SINISTRATUM: BENIDORM Y LA DANZA DE LAS ALMAS
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El autocar arrancó puntual, todavía con la mañana agarrada a las farolas. El aire olía a colonia reciente y a termos de café. Los asientos se llenaban entre saludos, bolsas del Mercadona y bufandas bien dobladas.
—¿Este es el 23? —preguntó Paquita, mirando el número como si pudiera cambiar de idea.
—El 23, el 24 y el 25, si te descuidas —le respondió Manolo, ya instalado en pasillo, con una sonrisa—. Siéntate, que esto promete.
Al fondo del autocar, alguien había empezado a repartir caramelos de menta.
—Para el mareo —dijo una señora—. A mí me funciona desde el 78.
—Pues yo con eso me mareo más —contestó otro—. Dame uno de limón, si tienes.
El motor rugió suave y, poco a poco, la ciudad quedó atrás. Por la ventanilla se estiraban los campos: olivares ordenados como soldados, pueblos aún adormilados, gasolineras solitarias con el café recién hecho esperando a los conductores.
—Mira qué verde está todo este año —comentó Carmen, apoyando la frente en el cristal.
—Eso es que ha llovido bien —sentenció Julián—. Cuando yo era pequeño, esto era polvo y más polvo.
Las conversaciones se cruzaban como hilos: quién había ido ya a Benidorm, quién no, quién había estado “pero en el 92, que no es lo mismo”.
—Dicen que el paseo marítimo es precioso.
—Y llano, que es lo importante —apostilló alguien—. Que una ya no está para cuestas.
A mitad de camino, el entusiasmo subió un punto. Se abrió una bolsa de rosquillas, apareció una baraja, y alguien propuso una foto de grupo.
—¡Sonreíd, que luego esto se enseña en Navidad!
—¡Si todavía no hemos llegado!
Cuando el autocar empezó a descender hacia la costa, el paisaje cambió de golpe. El azul apareció de pronto, intenso, casi insolente. Los edificios altos se recortaban contra el cielo como si hubieran crecido de la noche a la mañana.
—¡Mira, el mar! —exclamó Paquita, como si lo viera por primera vez.
—Eso no cansa nunca —dijo Manolo—. Ni a los años.
El hotel los recibió con una fachada amplia y luminosa. Puertas correderas que se abrían solas, como dando la bienvenida. Dentro, el vestíbulo brillaba: suelos pulidos, sofás cómodos, plantas que parecían siempre regadas y una recepción con gente sonriente y acreditaciones colgando.
—Esto está muy bien, ¿eh? —susurró Carmen—. Mejor que el de mi primo en la boda.
Las habitaciones olían a limpio y a mar lejano. Cortinas claras, camas bien hechas, un balcón desde el que se veía el paseo y, al fondo, el Mediterráneo respirando tranquilo.
—Yo aquí me quedo quince días más —anunció Julián, dejando la maleta—. Que no me busquen.
Desde el comedor llegaba el rumor del bufé preparándose: platos, risas, cucharas chocando. El viaje había terminado, pero la estancia acababa de empezar.
Y en el ambiente flotaba esa sensación tan particular: la de estar de vacaciones, sin prisas, con historias nuevas por contar… y muchas sobremesas por delante.
La mañana siguiente amaneció con megafonía.
—¡Atención, señoras y señores! Hoy tenemos visita facultativa al casco antiguo y al mirador. Repetimos: facultativa.
La palabra quedó flotando en el aire del comedor como una amenaza.
—¿Facultativa quiere decir que si no voy no pasa nada? —preguntó Paquita, ya sentada frente a un plato sospechosamente abundante.
—Quiere decir que puedes elegir —respondió la guía, con sonrisa profesional.
—Ah, entonces yo elijo este croissant… y aquel otro —sentenció Paquita, señalando con la cucharilla.
El bufé era un campo de batalla moral. Cartelitos con palabras como ligero, sin azúcar, bajo en sal parecían puestos a propósito para provocar.
—¿Esto es pavo o jamón? —preguntó Julián.
—Pone “fiambre cocido” —leyó Carmen.
—Entonces no es jamón, pero tampoco es tristeza, échamelo.
En una esquina, Manolo debatía consigo mismo frente a la bollería.
—Me han dicho que no coma dulce…
—¿Quién? —le preguntó otro.
—El médico.
—¿Y ha venido el médico a Benidorm?
—No.
—Pues entonces no cuenta.
Mientras tanto, en recepción, la excursión intentaba organizarse.
—Los que vengan al mirador, que se pongan aquí.
—¿Hay cuestas? —preguntó una voz desde el fondo.
—Un poco.
—Entonces yo voy al bar, que también tiene vistas.
El autocar de la visita facultativa salió medio vacío y lleno de resignación. En cambio, la cafetería del hotel bullía de vida.
—Un café con leche.
—¿Desnatada?
—No, hija, con recuerdos.
A media mañana, alguien propuso un vermú “rápido”.
—Solo uno, que luego comemos.
—Claro, rápido… como la vida.
Y cuando llegó la hora de comer, el comedor parecía una asamblea clandestina contra la dieta.
—Yo solo he cogido pescado.
—¿Y esas patatas?
—Acompañan emocionalmente.
El camarero intentaba mantener el orden.
—Señor, ¿postre o fruta?
—Las dos cosas, por si una falla.
En otra mesa, el tema médico reapareció.
—A mí me dijo el cardiólogo que cuidado con la sal.
—¿Y esto tiene sal?
