un chal de terciopelo que le daba un aire de pitonisa de mercadillo—. Estamos ante un hito histórico. Mi relación contigo no solo desafía la lógica, sino que ahora tiene un mediador espectral. Necesito saber si este fantasma es un ancestro tuyo que viene a vigilarme o simplemente un espíritu que se aburre en el plano etéreo.
Angustias se sentó frente a Tuerto y cerró los ojos con fuerza.
—¡Espíritu de la casa! ¡Tú que te solidarizas con el cansancio de Plácido! ¡Manifiéstate! ¿Eres un augurio de nuestra perdición amorosa o solo un machista del siglo XIX atrapado en un oso de un solo ojo?
El ambiente se enfrió de golpe. Las luces de la cocina parpadearon y Tuerto, con un movimiento lento y chirriante, giró la cabeza hacia Plácido. Una voz cavernosa, pero extrañamente cansada, llenó la habitación----“Solo... quiero... que bajes... el tono... de voz... Angustias... El drama... me da... migraña...post-mortem...”
Plácido soltó una carcajada que intentó camuflar con una tos.
—Ves, Angustias. Hasta el más allá pide una tregua. El pobre hombre —o lo que sea— solo quiere un poco de paz y orden.
—¡Increíble! —exclamó Angustias, indignada—. ¡Es un fantasma pragmático! ¡Esto es el colmo de la
anticlímax! ¿Dónde está el mensaje críptico sobre nuestro destino trágico? ¿Dónde está la advertencia sobre un secreto oscuro en tu pasado, Plácido?
El oso volvió a hablar, esta vez señalando con su pata de trapo hacia una esquina del salón donde todavía quedaban tres cajas por desembalar—“Abre... la caja... de las cortinas... El sol... me quema... el ectoplasma... Y tú, Plácido... no te rías... que aún... no has... colgado... el cuadro... del pasillo...”
Angustias se puso en pie, triunfante.
—¡Ajá! ¡Lo ves! ¡Te ha dado una orden! ¡El fantasma es el capataz de nuestra relación! ¡Nuestra convivencia es ahora un triángulo amoroso con un ente doméstico exigente!
Plácido suspiró, tomó al oso por la nuca y lo volvió a sentar con cuidado en la estantería.
—Mira, "Señor Fantasma", si nos dejas vivir en paz, yo cuelgo el cuadro y Angustias promete no hacer sacrificios de incienso los lunes. ¿Trato?
Tuerto emitió un pequeño sonido, parecido al de un fuelle viejo, y se quedó rígido. La temperatura volvió a la normalidad.
—Es fascinante —murmuró Angustias, ya tomando notas en su libreta
—."Día 2: El espectro de la casa se revela como un adicto a la decoración de interiores. Mi novio ha negociado con la muerte para evitar el drama. Mi vida es una tragicomedia de bajo presupuesto".
Plácido la abrazó por la cintura, todavía con sueño.
—Bueno, al menos ahora tenemos a alguien que me ayuda a que cuelgues la ropa. ¿Qué te parece si celebramos este pacto con un desayuno sin rituales?
—Está bien —cedió ella—, pero que conste que si el fantasma empieza a pedir que compremos muebles de estilo Luis XV, yo me pido la custodia de Tuerto en el divorcio espiritual.
Fiel a su filosofía de que nada puede ser simplemente funcional, Angustias decidió que tener un fantasma atrapado en un oso tuerto y viejo era una "vulneración de los derechos humanos espectrales".
—Plácido, no podemos ser cómplices de este hacinamiento —declaró ella, entrando en el salón con una bolsa de una tienda de juguetes de lujo—. Tuerto es una chabola espiritual. Si queremos que este ente sea un miembro productivo de nuestra pareja, necesita un upgrade inmobiliario.
Sacó de la bolsa un unicornio de felpa gigante, con pelaje rosa fluorescente, un cuerno dorado que brillaba en la oscuridad y una expresión de felicidad tan intensa que resultaba agresiva.
—Presento a "Purpurina Destino" —anunció Angustias—. Es ergonómico, tiene espacio para un ectoplasma de gran tamaño y, lo más importante, ¡combina con las cortinas!
Plácido, que estaba intentando montar una mesa auxiliar, dejó caer el destornillador.
—Angustias, el fantasma es un señor que quiere paz y silencio. Ese unicornio parece un ataque de pánico hecho peluche. Se va a asustar.
—¡Es un desafío a su masculinidad tóxica de ultratumba! —replicó ella, colocando al unicornio junto al oso—. ¡Obligaremos al fantasma a evolucionar! Espíritu, ¡deja tu lúgubre refugio de lana y múdate a este templo de color y alegría!
De pronto, la habitación se oscureció. No fue un parpadeo de luces, fue una sombra pesada que parecía emanar del propio Tuerto. El oso empezó a vibrar con tal violencia que los tornillos de la mesa de Plácido salieron disparados.
—“¿Rosa...?” —rugió la voz cavernosa, ahora con un tono de indignación absoluta—. “¿Purpurina... en mis... cuencas... astrales? ¡Soy... un capitán... de la marina... mercante... fallecido... en 1924!”
El unicornio salió volando por los aires, impulsado por una fuerza invisible, y aterrizó directamente sobre la cabeza de Angustias.
—¡Ves! —gritó ella, ajustándose el cuerno dorado que le había quedado sobre la frente—. ¡Hay conflicto de intereses! ¡Es un choque generacional! Mi novio es un vago, mi fantasma es un capitán cascarrabias y yo soy la única que intenta traer modernidad a este hogar. ¡Es la trama perfecta de una comedia de enredos sobrenatural!
Plácido se levantó y tomó a Tuerto, que seguía temblando de rabia.
—Capitán, lo siento. Angustias tiene buenas intenciones, pero a veces su sentido del drama nubla su juicio decorativo. Si te quedas tranquilo, te prometo que esta noche pondremos un documental de barcos en la televisión.
