SINISTRATUM, EL MONASTERIO DEL SILENCIO I





El horizonte se funde en un abrazo violento entre el azul cobalto del Cantábrico y un cielo cargado de bruma eléctrica. Allí, donde la tierra se rinde ante el abismo, se alza el Monasterio de Santa María del Silencio. No es una construcción sobre el acantilado; es una extensión de la propia roca viva, una columna vertebral de piedra gris y salitre que desafía la verticalidad de la costa.

El monasterio no aparece en los mapas.
Emerge del acantilado como una cicatriz de piedra, anterior a los reinos, anterior incluso a los nombres. El oleaje arremete  con una furia antigua, contra la imponente construcción, como si el mar intentara, siglo tras siglo, reclamar lo que le fue arrebatado.

La secta llevaba allí mil años.
No rezaban a dioses: custodiaban equilibrios.

Cada generación, cuando los cinco signos coincidían —la luna negra, el viento del oeste, el mar en calma falsa, la tierra temblando sin ruido y el fuego que no quema—, eran escogidas cinco mujeres. No se presentaban voluntarias. Eran llamadas. Y quien oía la llamada, ya no podía vivir entre los suyos.

Desde la cima, la vista es sobrecogedora: las olas rompen cientos de metros abajo con un rugido que suena como el latido de un gigante dormido, lanzando una espuma blanca que el viento arrastra hasta las ventanas ojivales del cenobio. El edificio es una joya de un gótico tardío y severo, con arbotantes que parecen garras aferrándose al precipicio para no ser engullidos por las tormentas que azotan la península con una furia renovada.

El monasterio está integrado por una congregación de monjas de clausura que parecen haber hecho un pacto con el tiempo. El silencio en el interior es absoluto, roto solo por el susurro de sus hábitos de lana negra sobre las baldosas frías y el eco lejano del mar. Pero estas no son monjas ordinarias; son las Custodias del Límite. 
Su vida transcurre entre la oración y el mantenimiento de una tecnología ancestral que pocos comprenden. Desde los jardines colgantes, donde cultivan hierbas medicinales que solo crecen con el rocío salino, se divisa toda la curvatura de la costa, un paraje donde la belleza es tan impresionante como letal. Es un lugar diseñado para la contemplación, pero también para la vigilancia.
Es en este escenario, aislado del ruido del mundo y suspendido entre el cielo y el mar, donde se oculta la verdad sobre la figura que aterrorizó a los vándalos en Madrid. Bajo los pies de las hermanas, en una cripta que respira con las mareas, late el secreto de lo que Sinistratum es en realidad.
El refectorio del monasterio es una nave de piedra desnuda, donde la luz del atardecer se filtra por las altas saeteras, dibujando lanzas de polvo dorado sobre el suelo de granito. El ambiente está saturado por un aroma denso a cera virgen, incienso y el frescor húmedo de las profundidades del acantilado.
Allí, bajo un crucifijo de madera de naufragio que preside la estancia, las monjas de clausura permanecen recogidas. Sus figuras, envueltas en hábitos de una negrura absoluta que parece absorber la escasa luz, están alineadas con una simetría militar a lo largo de las mesas de roble. No hay platos ni comida; hoy solo hay oración.
El voto de silencio es tan estricto que el aire mismo parece haber olvidado cómo vibrar con la voz humana. El único sonido que habita el espacio es la respiración rítmica y acompasada de la congregación, un murmullo sordo que se sincroniza extrañamente con el batir de las olas contra la base del acantilado. Sus cabezas permanecen inclinadas, los rostros ocultos por las sombras de sus tocas, mientras sus dedos desfilan sobre rosarios cuyas cuentas no son de madera, sino de un metal oscuro y frío que emite un sutil brillo azulado.
En este recogimiento, el tiempo parece haberse detenido. Las hermanas no solo oran por las almas; son una memoria viva. Cada una de ellas es un nodo de concentración, una pieza de un engranaje espiritual que mantiene sellado algo que late bajo sus pies.