—Tiene alegría —respondió Manolo—, y la alegría no mata.
Por la tarde, los que habían ido a la excursión regresaron cansados y con fotos borrosas.
—Muy bonito todo, pero había escaleras.
—¿Ves? —dijo Paquita—. Yo he hecho una visita facultativa al flan, y mira qué bien me ha tratado.
La noche terminó con música en directo. Pasodobles, un poco de baile agarrado y una copa “solo una”.
—Brindemos —dijo Julián levantando el vaso—.
—¿Por qué?
—Porque la vida son dos días…
—Y este hotel nos ha quitado la dieta en el primero.
Las risas llenaron el salón. Nadie se acordaba ya del mirador, ni del médico, ni del cartelito de sin azúcar.
Benidorm seguía ahí fuera, iluminado, paciente.
Y ellos, felices, saltándose la dieta con la conciencia tranquila y el corazón contento.
La idea del karaoke surgió después de la cena, cuando el postre ya había hecho su trabajo y las voluntades estaban blandas.
—Esta noche hay karaoke —anunció la animadora con entusiasmo juvenil—. ¡Animaos, que es muy divertido!
Hubo un silencio denso, de esos que se cortan con cuchillo de bufé.
—Yo cantar, no —dijo Carmen—.
—Si no hay que cantar bien —respondió la animadora—, solo pasarlo bien.
—Ah, entonces sí —intervino Julián—. Que bien no cantamos ninguno.
Subieron al escenario en grupo, como quien entra en el agua fría: poco a poco y empujándose unos a otros.
—¿Qué canción ponemos?
—Algo conocido.
—¿De antes o de ahora?
—De antes de ahora.
Eligieron Resistiré. Grave error logístico.
La música empezó demasiado alta. O demasiado baja. Nadie lo tenía claro. La letra apareció en pantalla, pero a destiempo, como si también dudara.
—🎵 Resistiré… 🎵
—🎵 …eré… 🎵
—🎵 …como el junco que se dobla… 🎵
—¿Junco o yunque? —preguntó Manolo sin dejar de cantar.
Cada uno iba por su lado. Paquita entraba tarde, Carmen se adelantaba, Julián improvisaba palabras.
—🎵 Resistiré por la gloria de mi madre… 🎵
—¡Eso no es! —gritó alguien desde la mesa.
—Pues debería serlo.
El público, al principio indulgente, empezó a mostrar signos de alarma.
—Sube el micro.
—Baja el micro.
—Quita el micro directamente.
La animadora aplaudía con desesperación profesional.
—¡Muy bien, muy bien! ¡Ahora el estribillo todos juntos!
Pero el “todos juntos” fue un concepto teórico. El final llegó sin que nadie supiera muy bien cómo.
Un aplauso tímido. Dos segundos de silencio. Una tos.
—Bueno —dijo Paquita bajando del escenario—, cantar no era lo nuestro.
—Hemos resistido —añadió Julián—, que ya es bastante.
Entonces apareció la palabra mágica.
—¿Vamos al bingo?
La transición fue inmediata. Natural. Inevitable. Como si siempre hubiera sido el plan.
El salón del bingo estaba lleno de esperanza contenida y bolígrafos atados con cuerda. El ambiente era solemne, casi religioso.
—Aquí sí que se viene a ganar —susurró Carmen.
—O a perder con dignidad —corrigió Manolo.
Se repartieron cartones como si fueran documentos importantes.
—¿Te ha salido el 15?
—No, pero me está mirando.
El locutor cantaba los números con voz hipnótica.
—El 22… dos patitos.
—¡Lo tengo!
—No cantes victoria, que luego pasa lo que pasa.
La tensión subía. Los dedos temblaban. El café se enfriaba sin que nadie lo notara.
—¡Línea!
—¿Quién ha sido?
—Yo no.
—Yo tampoco.
—Entonces alguien miente.
Cuando alguien cantó “¡BINGO!”, el grupo reaccionó como si fuera una victoria colectiva.
—¡Sabía que hoy era nuestro día!
—¿Cuánto te ha tocado?
—Lo justo para otro cartón… y un licor de hierbas.
Salieron del bingo satisfechos, reconciliados con la noche.
—Al final —dijo Julián—, cada uno tiene su escenario.
—Y el nuestro —respondió Paquita— no tenía micrófono, pero tenía números.
Se fueron a dormir tarde, con la voz rota, la dieta olvidada y la certeza absoluta de haber elegido bien.
Porque en Benidorm, cuando el karaoke falla, el bingo siempre responde.
La noticia llegó doblada en un papel, como las malas.
—Esta noche hay concierto en la plaza Mayor —leyó Carmen—.
—¿De quién? —preguntó Julián.
—Pone aquí… DJ Electro Sunset Experience.
—Eso no es una persona —dictaminó Manolo—. Eso es una advertencia.
El grupo guardó silencio. Se miraron unos a otros, con la sospecha compartida.
—¿Y qué música pone?
—Moderna —dijo Paquita, como si hablara de una enfermedad.
La guía, que pasaba por allí, intentó animarles.
—Está muy bien, es música actual, para bailar suelto…
—¿Suelto? —repitió Carmen—. Yo suelta me caigo.
Comenzó el debate espontáneo, sin moderador pero con mucha convicción.
—Eso de saltar cada uno por su lado no es bailar.
—Eso es tener un accidente rítmico.
—¿Y dónde está la melodía?
—¿Y el final? Porque esas canciones no se acaban nunca.