El oso se relajó instantáneamente. Una brisa suave, con olor a salitre y tabaco de pipa, recorrió el salón.
—“Barcos... de vapor... aceptable...” —murmuró el espíritu, volviendo a su rigidez habitual.
Angustias suspiró, decepcionada porque la mudanza espiritual no terminó en un musical de neón.
—Está bien. Pero que sepas, Plácido, que tener un capitán de barco viviendo en tu cuarto de estar es una responsabilidad enorme. ¿Y si decide que el pasillo es estribor y nos obliga a fregar la cubierta a las tres de la mañana?
—Si eso pasa —dijo Plácido, dándole el mando de la tele—, al menos la casa estará limpia. Es un riesgo que estoy dispuesto a correr por un poco de silencio.
Angustias decidió que el Capitán no podía ser un "soltero empedernido del más allá". Según ella, su soledad era una afrenta al romanticismo trágico que ella misma representaba.
—Plácido, el Capitán está amargado porque le falta una contraparte que desafíe su autoridad —sentenció
Angustias mientras colocaba un segundo peluche en la estantería.
Plácido se acercó, temiéndose lo peor. Al lado del oso Tuerto, Angustias había sentado a una muñeca de trapo vestida de época, con un pelo negro desordenado, ojeras pintadas con rotulador y una expresión de "estoy a punto de desmayarme de angustia existencial".
—Es igual que tú —dijo Plácido, retrocediendo un paso—. Tiene hasta tu misma cara de estar planeando una catástrofe.
—Se llama Leonor —anunció Angustias con orgullo—. Es una aristócrata ficticia que murió de aburrimiento y exceso de poesía. He realizado un ritual con pétalos de rosa y drama concentrado para atraer a un espíritu que sea mi espejo espectral. ¡El Capitán necesita una mujer que le complique la existencia tanto como yo te la complico a ti! ¡Es el equilibrio cósmico!
De repente, el aire se llenó de un olor mezcla de tabaco de pipa y violetas marchitas. La muñeca Leonor giró la cabeza con un crujido de tela.
—“Capitán...” —susurró la muñeca con una voz que sonaba idéntica a la de Angustias, pero con un eco de ultratumba.
—.“Esa forma de... anclar el alma... es tan... poco estética... ¿No sientes el vacío... del océano... en tu...relleno de algodón?”
El oso Tuerto se irguió, vibrando de pura confusión.
—“¿Otra...?” —rugió el Capitán—. “¡Cien años... de naufragio... fueron... más tranquilos... que esto!”
—¡Ves, Plácido! —exclamó Angustias, dando palmas—. ¡Es amor a primera vista! Ella le está
cuestionando su forma de ser y él está a la defensiva. ¡Es el inicio de una gran historia de amor tortuoso!
Plácido se llevó las manos a la cabeza. Ahora no solo tenía a una novia que buscaba dificultades en cada rincón, sino que el fantasma de su infancia estaba siendo acosado por una versión fantasmal y minúscula de la misma mujer.
—“Capitán...” —insistió la muñeca Leonor, moviendo sus brazos de trapo—. “Si no sufrimos... por la humedad... de las paredes... ¿cómo sabremos... que nuestra muerte... es real? ¡Hazme... un poema... de marejada!”
—“¡Mujer...!” —se quejó el Capitán desde el oso—. “¡Solo quiero... ver el... documental... de ballenas... en silencio!”
Angustias anotó frenéticamente en su libreta: "El espíritu de Plácido y el del Capitán sufren de la misma falta de visión artística. Las Leonores del mundo hemos venido a rescatarlos de su propia calma".
—Angustias —dijo Plácido, arrastrándola hacia la cocina—, acabas de crear un bucle de neurosis espiritual. Ahora hay dos de vosotros exigiendo drama en esta casa. ¿Eres consciente de que mi descanso ha muerto definitivamente?
—¡No ha muerto, Plácido! ¡Se ha vuelto épico! —respondió ella con una sonrisa radiante—. Ahora, cuando discutamos, ellos discutirán en la estantería. Nuestra vida es un teatro de dos niveles. ¿No es lo más romántico que has oído nunca?
Desde el salón, se oyó al Capitán gritar: “¡Que alguien... me devuelva... al Triángulo... de las Bermudas!” mientras Leonor le recitaba la lista de la compra con tono de elegía fúnebre.Plácido decidió que, tras sobrevivir a mudanzas, hámsters fugitivos, capitanes de la marina mercante y muñecas existencialistas, ya nada podía asustarlo. Así que, en mitad de la cena (con Tuerto y Leonor presidiendo la mesa en un silencio gélido), Plácido se arrodilló entre las cajas de pizza.—Angustias —dijo con una calma heroica—, quiero que seas mi esposa. Quiero pasar el resto de mi vida descifrando tus metáforas y peleando con tus fantasmas. ¿Te casarías conmigo?
Angustias se quedó petrificada, con un trozo de corteza de pizza a medio camino de la boca. Sus ojos se abrieron como platos y, en lugar de saltar de alegría, se puso pálida.
—¡Oh, no! —exclamó, dejando caer la pizza sobre el mantel de papel—. ¡Esto es el final!
—¿El final? Angustias, es una propuesta de matrimonio, suele ser el principio —dijo Plácido, aún de rodillas.
—¡Exacto! ¡Es demasiado perfecto! —empezó a hiperventilar ella, caminando en círculos alrededor de la mesa—. Plácido, ¿no lo ves? La narrativa clásica exige que, tras una propuesta tan dulce, ocurra el Gran Desastre del Altar. ¡Me vas a plantar! ¡Ya lo veo venir! Estaré allí, vestida de encaje vintage, y tú me enviarás un mensaje de texto diciendo que te has unido a la Legión Extranjera o que has descubierto que eres alérgico al compromiso permanente.