De pronto, un estremecimiento imperceptible recorre los muros de piedra. Una de las monjas, la más anciana, levanta levemente el mentón. Sus ojos, nublados por los años pero llenos de una claridad eléctrica, se fijan en una baldosa central que comienza a vibrar. El silencio se vuelve aún más denso, más pesado. La oración mental se intensifica, porque saben que en Madrid, a cientos de kilómetros, la figura que ellas custodian desde la distancia ha despertado, y el equilibrio de la Sangre Real ha vuelto a ser reclamado. El monasterio no es solo un templo; es la estación de control de un milagro oscuro
La abadesa se puso en pie con una parsimonia que emanaba un mando absoluto. Era una mujer de estatura imponente, cuyo hábito parecía tallado en la misma roca del acantilado. Sin pronunciar una sola palabra, pues su voto era un pacto inquebrantable con el misterio, recorrió el refectorio con una mirada de acero.
Con un simple gesto —un leve movimiento de su mano derecha, cuyos dedos trazaron en el aire una curva geométrica perfecta—, el hechizo de la quietud se rompió. Como una sola entidad, un organismo coordinado por una voluntad superior, las religiosas se levantaron. El roce de sus pesadas túnicas contra el granito produjo un siseo que recordaba a la marea retirándose de la arena.
La abadesa comenzó a caminar hacia el fondo del refectorio, donde un arco de piedra ocultaba una escalera de caracol que descendía hacia las entrañas del promontorio. Las monjas la siguieron en fila india, con las cabezas gachas y las manos ocultas en sus mangas, formando una procesión de sombras que se hundía en la oscuridad.
A medida que bajaban, el aire se volvía más denso, cargado de ozono y electricidad estática. Las paredes de la escalera ya no eran de sillería gótica, sino de roca natural, húmeda y vibrante. Al final del descenso, llegaron a una cámara circular excavada directamente en el corazón del acantilado.
En el centro de la sala, sobre un pedestal de obsidiana, reposaba un traje de un material negro que parecía vivo, palpitando al ritmo del océano: el armazón de Sinistratum. La abadesa se detuvo frente a él y, por primera vez, el silencio fue interrumpido por un sonido que no era humano. Un zumbido electrónico de baja frecuencia emanó del traje cuando las monjas rodearon el pedestal, formando el Círculo de los Milagros. La abadesa miró el artefacto y luego a sus hermanas; la revelación estaba a punto de consumarse. Sinistratum no era una mujer, ni una máquina; era el avatar de su fe y de su sangre, una herramienta de justicia que ahora reclamaba ser habitada. Aquella que estaba en Madrid no era más que una proyección; el verdadero cuerpo, el origen, estaba allí, esperando el sacrificio final. 
Las religiosas, formando un anillo perfecto de sombras alrededor del pedestal, inclinan sus rostros hasta que sus frentes casi rozan el metal frío del artefacto. En ese silencio absoluto, sus mentes se entrelazan en una plegaria que no busca la salvación individual, sino la estabilidad del mundo.
Oran en silencio y se encomiendan a la Madre de las Sombras, la entidad primordial que, según su credo secreto, separó la luz de la oscuridad para que la justicia tuviera un lugar donde esconderse. Invocan a la protectora del Linaje del Lado Izquierdo, pidiendo que la Sangre Real que fluye por las venas de la elegida no se corrompa ante el poder del Grial.
Sub umbra alarum tuarum (Bajo la sombra de tus alas)— musitan los pensamientos de las monjas, enviando una pulsión de energía que viaja desde el acantilado hasta el asfalto de Madrid.
Se encomiendan a la fuerza del Equilibrio Siniestro, rogando que Sinistratum no pierda su humanidad mientras realiza sus acrobacias imposibles. Saben que cada vez que la vengadora desafía la gravedad, es el espíritu de este monasterio el que la sostiene en el aire. La abadesa cierra los ojos y, en una comunión mística, entrega el aliento de la congregación a la figura negra, sellando el destino de las jóvenes, que en el futuro serán las custodias de las reliquias  del abismo.
El contraste es aterrador y fascinante a la vez. Al cruzar el umbral de la cámara inferior, las religiosas entran en un espacio donde el horror medieval se funde con la tecnología punta. Es una estancia de entrenamiento cinético, un gimnasio de pesadilla diseñado para llevar el cuerpo humano más allá de los límites de la física.
La sala, iluminada por un resplandor de neón violeta que emana de las juntas de las piedras, presenta una estampa irreal:
Potros de tortura transformados, lo que antaño fueron bancos de estiramiento forzado ahora son sofisticadas máquinas de resistencia hidráulica. Las correas de cuero han sido sustituidas por tensores de fibra de carbono que brillan bajo la luz. Aquí, la elegida entrena su agilidad Riastrad o espasmo de furia, en este punto la guerrera entra en un estado de trance donde su cuerpo empieza a deformarse, ganando fuerza y velocidad sobrehumana,  forzando sus tendones hasta que adquieren la elasticidad del acero.