—Antes —dijo Julián— una canción empezaba, pasaba cosas y terminaba.
—Y te daba tiempo a agarrarte —añadió Paquita—. Que es lo importante.
La animadora volvió a intentarlo.
—Pero podéis probar, eh. Es cuestión de abrir la mente.
—La mente ya la tenemos abierta —respondió Manolo—. Las caderas no.
Alguien propuso una votación informal.
—¿Quién quiere ir al concierto?
(Silencio absoluto. Un carraspeo. Una cucharilla cayendo.)
—¿Quién prefiere los amarrados?
Las manos se levantaron como si regalaran algo.
—Pasodoble.
—Vals.
—Un bolero si se tercia.
—Y si no, nos lo inventamos.
La decisión fue firme y democrática.
—Que vayan los jóvenes —sentenció Carmen—. Nosotros ya hemos sido modernos en nuestra época.
Esa noche, mientras en el auditorio retumbaban luces y graves, el salón del hotel se llenó de música reconocible. Sonaron los primeros acordes de un pasodoble y el grupo se activó como por resorte.
—¿Bailas?
—Claro que bailo. ¿O qué te crees?
Las parejas se agarraron con precisión milimétrica. Espalda recta, distancia justa, paso corto pero seguro.
—Esto sí es bailar —dijo Paquita—. Aquí sabes dónde estás y con quién.
—Y si te pisan, piden perdón —añadió Julián.
Giraban despacio, sin prisa, sonriendo. Cada canción era una tregua con el tiempo.
—Que digan lo que quieran —susurró Manolo—, pero aquí nadie salta solo.
—Y nadie se queda mirando el móvil.
Cuando acabó la música, alguien pidió otra.
—Una más, que luego la vida sigue.
—O se acaba, quién sabe —respondió Paquita—. Pero que nos pille bailando bien.
Desde fuera llegaba un eco lejano de graves modernos. Ellos, ni caso.
Estaban agarrados, felices, y convencidos de una verdad inapelable:
Que el progreso puede esperar,
pero un buen pasodoble no se negocia.
Después de un día largo, intenso y gloriosamente improductivo, el grupo se fue disolviendo por los pasillos del hotel como una procesión cansada pero satisfecha.
—Yo ya no doy para más —dijo Carmen, bostezando sin disimulo.
—Ni falta que hace —respondió Julián—. Hoy hemos cumplido con creces.
El ascensor subía despacio, lleno de silencios cómodos y pies arrastrados. Las luces del pasillo parecían más suaves, casi cómplices. Las alfombras amortiguaban los pasos, como si el hotel también supiera que era hora de recogerse.
—Mañana hay gimnasia suave a las ocho —comentó alguien.
—Pues que vaya otro —respondieron tres a la vez.
Las puertas de las habitaciones se iban abriendo y cerrando con ese clac definitivo que marca el final del día.
—Buenas noches.
—Descansa.
—Si me oyes roncar, no soy yo.
Paquita dejó el bolso sobre la cama, se quitó los zapatos con alivio y abrió un poco el balcón. Y entonces pasó.
Un golpe de bajo.
Luego otro.
Y después, la música.
—¿Eso qué es? —murmuró.
Desde la calle, justo cuando el hotel se apagaba por dentro, empezaba el concierto. Luces de colores rebotaban contra las fachadas. El ritmo subía como una marea que no preguntaba.
En otras habitaciones, la reacción fue inmediata.
—Ya están.
—¿Pero esto no era mañana?
—Esto no es música, es un electrodoméstico grande.
Manolo salió al balcón con el pijama puesto.
—¡Que ya hemos bailado! —gritó, sin saber muy bien a quién.
Carmen cerró la cortina con gesto solemne.
—Nada, tú piensa que es lluvia fuerte.
—Lluvia con batería —respondió Julián desde la habitación contigua.
Paquita volvió a la cama, resignada.
—Al final —dijo en voz alta, para nadie—, siempre acabamos escuchando lo moderno aunque no queramos.
El bajo seguía marcando el pulso de la calle, ajeno a sus jornadas, a sus bufés, a sus amarrados.
Dentro, el hotel se fue llenando de respiraciones profundas, de televisores bajitos y de sueños interrumpidos por ritmos que no pedían permiso.
Y mientras abajo el concierto empezaba con entusiasmo juvenil, arriba, entre almohadas y persianas a medio cerrar, el grupo se dormía con una certeza tranquila:
Ellos ya habían tenido su fiesta.
Y había sido mejor.
El Desembarco del Abismo
El ambiente ya era tóxico antes de que ellos aparecieran, pero cuando la plataforma hidráulica comenzó a subir, la temperatura de la Plaza descendió hasta niveles glaciales. Un humo negro y denso, que olía a ozono y a tierra quemada, se filtró desde los bordes del escenario, reptando por las piernas de los jóvenes que no dejaban de sacudirse.
Los músicos no caminaban, se materializaban bajo un foco de luz roja tan intensa que parecía sangrar sobre las tablas. Eran tres figuras que personificaban una estética gótica de vanguardia, distorsionada por una naturaleza sobrenatural:
El Vocalista lucía una levita de cuero negro que se arrastraba como una cola de reptil, adornada con cientos de imperdibles de plata que formaban runas en su espalda. Su torso estaba envuelto en un corsé de látex que apenas le permitía respirar, y de su cuello colgaba un rosario de vértebras talladas.
El Bajista vestía unos pantalones de terciopelo deshilachado y pesadas botas de plataforma que parecían pezuñas de hierro. Sus brazos estaban cubiertos por guantes de encaje rotos que dejaban ver tatuajes que parecían moverse bajo su piel.