—Angustias, te lo estoy pidiendo porque te quiero, no porque quiera organizar un evento de humillación pública —suspiró él, levantándose.
De repente, la muñeca Leonor vibró sobre la mesa y su voz de ultratumba resonó con fuerza:
—“Tiene razón... Angustias... La novia plantada... es el... arquetipo supremo... Imagina... el rímel corrido...bajo la lluvia... ¡Es... arte!”
—“¡Cállate... trapo... del demonio!” —rugió el Capitán desde el oso—. “¡Plácido... huye... ahora que... tienes las... zapatillas... puestas!”
Angustias ignoró a los peluches y agarró a Plácido por los hombros, con los ojos empañados en un llanto tragicómico.
—¡Plácido, júrame que si me vas a dejar, lo harás ahora! ¡No me hagas pasar por el trauma de elegir un catering de comida orgánica para luego quedarme sola comiendo canapés de salmón frente a trescientos invitados! ¡El drama de ser una "novia a la fuga" es aceptable, pero el de ser una "novia abandonada" es demasiado incluso para mi currículum emocional!
—No te voy a plantar, loca —dijo él, abrazándola con fuerza—. Pero si tanto miedo tienes, podemos casar nos en un juzgado, tú y yo solos, sin altar. Así no hay sitio del que huir.
Angustias se separó un centímetro, reflexionando.
—Un juzgado... frío, gris, burocrático... ¡Es horrible! ¡Es una metáfora de la opresión del amor por el Estado! ¡Me encanta! Pero... —sus ojos volvieron a nublarse— ¿Y si el juez se queda dormido? ¿Y si hay un incendio en el registro civil? ¡El universo no va a permitir que nos lo pongas tan fácil, Plácido! Para Angustias, la única forma de mitigar la catástrofe era ensayarla. Así que, un sábado por la mañana, obligó a Plácido a participar en lo que ella llamó el "Protocolo de Resiliencia ante el Abandono Nupcial".—Muy bien, Plácido —dijo Angustias, que se había puesto una sábana blanca a modo de velo y sostenía un ramo de apio marchito—. Ahora son las once de la mañana. Yo estoy en el salón, que hoy representa la Catedral de Santa María del Drama. Tú estás en el pasillo, que es la salida de emergencia hacia tu libertad.
—Angustias, tengo que ir a comprar pan —suspiró Plácido, que llevaba puesto un sombrero de copa hecho con cartulina negra porque ella decía que "le daba un aire de villano victoriano".
—¡El pan puede esperar, el honor de mi linaje no! —exclamó ella—. Ahora, procede. Tienes que entrar, mirarme con frialdad absoluta y decirme que el amor es una mentira inventada por los fabricantes de tarjetas de felicitacitón. ¡Plántame con elegancia, Plácido! ¡Quiero sentir el vacío!
Plácido, viendo que no había escapatoria, entró en el salón arrastrando los pies.
—Angustias... lo siento. He decidido que prefiero dedicar mi vida a criar alpacas en el Titicaca. No hay boda.
Angustias se llevó la mano al pecho, soltó el ramo de apio y se dejó caer sobre el sofá con un gemido que habría envidiado la mismísima Sarah Bernhardt.
—¡Lo sabía! ¡El Titicaca! ¡Un destino tan exótico como mi soledad! ¡Oh, cruel destino! ¡Plácido, hazlo otra vez, pero esta vez con más desprecio! ¡Dime que mi obsesión con los fantasmas te ha vuelto loco!
En ese momento, la estantería empezó a temblar. Leonor, la muñeca, se inclinó hacia delante con los ojos de botón fijos en Plácido.
—“Dile... que su... intensidad... es un... agujero negro... ¡Más... crueldad... Plácido! ¡Que se... le rompa...el alma... en pedacitos... de trapo!”
—“¡Por las... barbas... de Neptuno!” —rugió el Capitán desde el oso—. “¡Plácido... no seas... memo! Dile... que te vas... porque el... sofá...está lleno... de pelos... de unicornio... ¡Eso... duele... más!”
Angustias, en lugar de asustarse, empezó a tomar notas frenéticamente mientras permanecía tirada en el sofá.
—"Nota para el día de la boda: Si Plácido menciona el Titicaca, desmayarse hacia la izquierda; la luz del juzgado favorece mi perfil izquierdo cuando estoy en estado de shock".
Plácido se quitó el sombrero de cartulina y se sentó a su lado, retirándole la sábana de la cara.
—¿Ya estás mejor? ¿Hemos superado el simulacro de trauma?
—Casi —respondió ella, recuperando la compostura—. Solo me falta ensayar la parte en la que devuelvo los regalos y me convierto en una ermitaña que solo habla con el Capitán y Leonor. Pero Plácido...—lo miró con una ternura genuina entre tanto teatro—, si de verdad me dejas en el altar, prométeme que al menos habrá una tormenta eléctrica. Lo último que quiero es que me abandonen con un sol radiante de fondo. Sería de muy mal gusto.
Plácido se rió y la besó.
—Te prometo que, si algún día te dejo, será porque me has obligado a vestirme de pingüino para un ritual de fertilidad lunar. Hasta entonces, vas a tener que aguantar que llegue puntual a la boda.
—¡Puntualidad! —se horrorizó ella—. ¡Qué falta de suspense!Cuando Plácido pronunció las palabras "ritual de fertilidad lunar", el tiempo se detuvo en el salón.
Angustias, que hasta ese momento disfrutaba de su simulacro de abandono, se puso rígida. Sus pupilas se dilataron y soltó la sábana blanca con un horror genuino.—¿Fertilidad... luna?—susurró con una voz que subió tres octavas—. ¡Plácido! ¡Eso es cruzar la línea roja del esoterismo debajo presupuesto! ¡No bromees con eso! ¡La Luna es una entidad caprichosa y no estoy preparada para que mi útero se convierta en un proyecto de ciencias de la NASA por culpa de una conjunción en Acuario!