Doncellas de hierro sensoriales, los antiguos sarcófagos de púas han sido modificados. Sus puertas ahora albergan escáneres biométricos y emisores de impulsos electromagnéticos que calibran el sistema nervioso de la vengadora, preparándola para la suspensión en el aire.
Las Ruedas de Santa Catalina aparecen diseminadas por el techo, grandes ruedas de madera y metal giran silenciosamente, movidas por campos magnéticos. De ellas cuelgan anillas y trapecios de alta tecnología donde Sinistratum practica sus triples mortales y sus rotaciones imposibles.
Las monjas caminan entre estos aparatos con una naturalidad gélida. Para ellas, el dolor no es un castigo, sino la forja de la santidad bandrui. La abadesa se detiene ante una espaldera de tortura reconvertida en un panel de control holográfico. Con un toque de sus dedos, las máquinas cobran vida: los engranajes chirrían con un sonido metálico y armónico a la vez, creando la sinfonía mecánica que alimenta el poder de la vengadora.
Este es el santuario de Sinistratum, un lugar donde el sufrimiento se ha reciclado en potencia, y donde cada instrumento de agonía antigua es ahora un peldaño hacia la perfección sobrehumana de la Sangre Real.
La atmósfera sagrada estalla en mil pedazos. Con un movimiento brusco y carente de toda delicadeza mística, la abadesa desgarra el tejido de su hábito, despojándose de las vestiduras talares que la han ocultado durante décadas. La tela negra cae al suelo como una piel muerta, revelando bajo el sayo un cuerpo fibroso, marcado por cicatrices de un entrenamiento inhumano y envuelto en una malla técnica de fibras inteligentes que centellean con un brillo de mercurio.
Siguiendo su ejemplo, como si un resorte interno se hubiera activado en su ADN, las demás religiosas imitan el gesto. El refectorio se llena del sonido del lino desgarrado. Las custodias del silencio se despojan de su apariencia frágil para mostrar una realidad aterradora: son atletas de élite, máquinas biológicas de guerra cuya musculatura ha sido forjada en los instrumentos de tortura reconvertidos que las rodean.
Entonces, el pacto con el vacío se quiebra de la manera más violenta posible.
La abadesa inspira hondo, llenando sus pulmones con el aire cargado de ozono de la cripta, y lanza un alarido ensordecedor. No es un grito humano; es un rugido gutural, una descarga de rabia y poder contenido durante siglos que retumba en las paredes de granito del acantilado. La onda de choque es tan potente que hace vibrar las lámparas de hierro y casi destroza los tímpanos de sus compañeras.
Las religiosas, lejos de retroceder, responden al unísono. Un coro de gritos salvajes inunda la sala, una explosión de sonido que rompe el voto de silencio de forma definitiva. Ya no hay monjas, solo ban-gaisgedach desatadas. El alarido colectivo es la señal de activación: el monasterio deja de ser un templo para convertirse en un cuartel de combate. La energía liberada por sus voces parece alimentar las máquinas de la sala, que comienzan a girar a velocidades vertiginosas.
¡SINISTRATUM! —clama la abadesa con una voz que suena a hierro y sangre—. ¡RECLAMA TU TRONO!
Y, el entrenamiento da comienzo como si de una mística coreografía se tratara el entrenamiento de las monjas banfhait alcanza un nivel de misticismo y letalidad estremecedor. Aquí, el silencio no es una norma de conducta, es un arma táctica.
El antiguo claustro el centro de operaciones de Eugène de Fontfroide, ha dejado de ser un lugar de oración para transformarse en un dojo de pesadilla. Bajo la luz intermitente de neones violetas y velas de cera negra, las acólitas de la Abadesa —sus "Monjas banfhaith" — ejecutan una coreografía de violencia y agilidad sobrehumana.
Bajo la cúpula de piedra del antiguo claustro, la luz de la luna se filtra por los ventanales rotos, iluminando un escenario que desafía las leyes de la física. No hay redes de seguridad, solo la disciplina de hierro impuesta por Eugène de Fontfroide.
