SINISTRATUM, BARCELONA
El aire nocturno en el barrio de l'Eixample se siente inusualmente denso. Las torres de Gaudí, aún inacabadas que de día parecen elevarse hacia la gloria, de noche se transforman en dedos esqueléticos de piedra que arañan un cielo negro y profundo. El silencio solo se rompe por el zumbido eléctrico de los semáforos y el eco de algún paso lejano sobre las baldosas de flores de la acera.
La noche ha caído sobre el Eixample como un manto de terciopelo oscuro, y la Sagrada Família emerge de él no como un templo, sino como un organismo vivo. Las imponentes torres parecen huesos de un dios antiguo empujando hacia el cielo, retorciéndose en una plegaria que nadie recuerda haber aprendido. La piedra de Montjuïc, erosionada por el tiempo y la fe, exhala un aliento frío, mineral, cargado de símbolos que no pertenecen del todo a este mundo.
En la penumbra del Parque de la Plaza de Gaudí, frente a la fachada del Nacimiento, la quietud se quiebra de una forma antinatural. De entre los troncos de los árboles emergen cinco figuras en absoluta sincronía.
Las cinco guerreras avanzan en silencio por la calle Mallorca. Mallas negras, pasamontañas ceñidos al rostro, cuerpos tensos como cuerdas antes del disparo. No son ladronas ni sombras urbanas: son custodias de un conocimiento prohibido, herederas de una guerra que no figura en los libros. Cada una lleva en la mirada —visible solo en el brillo de los ojos— el reflejo de algo visto demasiado pronto.
No caminan, se deslizan. Se detienen frente al estanque, donde el reflejo de la basílica en el agua parece temblar ante su cercanía. Las cinco permanecen inmóviles, como gárgolas que han cobrado vida y han decidido bajar de las cornisas para reclamar la calle.
No hay susurros ni ruidos metálicos. Solo la presencia física de esas cinco siluetas recortadas contra la piedra infinita de la Sagrada Familia. Su quietud es más aterradora que cualquier movimiento; parecen esperar una señal que solo ellas pueden escuchar, mientras el templo, impasible, las observa desde su altura monumental.
Al llegar frente a la Fachada del Nacimiento, se detienen.
La piedra parece palpitar.
Animales esculpidos observan con ojos que no son del todo pétreos. Hojas, frutos, tortugas, reptiles: símbolos de creación… y de espera. Gaudí había dicho que aquella fachada era para los vivos, pero había omitido para qué debían estar vivos.
—No és només una església —susurró la más alta, Elena—. És una clau.
El viento se coló entre las columnas inclinadas, esas que imitaban troncos de bosque, y produjo un murmullo que no era aire: era lenguaje. Un lenguaje antiguo, anterior incluso al latín de los primeros cristianos.
Las leyendas hablaban de Gaudí como un místico, un arquitecto loco, un devoto. Pero los manuscritos velados, ocultos en archivos eclesiásticos y colecciones privadas, decían otra cosa: que había escuchado algo bajo tierra, en las cuevas del Garraf; que había soñado con geometrías imposibles; que había diseñado el templo siguiendo proporciones no humanas, resonancias capaces de atraer aquello que duerme fuera del tiempo.
La guerrera llamada Lorena apoyó la mano en una columna. Sintió vibrar la piedra.
—S’està despertant —dijo—. Ho noto al cos.
Entonces ocurrió.
Desde el interior del templo, más allá de las puertas de bronce cubiertas de inscripciones, surgió una luz antinatural, ni blanca ni dorada, sino iridiscente, como si el espectro visible se hubiera quebrado. Las sombras se alargaron, deformes, y las torres parecieron inclinarse unos milímetros más, como escuchando.
Un anciano apareció junto a la valla. Vestía abrigo oscuro, boina, rostro surcado de arrugas profundas. Sus ojos, sin embargo, brillaban con lucidez aterrada.
—Marxeu… —dijo en catalán, con voz rota—. Ell no és Déu. No ho ha estat mai.
—Qui? —preguntó otra de las guerreras.
El viejo señaló la basílica con un dedo tembloroso.
—Allò que Gaudí va deixar entrar. Només va poder tancar-ho… a mitges.
Un sonido grave emergió del subsuelo, como el roce de placas tectónicas bajo la ciudad. No era un terremoto: era algo moviéndose. Bajo el altar mayor, donde las criptas se entrelazaban con túneles olvidados, se agitaba una presencia que no conocía la muerte, porque nunca había conocido la vida.
Las guerreras se dispersaron, ocupando posiciones aprendidas en otros lugares, otros tiempos. Cada una extrajo de su equipo símbolos arcaicos: espirales, nudos, signos que no pertenecían a ninguna religión oficial. No rezaban. Invocaban resistencia.
La luz creció. En las vidrieras, los colores se fundieron en patrones imposibles, proyectando geometrías que herían la vista. La Sagrada Família ya no parecía un edificio, sino un sello a punto de romperse.
Y entonces, desde el centro del templo, una voz sin garganta habló directamente en sus mentes.
No sois suficientes.
Laia dio un paso al frente.
—Mai ho som. Però sempre hi som.
Las columnas crujieron. En lo alto, una de las torres dejó caer fragmentos de piedra que no llegaron a tocar el suelo: se deshicieron en polvo luminoso antes de caer, absorbidos por la luz.
Las cinco guerreras alzaron los brazos a la vez. El aire se volvió denso, casi sólido. Barcelona entera pareció contener la respiración: el mar quieto, Montjuïc en silencio, las calles vacías como si la ciudad supiera que no debía mirar.
El sello se cerró.
No con estruendo, sino con un suspiro profundo, cansado. La luz se extinguió. La piedra volvió a ser piedra. Las torres quedaron inmóviles, apuntando al cielo como dedos acusadores.
El anciano ya no estaba.
Solo quedó la Sagrada Família, majestuosa, incompleta, guardando en su vientre algo que jamás debía terminar de nacer.
Las guerreras se alejaron sin decir palabra.
Sabían que no habían vencido.
Solo habían ganado tiempo.
Y en Barcelona, bajo la arquitectura sagrada y la fe turística, algo volvió a dormir… soñando con el día en que la obra, por fin, se complete.
Durante décadas se dijo que Gaudí había cambiado tras aquel día de 1883 en que aceptó dirigir la Sagrada Família. Los biógrafos hablaron de fe extrema, de ascetismo, de una mente absorbida por Dios. Pero los registros no oficiales, notas dispersas en cuadernos que nunca llegaron a los archivos públicos, cuentan otra cosa.
Que dejó de dormir como antes.
Que caminaba de noche por la ciudad antigua, siguiendo trazados que no coincidían con ninguna calle.
Que pasaba horas en la cripta, solo, sin planos, escuchando.
Las cinco guerreras lo sabían.
Por eso regresaron antes del amanecer, cuando Barcelona aún no se había rehecho del todo de la noche anterior. La basílica se alzaba envuelta en bruma baja, y las torres parecían más altas que el día anterior, aunque eso fuera imposible.
—Gaudí no construía hacia arriba —dijo Hana, la más joven—. Construïa cap endins.
Descendieron por una entrada lateral, una de esas puertas que no aparecen en las visitas guiadas. El interior estaba vacío, pero no silencioso. El eco no devolvía los pasos como debería; los absorbía.