—Angustias, solo era un ejemplo de algo absurdo... —intentó calmarla él, retrocediendo ante la mirada llameante de su prometida.
—¡Absurdo no, es una profecía! —gritó ella, empezando a abrir cajones frenéticamente—. Si lo has mencionado es porque el universo lo ha puesto en tu boca. ¡Ahora el Capitán y Leonor creerán que queremos llenar la casa de niños poseídos con ojos de botón! ¡Plácido, la fertilidad lunar implica ciclos, mareas y, probablemente, que yo tenga que bailar desnuda en el balcón untada en aceite de coco! ¡No puedo casarme bajo esa presión biológica-astral!
En la estantería, el ambiente se volvió eléctrico. Leonor, la muñeca, empezó a girar sobre sí misma como una bailarina de caja de música averiada.
—“¡Bebés... espectrales...!” —chilló Leonor con su voz de Angustias ultratumbas—. “¡Pequeños... dramas... en pañales... de gasa! ¡El ciclo... se cierra... Plácido... prepárate... para el... insomnio... cósmico!”
—“¡Ni hablar...!” —bramó el Capitán, haciendo que el oso Tuerto saltara hacia delante—. “¡No pienso... compartir... mi camarote... con un... grumete... que escupe... puré! ¡Plácido... diles... que la Luna... es solo... una piedra... flotante!”
Angustias se tapó los oídos, totalmente fuera de sí.
—¿Lo ves? ¡Ya estamos discutiendo por la educación de nuestros hijos no natos y aún no hemos firmado el acta de matrimonio! Esto es el colmo de la tragicomedia. Plácido, el miedo al plantón era manejable, ¡pero la Fertilidad Lunar es un contrato vinculante con el cosmos que no estoy dispuesta a firmar sin un abogado especializado en mitología babilónica!
Se sentó en el suelo, rodeada de cajas, apio marchito y una sábana, mirando a Plácido con una mezcla de amor y pánico absoluto.
—Si me caso contigo —dijo jadeando—, tiene que ser bajo techo, con persianas bajadas y un certificado que garantice que la Luna no tiene jurisdicción sobre nosotros. ¿Me lo prometes?
Plácido, agotado pero incapaz de no quererla, se sentó a su lado y le tomó la mano.
—Te lo prometo. Nada de rituales, nada de ciclos lunares. Solo tú, yo, y si te pones pesada, el Capitán de testigo.
Angustias apoyó la cabeza en su hombro, calmándose poco a poco.
—Está bien. Pero si el día de la boda hay luna llena, que sepas que entraré al juzgado con un paraguas abierto. Por si acaso.¿Llegó el gran día. El juzgado era un edificio de hormigón gris que Angustias calificó como "el escenario perfecto para un drama burocrático de posguerra". Ella vestía un traje de novia con tantas capas de tul que parecía una nube a punto de estallar, y sostenía un paraguas negro abierto dentro del edificio, por si la Luna —que ni siquiera se veía— decidía lanzar un rayo de fertilidad sorpresa. Plácido, con un traje que Angustias le había obligado a rociar con agua bendita (por si acaso), la guiaba hacia la mesa del juez.
—Firme aquí, por favor —dijo el funcionario, un hombre con bigote que parecía haber perdido toda esperanza en la humanidad hace décadas.
Angustias tomó el bolígrafo con las puntas de los dedos, como si fuera a manipular uranio. Observó la punta metálica y luego miró al juez con los ojos entrecerrados.
—Esta tinta... es demasiado roja, ¿no cree? —susurró ella—. Tiene un matiz... hemoglobínico. Plácido, ¿estamos firmando un acta de matrimonio o un pacto de sangre para entregar nuestra primogénita al Capitán de la estantería?
—Angustias, es un boli Bic convencional de tinta roja porque el juez es de la vieja escuela —suspiró Plácido—. Por favor, firma. Hay una pareja de moteros detrás de nosotros esperando para casarse y el novio me está mirando con ganas de usar su casco conmigo.
De pronto, la mochila de Plácido, donde había escondido a Tuerto y Leonor (porque Angustias decía que "sin testigos astrales el vínculo carecía de profundidad"), empezó a agitarse violentamente.
—“¡No firmes...!” —siseó la voz de Leonor desde el interior de la mochila—. “¡La tinta... es una... trampa del... destino estéril! ¡Pide... una pluma... de cuervo!”
—“¡Firma ya... condenada...!” —rugió el Capitán—. “¡Que el... funcionario... tiene cara... de querer... mandarnos... a galeras! ¡Acabemos... con esta... farsa terrestre!”
El juez levantó la vista, confundido.
—¿Ha dicho algo su mochila, caballero?
—Es... una alarma de coche muy avanzada, señor Juez —respondió Plácido con una sonrisa forzada, mientras le daba un codazo a Angustias—. ¡Firma!
Angustias, temblando de emoción tragicómica, apoyó la punta en el papel.
—Lo hago por ti, Plácido. Pero que conste que si en diez años descubrimos que esta firma nos vincula a una secta de oficinistas del inframundo, yo diré "te lo advertí". ¡Suframos juntos para siempre!
Firmó con una rúbrica tan exagerada que casi rompe el papel. Al terminar, miró a Plácido con una mezcla de pánico y éxtasis.
—Ya está. Estamos casados. Ahora es cuando las luces se apagan y descubrimos que el juez es en realidad tu exnovia disfrazada, ¿verdad? ¡Dímelo ya, Plácido! ¡No puedo soportar tanta normalidad! Plácido la tomó por la cintura y la besó ante la mirada atónita del funcionario.