El brutal entrenamiento en la Sombra es una mezcla de disciplina monacal y tácticas de guerrilla urbana. No visten hábitos tradicionales, sino uniformes tácticos de neopreno mate con capuchas que emulan el estilo gótico de Eugène de Fontfroide.
Un grupo de iniciadas trepa por los muros de piedra vista con una velocidad antinatural. No utilizan cuerdas; sus dedos, protegidos por guantes con refuerzos de fibra de carbono, encuentran agarre en las juntas milimétricas del ladrillo. Se encaraman en las vigas del techo como gárgolas vivas, observando desde las alturas con ojos pintados de negro.
Eugéne observa cómo un grupo de seis guerreras asciende por los muros verticales de la nave central. No utilizan herramientas; se valen de la fuerza de sus tendones y de una técnica de presión que Eugène llama "el agarre de la gárgola". Se desplazan con una fluidez arácnida, encaramándose en las cornisas más estrechas y quedando suspendidas del techo, boca abajo, con las piernas entrelazadas en las vigas de madera de roble, observando el suelo con una quietud absoluta.
El Potro de Acero y Sacrificio se encuentra en el centro de la nave, han instalado potros de madera reforzados con hierro frío y recubierto de cuero gastado y tachuelas. Las monjas corren hacia ellos, no solo los usan para saltos acrobáticos; los utilizan como puntos de apoyo para ataques en vuelo. Una guerrera corre, apoya una sola mano en el potro y, mediante una torsión imposible, se impulsa hacia una viga situada a cuatro metros, desapareciendo en la oscuridad del techo en un parpadeo.
El entrenamiento se realiza sin una sola palabra. El único sonido es el roce del cuero contra la piedra y el chasquido metálico de sus armas. Si una guerrera emite un jadeo o un sonido al caer, debe reiniciar el circuito desde el principio. Eugène busca que sean invisibles no solo al ojo, sino al oído y al radar del Archivero.
Eugène observa desde un rincón cómo dos de las más veteranas entrenan con dagas de entrenamiento de polímero. Se mueven en círculos, imitando el estilo de lucha celta que Eugène ha rescatado: movimientos fluidos, bajos, buscando siempre los tendones y las articulaciones. No hay gritos de guerra, solo el roce del tejido y la respiración acompasada.
Desde las sombras del altar despojado, la Abadesa observa el despliegue. Su figura gótica, inmóvil como una estatua de ébano, irradia una autoridad que hiela la sangre.
—"El Monasterio del Silencio es vuestro crisol", dice Eugène, cuya voz parece emanar de las mismas piedras. "El Archivero vigila las palabras, pero no puede escuchar lo que nunca se dice. Aquí aprendéis a ser el vacío que él no puede archivar".
Eugène de Fontfroide preside ahora la sesión desde un estrado de madera tallada. Su sola presencia tensa el ambiente.
—"El Archivero cree que Madrid le pertenece porque tiene sus planos", susurra Eugène, y su voz se proyecta por toda la estancia sin necesidad de gritar. "Pero nosotras no necesitamos planos. Nosotras somos las dueñas de la verticalidad. Sus muros no son límites, son nuestros caminos".
Una de las guerreras realiza un salto de fe desde una viga a seis metros de altura, rodando perfectamente al impactar contra el suelo de piedra. Se levanta y, de un bolsillo táctico, saca un bote de spray. En el muro de entrenamiento, con una rapidez letal, traza Sinistratum y la consigna: "Nadie es invisible para nosotras".
Este entrenamiento no es solo físico; es una preparación para la gran incursión en el Archivo General. Mientras el Archivero confía en sus cerraduras y sus cámaras, Eugène está creando una fuerza capaz de moverse por los puntos ciegos de la ciudad: los techos, las cornisas y las alcantarillas.
Esa pausa repentina es más aterradora que el propio combate. El choque del acero y los gritos de entrenamiento cesan de golpe, dejando un vacío que se llena con un sonido que no debería existir en un lugar sagrado: un crujido vítreo, como si miles de espejos se rompieran bajo tierra, seguido de un gorgoteo rítmico, pesado y húmedo.
Las monjas guerreras frenan su extremo entrenamiento porque escuchan unos sonidos de procedencia desconocida. Los ruidos no vienen de los pasillos, sino de dentro de las propias paredes. Las monjas guerreras intercambian miradas tensas mientras el aire se carga de electricidad estática, erizando el vello de sus nucas.