Las columnas se ramificaban como árboles petrificados, siguiendo la geometría del hiperboloide. Aquello no era solo una solución estructural: era una imitación deliberada de patrones naturales, los mismos que aparecen en conchas marinas, en galaxias espirales, en organismos que no pertenecen del todo a este mundo.
Gaudí había escrito una vez:
“La recta és de l’home. La corba és de Déu.”
Pero en uno de los cuadernos ocultos, la frase continuaba:
“…o d’allò que l’home encara no pot entendre.”
Se detuvieron frente al altar.
Bajo él, en la cripta, estaba enterrado Gaudí. Oficialmente.
—No està sol —murmuró Elena—. Mai ho ha estat.
Las leyendas decían que el arquitecto había estudiado textos prohibidos en el monasterio de Poblet; que había tenido acceso a tratados de geometría árabe traídos de Oriente; que conocía las proporciones pitagóricas mejor que ningún ingeniero moderno. Todo eso era cierto… pero incompleto.
Lo que nadie enseñaba en las universidades era que Gaudí había sido advertido.
En 1906, durante unas obras menores, se encontró una cavidad bajo el templo, anterior incluso a la Barcelona romana. En ella, símbolos tallados en la roca que no correspondían a ningún alfabeto conocido. El obispo ordenó sellarla. Gaudí pidió tiempo.
Y lo tuvo.
Desde entonces, cada decisión arquitectónica cambió: las torres empezaron a girar levemente sobre sí mismas; las alturas dejaron de ser simbólicas y pasaron a ser frecuenciales; los números ya no respondían a la Biblia, sino a algo mucho más antiguo.
—Les torres no apunten al cel —dijo Laia—. Actuen com antenes.
En ese momento, una de las vidrieras vibró suavemente. Los colores proyectaron sombras que no coincidían con los cuerpos de las guerreras. Había más siluetas.
Una voz surgió, no del aire, sino de la piedra misma. Era grave, distante, como oír hablar a alguien desde el fondo del mar.
Gaudí va entendre… però no va obeir del tot.
Las guerreras se tensaron. Aquello no era la entidad de la noche anterior. Era otra cosa. Más antigua. Más paciente.
—Ell va construir una gàbia —respondió Lara—. Imperfecta, però viva.
Las leyendas cuentan que Gaudí rechazó varias veces terminar la obra en vida. Que dijo que su cliente no tenía prisa. Pero el cliente no era Dios.
Era el tiempo.
Cada generación que añadía piedra reforzaba el sello, sin saberlo. Cada modificación moderna, cada cálculo asistido por ordenador, corregía imperfecciones humanas… y con ello debilitaba la única defensa real: el error consciente.
—Si la Sagrada Família s’acaba del tot… —susurró Nuria.
—El que dorme sota Barcelona despertarà —completó Lorena.
De pronto, el suelo emitió un pulso. Uno solo. Como un latido.
Desde la profundidad, imágenes se filtraron en sus mentes: ciudades que no eran ciudades, cielos que no eran cielos, formas imposibles erigiéndose como templos bajo mares negros. La geometría perfecta era una llamada, no una protección.
Gaudí lo había comprendido al final. Por eso murió pobre, desaliñado, atropellado como un mendigo: había dejado de pertenecer del todo a este mundo.
Antes de morir, según una leyenda casi borrada, susurró:
“No acabeu mai l’obra.”
Las cinco guerreras se miraron.
Fuera, la ciudad despertaba. Turistas, obras, prisas, selfies. Nadie notaba cómo las torres parecían observarlos con una atención lenta, casi afectuosa.
—Haurem de vigilar els arquitectes —dijo Elena con una sonrisa sombría.
—I els enginyers —añadió Lorena.
—Sobretot… els perfeccionistes —cerró Hana.
Salieron al amanecer.
La Sagrada Família brillaba bajo la luz dorada, hermosa, sagrada, incompleta.
Y muy, muy despierta.
El Eixample nunca fue solo un barrio.
Ildefons Cerdà lo concibió como una cuadrícula higienista, racional, moderna. Eso es lo que dicen los manuales. Pero hay algo que no encaja: los chaflanes, los cruces abiertos, la repetición obsesiva del ángulo. Visto desde arriba, el Eixample no es un tablero neutro: es un diagrama.
Las cinco guerreras lo sabían desde hacía tiempo.
—No és una quadrícula —dijo Lara, señalando un plano antiguo desplegado sobre una mesa improvisada—. És un mandala fragmentat.
Cada manzana, cada cruce, cada eje mayor y menor respondía a proporciones que se repetían con una precisión inquietante. No bíblicas. No romanas. Cósmicas. El Eixample actuaba como un amortiguador, un entramado destinado a dispersar algo que emanaba desde un punto concreto.
Un punto que no figuraba en los mapas turísticos.
La estación de Gaudí.
Abandonada, clausurada, convertida en anécdota urbana. Una estación de metro que nunca llegó a abrirse, oficialmente por problemas técnicos, por filtraciones, por errores de planificación. Extraoficialmente, porque nadie conseguía permanecer allí abajo demasiado tiempo.
Aquella noche, una viajera bajó sola.
Se llamaba Elisenda. No era arquitecta ni historiadora. Solo una mujer sensible a los espacios, de esas que sienten incomodidad sin saber por qué. Había leído sobre la estación por casualidad, en un foro perdido, y algo —una insistencia absurda— la empujó a buscar una entrada de mantenimiento mal sellada cerca del Hospital de Sant Pau.
El aire cambió en cuanto descendió.
No olía a humedad ni a óxido. Olía a piedra antigua, como si hubiera bajado siglos en lugar de metros. Las paredes curvas de la estación, inacabadas, tenían la misma geometría orgánica que la Sagrada Família: bóvedas hiperbólicas, arcos que parecían crecer en lugar de sostener.
—Això… això no és metro —susurró, sin saber por qué hablaba en catalán.
Entonces lo vio.
En el centro del andén inutilizado, bajo capas de polvo y cables olvidados, había un grabado. No un graffiti moderno. Algo tallado en el hormigón antes de que se secara del todo: un símbolo circular, intersectado por líneas que coincidían exactamente con los ejes del Eixample.
Elisenda sintió vértigo.
Porque entendió sin entender: la estación no conectaba líneas de metro. Conectaba niveles de realidad.
El símbolo comenzó a emitir una vibración baja, casi musical. Las luces de su linterna parpadearon. Durante un segundo —solo uno—, el andén dejó de ser un andén.
Vio una ciudad superpuesta a Barcelona, hecha de ángulos imposibles, de torres que recordaban a la Sagrada Família pero llevadas al extremo, como si la piedra hubiera aprendido a soñar. Vio algo observando desde detrás de esas estructuras, algo que no tenía forma fija, pero sí intención.
Un sello.
No cerrado del todo.
No abierto aún.
Arriba, las cinco guerreras se detuvieron a la vez.
—Algú ha entrat a Gaudí —dijo Hana, llevándose la mano al pecho.
—No hauria de ser possible —respondió Lara—. Les entrades estan vigilades.
—No per nosaltres —corrigió Lorena—. Pel diagrama.
Corrieron.
En la estación, Elisenda cayó de rodillas. El símbolo se iluminó con una luz opaca, como si la materia recordara algo olvidado. Una voz —no la misma que en la Sagrada Família, pero emparentada— habló desde entre los planos.