—No hay exnovias, no hay sangre, y la Luna está al otro lado del planeta. Bienvenida a la vida real, señora de las vicisitudes. Angustias decidió que un faro era "demasiado estático" y que su amor necesitaba "la inestabilidad constante del océano". Así que arrastró a Plácido a un crucero de temática histórica. Por supuesto, no podían ir solos: Tuerto y Leonor iban instalados en un camarote interior que Angustias decoró con algas secas para que el Capitán se sintiera "en su elemento".—¡Es el escenario perfecto, Plácido! —exclamó Angustias, aferrada a la barandilla mientras el barco zarpaba—. El abismo bajo nuestros pies, el riesgo de un iceberg inesperado y nosotros dos, unidos contra la náusea y el destino.
—Angustias, es un crucero con buffet libre de 24 horas y clases de salsa —murmuró Plácido, que ya sentía los primeros efectos del mareo—. Lo único peligroso aquí es el exceso de mayonesa en la ensaladilla.
De repente, una niebla sospechosamente espesa envolvió la cubierta. Angustias se giró para comentar lo "cinematográfico" del momento, pero Plácido ya no estaba. En su lugar, solo quedaba su gorra de capitán de broma en el suelo.
—¿Plácido? —susurró ella. Luego, subiendo el tono a un nivel de soprano en crisis—: ¡Plácido! ¡Lo sabía! ¡El triángulo de las Bermudas se ha desplazado al Mediterráneo! ¡Me ha plantado en alta mar! La mochila que llevaba a la espalda empezó a dar saltos frenéticos. Angustias la abrió y Tuerto asomó su cabeza de peluche, vibrando con una intensidad sobrenatural.
—“¡El muchacho... ha caído... por la borda... de la existencia!” —bramó el Capitán—. “¡Siento... su rastro... en la sala... de máquinas... o quizá... en el bingo... de la tercera... edad!”
—“¡Es el... fin!” —chilló Leonor, asomándose junto al oso—. “¡Plácido ha... ascendido... a un plano... superior... sin buffet! ¡Angustias... quédate... mi viudez... es ahora... la tuya!”
Angustias, lejos de buscar a un marinero, empezó a correr por los pasillos alfombrados, gritando teorías conspiratorias.
—¡Ha sido la Luna! ¡La mención de la fertilidad lunar atrajo a una sirena burócrata que se lo ha llevado para repoblar la Atlántida! ¡Plácido, vuelve! ¡Prometo no obligarte a comer algas para cenar! Llegó jadeando a la zona de las piscinas, donde el Capitán, poseyendo temporalmente el sistema de megafonía del barco, hizo que una voz cavernosa retumbara entre las tumbonas:
—“¡BUSCAD... AL HOMBRE... DE LA CAMISETA... DE RAYAS...! ¡SU ESPOSA... ESTÁ... AL BORDE... DEL COLAPSO... ESTÉTICO...!”
Finalmente, Angustias encontró a Plácido. Estaba en un rincón oscuro de la cubierta de popa, pero no estaba con una sirena ni en otra dimensión. Estaba atrapado en una silla de masaje automática que se había averiado y le estaba apretando las pantorrillas con una fuerza industrial.
—¡Angustias! ¡Menos mal! —gritó Plácido, rojo como un tomate—. ¡Llevo diez minutos aquí y la
máquina me está intentando "alinear los chakras" por la fuerza! ¡Sácame de aquí!
Angustias se detuvo en seco y suspiró con una mezcla de alivio y profunda decepción artística.
—¿Una silla de masaje, Plácido? ¿En serio? Yo ya estaba negociando tu rescate con el Dios Neptuno y tú estás teniendo un altercado con un electrodoméstico de bienestar.
—“¡Qué... poco... épico!” —se quejó Leonor desde la mochila—. “Ni siquiera... hay... sangre... de coral...”
—“¡Al menos... tiene... vibración!” —replicó el Capitán, que parecía estar disfrutando del movimiento—. “¡Parece... un motor... de vapor...de los buenos!”
Angustias ayudó a Plácido a soltarse, pero mientras lo hacía, le lanzó una mirada de reproche.
—Esto es una advertencia, Plácido. El barco ha intentado devorarte a través del mobiliario. Nuestra luna de miel acaba de subir de nivel: ahora es "Hombre contra Máquina en el Abismo".
Angustias estaba en mitad de un monólogo sobre cómo la gelatina de fresa del buffet era, en realidad, "plasma espiritual solidificado", cuando el barco dio un sacudida que mandó las gambas a la mesa de los moteros. El estruendo fue ensordecedor.
—¡Es el destino! —gritó Angustias, mientras se aferraba a un jamón serrano entero—. ¡El Titanic nos ha enviado un recordatorio de que la felicidad es una construcción frágil! ¡Plácido, búscame un chal de seda, no puedo naufragar con esta luz tan poco favorecedora!
—¡Angustias, búscame un chaleco salvavidas y deja el jamón! —rugió Plácido, mientras el agua empezaba a entrar por los ojos de buey.
El caos fue absoluto. En medio del naufragio, Angustias no salvó las joyas, sino la mochila con los peluches. Horas después, despertaron sobre la arena blanca de una isla desierta, empapados y rodeados de restos de tumbonas y cocos.
—¿Ves? —dijo Angustias, escupiendo un poco de arena y acomodándose el tul del vestido de novia, que ahora parecía una red de pesca rota—. Esto es lo que nos faltaba. El aislamiento existencial absoluto. Ahora sí que nuestro amor podrá florecer sin las distracciones del wifi y la higiene personal.
Plácido se levantó con dificultad, mirando el horizonte vacío.
—Angustias, estamos en una isla perdida, no tenemos agua dulce y lo único que ha sobrevivido es tu mochila de fantasmas y... ¿un dispensador de servilletas?
De la mochila, una voz ronca y triunfal surgió entre el sonido de las olas. El Capitán, a través de Tuerto, estaba en su salsa.
—“¡Tierra... a la vista... grumetes! ¡Por fin... un escenario... digno de mi... historial naval! ¡Plácido... construye... un refugio... de palmeras... o te... juzgaré por... amotinamiento!”