La Baterista escondida tras una arquitectura de tambores hechos de metal oxidado, vestía un tocado de plumas de cuervo y un vestido de tules negros que flotaban a pesar de que no soplaba el viento.
Lo más aterrador no era su ropa, sino sus rostros. Tenían la piel de un blanco cadavérico, acentuada por un maquillaje de carbón que se extendía desde los ojos hasta las sienes.
Cuando se acercaron al borde de la tarima, no miraron a la multitud con gratitud ni con la energía de un artista convencional. Sus ojos eran pozos de odio absoluto. Miraban a la juventud enfervorizada —que gritaba y bailaba hasta romperse los tendones— como un entomólogo mira a un hormiguero que está a punto de rociar con veneno.
"No los ven como fans", susurró una figura embutida en unas mallas negras,, desde las sombras, ajustándose el pasamontañas. "Los ven como combustible".
El vocalista agarró el micrófono, que estaba envuelto en espino real. Antes de emitir el primer grito, recorrió la primera fila con una mirada cargada de un asco milenario, disfrutando de cómo los chicos se consumían en su propio baile frenético. Sus labios se curvaron en una mueca de desprecio: para ellos, esa juventud no era más que ganado espiritual listo para el sacrificio rítmico.
Y el bajo no golpeaba el pecho, lo atravesaba. En la vieja plaza del pueblo la música de "The Void" no era sonido, era un parásito. Miles de asistentes se movían en una sincronía perfecta y aterradora; sus ojos, vueltos hacia atrás, solo mostraban el blanco mientras sus extremidades se doblaban en ángulos imposibles. No era baile, era una convulsión rítmica. Estaban atrapados en un bucle infinito de euforia maldita, consumiendo sus propias energías hasta que el corazón decidiera rendirse.
Desde las vigas superiores, cinco sombras rompieron el humo de neón.
Vestidas con trajes de neopreno negro mate que absorbían la luz estroboscópica y pasamontañas que solo dejaban ver unas miradas de acero, las "Sinistratum" descendieron en rápel. No portaban armas de fuego, sino inhibidores de frecuencia y granadas de sal bendita sintética.
—Fase uno: Romper el trance —susurró la líder por el comunicador.
Al tocar el suelo, la fricción de sus botas contra el metal resonó como un trueno. Una de ellas activó un dispositivo que emitió una onda de choque sónica, contrarrestando el pulso demoníaco de los altavoces. Por un segundo, la música vaciló. Algunos asistentes cayeron al suelo como marionetas a las que les han cortado los hilos, jadeando, despertando de la pesadilla líquida.
Pero el DJ —una entidad cuya piel parecía fundirse con la mesa de mezclas— rugió un sonido gutural y el ritmo se intensificó, volviéndose violento. Los poseídos, ahora con movimientos erráticos y agresivos, se giraron hacia las intrusas.
—¡Plan B! —gritó la menor de las guerreras, lanzando una bengala de magnesio purificado que iluminó la estancia con una pureza cegadora—. ¡Sacadlos de aquí antes de que el drop los mate a todos!
Las cinco mujeres se abrieron paso entre la multitud danzante, usando movimientos de artes marciales para apartar a los asistentes sin dañarlos, mientras se dirigían al altar de cables y carne que controlaba el concierto maldito. La noche apenas comenzaba, y el amanecer parecía un mito lejano bajo el pulso eléctrico del infierno.
Los jubilados que se encontraban en el hotel, no notaron nada.
El silencio fue un alivio tan suave que pasó desapercibido, como cuando deja de doler algo y tardas unos segundos en darte cuenta.
En la habitación de Paquita, el bajo desapareció.
Ni un eco.
Ni una vibración lejana.
—Mira… —murmuró desde la cama—. Ya se han callado.
En el pasillo, una puerta se cerró despacio. Demasiado despacio.
Manolo, en su habitación, respiraba tranquilo. El pijama bien colocado, la televisión apagada. El silencio era tan limpio que casi se oía a sí mismo pensar.
—Al final… se cansan —dijo en voz baja—. Como todos.
Pero el silencio no era normal.
No era el silencio cansado de la madrugada, ese que llega poco a poco cuando la fiesta muere.
Era un silencio absoluto, compacto, sin coches, sin voces, sin pasos en la calle.
Ni una sirena.
Ni una risa tardía.
Ni siquiera el rumor del mar.
Carmen se incorporó en la cama.
—¿Tú oyes algo? —preguntó al teléfono, llamando a Julián.
—Nada —respondió él—. Y eso es lo raro.
Desde los balcones, algunas persianas se entreabrieron. Un gesto instintivo, inquieto. Las luces del concierto seguían encendidas… pero fijas. Inmóviles. Como si alguien hubiera congelado la escena.
El escenario estaba ahí abajo.
Las torres de sonido.
Las pantallas gigantes.
Pero no había nadie.
—Eso no es posible… —susurró Paquita, agarrándose la bata—. Hace un momento estaban saltando.
El silencio tenía peso. Aplastaba. Entraba por los oídos y se quedaba.
En el hotel, otros jubilados despertaron al mismo tiempo, como si alguien hubiera dado una orden muda.
Puertas que se abrían.
Pasos lentos en el pasillo.
Miradas cruzadas.
—¿Se ha acabado el concierto?
—No.
—Entonces… ¿dónde están?
De repente, un sonido.