Això és només una boca.
La viajera comprendió entonces la función real del Eixample: cada chaflán desviaba la energía, cada cruce la dispersaba, cada avenida la fragmentaba. Pero la estación de Gaudí era un nodo, una fisura donde todas las líneas se tocaban.
Un error.
O una tentación.
Cuando las guerreras llegaron, el símbolo ya se estaba apagando. Elisenda temblaba, abrazándose a sí misma.
—Què… què hi ha sota la ciutat? —preguntó, con los ojos llenos de algo que no era solo miedo.
Laia la ayudó a levantarse.
—El mateix que hi ha sobre nosaltres —respondió—. Però aquí… escolta millor.
Sellaron el grabado con un ritual antiguo, uno que no cancelaba, solo aplazaba. La estación volvió a ser una ruina moderna, inútil, olvidada.
Pero el diagrama seguía ahí.
El Eixample seguía funcionando.
Y la Sagrada Família seguía creciendo.
Elisenda nunca volvió a coger el metro sin mirar el suelo.
Y las cinco guerreras supieron, con una certeza fría, que el día que el sello fallara no sería por un derrumbe ni por un cataclismo.
Sería por alineación perfecta.
Mucho antes de Gaudí.
Mucho antes del Eixample.
Incluso antes de que el Tibidabo tuviera nombre.
Tras recargar sus energías con la vibración del templo, las cinco guerreras inician el ascenso hacia la cima de la montaña mágica, dejando atrás las luces de la ciudad para internarse en la penumbra de la Serra de Collserola.
Sinistratum avanza por la Avenida del Tibidabo, una vía señorial donde las mansiones modernistas parecen observar su paso con ojos de vidrio. A medida que la pendiente se pronuncia, el aire se vuelve más frío y el aroma a pino se mezcla con el óxido de las vías del antiguo Tramvia Blau.
A mitad de camino, donde la vegetación empieza a devorar el asfalto, se detienen frente a una casa abandonada que los lugareños evitan mencionar. Se trata de una antigua villa de veraneo, posiblemente relacionada con la familia Muntades, cuyas verjas de hierro forjado están retorcidas como dedos agonizantes.
Las paredes, antaño blancas y orgullosas, están cubiertas por una hiedra tan espesa que parece asfixiar la piedra.
A través de los ventanales rotos, las guerreras ven cómo el polvo flota en el aire, iluminado por la luna, sobre restos de muebles que parecen haber sido movidos por manos invisibles.
Las cinco encapuchadas no necesitan entrar; sienten que la casa es un eco de la decadencia burguesa, un espacio donde el tiempo se ha detenido y la energía se ha estancado, sirviendo de contraste perfecto para la vibrante maquinaria que acaban de dejar atrás.
El ascenso hacia el Tibidabo se torna asfixiante. A medida que las guerreras dejan atrás la silueta del Temple del Sagrat Cor, la actividad cuántica generada por la maquinaria de la Sagrada Familia empieza a manifestar anomalías en el tejido de la realidad de Collserola.
Finalmente, alcanzan la cumbre y se dirigen a la emblemática atracciónMiramiralls. Al entrar en esta sala histórica, el silencio de la montaña es sustituido por una distorsión visual absoluta.
El aire vibra con una estática azulada que eriza las mallas de las cinco guerreras. No es solo el viento entre los pinos. Los senderistas locales ya lo saben: el exceso de energía del templo ha abierto una brecha, permitiendo que una criatura mitológica se materialice en este plano. Lo llaman el Chupacabras, pero aquí no es un animal, sino una aberración cuántica.
Es un depredador de silueta encorvada, ojos que brillan con un fósforo antinatural y una piel que parece cambiar de fase, volviéndose invisible por momentos. Se alimenta de la energía vital de cualquier ser orgánico que se aventure por las rutas del Parc Natural de Collserola.
Por primera vez, las cinco encapuchadas experimentan un miedo humano, visceral. Sus trajes conductores detectan una presencia depredadora que se desplaza a una velocidad imposible entre las sombras de los arbustos.
Un crujido seco, como de huesos rompiéndose, resuena a su izquierda. Las guerreras se pegan unas a otras, formando un círculo defensivo, sus manos temblando mientras sostienen la estrella de cuarzo.
El silencio de la montaña se rompe por un siseo metálico. Cada vez que una rama se mueve, las guerreras giran sus cabezas encapuchadas con brusquedad. Sus sentidos, afinados para la geometría perfecta de Gaudí, no pueden procesar la naturaleza caótica y hambrienta de esta criatura.
La cercana presencia de un caserón abandonado del que solo quedan ruinas envueltas en maleza, arcos de estilo neomudéjar y túneles de la montaña rusa medio enterrados, solo contribuye a incrementar su desasosiego.
La vetusta construcción se encuentra a pie de carretera de "L'Arrabassada. Descubren en una de las paredes del edificio una ráfaga de garras sobre el alféizar de una ventana rota. El Chupacabras las está acechando, atraído por la intensa carga cuántica que emana de ellas. Un senderista que baj tarde hacia el Funicular huye despavorido al oír el aullido electromagnético del monstruo.
El ascenso se convierte en una caza desesperada. A medida que las cinco guerreras ganan altura por la Carretera de Vallvidrera, el Chupacabras deja de ser una sombra para convertirse en una amenaza física. La criatura, una aberración nacida de la fuga cuántica de la Sagrada Familia, se desplaza con una agilidad que desafía la gravedad, trepando por los muros de las mansiones modernistas y saltando sobre las copas de los pinos centenarios de Collserola.
El grupo siente el aliento de la bestia: un aire gélido con olor a metal oxidado. Cada vez que las guerreras intentan reagruparse, el Chupacabras lanza un ataque relámpago, desgarrando la corteza de los árboles con sus garras de energía. Las mallas negras de las guerreras, diseñadas para canalizar luz, ahora actúan como faros que atraen a la criatura.
Las guerreras corren en zigzag por el Camí del Cel, escuchando cómo las pezuñas de la criatura repican contra el asfalto.
El monstruo emite un gorjeo electrónico, una interferencia que resuena en las capuchas de las guerreras, causándoles punzadas de dolor en las sienes.
Extenuadas y al borde del colapso energético, las cinco figuras alcanzan la cima del Tibidabo. La silueta de la Talaia se recorta contra el cielo como un brazo mecánico dispuesto a defenderlas. Sin mirar atrás, se lanzan hacia la entrada del Miramiralls.
No era un salón en el sentido humano. No tenía paredes rectas ni límites claros. Estaba formado por superficies pulidas —piedra, metal, minerales desconocidos— colocadas con una intención precisa: reflejar no la imagen, sino la posibilidad.
Los espejos no devolvían imágenes fieles. Distorsionaban el tiempo, la decisión, la culpa. Algunos reflejaban versiones envejecidas; otros, figuras que nunca habían nacido; otros, sombras que parecían moverse con retraso, como si no pertenecieran al mismo plano.
Justo cuando la última guerrera cruza el umbral, una garra del Chupacabras impacta contra el marco de la puerta, arrancando chispas de la madera. Al entrar en la sala de los espejos distorsionados, el caos visual se convierte en su única esperanza.
