SINISTRATUM, EL LABERINTO DE HORTA

 



La noche recupera su dominio sobre la Calle de Mallorca. Las grúas de la Sagrada Família se detienen, convirtiéndose en espinas de acero que vigilan el cosmos. En el cuarto de los hermanos, la esquirla de obsidiana descansa sobre la mesita de noche, pero no está apagada: emite un pulso rítmico, un código Morse visual que solo las sombras saben traducir.

En las profundidades del Laberinto de Horta, a kilómetros de distancia, una estatua de mármol de Eros ha empezado a llorar un líquido negro y denso. El laberinto ha cambiado su configuración en mitad de la noche; los pasillos ya no llevan a la salida, sino hacia abajo, hacia un vacío que no tiene nombre.

El Laberinto de Horta respiraba una humedad antigua, como si el jardín hubiera estado aguardando todo el día a que cayera la noche. Las paredes de ciprés, altas y densas, formaban corredores demasiado estrechos, impregnados de un olor verde y terroso que recordaba a criptas abiertas tras la lluvia. Más allá del laberinto, la colina se recortaba en sombras irregulares; el palacete neoclásico parecía observar en silencio, con sus ventanas negras como cuencas vacías.

La luna apenas se filtraba entre las hojas, dibujando geometrías rotas en el suelo de grava. Cada paso crujía con un eco que no se apagaba, como si el sonido se quedara atrapado entre los setos. Las estatuas —Eros, ninfas, figuras sin nombre— emergían de pronto en los cruces, cubiertas de líquenes, con los rostros erosionados hasta adquirir una expresión ambigua, casi doliente. El aire se volvía más frío a medida que uno se internaba, y la sensación de orientación se perdía con una facilidad inquietante.

La págoda estaba allí, justo antes de la entrada, con sus columnas coloridas y la estructura de madera enredada en plantas dormidas. De día era un umbral amable, un sitio donde los adultos esperaban y los niños se adelantaban corriendo. De noche, sin embargo, parecía una jaula sin paredes, un aviso que nadie sabía leer a tiempo.

Bajo la págoda, el aire ya se volvía denso. No cerraba el espacio, pero lo marcaba. Como si, al cruzarla, el cuerpo firmara algo sin darse cuenta. Un paso más y el laberinto empezaba a apretar desde dentro.

Los setos no estaban cerca todavía, pero el pecho sí.
La respiración se hizo corta, medida, vigilada.

Desde la págoda, la entrada al laberinto parecía demasiado baja, aunque no lo fuera. Una ilusión mínima, suficiente. El cuerpo dudó. El instinto gritó que no. Pero los pies avanzaron igual.

Dentro, el sonido cambió. El mundo exterior quedó amortiguado, como si la págoda hubiera cerrado una tapa invisible. Cada paso alejaba la salida no en metros, sino en volumen. El espacio seguía ahí, pero ya no servía.

Las paredes verdes no tocaban, pero rodeaban.
No empujaban, pero presionaban.

La mente empezó a medirlo todo: anchura del pasillo, altura de los setos, distancia entre respiraciones. El miedo no venía de perderse, sino de la certeza de que, aunque encontraras la salida, no cabrías igual que entraste.

Entonces ocurrió lo peor: mirar atrás.

La págoda ya no se veía.

No porque estuviera lejos, sino porque el laberinto había decidido que ese recuerdo ocupaba demasiado espacio. El pecho se cerró un poco más. Las costillas crujieron como madera vieja. El aire entraba, sí, pero no bastaba.

El laberinto no quería atraparte.
Quería ajustarte a su medida.

Y mientras el mundo se reducía a pasillos, hojas y respiración, quedó claro que la págoda no era una entrada.

Era la última advertencia.

En el centro del laberinto, la fuente estaba seca. No había agua, pero sí una mancha oscura en el fondo, irregular, como si algo hubiera sido arrastrado muchas veces contra la piedra. Desde algún punto imposible, llegaba el rumor de pasos que no coincidían con los propios.

Dos linternas temblaron a la vez. Las sombras se estiraron.

—«Has sentit això?» Dice Nuria

El viento agitó las copas y el laberinto respondió con un susurro colectivo, un roce de hojas que sonó demasiado coordinado.

—«No hi ha ningú més, oi?» Inquiere Pau

Una estatua apareció donde antes no estaba. O quizá siempre había estado allí y el ojo se negaba a reconocerla. Tenía la boca entreabierta, como si hubiera querido hablar y no hubiera llegado a tiempo.

—«Aquest lloc… no és normal.» Susurra Laia

La grava volvió a crujir, ahora a la espalda. El laberinto parecía reconfigurarse; los pasillos se estrechaban, las salidas se alejaban unos metros más cada vez que se intentaba alcanzarlas. El olor cambió: ya no era vegetal, sino húmedo y rancio, como ropa vieja olvidada en un sótano.

—«Torna enrere. Ara.» Ordena Pau.