Desde las grietas donde el Teje-Sombras ha empezado a trabajar, surge un siseo polifónico. No es una sola voz, sino miles de susurros solapados que repiten el nombre de la Abadesa en una lengua que suena a mineral raspando contra hueso. Lo que sea que sube por las grietas está oliendo su sangre maldita.
De repente, de los desagües del patio central, empieza a brotar no agua, sino un líquido negro y denso que desafía la gravedad, subiendo por las columnas de madera como si fueran venas. El monasterio ya no está siendo atacado; está siendo reclamado. Bajo las losas del Monasterio del Silencio, donde los gritos del esfuerzo de las monjas guerreras se amortiguan hasta desaparecer, la piedra misma ha comenzado a latir.
En los sótanos, allí donde los cimientos se funden con la roca viva de la montaña, un estremecimiento antinatural ha agrietado el suelo. No es un sismo; es una exhalación. De las fisuras emana un frío que no hiela la piel, sino el alma, y un susurro que desafía el voto de silencio del piso superior. Las sombras en las paredes parecen cobrar peso, despegándose de la piedra como si fueran brea líquida, mientras un brillo violáceo comienza a supurar desde las profundidades del abismo.
Algo que fue sellado antes de la fundación de la orden está despertando, y la roca, cómplice y prisión, se está volviendo carne.Las antorchas de las monjas guerreras vacilan, asfixiadas por una atmósfera densa y metálica. Al descender al nivel más profundo, donde la arquitectura se rinde ante la caverna, encuentran el horror: las paredes de piedra han desarrollado venas palpitantes y, en el centro de la estancia, una masa de extremidades calcificadas se desprende del techo.
El primer enfrentamiento estalla cuando una de las novicias toca accidentalmente la "pared" y esta se cierra sobre su brazo como una mandíbula de granito. De la oscuridad surge el Acechante del Abismo, una entidad de roca y sombra que no tiene rostro, solo una grieta vertical que emite un ultrasonido paralizante.
La Abadesa desenvaina su acero bendito, pero el primer golpe rebota contra la piel mineral de la criatura, provocando una chispa que ilumina decenas de ojos humanos incrustados en la roca circundante. El horror no es solo la bestia, sino que el sótano mismo es un organismo vivo que intenta devorarlas.Bajo las túnicas de las monjas del silencio se revelan ahora los lazos de seda y las placas de acero de las guerreras. El monasterio, que en la superficie parece un santuario contemplativo, es en realidad el último bastión de una casta de mujeres guerreras que han jurado proteger el mundo de lo que yace bajo sus pies.
Al descender, la abadesa no empuña un rosario, sino una daga cuya hoja de acero brilla con runas de protección. Las guerreras forman una falange perfecta, sus pasos son insonoros gracias a sus tabi, pero el aire en el sótano es tan denso que el sonido de sus propios corazones retumba contra la piedra que se ha vuelto orgánica.
El primer choque ocurre cuando una Masa Sombra, una amalgama de antiguos pecados y roca corrupta, intenta engullir a una novicia. Con la velocidad de un rayo, la guerrera desenvaina su daga corta de defensa, y corta el aire trazando un arco de fuego espiritual que obliga a la oscuridad a retroceder aullando.
¡No permitáis que el silencio se rompa con vuestro miedo!— ordena la Superiora.
La criatura, un Oni de Sílice nacido de la misma montaña, ruge con una vibración que hace sangrar los oídos de las guerreras. Sus extremidades, que parecen raíces de piedra líquida, golpean el suelo buscando quebrar la formación de las guerreras.
Esta maestría no es casual. El linaje del monasterio se remonta a una emperatriz exiliada del lejano Oriente que, huyendo de una guerra sobrenatural, trajo consigo los pergaminos del Camino de la Guerrera Silenciosa. Ella fundó el monasterio sobre esta grieta específica porque sabía que el Oni de Sílice solo podía ser contenido por mujeres cuya voluntad fuera más dura que el diamante. El voto de silencio no es por fe, sino para no alimentar con vibraciones humanas al horror que escucha bajo la tierra. 
Al unísono, el sótano estalla en una coreografía de muerte y luz. Las guerreras ejecutan la técnica definitiva del pergamino prohibido: la Tormenta del nenúfar de Hierro.
Mientras las arqueras disparan las Flechas de Purificación, cuyas puntas de sal gema y plata estallan al contacto con la roca corrupta, la abadesa lidera una carga frontal. Las scian giran como aspas de un molino sagrado, cortando los tentáculos de piedra antes de que puedan solidificarse. El aire se llena de un polvo blanquecino y el hedor a azufre se vuelve insoportable.