En este laberinto de reflejos, la anatomía cuántica del Chupacabras empieza a sufrir: al verse multiplicado y deformado en los espejos cóncavos, su forma física se desestabiliza. El cazador está ahora atrapado en un bucle de imágenes infinitas, incapaz de distinguir entre la carne y el cristal.
Las guerreras no pierden ni un segundo. Mientras el Chupacabras ruge de frustración, golpeando su cabeza contra un espejo que le devuelve una imagen de mil ojos llameantes, ellas detectan la salida de emergencia oculta tras un panel de madera modernista.
Se deslizan por un pasillo estrecho que huele a maquinaria antigua y grasa, desembocando directamente en la estación superior del Cuca de Llum, el nuevo y futurista funicular del Tibidabo. La estación está desierta, sumida en una luz azulada que hace que sus mallas negras parezcan brillar con una intensidad eléctrica.
—"Ràpid, abans no recuperi la seva forma física!", exclama la líder, forzando la cerradura electrónica con una descarga de la estrella de cuarzo.Se lanzan al interior del vagón acristalado. El mecanismo se activa con un gemido metálico y el funicular empieza a descender por la ladera de la montaña a una velocidad inusual, impulsado por la actividad cuántica que todavía las persigue. Desde las ventanas, ven cómo la silueta del Chupacabras emerge del tejado de la sala de espejos, lanzando un aullido que resuena en toda la cuenca de Barcelona.
A mitad del descenso, a través del techo de cristal, ven algo aterrador: la criatura ha saltado sobre los cables del funicular y se desliza hacia ellas como una araña de pesadilla, cortando el cable de acero con sus garras de energía.
El vagón empieza a vibrar violentamente. Las luces interiores parpadean y el panel de control estalla en chispas. Están a punto de llegar a la estación inferior en la Plaza del Doctor Andreu, pero el frenado de emergencia no responde.
El caos se desata en el interior de la Cuca de Llum. A través del cristal del techo, ves la silueta esquelética del Chupacabras aferrada al vagón, sus garras de energía perforando el policarbonato mientras el funicular desciende a una velocidad suicida hacia la Plaza del Doctor Andreu.
La líder del grupo comprende que no llegarán vivas a la base. Con un gesto rápido, incrusta la estrella de doce puntas directamente en el panel de circuitos del vagón.
—"Agafeu-vos fort!", grita en un catalán que vibra por encima del estrépito metálico.
La energía cuántica de la estrella fluye hacia el motor síncrono del funicular, provocando una sobrecarga masiva. Un arco de luz blanca inunda el vagón, y una onda expansiva de magnetismo puro golpea a la criatura. El Chupacabras lanza un chillido ensordecedor antes de salir despedido por la fuerza de la explosión, convertido en una nube de estática que se disipa en la negrura de Collserola.
Justo antes del impacto final contra los topes de la estación, las cinco guerreras activan la propulsión de sus mallas negras y saltan por las puertas laterales. Ruedan por la ladera, ocultándose entre los arbustos de una de las mansiones abandonadas que bordean la vía.
Desde las sombras, observan el vagón humeante. Han destruido la amenaza inmediata, pero la estrella ha quedado fundida con el metal de la atracción.
El estruendo del impacto resuena en toda la ladera de la montaña, rompiendo el silencio sepulcral de la Avenida del Tibidabo. Las cinco guerreras, ocultas entre los matorrales de la mansión abandonada, observan cómo las sirenas de los servicios de emergencia empiezan a ascender desde la Plaza de Kennedy.
La líder del grupo fija su mirada en el vagón de la Cuca de Llum, que yace empotrado contra los topes de la estación inferior. Una columna de humo azulado —señal inequívoca de residuo cuántico— emana del motor fundido.
—"No podem deixar el cor de la pedra en mans de ningú", susurra con una urgencia eléctrica. "Sense l'estrella, la Sagrada Família perdrà la seva sintonía."
A pesar del riesgo de ser capturadas, las guerreras se deslizan como sombras líquidas hacia los restos del funicular. Sus mallas negras absorben los destellos de las luces de emergencia, haciéndolas casi invisibles para los primeros operarios que llegan al lugar.
La guerrera más ágil se introduce entre los hierros retorcidos del vagón. El calor es intenso, pero sus guantes conductores la protegen. Localiza la estrella de doce puntas, ahora incandescente y fusionada parcialmente con el cobre del motor.
Con un tirón seco que genera una descarga estática, arranca la pieza. El objeto emite un pulso de luz dorada que ilumina brevemente todo el vestíbulo de la estación de la Plaza del Doctor Andreu.
Con la estrella a buen recaudo, el grupo se lanza de nuevo hacia la oscuridad. No pueden volver por la avenida principal; el Chupacabras, aunque desintegrado momentáneamente, ha dejado una marca en sus firmas energéticas. Deciden abrir una pesada tapa de fundición que conecta con los antiguos colectores pluviales que bajan desde Collserola hacia el centro de la ciudad.
Se sumergen en el subsuelo de Barcelona, donde el eco de sus pasos se mezcla con el fluir del agua subterránea.
El descenso al subsuelo de Barcelona es como entrar en la garganta de una bestia de hormigón. A medida que las cinco guerreras se internan en el sistema de alcantarillado que baja desde la falda del Tibidabo, la atmósfera se vuelve asfixiante y el aire adquiere una cualidad metálica y pútrida.
Las cloacas no son solo túneles de agua; son un laberinto de ecos distorsionados donde la actividad cuántica residual de la estrella crea fenómenos aterradores.
El agua que corre por los canales no fluye de forma natural; a veces se detiene en seco o fluye hacia arriba por las paredes, desafiando la gravedad. Un vapor espeso y verdoso flota a ras de suelo, ocultando lo que hay bajo los pies de las guerreras.
Debido a la luz intermitente de la estrella, las sombras de las mallas negras de las guerreras se proyectan en las paredes curvas del túnel, pero no imitan sus movimientos. Las sombras parecen tener voluntad propia, estirándose hacia las grietas de los muros como si quisieran escapar de sus dueños.
Un goteo incesante golpea el agua, pero el eco lo transforma en algo que suena como risas infantiles o susurros en un catalán gutural y olvidado. Entre esos sonidos, resuena el clac-clac-clac de unas garras sobre el cemento.
En las paredes de los colectores, las guerreras encuentran algo que las hace estremecer: cicatrices de energía. No son arañazos físicos, sino quemaduras en el tejido mismo de la realidad.
—"Mireu...", susurra una de ellas, señalando una masa de materia oscura pegada a una tubería de plomo. "És polsim quàntic. La bèstia no és morta, s'està reconstruint aquí baix amb la ronya de la ciutat."
El Chupacabras ha dejado un rastro de nidos hechos de cables eléctricos robados y huesos de animales de la montaña, todos ellos vibrando en la misma frecuencia que la maquinaria de la Sagrada Família. La criatura se está alimentando de los desperdicios energéticos de Barcelona para recuperar su forma física.
De repente, el agua a sus pies empieza a burbujear. El hedor a ozono se vuelve insoportable. Las cinco guerreras se pegan espalda contra espalda, formando un pentágono defensivo mientras la estrella en su mano empieza a parpadear en un rojo violento.