—“¡Qué... maravilla...!” —susurró Leonor, la muñeca, que ahora tenía una caracola pegada a la cabeza—. “Moriremos... de inanición... bajo el sol... ecuatorial... Es tan... poético... Plácido... ¿puedes escribir... mi epitafio... en la arena... antes de desmayarte?”
Angustias se puso en pie, radiante bajo el sol abrasador.
—¡No vamos a morir, Leonor! Vamos a vivir una epopeya de supervivencia romántica. Plácido será el recolector rudo y yo seré la musa que delira por la deshidratación. ¡Es el conflicto máximo!
—Angustias —dijo Plácido, señalando hacia unos arbustos—, creo que acabo de ver una serpiente del tamaño de mi brazo.
—¡Perfecto! —exclamó ella—. ¡Un antagonista reptiliano! Plácido, ¿no lo entiendes? Este naufragio es la prueba definitiva. Si logramos querernos mientras compartimos un coco y luchamos contra la malaria, ¡nadie podrá decir que nuestro matrimonio fue fácil!
Plácido miró al mar, luego a su mujer (que ya estaba intentando usar el dispensador de servilletas para hacer señales de auxilio con forma de corazón) y finalmente a los peluches.
—Está bien —suspiró Plácido—. Pero si aparece una tribu caníbal, no les digas que somos "almas en conflicto", diles que somos indigestos, por favor.
La "supervivencia romántica" en la isla alcanzó su punto de ebullición cuando Angustias decidió que las ianas no eran solo para colgar la ropa, sino para crear "espacios de introspección vertical". Mientras tanto, en la penumbra de la selva, se estaba gestando una insurrección.
Plácido regresó de intentar pescar con un tenedor atado a un palo y se encontró con una escena dantesca: el Oso Tuerto estaba sentado sobre una roca elevada, rodeado por una docena de monos capuchinos que lo miraban con una devoción aterradora.
—Angustias... —susurró Plácido, soltando su rudimentario arpón—. Creo que tu Capitán ha pasado de la marina mercante a la guerra de guerrillas.
—“¡Firmes... micos... de agua... dulce!” —bramó la voz del Capitán desde el peluche—. “¡El motín... ha comenzado! ¡Plácido... entrega... el dispensador... de servilletas... o sentirás... el peso... de la jungla!”
Los monos, como si entendieran el idioma de ultratumba, empezaron a lanzar cocos al unísono, creando un bombardeo perimetral alrededor de Plácido.
—¡Es fantástico! —gritó Angustias, saliendo de su "choza de meditación" con una corona de helechos—¡El Capitán ha reclutado a una milicia indígena para derrocar tu pragmatismo, Plácido! ¡Es el conflicto de clases llevado al plano zoológico-astral!
—¡Angustias, me están tirando fruta pesada a la cabeza! —protestó Plácido, cubriéndose con una bandeja de plata que rescató del naufragio—. ¡Dile a tu oso que detenga este golpe de estado!
—¡No puedo interferir en la autodeterminación de los pueblos de felpa! —replicó ella, emocionada—.
Además, Leonor está fascinada. Dice que la violencia selvática le recuerda a un poema de Lord Byron.
De repente, la muñeca Leonor, que estaba colgada de una palmera, empezó a recitar con su voz de Angustias sombría:
—“Que la sangre... de coco... corra... por la arena... ¡Abajo... el patriarcado... de las... bermudas!”
Los monos prorrumpieron en gritos y empezaron a desmantelar el refugio de Plácido, llevándose sus calcetines para usarlos como estandartes revolucionarios. El Capitán, vibrando de poder, dio la orden final: —“¡Llevadlos... a la cueva... del eco! ¡Allí... nadie... escuchará... sus quejas... por la falta... de aire... acondicionado!”
Plácido miró a Angustias, que estaba anotando en la arena:
---"Día 4: Mi marido ha sido depuesto por un ejército de primates liderado por mi peluche de la infancia El matrimonio nunca fue tan estimulante".
—Angustias —dijo Plácido mientras un mono le quitaba el reloj—, si salimos de esta, la próxima luna de miel la pasamos en un búnker de hormigón. Sin juguetes.
—No seas aburrido, Plácido. ¡Mira qué puesta de sol! Con el motín de fondo, es la imagen más romántica de nuestra vida. ¡El destino no podía ser tan cruel de enviar ayuda justo cuando la trama estaba en su punto más álgido!
Mientras los monos desfilaban con los calcetines de Plácido y el Capitán celebraba su victoria estratégica, un reluciente buque de la Guardia Costera apareció en el horizonte, lanzando bengalas y haciendo sonar su sirena.
—¡Plácido, rápido! —gritó él, agitando su camiseta de rayas con desesperación—.¡Allí! ¡Nos han visto!
¡Adiós a los cocos y a la monarquía del Capitán!
Angustias se interpuso entre Plácido y el mar, abriendo su paraguas negro (que milagrosamente seguía intacto) como si fuera un escudo contra la salvación.
—¡Ni se te ocurra, Plácido! —exclamó con los ojos encendidos de fervor dramático—. ¿Un rescate?
¿Ahora? ¡Es un deus ex machine de manual! Es perezoso, es barato y arruina totalmente el crecimiento de nuestros personajes. ¡Aún no hemos aprendido a hablar el idioma de los monos ni hemos tenido una epifanía sobre nuestra insignificancia en el cosmos!
—¡Angustias, he aprendido que no me gusta que me tiren fruta y que echo de menos el papel higiénico! —rugió Plácido—. ¡Esa es mi epifanía!
De la mochila, la voz de Leonor surgió con un tono de desprecio absoluto hacia el buque de rescate:
—“Ese barco... es demasiado... blanco... Rompe... la estética... de nuestro...naufragio... ¡Plácido... diles... que nos... dejen... languidecer... con dignidad...!”