Un solo clic metálico.
Luego otro.
Y otro más, sincronizados.
Las luces del escenario se apagaron todas a la vez.
En la calle, ni un alma.
Ni jóvenes.
Ni técnicos.
Ni policía.
Solo el eco del silencio… y una sensación incómoda, primitiva.
—Esto… —dijo Julián, tragando saliva— no es normal.
Desde algún punto indeterminado, muy profundo, llegó una vibración baja. No era música. No era ruido.
Era como una respiración enorme.
Lenta.
Rítmica.
Paciente.
Y entonces comprendieron algo que nadie dijo en voz alta:
El concierto no había terminado.
Había absorbido el ruido.
Había envuelto a la juventud…
y se la había llevado consigo.
El hotel permanecía en pie.
Ellos seguían allí.
Pero fuera…
Apenas unos minutos antes Benidorm escuchaba.
El desprecio de los músicos fue la señal. Mientras el vocalista abría los brazos para recibir la energía del primer acorde maldito, las cinco guerreras urbanas ejecutaron su movimiento.
No hubo aviso. Solo un cambio en la presión del aire.
Desde los flancos del escenario, donde la oscuridad era más densa que el humo, las siluetas en neopreno se proyectaron como exhalaciones. La líder, impulsada por un cable de tensión, aterrizó directamente sobre los amplificadores de la derecha, su figura negra recortada contra el resplandor carmesí.
—¡Ahora! —su voz, modulada por el pasamontañas, cortó el aire.
Las otras dos guerreras surgieron por el flanco izquierdo. En un movimiento coreografiado, lanzaron proyectiles magnéticos hacia las torres de sonido. Al impactar, los dispositivos emitieron un pulso de luz azul eléctrica que comenzó a cortocircuitar la frecuencia demoníaca.
La reacción de la banda fue instantánea. El bajista, al ver interrumpido su ritual, no retrocedió; su mirada de odio se agudizó, transformándose en una mueca de furia inhumana. Sus dedos, largos y pálidos, arañaron las cuerdas del bajo con tal fuerza que empezaron a sangrar, intentando sobreponerse al sabotaje tecnológico con pura voluntad oscura.
La juventud, aún bajo el hechizo, se detuvo en seco. Miles de cabezas se giraron al unísono hacia las intrusas, sus rostros vacíos empezando a llenarse de una agresividad inducida por la música que se negaba a morir.
Las sinistratum no dudaron. Una de ellas desenfundó una vara de choque cargada con energía purificada, mientras la otra desplegaba un escudo reflectante para protegerse de las ondas de sonido que el DJ lanzaba ahora como si fueran armas físicas. Estaban rodeadas de una masa poseída y frente a tres ídolos góticos que no estaban dispuestos a soltar a sus presas.
Las guerreras no vinieron a negociar, vinieron a ejecutar una cirugía eléctrica.
Mientras la música alcanzaba un pico insoportable, la líder de las guerreras clavó un garfio de descarga directamente en la base del amplificador principal. El impacto generó un arco de luz blanca que iluminó la Plaza como un relámpago atrapado. Al instante, el sabotaje al núcleo de energía fue total: las pantallas de leds estallaron en mil pedazos de cristal negro y el sonido, antes una maza de granito, se convirtió en un gemido electrónico agónico.
Con el flujo de energía cortado, el efecto de posesión se quebró violentamente. Miles de jóvenes cayeron al suelo de rodillas, vomitando una sustancia negra y espesa, liberándose del trance pero quedando en un estado de debilidad absoluta.
Al verse privados de su "alimento", los músicos góticos revelaron su verdadera naturaleza. El odio en sus ojos ya no era humano:
La piel del vocalista comenzó a agrietarse, revelando una luz de color azufre debajo de sus runas de cuero.
La baterista se irguió sobre sus tambores oxidado, y sus plumas de cuervo se integraron en sus brazos, transformándolos en alas de sombra de tres metros de envergadura.
—¡Proteged las vías de escape! —ordenó la guerrera principal, desenfundando una espada de plasma frío mientras el DJ, ahora una masa amorfa de cables y tendones, se lanzaba sobre ellas desde la cabina.
El concierto había terminado, pero la cacería urbana acababa de empezar. Las cinco mujeres en neopreno se cerraron en formación de diamante, rodeadas por los músicos que ahora eran monstruos góticos de puro odio, decididos a cobrarse las almas que les habían arrebatado.
La líder de las guerreras extrajo de su cinturón táctico el "Cubo de Metatrón", un artefacto místico de obsidiana y circuitos de oro que pulsaba con una luz blanca purísima. Mientras el vocalista, ahora transformado en una quimera de cuero y azufre, se lanzaba sobre ellas, las cinco guerreras unieron sus manos, creando un círculo de protección de neopreno reforzado.
Mientras el vocalista, transformado en una quimera de cuero y azufre, se lanzaba sobre ellas, las cinco guerreras unieron sus manos, creando un círculo de protección de neopreno reforzado.
—¡Cierra el umbral! —gritó una de ellas.
Al activar el artefacto, el aire comenzó a girar en un vórtice violento. El Cubo se abrió, desplegando capas de geometría sagrada que empezaron a succionar la oscuridad del lugar. Los músicos, atrapados en la fuerza gravitatoria del objeto, emitieron un alarido sónico.
El vocalista intentó aferrarse al escenario con sus garras, pero las runas de su chaqueta se encendieron en un fuego blanco que lo consumió desde dentro.