Desde la negrura de un túnel lateral, dos orbes de luz foscoforescente se encienden. El Chupacabras no ha vuelto solo; la distorsión cuántica ha creado réplicas menores, sombras famélicas que emergen del agua residual.
Las cinco guerreras, atrapadas en la encrucijada de los túneles que cruzan bajo la Calle Balmes, comprenden que la violencia no será suficiente. El Chupacabras y sus réplicas no son simples monstruos; son un reflejo de la propia energía que ellas custodian, una proyección descontrolada de la geometría de Gaudí.
La líder del grupo levanta la estrella de doce puntas, pero esta vez no la usa como un arma. Empieza a entonar un cántico en un catalán tan antiguo que parece hecho de piedra y viento.
—"Geometria sagrada, torna a l'ordre. Bèstia del buit, escolta la freqüència de la teva matriu", declama mientras las otras cuatro guerreras tocan las paredes húmedas de la cloaca, inyectando su propia energía a través de las mallas.
La estrella estalla en una pulsación rítmica. No es un fogonazo agresivo, sino una marea de luz blanca que recorre el túnel como un escáner. Al contacto con esta luz, el agua fétida se vuelve cristalina por un instante y las sombras famélicas se disuelven en notas musicales.
El Chupacabras original, el más grande, deja de gruñir. Su forma física se estabiliza y, por primera vez, las guerreras ven su verdadera naturaleza a través de la interfaz de sus cascos: la criatura es un algoritmo biológico, una parte del sistema de seguridad de la Sagrada Familia que se corrompió al ser expulsado del tem
Al establecer el contacto, una visión inunda las mentes de las guerreras. El Chupacabras no las persigue para matarlas, sino porque necesita la estrella para volver a casa. Sin ella, está condenado a vagar por las cloacas de Barcelona como un error de sistema, devorando energía para no desaparecer.
—"Ens demana auxili", murmura Aurora, con la voz quebrada. "No és un caçador... és un exiliat."
Pero la tregua es frágil. El ruido de los equipos de mantenimiento de BCASA (Barcelona Cicle de l'Aigua) resuena en las alcantarillas. Las luces de las linternas de los técnicos se acercan desde la zona de la Plaza de Kennedy. Si los humanos ven a la criatura y a las guerreras juntas, el secreto de la maquinaria de la Sagrada Familia quedará expuesto al mundo.
Las guerreras deben tomar una decisión inmediata mientras los ecos de las botas de los técnicos rebotan en las paredes de hormigón. El Chupacabras aguarda, vibrando en una frecuencia de sumisión, esperando que lo guíen de vuelta al templo.
Las cinco guerreras intercambian una mirada eléctrica a través de sus visores. No hay rastro de duda: la compasión cuántica ha vencido al miedo. Deciden reintegrar al Chupacabras en el sistema, pero el tiempo se agota.
Con las linternas de los técnicos de BCASA iluminando el final del túnel, las guerreras activan un protocolo de camuflaje. La estrella de doce puntas emite un zumbido que sincroniza sus mallas con la piel cambiante de la criatura. Ahora, las seis siluetas —cinco humanas y una pesadilla geométrica— se mueven como una única mancha de aceite por las paredes de la alcantarilla.
Se filtran a través de una rejilla de ventilación hacia los túneles de la Línea 3 del Metro. El aire aquí es más seco, cargado con el olor a hierro quemado de las vías.
Aprovechan el paso del último tren nocturno hacia Trinitat Nova. Se adhieren al techo del vagón, desafiando la gravedad con sus trajes magnéticos. El Chupacabras, ahora dócil, se enrosca sobre la estructura del tren, pareciendo una gárgola de fibra de carbono.
Cada vez que el tren pasa por una estación como Diagonal, los pocos pasajeros que esperan en el andén sienten una ráfaga de aire helado y un escalofrío inexplicable, viendo solo un borrón negro pasar a toda velocidad.
Al llegar a la conexión secreta cerca de Sagrada Família, saltan a las vías y se internan por el pasaje de mantenimiento que conduce directamente a los cimientos que visitaron anteriormente.
Al entrar en la Cámara de la Resonancia, la gran maquinaria de bronce parece rugir de alegría. La líder coloca la estrella en su sitio original. El panel se ilumina con una luz dorada y el Chupacabras, en lugar de ser destruido, se descompone en millones de partículas de luz que son absorbidas por los engranajes. La criatura ha vuelto a ser lo que siempre debió ser: el algoritmo de seguridad que protege el templo de las interferencias externas.
La vibración de la basílica se estabiliza. Barcelona respira tranquila, sin saber que ha estado a punto de colapsar bajo un caos cuántico. Las guerreras se sitúan en sus puestos, sus mallas negras recuperando el brillo mate original.
—"La feina està feta", susurra la líder hacia la oscuridad, sabiendo que sus compañeras la escuchan desde las sombras. "Però la muntanya sempre recorda els seus monstres."
La Sagrada Familia inspira el aire fresco del amanecer mientras las cinco guerreras se aproximan a la basílica por última vez. La líder extiende su mano y deposita un pequeño fragmento de cuarzo en una pequeña hornacina en uno de los muros laterales; está tibio y emite una pulsación rítmica que calma el sistema nervioso. Es una una vieja protección ancestral, un ritual de amparo frente a las energías negativas del universo
Sin decir una palabra más, las figuras se mimetizan con la arquitectura de la Sagrada Família. Sus mallas negras parecen transformarse en las sombras naturales de los relieves de la Fachada de la Pasión, volviéndose invisibles a plena luz del día.
Los primeros barrenderos pasan por la acera, ajenos a la batalla cuántica que ha tenido lugar bajo sus pies.
Barcelona recupera su ritmo cotidiano, protegida por sus guardianas silenciosas y por una maquinaria que convierte el caos en belleza.
El sol de la mañana calienta las piedras de la Fachada del Nacimiento. Entre el bullicio de los turistas, Laia se aleja unos pasos del grupo. Sus ojos se fijan en una pequeña hornacina oculta entre los relieves. Allí, extrae el fragmento de cuarzo, que emite un calor suave y una vibración eléctrica.
—"Ei, mireu què he trobat!", exclama, corriendo hacia sus hermanos, Pau y Núria, que están sentados en un banco de la Plaza de la Sagrada Familia con un grupo de amigos.
Pau, el mayor, coge la piedra con escepticismo. Al tocarla, sus ojos se abren de par en par. —"Això sembla que tingui una bateria a dins, no para de bategar", susurra, notando cómo el cuarzo parpadea con una luz dorada en sincronía con su propio pulso.
Núria, siempre atenta a los detalles, observa las caras de las guardianas encapuchadas esculpidas en la basílica. : —"Heu sentit mai la llegenda urbana del Chupacabras de Collserola? Diuen que és una bèstia que s'alimenta d'energia i que només es pot calmar amb uns cristalls rars que Gaudí va amagar pel temple. Potser això n'és un."
Los chicos, movidos por esa mezcla de miedo y valor que solo da la juventud, deciden que no pueden quedarse quietos. Sienten que el cuarzo es una invitación, o quizá una advertencia, de que algo oscuro está despertando bajo las gárgolas del Gótico.