Una risa breve, casi infantil, resonó entre los setos. No venía de un punto fijo; se desplazaba, rodeaba, probaba.

—«No juguis amb mi…» Lee responde Laura.

Las linternas parpadearon. En la oscuridad momentánea, algo respiró muy cerca, demasiado cerca, con un ritmo irregular, forzado.

—«No estem sols.»

Cuando la luz regresó, el camino por el que habían llegado ya no existía. Solo un muro verde, intacto, sin huella alguna de paso. En el centro del silencio, el laberinto pareció inclinarse, satisfecho, como si hubiera cerrado por fin la puerta correcta.

—«El laberint no et deixa marxar.»

Y entonces, todas las estatuas sonrieron a la vez

El pánico terminó por quebrarlos. Corrieron sin rumbo, arañándose la piel con las ramas, respirando a golpes, mientras el laberinto se cerraba con la paciencia de un animal antiguo. Los muros verdes parecían latir; cada giro devolvía al mismo cruce, cada salida prometida se disolvía en otro pasillo idéntico. El suelo ya no crujía: amortiguaba los pasos, como si quisiera tragárselos sin ruido.

Las linternas murieron una a una. La oscuridad no cayó de golpe; se deslizó, espesa, ocupando pulmones y pensamientos. Las estatuas se desplazaban cuando nadie miraba, dejando rastros de grava húmeda. La fuente seca empezó a oler a hierro.

—«No puc més…»

Un grito se perdió en los setos y regresó deformado, burlón. El laberinto aprendía sus voces.

—«Ens està escoltant.»

Las paredes se inclinaron apenas, lo justo para rozarles los hombros, para marcarles el camino con rasguños. Algo pasó entre los cipreses, rápido, sin forma definida, y el aire se llenó de un murmullo de hojas que sonaban como dientes.

—«No miris enrere.»

Demasiado tarde. El centro ya no era un centro, sino una boca. Y cuando comprendieron que el laberinto no los perseguía —que simplemente esperaba—, la risa volvió a sonar, cercana, satisfecha.

—«Ja sou dins.»

El silencio que siguió fue absoluto, como si Horta hubiera cerrado los ojos para digerir.

De entre los pasillos surgió una figura imposible de datar, envuelta en una malla negra que absorbía la escasa luz como un pozo. No dejaba huellas sobre la grava y, sin embargo, su presencia pesaba, como si el aire se hubiera vuelto más denso a su alrededor. Bajo la capucha no se distinguía un rostro, solo una oscuridad compacta, expectante. El laberinto reaccionó: las hojas se agitaron con violencia, los setos crujieron como huesos viejos forzados a doblarse.

La figura avanzó sin prisa, levantando una mano enguantada. Allí donde señalaba, los muros verdes retrocedían unos centímetros, revelando corredores que no existían un segundo antes. Por primera vez, el laberinto parecía dudar.

—«Encara no està tot perdut.»

Una de las estatuas giró la cabeza con un chasquido seco. La fuente exhaló un aliento húmedo, resentido.

—«Seguiu-me. No parleu. No escolteu.»

El camino se abrió en espiral, estrecho y palpitante. A cada paso, el laberinto intentaba cerrarse, recuperar lo cedido. La figura encapuchada se detuvo ante un cruce donde la oscuridad era más espesa, casi líquida.

—«Aquí és on us posa a prova.»

Un murmullo colectivo surgió de los setos, prometiendo descanso, olvido, silencio eterno.

—«No li feu cas.»

La figura alzó la mano por última vez. El laberinto gimió, herido en su orgullo, y una salida apareció, frágil, temblorosa, como una grieta en un sueño.

—«Ara. Corre.»

Cuando cruzaron, el aire cambió. El olor a ciprés se disipó. Al volverse, la figura ya no estaba. Solo el muro verde, perfecto, intacto, como si nunca hubiera cedido.

Desde el interior, una risa ahogada, frustrada, se perdió entre las hojas.

—«El laberint recorda.»

Los guardianes jóvenes del subsuelo habían descubierto que el Laberinto de Horta, antaño un lugar de ensueño para los niños, se había transformado en algo irreconocible. Donde antes había risas y carreras torpes entre los setos, ahora se extendía una geometría hostil, demasiado perfecta, como diseñada por una mente ajena a lo humano. Los cipreses ya no parecían plantas: eran columnas orgánicas que se retorcían lentamente, imperceptibles al ojo distraído, reajustando el espacio como si el jardín respirara en otra dimensión.

El cielo sobre Horta dejó de ser cielo. Las estrellas no ocupaban posiciones coherentes y algunas palpitaban, como si observaran. El palacete neoclásico se deformaba al fondo, estirando sus líneas, incapaz de sostener su propia arquitectura. Las estatuas infantiles —ninfas, dioses menores— mostraban ahora rasgos imposibles: demasiados pliegues en la piedra, ojos que no correspondían a ningún rostro conocido.