La baterista, cuyas alas de sombra se deshacían como ceniza, fue la primera en ser absorbida por el vacío dimensional.
Con un estruendo seco, similar al cierre de una tumba de mármol, el artefacto se cerró de golpe. Los músicos, la música y el odio desaparecieron, dejando tras de sí solo un silencio sepulcral y el olor a ozono. Las guerreras urbanas, jadeando bajo sus pasamontañas, guardaron el cubo y se retiraron.
Las cinco mujeres se detuvieron antes de desaparecer entre las sombras de las vigas. La líder caminó hacia la pared principal del escenario, una superficie de hormigón que aún vibraba con los restos de la energía oscura.
Extendió su mano enguantada y, mediante un dispositivo térmico de alta frecuencia integrado en su traje de neopreno, comenzó a trazar letras con una precisión quirúrgica. El calor era tan intenso que el cemento burbujeó y se tornó incandescente, desprendiendo un brillo naranja que iluminaba los rostros exhaustos de los jóvenes que empezaban a recobrar el sentido en el suelo.
La palabra quedó grabada con una profundidad definitiva, marcada a fuego eterno: SINISTRATUM.
Era una advertencia para cualquier otra entidad que osara cruzar el velo: esa ciudad y todas las del mundo, tenían dueñas, y no permitían que se jugara con la voluntad de su juventud. Sin decir una sola palabra más, las guerreras activaron sus arneses y ascendieron hacia por la fachada del hotel donde descansaban los jubilados, perdiéndose en la noche urbana mientras las sirenas de la policía comenzaban a oírse a lo lejos.
No fue de golpe.
El silencio aprendió a moverse.
Primero fue el aire. En la habitación de Manolo, las cortinas ondularon sin viento, como si algo invisible hubiera pasado rozándolas, despacio, con curiosidad.
—Aquí no corre aire… —susurró.
El reloj de la mesilla seguía funcionando, pero el tic-tac sonaba amortiguado, como si estuviera ocurriendo bajo el agua.
En la calle, el escenario del concierto empezó a vibrar. No con sonido, sino con intención. Las pantallas negras mostraron una textura imposible, algo que no era imagen ni oscuridad, sino una profundidad que dolía mirar.
Carmen cerró la puerta con llave. Dos vueltas. Tres.
—No mires —se dijo—. No mires.
Pero miró.
Desde el balcón vio cómo el asfalto se ondulaba, formando círculos concéntricos, como si la realidad fuera un líquido espeso agitado desde abajo. Allí donde antes había jóvenes, ahora solo quedaban objetos: zapatillas, vasos de plástico, pulseras fluorescentes…
Vacíos. Abandonados. Como mudas.
—Se los ha llevado la música… —murmuró Paquita—. No el ruido. La música.
Y entonces entró en el hotel.
No por la puerta.
No por las ventanas.
Entró por la vibración.
Las paredes comenzaron a emitir un murmullo grave, una nota tan baja que no se oía con los oídos, sino con el pecho. Cada habitación resonaba de forma distinta, como si el edificio entero fuera un instrumento afinándose para algo antiguo.
—¿Lo notas? —preguntó Julián por teléfono.
—Sí —respondió Carmen—. Como… como si algo nos estuviera buscando.
En la habitación contigua, la televisión se encendió sola. Pantalla negra. Sin señal. Pero algo se movía detrás del cristal.
Formas geométricas que no obedecían a ninguna lógica humana. Curvas que no deberían existir. Sombras que no proyectaban cuerpo.
Y entonces ocurrió lo imposible.
El sonido regresó.
No era música moderna.
No era pasodoble.
No era nada conocido.
Era un acorde primordial, una sucesión de frecuencias que parecían pronunciar nombres olvidados, sílabas que no estaban hechas para gargantas humanas.
El concierto no era para ellos.
Era una invocación.
Las paredes sudaron. Literalmente. Un líquido oscuro rezumó por los marcos de las puertas, con olor a sal, a algas, a algo demasiado antiguo para haber tenido nombre.
Paquita retrocedió hasta la cama.
—A nosotros no… —dijo—. A nosotros no nos hace nada.
Y era cierto.
Allí donde la vibración tocaba a los jubilados, se detenía. Como si algo los reconociera.
O los respetara.
—No nos quiere —comprendió Manolo—. No somos el público.
En el pasillo, algo arrastró su presencia. No tenía forma definida, pero dejaba una huella de frío absoluto. Las luces parpadearon cuando pasó.
Desde dentro de las habitaciones se oyeron golpes suaves. No amenazantes. Exploratorios.
Como dedos tanteando una pecera.
—No abráis —dijo alguien—. Sea lo que sea… no abráis.
El murmullo aumentó. Las paredes parecían respirar. El hotel ya no estaba en Benidorm. Estaba en otra capa del mundo, una donde la música era ley y la juventud había sido ofrenda.
Y entonces, desde lo más profundo del escenario, algo respondió.
Una sombra colosal se elevó sin moverse. No subía: se revelaba. Un ente hecho de ritmo, de eco y de vacío, una conciencia tan vasta que apenas reparaba en los humanos… salvo para clasificarlos.
Los jóvenes: combustible.
Los jubilados: testigos.
—Hemos vivido demasiado —susurró Carmen—. Ya no somos útiles.
El ente pulsó una última nota.
El hotel tembló.
Y el silencio volvió a caer… esta vez obediente.
Las paredes se secaron.
Las pantallas se apagaron.
La vibración desapareció.
A la mañana siguiente, Benidorm despertó normal. Demasiado normal.