Los chicos entran en una cafetería cercana y se sientan para examinar el tesoro. En el televisor colgado sobre la barra, las noticias de mediodía interrumpen la programación habitual. Un periodista informa en directo desde la Plaza de Sant Jaume:
"S'ha informat d'una estranya anomalia electromagnètica a les profunditats del Barri Gòtic. Els equips de manteniment del clavegueram han fugit després d'escoltar sons guturals i veure com les brúixoles giraven sense control prop de la Catedral de Barcelona...".
Los amigos se miran entre ellos, en silencio. Laia aprieta el cuarzo en su mano y nota que la piedra empieza a vibrar con más fuerza, apuntando como una aguja imantada hacia el sur, hacia las torres de la Catedral.
Los chicos, movidos por esa mezcla de miedo y valor que solo da la juventud, deciden que no pueden quedarse quietos. Sienten que el cuarzo es una invitación, o quizá una advertencia, de que algo oscuro está despertando bajo las gárgolas del Gótico.
—"Això no és una coincidència", dice Pau en voz baja. "Si la llegenda del Chupacabras és certa i està despertant sota el Gòtic, aquesta pedra és l'única cosa que ens pot protegir. Hem d'anar-hi."
Nuria asiente, a pesar del miedo —"Si el que diuen a la tele és veritat, la ciutat corre perill. Anem a la línia 4, ens hem de baixar a Jaume I."
La tarde cae sobre Barcelona con un tono plomizo, cargado de una electricidad estática que hace que el vello de los brazos se erice. Los hermanos y sus amigos, guiados por el pulso cada vez más errático del cuarzo, deciden que no pueden bajar al Barrio Gótico a ciegas.
Antes de sumergirse en el laberinto de piedra, se dirigen a un pequeño taller de luthería escondido en un callejón cerca de Santa Maria del Mar. Allí vive l'Avi Jordi, un antiguo topógrafo del ayuntamiento que, según dicen, conoce cada palmo del subsuelo de la ciudad, desde los refugios de la Guerra Civil hasta las cloacas romanas.
Al entrar, el olor a barniz y madera vieja inunda sus sentidos. Jordi, un hombre de manos nudosas y ojos astutos, deja su gubia al ver el destello que emana del bolsillo de Laia.
—"Això que porteu a la mà no és una joguina, marrecs", diu l'Avi Jordi amb una veu que sona com grava arrossegada pel corrent. "Aquesta pedra vibra amb la freqüència de la sang de la ciutat."
Pau da un paso adelante y le muestra el fragmento. —"L'hem trobat a la Sagrada Família, Jordi. I a la tele diuen que el Gòtic s'està tornant boig. Té alguna cosa a veure amb la llegenda del Chupacabras?"
El anciano suelta un suspiro pesado y se ajusta las gafas. —"La llegenda diu que el Chupacabras és una bèstia que apareix quan l'energia de Barcelona es descontrola. Però el que hi ha sota la Catedral ara mateix... és una fissura. Si les brúixoles giren és perquè el ferro de les antigues muralles romanes s'està magnetitzant.
Jordi despliega un plano amarillento sobre la mesa de trabajo. Señala un punto exacto bajo la Catedral de Barcelona.
—"Escolteu-me bé", advierte Jordi, mirándolos a los ojos uno por uno. "Si baixeu pel registre de la Plaça de Sant Iu, trobareu el camí cap a la Via Sepulcral. Però compte: el cuarzo us guiarà, però també atraurà allò que s'amaga a la foscor. Si sentiu un xiulet metàl·lic, correu i no mireu enrere."
Laia aprieta el cuarzo, sintiendo su calor reconfortante. —"No tenim por, Jordi. La pedra ens protegeix, oi?"
L'Avi Jordi niega con la cabeza, preocupado —"La pedra només és una clau. Qui obre la porta sou vosaltres. Aneu amb compte, que el Gòtic té memòria i no sempre és amable amb els estranys."Salen del taller justo cuando las farolas de la Vía Laietana empiezan a parpadear. El Barrio Gótico los espera con sus calles estrechas y sombrías, donde las gárgolas parecen inclinarse para observar su paso. La vibración del cuarzo ahora es un latido frenético que los empuja hacia la plaza de la Catedral.
La tarde se desvanece y las sombras de las gárgolas de la Catedral de Barcelona parecen estirarse como dedos que intentan atrapar a los jóvenes. El grupo avanza por la Plaza de Sant Iu, justo detrás del Museo Marès, donde el aire se ha vuelto denso y huele a ozono, el mismo rastro que dejó la bestia en el Tibidabo.
De repente, el fragmento de cuarzo en la mano de Laia emite un destello cegador, vibrando con tanta fuerza que casi se le escapa de los dedos. De entre los arcos góticos, surge una silueta que parece hecha de la misma oscuridad: una de las cinco guerreras encapuchadas. Su traje de mallas negras absorbe la luz de las farolas, creando un vacío visual que aterroriza y fascina a los chicos a partes iguales.
Pau se interpone entre sus hermanas y la figura, pero la guerrera levanta una mano enguantada en señal de paz. Su voz suena como el eco de una campana lejana.
—"No tingueu por, marrecs. La pedra us ha triat, però el que hi ha allà baix no és per a ulls mortals", dice la guerrera con una cadencia hipnòtica.
Laia, asombrada, le muestra el cuarzo. —"L'hem trobat a la Sagrada Família. És veritat el que diuen de la bèstia i l'energia de la ciutat?"
La figura encapuchada asiente levemente. —"El Chupacabras que ens va perseguir al Tibidabo ha deixat un rastre quàntic. Una esquerda s'està obrint sota la Via Sepulcral i la Catedral es podria ensorrar si no sintonitzem el cor de la pedra amb les muralles romanes."
La guerrera toca una piedra específica del muro de la Catedral y, con un gemido de maquinaria antigua, una losa del suelo se desliza, revelando una escalera de caracol que desciende hacia las profundidades de la Barcelona Romana.
Núria, temblando pero decidida, pregunta: —"Ens ensenyaràs el camí? L'Avi Jordi ens ha dit que si sentim un xiulet metàl·lic hem de fugir."
La guerrera se gira hacia la negrura del túnel. —"El xiulet és el seu crit de guerra. Seguiu-me en silenci i no deixeu anar la pedra. Si la llum s'apaga, Barcelona estarà perduda."
Los chicos, el corazón latiéndoles con fuerza, se internan en el subsuelo siguiendo la estela negra de la guerrera, mientras desde las profundidades del alcantarillado llega un eco que no es humano: el Chupacabras ha sentido la presencia del cuarzo y ya está cazando de nuevo.
El descenso es asfixiante. Las paredes de la escalera de caracol están hechas de bloques de piedra romana reutilizados, marcados con símbolos que parecen brillar cuando la guerrera pasa cerca de ellos. Al llegar al nivel inferior, se encuentran en una intersección de túneles donde las ruinas de la Vía Sepulcral Romana se mezclan con los cimientos de la Catedral.
La guerrera se detiene frente a un sillar de piedra enorme, desgastado por los siglos. Al colocar su mano enguantada sobre él, una red de filamentos luminosos, como venas de luz dorada, recorre la roca.
—"Gaudí no només construïa per a Déu", murmura la guerrera, su voz resuena en la cavidad. "Ell sabia que Barcelona està protegida per una muralla d'energia que els romans van traçar fa dos mil anys. La Sagrada Família és el motor, però aquests murs són els cables que transporten la força."
