EL DESPERDICIO DEL AGUA




Como diría Quevedo "lo que sobra es agua y lo que falta es seso"

Aquí os dejo una reflexión con un toque de salitre y mucha ironía castellana:

Es fascinante descubrir que, tras siglos de hidrografía, hemos caído en la cuenta de que los ríos tienen la desfachatez de desembocar en el océano. Al parecer, el ciclo del agua es en realidad una fuga de capitales hídricos que se nos escapa entre los dedos hacia el Atlántico y el Mediterráneo.

Actualizando a don Jorge Manrique, hoy sus versos sonarían más o menos así:
«Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir...
y un desperdicio intolerable para el regadío».

Resulta que la naturaleza, en su infinita ignorancia, lleva milenios "tirando" agua. El Ebro, el Duero y el Tajo son, bajo esta lógica, adolescentes rebeldes que malgastan la herencia familiar en el bar del club náutico. ¡Qué descaro el de un río que se empeña en mantener vivo su estuario o en alimentar a los peces, cuando podría estar refrescando un campo de golf en pleno agosto o hidratando un desierto que, por algún motivo, decidimos que debía ser un vergel!

Decir que el agua se "tira" al mar es como decir que la sangre se "tira" al corazón. Pero en nuestra España de asfalto y sequía mental, preferimos ver el mapa hidrográfico como una red de fontanería mal instalada. Si Jorge Manrique levantara la cabeza, vería que ya no nos preocupa que "allí vayan los señoríos derechos a se acabar", sino que allí vaya el agua sin pasar antes por un contador de la luz.
Al final, la sátira se escribe sola: queremos detener el curso de la vida para que nada fluya, no sea que el mar, ese gran cementerio de recursos, se nos llene de agua dulce y nos deje la conciencia seca.

Esta "teoría del desperdicio" no es solo una anécdota de barra de bar; es una pieza maestra de la ingeniería conceptual que ha permitido, durante décadas, convertir un ciclo natural en un pecado capital.

Para los defensores de la tubería defectuosa, el río no es un ecosistema, sino una infraestructura de transporte de mercancía líquida. Si el agua llega al mar, se considera un "fallo de sistema", una fuga en la tubería que debe ser corregida con hormigón.

La ironía manriqueña: Si para Manrique el mar era "el morir", para el desarrollismo moderno es un agujero negro fiscal. Cada metro cúbico que toca el salitre es un euro que no ha tributado en un campo de alcachofas o en un resort con piscina infinita.

El "Caudal Ecológico" como Enemigo Público:
Científicamente, el agua que llega al mar cumple funciones vitales: evita la salinización de los deltas (como el del Ebro), transporta sedimentos que frenan la erosión de las playas y mantiene la biodiversidad.

Sin embargo, en el discurso del desperdicio, el caudal ecológico se presenta como un capricho de "ecologistas románticos" que prefieren alimentar peces que personas. Es la democratización del egoísmo hídrico: "Si no lo uso yo, no sirve para nada".

La Política del "Hormigón Solidario":
Este discurso es el combustible de los trasvases. Al etiquetar el agua de una cuenca como "excedente" o "sobrante", se despoja al río de su derecho a existir.
Se crea una falsa narrativa de solidaridad interterritorial: "Nosotros la salvamos de ahogarse en el mar para que muera dignamente en un invernadero". Es una forma de colonialismo hidrológico donde la cuenca cedente se convierte en una simple gasolinera de agua.

El "Manrique Moderno" en la era del Cambio Climático:

Si hoy escribiéramos las Coplas bajo esta lógica, el tono sería de auditoría contable:

«Nuestras vidas son trasvases
que van a dar al regadío,
que es el ganar;
allí van los beneficios
derechos a se acumular
e prosperar...»

Consecuencias reales de esta sátira:

Desertificación: Al retenerlo todo arriba, el tramo final del río muere, y con él, la barrera natural contra el avance del mar.

Colapso de lagunas: Lugares como Doñana o el Mar Menor son víctimas directas de este discurso, que prioriza extraer cada gota antes de que "se pierda" en el ciclo natural.

En definitiva, la declaración de que el agua "se tira" es el mayor triunfo del marketing sobre la biología: hemos convencido a la gente de que la muerte del río es, en realidad, un acto de eficiencia económica.

El agua se usa como un instrumento de poder, con una fuerte proyección mediática productivista que desvirtúa sus fines...

Y aquí os dejo la guinda del pastel, porque nada marida mejor con el "hidro-negacionismo" que nuestro sistema educativo y un toque de cosmología alternativa.

La ESO: Donde el agua se hace "lírica" pero no "lógica"

Para entender este fenómeno, hay que recordar que Jorge Manrique entra en nuestras vidas durante la Educación Secundaria Obligatoria (ESO). Es ese momento mágico de la adolescencia en el que el alumno, atrapado entre un examen de álgebra y el recreo, debe memorizar que los ríos van a dar a la mar para morir.

El problema es que el sistema educativo ha compartimentado el cerebro de tal forma que:

En Lengua y Literatura, el río es una metáfora preciosa sobre la fugacidad de la vida y la igualdad ante la muerte.

En Geografía, el río es un recurso que aparece en los mapas con flechas azules que deberíamos poder redirigir con un joystick.