Sin embargo, el Oni de Sílice es una extensión de la montaña misma. Para detener su regeneración, una de las novicias más jóvenes, Cata, comprende que el sello solo se cerrará con un ancla de voluntad. En un acto de sacrificio supremo, clava su caligae directamente en el núcleo palpitante de la criatura y, rompiendo su voto de silencio, emite un kiai (grito de batalla) tan puro que la vibración resquebraja la forma física del horror.
El monstruo se colapsa, petrificándose instantáneamente, pero el precio es devastador:
El sacrificio: Cata queda atrapada, su brazo ahora forma parte de la estatua de piedra que sella la grieta. Es un monumento vivo y eterno en las profundidades.
La brecha: Aunque el Oni ha sido derrotado, el grito de la novicia ha resonado en las capas más profundas de la tierra. Desde el abismo, algo mucho más antiguo ha escuchado que las guardianas del silencio finalmente han alzado la voz.
La abadesa observa el brazo de piedra de su alumna y sabe que la guerra no ha hecho más que empezar. El sello es ahora de carne y roca.
El eco del grito de Cata aún vibra en las paredes cuando el silencio, ahora pesado y fúnebre, vuelve a reclamar el sótano. La abadesa se acerca a la figura de piedra; la joven novicia ya no es humana, es el cerrojo de la montaña. Con un gesto solemne, corta un mechón del cabello que aún queda orgánico en la estatua de Cata, marcando el inicio del ritual Keening fúnebre celta adaptado a su credo.
En la superficie, el tañido de una campana de bronce rompe la paz del atardecer. No es un llamado a la oración, sino la Señal de la Sangre. Desde los picos vecinos, otras órdenes ocultas —descendientes de clanes ninja y guerreros proscritos— ven el humo negro que asciende del monasterio. Los refuerzos, liderados por los Guerreros Fianna del Templo del Viento, ya cabalgan hacia el valle; saben que si el Silencio ha gritado, es porque el fin del mundo ha comenzado a arañar la puerta.
Las guerreras supervivientes se arrodillan frente a su hermana de piedra. No hay lágrimas, solo el afilado metálico de las hojas contra la piedra de afilar. La abadesa guarda el mechón de Cata en un relicario de seda y mira hacia la oscuridad de la grieta, que ahora emite un ronroneo profundo y ancestral. El Oni de Sílice era solo el guardián de la puerta; lo que acaba de despertar abajo tiene hambre de siglos.
Con una última reverencia, las guerreras abandonan el sótano, dejando a Cata sola en la oscuridad como la primera centinela de una guerra invisible. El capítulo del Voto Roto termina aquí, mientras las sombras de la montaña se alargan más de lo que el sol permite. Al cerrarse la pesada puerta de hierro del sótano, el sacrificio de Cata parece surtir efecto, pero la quietud es un espejismo. El grito de la novicia no solo rompió el silencio, sino que actuó como un faro para lo que habita en el "Entre-Mundo".
Desde la grieta que Cata sella con su propio cuerpo, las sombras no emergen como seres físicos, sino como manchas de vacío que devoran la luz de las antorchas. Estas sombras atraviesan el umbral de piedra, deslizándose por las paredes como humo denso, ignorando las leyes de la física. No buscan la carne de las guerreras, sino sus reflejos.
Al cruzar el umbral hacia el piso superior, las sombras se desprenden de las superficies y cobran volumen. Se convierten en las sinistratum proyecciones oscuras de las propias banfeinni. Cada bandrui se ve obligada a enfrentar una versión distorsionada de sí misma, una silueta que conoce cada uno de sus movimientos de fraoch mor y cada debilidad de su espíritu.
El monasterio ya no es un refugio; es una trampa de espejos oscuros. Las sombras han cruzado el umbral y ahora el combate se traslada al dojo central, bajo la luz de una luna que parece teñirse de un violeta enfermizo.Mientras las sinistratum se materializan en el dojo, el espacio-tiempo en el patio central comienza a plegarse sobre sí mismo. No llegan por los senderos de montaña; llegan a través del tejido de la realidad
La Abadesa cae de rodillas, pero su mente se dispara hacia las estrellas. Al cerrar los ojos, el mundo físico desaparece y se sumerge en el Plano Etérico, un espacio donde la distancia no existe. Allí, su conciencia choca con la del Gran Maestre.