Pau toca la pared, sintiendo la vibración. —"Llavors, el que està passant al Gòtic és que el sistema s'està trencant?"
—"Exacte", responde ella. "L'energia s'està filtrant i el Chupacabras la utilitza per alimentar el seu niu. Estem a sobre de la seva guarida.
La guerrera les indica que miren hacia abajo a través de una grieta en el suelo de piedra. Lo que ven deja a los chicos sin aliento: en una antigua cámara funeraria romana, el Chupacabras ha tejido una estructura de pesadilla.
No es un nido de ramas o barro, sino una maraña de cables de alta tensión, fibra óptica y restos de estatuas góticas que vibran con una luz violeta enfermiza. En el centro, la criatura está enroscada sobre una gárgola robada, absorbiendo la estática de la ciudad para hacerse más fuerte, más real.
Laia nota que el cuarzo en su mano arde. —"Està patint... la pedra em crema. Crec que el Chupacabras està intentant trencar la muralla des d'aquí dins."
De repente, el silencio se rompe. Un silbido metálico, agudo y penetrante, rebota en las paredes. El Chupacabras ha abierto sus ojos de fósforo y ha fijado su mirada directamente en la grieta donde están los chicos.
La criatura emite un rugido electromagnético que hace que las linternas de los móviles de los chicos estallen. La única luz que queda es el brillo del cuarzo de Laia y la estela de la guerrera.—"Heu de llançar la pedra al centre del niu quan jo us doni el senyal!", ordena la guerrera mientras se prepara para el combate. "Si fallem, l'energia de la ciutat implosionarà!"
Núria se agarra fuerte del brazo de su hermano. —"I si la bèstia ens atrapa abans? Mira com es mou, sembla una ombra que camina!"
La tensión en la cámara sepulcral es insoportable. El Chupacabras se despliega como una mancha de aceite eléctrica, trepando por los sillares romanos con una velocidad que desafía la vista humana. Sus ojos, dos focos de fósforo violáceo, se clavan en el pequeño grupo.
La guerrera se lanza al vacío, cayendo sobre el nido de cables con una agilidad felina. Sus mallas negras emiten un zumbido de alta frecuencia al entrar en contacto con el aura de la bestia.
—"Ara, nois! No us desvieu del pla!", Exclama la guerrera mientras esquiva un zarpazo de energía que resquebraja el muro de la Via Sepulcral Romana..
Mientras ella mantiene a raya al monstruo en una danza de chispas y sombras, Pau descubre algo entre los restos arqueológicos: tres grandes discos de bronce pulido, antiguos espejos romanos que los arqueólogos del MUHBA aún no habían catalogado.
—"Laia, Núria, ajudeu-me amb aquests miralls!", ordena en Pau. "Si els posem en triangle, la llum del cuarzo es farà mil vegades més forta!"
Los chicos arrastran los pesados discos, colocándolos en los vértices de la cámara funeraria. Laia se sitúa en el centro, alzando el fragmento de la Sagrada Família.
—"Estic a punt!", Grita Laia con la voz temblorosa pero firme.. "Llum a la bèstia!"
Al recibir el primer rayo de luna que se filtra por un respiradero de la Catedral de Barcelona, el cuarzo estalla en una incandescencia dorada. La luz rebota de espejo en espejo, creando un prisma de geometría pura que atrapa al Chupacabras en su centro.
El monstruo lanza un aullido que suena como metal retorciéndose. Bajo la luz geométrica, su forma física empieza a desintegrarse, volviendo a ser puro código cuántico. La guerrera aprovecha el momento para asestar un golpe final con sus palmas cargadas de estática, empujando la esencia de la criatura hacia las grietas de la muralla romana, donde la energía se reabsorbe y se estabiliza.
El silencio vuelve a las profundidades, solo interrumpido por el goteo del agua y el jadeo de los chicos. El nido de cables se apaga, y la vibración del suelo cesa por completo.
—"Ho hem aconseguit...", sospira la Núria, deixant-se caure a terra. "La ciutat torna a estar en pau?"
La guerrera se acerca a ellos, su capucha aún envuelta en jirones de sombra. —"Per ara, sí. Heu salvat el cor del Gòtic. Però recordeu: la llum de Gaudí i el ferro de Roma sempre necessitaran algú que els vigili."
La guerrera se yergue entre las ruinas humeantes, su figura de azabache recortada contra el resplandor moribundo del nido. Se acerca a los chicos y, con un gesto solemne, posa sus manos sobre los hombros de Laia, Pau y Núria. El aire recupera una quietud sagrada, la misma que se respira en la nave central de la Basílica de la Sagrada Família.
—"Heu demostrat una valentia que ni els mateixos constructors del temple haurien imaginat", declara la guerrera, y su voz ya no es un susurro, sino un decreto. "Des d'avui, sou els Guardians Juvenils del Subsol. La ciutat us reconeix com a part de la seva defensa invisible."
Les entrega a cada uno una pequeña esquirla de obsidiana, un vínculo directo con la red cuántica de la ciudad.
—"Aneu a casa i descanseu, però mantingueu els ulls oberts. El que heu viscut avui és només un sisme en la gran falla del Sinistratum."
Mientras los chicos ascienden hacia la superficie, emergiendo por la Plaza de Sant Iu bajo un cielo estrellado y cómplice, la guerrera desaparece por un túnel que no conduce a la salida, sino hacia las profundidades de la Vía Laietana. Allí donde la red de túneles prohibidos que conecta el Castillo de Montjuïc con los búnkeres olvidados— empieza a latir con una frecuencia oscura.
La guerrera y los nuevos Guardianes Juveniles se separan en la superficie de la Vía Laietana. Mientras los chicos regresan a sus casas, apretando las esquirlas de obsidiana en sus bolsillos, el relato se desplaza hacia el sur, donde la montaña de Montjuïc recorta su silueta negra contra el mar.
Bajo los baluartes del castillo, existe un nivel de túneles que no aparece en ninguna guía turística. Una red de galerías que se filtra por debajo del nivel del mar. Allí, el agua salada se mezcla con una sustancia viscosa y oscura que emana de las paredes.
Las cinco guerreras se deslizan por una brecha en la roca viva. Sus mallas negras repelen el agua, pero la presión cuántica aquí es diez veces superior a la de la Sagrada Família.
El Altar de Sal: En el centro de una sala circular sumergida, un mecanismo de hierro oxidado y coral negro empieza a girar. No es tecnología de Gaudí; es algo mucho más antiguo, de la época en que Montjuïc era un faro para navegantes fenicios.
La Nueva Amenaza: El sacrificio del Chupacabras en el Gótico ha enviado una onda de choque por toda la red. Algo ha despertado en las mazmorras inundadas: una masa de tentáculos de pura estática que empieza a trepar por los muros del castillo, buscando una salida hacia el puerto.
—"El segell s'ha trencat del tot", murmura la líder de les guerreres, desenfundant una vara de llum que il·lumina l'abisme sota els seus peus. "El Sinistratum reclama el seu lloc a la superfície."
Barcelona cree que la montaña la protege de las tormentas, pero no sabe que la montaña es, en realidad, el tapón de una botella llena de pesadillas.
Algo más antiguo que el Chupacabras se está agitando en el lodo del puerto, esperando el próximo desequilibrio para reclamar la superficie.