Incluso el Capitán parecía indignado:
—“¡Un barco... de motor... diésel! ¡Qué... falta... de respeto... al viento! ¡Que se... hundan... ellos...por interrumpir... mi mandato... selvático!”
El buque se acercó y una lancha motora comenzó a dirigirse hacia la orilla. Los rescatistas, equipados con mantas térmicas y botiquines, miraban con desconcierto a la mujer con traje de novia destrozado que les hacía gestos para que se largaran.
—¡Atrás, enviados del orden! —gritaba Angustias—. ¡No podéis rescatarnos antes de que alcancemos el clímax emocional! ¡Volved dentro de tres meses, cuando Plácido tenga una barba de náufrago y yo haya escrito mis memorias en hojas de palmera!
Plácido, sin mirar atrás, corrió hacia la lancha tropezando con los restos de su refugio.
—¡No la escuchen! ¡Está en shock post-traumático! ¡Llévenme a un lugar con pizza y sin osos poseídos!
Angustias, al ver que Plácido se subía a la lancha, suspiró con una sonrisa melancólica. Se giró hacia Tuerto y Leonor.
—Bueno... supongo que el "rescate forzoso" es un giro argumental aceptable.
Representa la sociedad oprimiendo nuestra libertad salvaje. ¡Es tan trágico!
Subió a la lancha con la cabeza alta, asegurándose de que la manta térmica que le pusieron le quedara como una capa real.
—Señorita, ¿está bien? —preguntó un rescatista preocupado.Ya a bordo del buque de rescate, envuelta en una manta térmica que ella insistía en llamar "la mortaja de nuestra libertad", Angustias observaba a los guardacostas con una sospecha que rozaba lo detectivesco. Los hombres se movían con eficiencia, ofreciendo caldo caliente y revisando constantes vitales, pero para ella, todo era una puesta en escena intergaláctica—Plácido —susurró, acercándose a su marido mientras él devoraba un sándwich de jamón con la mirada de alguien que ha visto la luz—. Fíjate en sus movimientos.
Son demasiado coordinados. Y esas linternas... ¡Tienen el mismo tono de blanco que la luz lunar!
—Angustias, por el amor de Dios, son rescatistas profesionales —balbuceó Plácido
entre bocados—. Tienen una insignia, un barco y huelen a gasoil, no a polvo estelar.
—¡Esa es la tapadera perfecta! —insistió ella, señalando a un rescatista bajito que intentaba guardar al oso Tuerto en una bolsa de objetos perdidos—. Mira a ese. No tiene vello facial. Es un síntoma claro de ser un humanoide sintético enviado por Selene para vigilarnos. Saben que en la isla estuvimos a punto de descifrar el código de la fertilidad cósmica y han venido a neutralizarnos.
De repente, la mochila de Angustias comenzó a emitir un zumbido eléctrico. Leonor, la muñeca, asomó la cabeza con su habitual rictus de agonía.
—“El caldo... tiene... nanobots... lunares...” —siseó la muñeca—. “Quieren... dormir... tu drama... Angustias... ¡Tira... el sándwich... al mar...
Plácido... es un... caballo... de Troya... de harina!”
—“¡Zafarrancho... de combate!” —rugió el Capitán desde el fondo de la bolsa de objetos perdidos—. “¡Estos... no son... marineros... son... espías... del satélite! ¡Plácido... toma... el control... del puente... o acabaremos... en un... zoológico... lunar!”
Plácido cerró los ojos, ignorando las voces de los peluches y la mirada maníaca de su esposa.
—Angustias, si nos llevan a la Luna, al menos allí no habrá humedad y la gravedad hará que sea más fácil cargar con tus maletas de piedras con significado emocional. Me rindo al complot.
Angustias lo miró, indignada.
—¡Esa es la actitud que ellos esperan! ¡La sumisión! Pero yo no me rendiré. Si este barco nos lleva a un puerto convencional, será la prueba definitiva de que han borrado nuestra memoria colectiva durante el trayecto. ¡Nuestra vida juntos nunca será aburrida, Plácido, porque siempre sabré que nos están observando desde el cielo!
Al llegar al puerto, bajo el flash de las cámaras de los periodistas, Angustias salió de la lancha saludando con la mano, convencida de que los fotógrafos eran en realidad paparazzis de otra dimensión documentando el fin de su exilio espiritual.
—¿Ves, Plácido? —dijo ella, mientras los flashes la cegaban—. El mundo entero celebra nuestroregreso. La tragicomedia continúa... y ahora tenemos un presupuesto mayor para efectos especiales.
Plácido solo pudo sonreír y abrazarla, sabiendo que, aunque estuvieran de vuelta en la civilización, con
Angustias cada semáforo en rojo sería una conspiración y cada factura de la luz, un mensaje cifrado del más allá.
Para su primer aniversario, Angustias decidió que una cena romántica era demasiado "predeciblemente feliz". Así que alquiló el sótano de una antigua mercería abandonada que, según ella, conservaba el eco de "miles de botones perdidos y sueños deshilachados".
—He preparado una Cena de la Amnesia Selectiva, Plácido —anunció Angustias, vestida con un velo negro y sosteniendo una vela negra que goteaba sobre una mesa coja—. Vamos a comer alimentos que empiecen por la letra 'N', para recordar que nuestro amor nació del Naufragio y la Neurosis.
—Solo hay nueces, nata y nísperos en la mesa, Angustias —dijo Plácido, que llevaba un casco de minero porque la bombilla del sótano había estallado nada más entrar—. ¿Podemos pedir una pizza antes de que el Capitán pierda los estribos?
De repente, la estantería de bobinas de hilo empezó a vibrar. Tuerto, ataviado con una pequeña medalla hecha con una chapa de cerveza, se puso en pie de guerra.
—“¡Intrusos... en el... perímetro...!” —bramó el Capitán—. “¡Siento... el metal... de la autoridad... acercándose! ¡Plácido... destruye... las pruebas... del contrabando... de nísperos!”