«¡Están dentro! El fluido negro... es su esencia corrupta»— proyecta ella con una urgencia que quema.
Un estallido de luz blanca y fría anuncia la traslación cuántica de los Caballeros Templarios, cuya armadura no es de hierro mundano, sino de una aleación alquímica que vibra en una frecuencia distinta.
La respuesta del Maestre llega como un trueno de orden y calma. A través del entrelazamiento, él sincroniza su latido con el de la Abadesa, creando un puente de energía que estabiliza la realidad alrededor de ella. Los Templarios, repartidos por el dojo, actúan como antenas biológicas: sus armaduras alquímicas empiezan a emitir un pulso de luz de 440 Hz, la frecuencia que los pergaminos describen como el "Verbo Constructor".
En el plano mental, ambos visualizan una red de luz dorada que envuelve el monasterio. La Abadesa, usando su "maldición" como combustible, proyecta una barrera telepática que obliga al líquido negro a detenerse. El fluido retrocede, siseando como si fuera tocado por fuego sagrado, mientras las mentes de los dos líderes se funden en una sola voluntad.
La conexión es instantánea. La abadesa siente una presión cálida en su mente: «Aguantad, hermana. El Sello de Salomón se une a vuestro nenúfar blanco». Es la voz del Gran Maestre, comunicándose por telepatía cuántica, un vínculo místico forjado siglos atrás cuando la Abadesa y el Maestre compartieron un destino maldito que los condenó a proteger los umbrales del mundo.
Los Templarios aparecen en ráfagas de estática azulada, desenvainando espadas que cortan no el cuerpo, sino la esencia de la sombra. Al desplazarse, sus cuerpos parpadean, existiendo en dos lugares a la vez, lo que confunde a las sombras que intentan imitarlos. Donde la bandrui pone la agilidad y el acero, el Templario pone la geometría sagrada y la fuerza de la voluntad proyectada.
El dojo se convierte en un campo de batalla interdimensional. Un Templario se coloca espalda contra espalda con una bandrui; ella detiene el golpe físico de la sombra con su fraoch mot mientras él, mediante un pulso de energía mental, disuelve la oscuridad antes de que esta pueda regenerarse.
Sin embargo, esta intervención tiene un riesgo: el uso de tales artes místicas está acelerando la maldición que une a la Abadesa con el Maestre. Cada sombra destruida consume un trozo de sus almas vinculadas. Mientras el humo de la batalla aún flota en el dojo, el Gran Maestre despliega sobre una mesa de piedra un bulto envuelto en seda negra: los Pergaminos de la Singularidad. No son de papel, sino láminas de un metal desconocido que flotan a milímetros de la superficie, emitiendo un zumbido que hace vibrar los dientes de las guerreras.
La verdad revelada es aterradora: los Templarios no custodian tesoros, sino coordenadas de prisiones. Los pergaminos explican que la Tierra es una cáscara que encierra a los Anunnaki Exiliados, seres de pura energía que fueron densificados en roca y carne tras la Gran Rebelión Estelar. La "maldición" de la Abadesa no es una enfermedad, sino una clave biológica; ella es la cerradura humana y el Maestre es la llave cuántica.
Mientras las letras de luz de los pergaminos bailan en el aire, el suelo del monasterio cede. Del grito de Cata ha nacido algo peor que el Oni: El Teje-Sombras.
Desde las grietas sube una entidad que parece un enjambre de insectos hechos de vidrio volcánico. No camina, se "desplaza" entre los pliegues del tiempo que los Templarios dejaron abiertos al saltar. Esta criatura comienza a coser la realidad, uniendo el mundo de los vivos con el abismo de los exiliados. Las paredes del monasterio empiezan a mostrar paisajes de otros planetas, desiertos rojos bajo soles negros.
El sello de Cata no fue suficiente— susurra la Abadesa telepáticamente, sintiendo cómo su propia piel empieza a volverse cristalina
—. El Teje-Sombras está usando el sacrificio de la novicia como un puente, no como un muro.La Abadesa cae de rodillas, pero su mente se dispara hacia las estrellas. Al cerrar los ojos, el mundo físico desaparece y se sumerge en el Plano Etérico, un espacio donde la distancia no existe. Allí, su conciencia choca con la del Gran Maestre.