Así, salimos de la escuela sabiendo que el río muere en el mar, pero sin que nadie nos explique que, si el río no "muere" allí, quien muere es el delta. Nos enseñan la métrica de la copla, pero no la métrica del ecosistema. De aquellos polvos (o de aquellas lecturas mal digeridas), vienen estos lodos... o mejor dicho, estas arenas secas.

El "Terraplanismo Hídrico": Una nueva hermandad-

Lo más fascinante de afirmar que el agua se "tira" al mar es que demuestra que el terraplanismo no es una teoría geográfica, sino una actitud vital. Estamos ante una nueva rama: el Terraplanismo Hídrico.

Si los terraplanistas creen que el mundo se acaba en un muro de hielo, los "desperdiciadores de agua" creen que el ciclo hidrológico es una conspiración de la naturaleza para robarnos el suministro.

Para ellos, el ciclo del agua no es un círculo cerrado, sino una línea recta que termina en un desagüe llamado océano.

Ver un río desembocar con fuerza es, para este colectivo, como ver a alguien quemando billetes de cincuenta euros para calentarse. "¡Mira cuánta agua dulce se está volviendo salada por pura desidia gubernamental!", claman, como si el mar fuera un error de diseño del Creador.

La Gran Alianza de la Ignorancia.

Es una lógica aplastante:

Si la Tierra es plana, el agua que cae por el borde se pierde.

Si el río llega al mar, el agua se "tira".

En ambos casos, la ciencia es ese estorbo que nos impide ver la "verdad" obvia. Al final, el discurso del desperdicio es el primo hermano del terraplanismo: ambos nacen de mirar un sistema complejo a través de una mirilla muy estrecha y concluir que, si no sirve para mi huerto hoy mismo, es que el universo está mal montado.

Como diría Manrique, si le dieran un despacho en la Confederación Hidrográfica:

«Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando...
cómo se nos va el recurso,
cómo se nos llena el mar
por no poner un grifo en la desembocadura».

Y, llegamos a la pregunta fascinante porque nos lleva a la esencia del genio: cómo la observación pura y la intuición poética pueden ser más precisas que un satélite de la NASA.

En el siglo XV, sin Google Maps ni drones, don Jorge Manrique no necesitaba una expedición de National Geographic para entender el ciclo de la vida, le bastaba con mirar con los ojos del alma y, seguramente, con un par de viajes a caballo por la meseta.

1. El GPS del caballero: Seguir el rastro del Tajo.

Manrique no era un monje encerrado en un scriptorium; era un caballero de la Orden de Santiago. En sus cabalgadas entre castillos y batallas, cruzó el Tajo, el Guadiana y el Guadalquivir. No necesitaba seguir el río hasta la desembocadura para "saber" que llegaba al mar; le bastaba con ver la dirección de la corriente.

Hay una sabiduría humilde en el hombre medieval: el río siempre baja. Y si baja, tiene que ir a algún sitio donde el nivel sea el más bajo de todos. Para un poeta de su talla, la desembocadura no era un dato geográfico que necesitara comprobar con un sello en el pasaporte, sino una certeza teológica. Si Dios es el principio, el Mar (la eternidad) es el final.

2. El "Terraplanismo Inverso" de la Edad Media

Lo irónico es que hoy, con toda la tecnología, somos más ignorantes que Manrique. Él entendía que el río cumplía su destino al llegar al mar. No veía el mar como un "desperdicio", sino como el lugar donde los ríos se igualan:

«Allí van los señoríos... allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos».

Para Manrique, la desembocadura era el gran acto de democracia cósmica. Hoy, en cambio, nuestro "progreso" nos ha vuelto tan miopes que vemos el mar y pensamos: "¡Vaya, un depósito de agua que se ha echado a perder por no haber puesto un pantano antes!". Manrique tenía menos mapas, pero mucha más perspectiva.

3. La Metafísica frente a la Contabilidad

Manrique no necesitaba ver el Atlántico para escribir su copla porque él no estaba haciendo un inventario de recursos hídricos; estaba haciendo un inventario de almas.

Manrique: Observaba el flujo del agua y entendía el orden del universo.

El negacionista moderno: Observa el flujo del agua y solo ve una pérdida en la cuenta de resultados.

Es posible que Manrique nunca viera la desembocadura del Guadalquivir con sus propios ojos, pero entendía su función. Sabía que el río no "se tiraba", sino que "se entregaba". El concepto de "tirar el agua" es una invención de la soberbia moderna que cree que la naturaleza comete errores contables que nosotros, los humanos, debemos corregir con hormigón.

4. El "Milagro" de la ESO

Lo más triste es que ese adolescente de la ESO, al que mencionábamos antes, tiene en su bolsillo un teléfono con acceso a mapas en 3D de cada desembocadura del planeta... y sin embargo, es más probable que termine creyendo que el agua "se pierde en el mar" que el caballero del siglo XV que solo tenía un caballo y su capacidad de asombro.

Parece que, a medida que hemos ganado recursos para viajar, hemos perdido la capacidad de comprender el destino. Manrique, desde su torre en el siglo XV, veía más lejos que nosotros desde un avión.

Comentarios

Entradas populares de este blog

LOS PÁJAROS INVISIBLES, LEYENDA POLINESIA

EL PEDREGAR, BELLATERRA

EL SÍNDROME TÓXICO DEL ACEITE DE COLZA, UNA HERIDA ABIERTA