Resulta que los vecinos del edificio, asustados por los cánticos de Leonor (que estaba recitando "La canción del pirata" en versión fúnebre) y el humo de la salvia quemada, habían llamado a la policía local.
—¡Abran paso, policía! —gritó un agente, echando la puerta abajo con la linterna en alto—. ¡Tenemos un informe de ruidos extraños y posible ritual ilegal!
Angustias se levantó, radiante, extendiendo los brazos como si esperara las esposas con ansia.
—¡Lo habéis logrado, Plácido! ¡El aniversario perfecto! ¡La represión del sistema interrumpiendo
nuestra comunión con el pasado! ¡Agente, arresteme por exceso de sensibilidad poética!
—“¡Registradla...!” —chilló Leonor desde una esquina—. “¡Lleva... un corazón... roto... bajo el... corsé...! ¡Es... una delincuente... del alma...!”
El policía se quedó congelado, mirando al oso que hablaba, a la muñeca pálida y a Plácido, que simplemente seguía pelando una nuez con su casco de minero puesto.
—Mire, agente —dijo Plácido con una calma sobrenatural—. Mi mujer es intensa, mi oso es un veterano de guerra y mi muñeca es una dramática. Pero el contrato de alquiler del sótano es legal. ¿Quiere un níspero?
El agente bajó el arma, confundido.
—Solo... apaguen las velas y dejen de gritar cosas sobre la marina mercante. La gente quiere dormir. Cuando el policía se fue, Angustias miró a Plácido con los ojos empañados en lágrimas de felicidad.
Plácido la miró en silencio, admirando por un segundo ese brillo de invencibilidad que le nacía en los ojos. Ella se veía capaz de detener un alud con las manos desnudas o de negociar con el mismísimo diablo si hacía falta.
—Entonces —soltó él con una naturalidad que helaba la sangre—, si ya eres una fuerza de la naturaleza... supongo que ya podemos ser papás.
El mundo se detuvo.
Angustias abrió los ojos tanto que los párpados parecieron querer esconderse en su frente. El aire se volvió espeso, insuficiente. De repente, su mano, la misma que hace un segundo sostenía con firmeza el destino de ambos, empezó a vibrar con un temblor fino, eléctrico, como si estuviera sosteniendo un cable de alta tensión.
—¿Papás? —susurró ella, y la palabra sonó como un diagnóstico terminal.
Dio un paso atrás, buscando el apoyo de la pared, mientras su mente proyectaba imágenes de pañales radiactivos y una criatura con el temperamento de su marido y la intensidad de sus propias crisis existenciales.
—Plácido... —logró decir, con la voz quebrada por el pánico—. He sobrevivido a inspectores de hacienda, a naufragios emocionales y a un oso que cree que es capitán de barco... pero esto...Se miró las manos temblorosas y luego lo miró a él, aterrada.
—No estoy preparada para algo tan serio. Una catástrofe la gestiono, pero un ser humano... a un ser humano no se le puede aplicar el protocolo de "catástrofe controlada". ¡Eso es una anarquía Esa risa de Plácido fue como un extintor sobre un incendio forestal. Angustias sintió que los pulmones se le volvían a llenar de oxígeno, aunque el corazón seguía dándole golpes contra las costillas, como un pájaro enjaulado que acaba de ver a un gato.
—¡No vuelvas a hacer eso! —logró jadear ella, hundiéndose en el abrazo, todavía con el temblor recorriéndole los hombros—. Casi me veo comprando una cuna y un manual de instrucciones para no arruinarle la vida a un inocente. Las catástrofes se gestionan, Plácido, pero los hijos... los hijos son el fin de la logística.
Se quedó ahí, refugiada en su pecho, disfrutando del alivio. Sin embargo, no podía verlo. No podía ver que, mientras él la estrechaba, ese brillo pícaro en sus ojos no se apagaba. Era la mirada de quien ha lanzado un anzuelo y, aunque ha recogido el hilo rápido para no asustar a la presa, sabe que el cebo ha quedado flotando en el aire .Plácido la besó en la coronilla, manteniendo el silencio, dejando que el "no" de ella resonara hasta que empezara a sonar a "quizás" en algún rincón de la casa. Porque en ese segundo año de locura, después de vencer a la ley y domesticar osos, ambos sabían que la mayor catástrofe —la más hermosa y aterradora— siempre es la que uno jura que nunca va a suceder.
En el mismo instante en que Plácido pronunció la palabra «papás», algo ocurrió en una dimensión donde el tiempo no se mide en relojes, sino en destellos. Una pequeña luz, que hasta entonces flotaba en un sopor dorado, se encendió con la potencia de un faro en mitad de la tormenta.
—¡Es ahora! —exclamó el alma, dando un salto mortal entre nebulosas—. ¡Ese es mi Plácido! ¡Esa es mi Angustias!
Mientras en la Tierra Angustias retrocedía horrorizada y sentía que el mundo se le venía encima, la pequeña entidad empezó a dar vueltas sobre sí misma, frenética de alegría. Al sentir el temblor y el miedo de su futura madre, la luz emitió una vibración cálida, una frecuencia de calma absoluta que intentó filtrarse por las grietas del pánico de Angustias.
—Ay, mami... no te pongas así —susurró la vocecita cósmica con una seguridad insultante—. No te preocupes por nada, de verdad. Tú sigue con tus osos y tus nísperos, que de lo serio me encargo yo. Pienso llegar sin hacer ruido, casi de puntillas. Ni te vas a enterar de que vengo, pero cuando llegue... ¡prepárate para el orden!
El alma se frotó las manos (o lo que sea que tienen las luces antes de nacer) y empezó a diseñar su plan de aterrizaje. Angustias creía que el segundo año sería una catástrofe, pero no sabía que estaba a punto de ser «colonizada» por la jefa más eficiente del universo.
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