Barcelona duerme, ignorante de que su belleza es solo una fina costra de piedra sobre un océano de fuerzas indomables.
El agua de las mazmorras de Montjuïc comienza a arremolinarse, formando un espejo oscuro que no refleja el techo de piedra, sino un firmamento de estrellas que no pertenecen a nuestra galaxia.
Las cinco guerreras se detienen al borde del abismo líquido, mientras las esquirlas de obsidiana en los bolsillos de los chicos, lejos de allí, emiten un calor febril.
La líder de las encapuchadas clava su vara en el suelo inundado y, antes de que la oscuridad absoluta reclame la sala, lanza al aire un acertijo esotérico que queda flotando como una maldición entre la bruma salina:
"Sóc la clau que no obre panys, sóc el pes que aixeca el temple i l'ombra que el sol no pot cremar. Bec de la mar però visc en la pedra, i només aquell que em sàpiga anomenar sense parlar, podrà tancar la ferida que el Sinistratum acaba de sagnar."
La vibración del Sinistratum se intensifica, y el eco de la última palabra se pierde en los túneles que conectan con el Puerto de Barcelona, dejando una pregunta en el aire que solo los verdaderos guardianes podrán descifrar.
La marea de brea cuántica no espera a que el acertijo sea resuelto. Mientras el eco de las palabras de la guerrera aún rebota en las húmedas paredes de Montjuïc, el nivel del agua en las alcantarillas de la Barceloneta comienza a subir con una viscosidad antinatural
En el paseo marítimo, bajo la mirada impasible del Hotel W, las tapas de hierro de las cloacas empiezan a vibrar. Un líquido negro, denso y brillante como el petróleo pero con la consciencia de un enjambre, desborda los sumideros. No huele a mar, sino a hierro viejo y olvido.
Los chicos, en su habitación, ven cómo sus esquirlas de obsidiana se vuelven incandescentes. Pau coge un papel y escribe frenéticamente el acertijo que resuena en su mente como una interferencia de radio.
—"Escalfa tant que sembla que es vulgui desfer", dice Laia, mirando como el cristal vibra sobre la mesa "Pau, el que diu l'endevinalla... 'soc el pes que aixeca el temple'. No parla d'una pedra, parla de la fe de l'arquitecte!"
Mientras intentan descifrar si la respuesta es la Gravedad, el Silencio o la propia Barcelona, la primera criatura del fango emerge en la arena de la Playa de San Sebastián. Es una masa amorfa que imita las formas de los bañistas ausentes, un reflejo distorsionado del Eco que busca desesperadamente una forma sólida para quedarse en nuestro mundo.
Las cinco guerreras ya están allí, desplegadas sobre el espigón, sus siluetas negras recortadas contra el reflejo de la luna en el Mediterráneo. Han desenfundado sus varas de luz, dispuestas a contener la marea antes de que el barrio entero sea devorado por la memoria líquida del puerto.
Los chicos saben que no hay tiempo para llegar a la costa. Desde su balcón en el Eixample, ven cómo una neblina violácea empieza a cubrir la línea del horizonte en la Barceloneta. El aire vibra con una frecuencia que hace que los cristales de las ventanas resuenen como cuencos tibetanos.
Pau coloca los espejos que rescataron del Gótico en forma de triángulo sobre la barandilla de hierro forjado. Laia sitúa el fragmento de cuarzo en el centro, mientras Núria sostiene la esquirla de obsidiana que les entregó la guerrera.
—"Si l'endevinalla diu que és el pes que aixeca el temple, s'ha de referir a la gravetat o a la voluntat", exclama Pau mientras intenta alinear el cristal con la silueta lejana del Hotel W.
—"No, Pau! És el silenci!", replica Laia. "L'Avi Jordi va dir que el silenci era el guia. Per aixecar la Sagrada Família cal que la pedra calli i aguanti el pes del món.
En el momento en que Laia pronuncia la palabra "Silenci", el cuarzo deja de vibrar de forma caótica y emite un haz de luz blanca, tan sólido y puro que parece un pilar de mármol proyectado hacia el mar. El rayo atraviesa el cielo de Barcelona, pasando por encima de la Torre Glòries y cayendo directamente sobre el espigón donde las guerreras luchan contra la marea negra.
El Impacto: Al recibir la luz proyectada por los chicos, las varas de las guerreras se sobrecargan. La marea de fango cuántico, al ser tocada por la frecuencia del "Silencio", empieza a cristalizarse, convirtiéndose en estatuas de sal negra que se desmoronan con el golpe de las olas.
La Reacción del Eco: Un rugido sordo surge de las profundidades del puerto. El Eco odia la pureza. La mancha negra retrocede hacia las alcantarillas, derrotada por ahora, pero dejando tras de sí un rastro de coral oscuro que nunca se secará.
Desde el balcón, los chicos ven cómo la neblina desaparece. La guerrera líder, a kilómetros de distancia, se gira hacia el Eixample y alza su mano. Por un instante, el cuarzo de Laia refleja la imagen de la guerrera sonriendo tras su capucha de.
Barcelona vuelve a sumirse en el silencio de la madrugada, pero es un silencio diferente. Un silencio que guarda un secreto.
—"Ho hem fet", murmura Núria, exhausta. "Però la pedra encara crema..."
Y tiene razón. El cuarzo no se ha apagado. Ahora muestra una nueva ruta, un mapa de venas luminosas que se dirige hacia el Laberinto de Horta. El juego del Sinistratum no ha hecho más que empezar.
La victoria en la Barceloneta ha sido amarga; el aire aún sabe a ozono y salitre quemado. Mientras la ciudad recupera un aliento de falsa calma, los chicos regresan al taller de l'Avi Jordi buscando respuestas sobre la nueva ruta que marca el cuarzo hacia el Parque del Laberinto de Horta.
Al entrar, el taller está sumido en una penumbra inusual. Las cinco guerreras ya están allí, rodeando al anciano como guardianas de un tesoro antiguo. La líder se quita la capucha por primera vez, revelando un rostro que parece tallado en la misma piedra que la Fachada del Nacimiento.
—"És hora que sapigueu qui us ha estat guiant", dice la guerrera con una voz que vibra con la profundidad de los siglos. "L'Avi Jordi no és un simple topògraf del consistori."
Jordi levanta la mirada, y sus ojos brillan con la misma luz dorada que el fragmento de cuarzo de Laia.
—"Jo sóc l'últim dels picapedrers que van entendre el codi d'en Gaudí", confessa l'Avi Jordi amb un somriure cansat. "Sóc el vincle entre el Sinistratum i la llum del dia. Les guerreres que veieu són les meves filles de pedra, creades per protegir la ciutat quan el ferro romà comencés a fallar."
Jordi señala el mapa luminoso que emana del cuarzo. El camino no lleva a un lugar físico, sino a un punto de convergencia cuántica en el centro del Laberinto de Horta.
—"A Horta no hi ha només xiprers i estàtues", advierte Jordi. "Hi ha la porta cap a la memòria de l'aigua. El Sinistratum vol fer sortir el que està enterrat sota les arrels del laberint per inundar la raó de Barcelona amb bogeria."
Las guerreras se preparan para la partida. Laia, Pau y Núria sienten que su destino está sellado: ya no son simples observadores, sino la última línea de defensa contra el Eco.
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