El tiempo se volvió errático. Un paso podía durar segundos eternos; un minuto desaparecer sin dejar rastro. El laberinto ya no quería solo cuerpos: reclamaba recuerdos, nombres, la idea misma de haber sido niño alguna vez.

—«Això no és Horta…»

El suelo vibró con una frecuencia baja, profunda, como un canto lejano procedente de debajo de la colina.

—«Recordes quan veníem aquí de petits?»

Una risa resonó desde varios pasillos a la vez, grave, desacompasada, no humana.

—«No vol que recordem.»

Las paredes se abrieron lo justo para mostrar un vacío que no debería existir: un espacio negro, salpicado de luces lentas, como un cielo al revés.

—«Mira això… no és un jardí.»

El laberinto respondió cerrándose con suavidad, casi con ternura, como una cuna monstruosa diseñada para no soltar jamás a quienes una vez lo amaron.

—«Ens està somiant.»

Y en algún lugar, más allá de los setos y del tiempo, algo despertó.

El aire se rasgó como una tela vieja. Desde el vacío entre los setos emergió la Devoradora de Almas, un error anterior al mundo, una presencia que no tenía forma fija porque ninguna forma podía contenerla. A veces era una masa de sombras giratorias; otras, un rostro múltiple compuesto de recuerdos ajenos, de miedos robados. Cada latido suyo hacía temblar el laberinto, que ya no fingía ser jardín: se curvaba hacia ella como un órgano obediente.

Las estatuas se arrodillaron, resquebrajándose. El suelo se abrió en grietas finas por las que escapaban susurros antiguos, nombres olvidados. La criatura no avanzaba: atraía. Las almas se desprendían solas, como si reconocieran a su dueña.

—«No… no miris els seus ulls.»

La Devoradora emitió un pulso silencioso y el cielo se plegó sobre sí mismo. Las estrellas cayeron hacia el centro del laberinto como ceniza luminosa.

—«Ens està buidant…»

Una mano negra, compuesta de sombras superpuestas, se alzó y señaló sin dedos. Donde apuntaba, los recuerdos se deshacían: la infancia, las voces queridas, el propio nombre.

—«Digues el teu nom! No el deixis entrar!»

El laberinto vibró con un gozo obsceno. La criatura se alimentaba también del miedo compartido, del pánico que se reconoce en el otro.

—«No el recordo… no recordo qui soc…»

La figura encapuchada apareció de nuevo, interpuesta entre ellos y lo imposible. Su presencia no iluminó nada, pero el avance de la criatura se ralentizó, como si hubiera encontrado resistencia por primera vez.

—«Encara no. Aquestes ànimes no.»

La Devoradora respondió con una risa que no sonó: se sintió directamente dentro del cráneo, una presión dulce y devastadora.

—«Sempre tornen a mi.»

El laberinto se contrajo, cerrándose alrededor del enfrentamiento, consciente de estar presenciando algo antiguo. Muy antiguo.

—«Corre… mentre encara puguis.»

La criatura se lanzó entonces, no con velocidad, sino con inevitabilidad, y el Laberinto de Horta gritó sin voz, sabiendo que, pasara lo que pasara, jamás volvería a ser un lugar para niños.

No era solo perderse. Era sentir cómo el espacio se encogía sin moverse.

La joven recordó la sensación de perderse en aquella jaula de cirpreses. 

Al principio, el laberinto parecía igual que siempre: pasillos verdes, grava húmeda, silencio roto por pasos inseguros. Pero bastaron unos minutos para que el aire empezara a pesar. No por falta de oxígeno, sino por exceso de presencia. Como si algo estuviera demasiado cerca, incluso cuando no había nada a la vista.

Las paredes de ciprés no se cerraban, pero avanzaban en la mente. Cada giro estrechaba el pecho un poco más. La respiración rebotaba contra el pasamontañas, caliente, acelerada, y volvía a la cara como un recordatorio constante de que no había escape hacia fuera, solo hacia dentro.

El cuerpo sabía lo que la razón aún negaba:
no había distancia suficiente para huir.

El sonido de la propia respiración se volvió ensordecedor. Demasiado fuerte. Demasiado cercana. El laberinto no necesitaba tocar; bastaba con rodear. Las sombras se pegaban a la piel como una segunda capa, más ajustada que las mallas, más opresiva que cualquier abrazo.

Cada pasillo prometía salida y entregaba repetición.
Cada cruce era un déjà vu enfermo.

Entonces llegó la certeza más aterradora:
el laberinto no estaba afuera.

Estaba dentro del pecho, apretando costillas, comprimiendo recuerdos, reduciendo el mundo a un túnel sin horizonte. El pánico ya no pedía correr; pedía espacio. Y no lo había. No arriba. No abajo. No detrás de los setos.

Solo la sensación de que, si cerrabas los ojos, las paredes avanzarían un centímetro más.

Y otro.

Y otro.

Hasta que el miedo dejara de gritar…
porque ya no quedaría aire para hacerlo.




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