Nadie habló del concierto.
Nadie buscó a los jóvenes.
El escenario había desaparecido sin dejar rastro.
En el comedor del hotel, los jubilados desayunaban en silencio.
—¿Dormiste bien? —preguntó Julián.
—Como un tronco —respondió Paquita—. Tú sabes… a cierta edad, ya no interesamos ni a los monstruos.
Brindaron con café.
Y en algún lugar más allá del tiempo, algo antiguo recordaba con respeto a aquellos humanos que ya habían bailado suficiente.
Lo que los ancianos no llegaron a ver
—porque ya habían cerrado las cortinas, apagado las luces y confiado en el silencio—
fue lo que ocurrió justo antes de que la música desapareciera.
Cuando el primer acorde imposible descendió desde el escenario, sus cuerpos respondieron antes que sus mentes. Al principio fue entusiasmo: saltos más altos, risas desbordadas, brazos en el aire.
Los pies empezaron a golpear el suelo con una precisión que no era humana. Las rodillas se doblaban y se estiraban sin voluntad. Los rostros, iluminados por luces fijas, se vaciaron de expresión.
Los ojos abiertos.
Las pupilas dilatadas.
Las bocas sonriendo… demasiado tiempo.
Algunos intentaron parar.
Uno cayó de rodillas, pero el suelo lo levantó.
Otro gritó, pero el grito salió acompasado, convertido en parte del ritmo.
La música ya no sonaba.
Ordenaba.
Bailaban como si algo estuviera aprendiendo a moverse dentro de ellos. Cada giro, cada sacudida, era un gesto ensayado por una inteligencia que no conocía músculos ni huesos, pero estaba practicando.
Desde las alturas invisibles, el ente escuchaba.
No miraba.
Medía.
Los cuerpos sudaban sal espesa, los corazones latían fuera de sincronía humana. Algunos sangraban por la nariz, otros por los oídos, pero el baile no se detenía.
No había cansancio.
No había dolor.
Solo ejecución.
Y cuando el último compás resonó —un pulso tan profundo que atravesó la ciudad—, los jóvenes se detuvieron al unísono.
Silencio total.
Cayeron al suelo como marionetas a las que se les ha cortado el hilo.
Vacíos.
Ligeros.
No muertos.
Usados.
Al amanecer, los primeros paseantes encontraron la explanada limpia. Demasiado limpia. Ni cuerpos. Ni rastro. Solo un leve desgaste circular en el pavimento… como si la piedra hubiera sido pulida durante horas por algo que giraba sin fin.
En el hotel, los ancianos bajaban a desayunar.
—Qué tranquilo está hoy todo —dijo Paquita.
—Benidorm en paz —respondió Julián—. Esto no se ve todos los días.
Nadie les contó nada.
Nadie se lo preguntó.
Pero algunos, al caminar, notaron un leve cosquilleo en los pies.
Un impulso extraño.
Un recuerdo corporal que no era suyo.
Y muy lejos, más allá del mar, algo antiguo ensayaba su próxima coreografía.
Con paciencia.
Porque sabía que el ritmo siempre vuelve.
Entonces la verdad —la que nadie quiso formular— tomó forma.
No era música en el sentido humano.
Era proporción.
Cada nota obedecía a una relación exacta, pitagórica, perfecta y cruel. Intervalos que encajaban como engranajes en la mente joven, afinando no el oído, sino la voluntad. El ritmo no se escuchaba: se imponía. Y al imponerse, restaba.
A cada acorde, algo se retiraba del interior de quienes bailaban.
Primero el pudor.
Luego la duda.
Después, el deseo de detenerse.
La melodía avanzaba con la serenidad de una demostración matemática. Nada de estridencias: pureza. Exactitud. Un teorema ejecutado a volumen cósmico. La juventud —maleable, abierta, vibrante— resonaba como una cuerda tensada a la frecuencia justa. Y cuando una cuerda vibra así, no decide: responde.
El ejecutor no necesitaba presentarse. Se intuía en la precisión. En la ausencia de error. En esa mano invisible que no tocaba instrumentos, sino principios. Como si el mismo demonio —no el de los gritos y el fuego, sino el de la armonía sin compasión— dirigiera la partitura con paciencia antigua.
Cada compás era una orden sin palabras.
Cada pausa, una amputación del libre albedrío.
Cada repetición, un sello.
Los cuerpos giraban porque la razón había sido desplazada por la relación áurea del sonido. El corazón latía al tempo exacto que exigía la fórmula. El cansancio no tenía cabida: no estaba contemplado en la ecuación.
Y cuando alguien intentaba romper el ciclo —un tropiezo, una caída, un grito— la música corregía. Ajustaba. Reintegraba el error al sistema con una elegancia terrible. Nada sobraba. Nadie escapaba.
Arriba, en el hotel, los ancianos dormían.
Ellos ya no eran números útiles. Sus mentes, erosionadas por el tiempo y la costumbre, habían perdido la elasticidad necesaria para vibrar con exactitud. La música los atravesaba sin engancharse. Demasiado vividos para ser afinados.
Abajo, el concierto culminó en un acorde final: la síntesis.
No un final ruidoso, sino una conclusión.
Entonces la música se retiró.
No porque hubiera terminado, sino porque ya había demostrado lo que quería demostrar.
La ciudad quedó en silencio.
La partitura, satisfecha.
Y en algún lugar fuera del mundo —donde las ideas no mueren— alguien pasó la página, convencido de que la próxima vez habría más oyentes dispuestos a bailar… y menos capaces de resistir.
Cuando el silencio finalmente cayó sobre Benidorm, la ciudad parecía normal. El sol amaneció brillante, el mar tranquilo, y los jubilados desayunaban sin un solo sobresalto. Nadie miraba la calle vacía. Pero lo que había ocurrido era otra cosa.
Los jóvenes no habían desaparecido. No físicamente. Sus cuerpos estaban allí, sí… pero sus voluntades ya no les pertenecían.
Cada nota pitagórica, cada acorde ejecutado por aquel ente demoníaco de precisión matemática, había tejido una red invisible dentro de sus mentes. La música les robó la libertad de decidir, y con ella, la capacidad de interrumpir el baile. El resultado fue aterrador: se movían de manera autónoma, impulsados por un patrón que ya no era humano.
En los primeros días parecían simplemente exhaustos, confundidos, como si hubieran sufrido un sueño intenso. Pero pronto se hizo evidente que algo más los habitaba. Cada gesto, cada parpadeo, cada respiración estaba alineado con la partitura original, como si el demonio del concierto siguiera dictando sus movimientos desde un lugar más allá de la realidad.
—¿Por qué no se detienen? —preguntó uno de los vecinos, al verlos tambalearse al cruzar la plaza—.
—No son ellos —respondió otro—. Son otra cosa.
La juventud había sido convertida en instrumento. No dolorosamente, no con violencia visible. Era un sometimiento más sutil, más absoluto: una obediencia perfecta al ritmo primordial. Las emociones humanas, la duda, el cansancio, la rebeldía… todo había sido eliminado de manera quirúrgica por la música.
Algunas noches, en los rincones más tranquilos de Benidorm, todavía se podía escuchar un eco lejano: un compás imperfecto, un pie que golpea el suelo sin control, un suspiro que recuerda que la conciencia humana sigue atrapada dentro de la danza infinita.
Y mientras tanto, el ente que había creado el concierto esperaba paciente. Sabía que los jubilados, inmunes por edad y experiencia, habían sido respetados. Los jóvenes, en cambio, ahora eran su obra maestra, un ejército de cuerpos danzantes que obedecen a leyes que no comprenden, en un ritmo que trasciende la realidad.
La lección era clara: la música no perdona a quienes no saben escuchar con la mente.
Lo descubrieron por accidente, como se descubren siempre las cosas importantes.
No fue una investigación ni una valentía repentina. Fue un paseo matinal, de esos “antes de que apriete el sol”, cuando Benidorm aún no ha decidido qué quiere ser ese día.
—Vamos por la explanada —dijo Paquita—, que está todo muy tranquilo.
Demasiado.
El lugar del concierto estaba limpio, pulido, como si nadie hubiera pisado nunca allí. Ni cables, ni marcas, ni carteles arrancados. Solo el pavimento… gastado en círculos concéntricos, como si miles de pies hubieran girado en el mismo punto durante siglos.
—Esto no lo limpia ni el ayuntamiento —murmuró Julián.
Entonces los vieron.
No juntos.
No en grupo.
Sino dispersos, sentados en bancos, apoyados en farolas, de pie mirando al mar.
Jóvenes.
Inmóviles.
—¿Están dormidos? —preguntó Carmen.
Uno de ellos levantó la cabeza al unísono con otros tres. El movimiento fue idéntico. Demasiado exacto.
Los ojos estaban abiertos.
Pero no miraban.
—Buenos días —dijo Manolo, con la voz justa.
El joven se levantó. Luego otro. Luego otro más. No rápido. No lento. Al compás.
Y entonces ocurrió lo peor:
sonrieron.
No era una sonrisa humana. Era la consecuencia de una orden bien ejecutada.
—No… —susurró Paquita—. Eso no es alegría.
Cuando uno de los jóvenes dio un paso, el suelo respondió con una vibración leve, musical. El ritmo seguía allí. Invisible. Activo.
Y lo comprendieron.
La música no se había ido.
Había cambiado de soporte.
Los cuerpos eran ahora la partitura.
Los movimientos, la reproducción.
Y la voluntad… el precio.
—Están vivos —dijo Carmen, llorando—. Pero no están aquí.
Un eco profundo resonó en sus cabezas. No sonido: estructura. Proporciones perfectas, inevitables. La misma armonía pitagórica intentó agarrarse a ellos… y resbaló.
Demasiados años.
Demasiadas decisiones.
Demasiados errores.
No eran afinables.
Y eso los salvó.
Uno de los jóvenes se acercó demasiado. Alzó la mano. No para tocar, sino para marcar el compás.
—Atrás —dijo Julián—. Despacio.
Retrocedieron sin correr. Sin romper el ritmo. Intuyendo —con terror puro— que cualquier gesto brusco sería interpretado como una nota nueva.
Cuando se alejaron lo suficiente, la vibración cesó. Los jóvenes se quedaron quietos. Esperando.
No a ellos.
A otra llamada.
—No podemos ayudarlos —dijo Manolo al fin—. No sin entrar en la música.
Nadie discutió.
Regresaron al hotel sin hablar.
Esa misma tarde se fueron.
Nunca denunciaron nada.
Nunca contaron nada.
Solo una cosa cambió:
cuando, años después, oían música demasiado perfecta, demasiado exacta, demasiado insistente…
apagaban la radio.
Porque habían entendido la revelación final:
No todo lo que hace bailar quiere que vivas.
Y no todo lo antiguo quiere ser despertado.
—Fin—
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