En el plano mental, ambos visualizan una red de luz dorada que envuelve el monasterio. La Abadesa, usando su "maldición" como combustible, proyecta una barrera telepática que obliga al líquido negro a detenerse. El fluido retrocede, siseando como si fuera tocado por fuego sagrado, mientras las mentes de los dos líderes se funden en una sola voluntad.
«Aguanta, mi señora»— susurra la voz del Maestre en el rincón más íntimo de su espíritu —. «Estamos sellando el umbral desde el interior de sus átomos».
Sin embargo, el esfuerzo es titánico. La conexión telepática es perfecta, pero el precio es que sus cuerpos físicos se están debilitando, perdiendo su anclaje en este mundo para poder luchar en el otro.  
El aire del monasterio se vuelve una sopa de realidad fragmentada. Mientras la Abadesa y el Gran Maestre flotan en un trance de entrelazamiento cuántico, sus cuerpos físicos en el dojo comienzan a emitir un fulgor azul cian, volviéndose casi traslúcidos. Están vulnerables, sus mentes perdidas en las profundidades de la red atómica del universo para sellar las grietas.
El Teje-Sombras, detectando que el vínculo mental es el único muro que lo separa de la victoria, lanza un ataque total en dos planos:
En el plano físico: El líquido negro que subía por las columnas se solidifica en agujas de obsidiana que salen disparadas hacia el corazón de los líderes inertes. Las guerreras en un despliegue de velocidad sobrehumana, forman un círculo de acero alrededor de ellos. Sus gladius no solo cortan el aire; ahora, imbuidas por la energía residual de los templarios, dejan tras de sí estelas de fuego fatuo que incineran las agujas antes de que toquen la piel de la Abadesa.
En el plano mental: Una entidad colosal, una conciencia colmena de los Anunnaki, intenta hackear la conexión telepática. La Abadesa siente cómo una voluntad de millones de años intenta devorar sus recuerdos. Pero el Gran Maestre interviene, proyectando una geometría sagrada (el Cubo de Metatrón) que actúa como un cortafuegos cuántico, protegiendo la mente de su amada mientras ella canaliza el golpe de gracia.
El clímax estalla cuando la Abadesa, desde su trance, ordena a las guerreras: —«¡Ahora! ¡Romped el silencio por última vez!»—.
Las monjas y los templarios golpean el suelo al unísono. La vibración física sumada a la proyección mental crea una onda de choque que recorre el monasterio de arriba abajo. El fluido negro estalla en vapor, el Teje-Sombras es succionado de vuelta a la grieta de Cata, y el umbral se cierra con un estruendo que suena como el cierre de una bóveda eterna.
El silencio regresa, pero es un silencio distinto: el de la victoria pagada con sangre. La Abadesa y el Maestre vuelven a sus cuerpos, desplomándose exhaustos, mientras las paredes del monasterio dejan de mostrar otros mundos para volver a ser de simple y honesta piedra.El Teje-Sombras no es una criatura de carne, sino un "arquitecto del vacío". Es una entidad interdimensional que utiliza el sonido y la vibración —como el grito de la novicia Cata— para "coser" la oscuridad del abismo a la materia sólida del monasterio. Su cuerpo físico es inexistente; es un enjambre de grietas espaciales que distorsionan la luz a su paso, volviéndolo invisible al ojo humano. 
Para enfrentarse a este enemigo que no pueden ver, las guerreras utilizan técnicas que combinan el instinto celta con el ilusionismo combativo:
El Combate del EcoGlám Dicenn, con el que podían provoca parálisis por terror o "sordera de combate". Intentado romper la concentración del oponente justo antes del choque.
Al no poder confiar en la vista, las guerreras apagan sus antorchas. Entrenadas en el arte del combate imaginario, utilizan el sonido de la vibración del Teje-Sombras para triangular su posición. Si el aire sisea a la izquierda, si caligae golpea con precisión matemática.
Polvo de Sal y Plata: Esparcen polvos sagrados en el aire. Aunque el enemigo es invisible, su masa desplaza el polvo, revelando una silueta granulada que las guerreras pueden atacar.
La Danza de las Ocho Extremidades: Utilizan un estilo agresivo parecido al dornalaiocht pero adaptado a sus armas, lanzando ráfagas de ataques en todas direcciones para obligar al Teje-Sombras a revelarse al intentar esquivarlos.
Vínculo Mental con los Templarios: Gracias a la telepatía cuántica, los caballeros proyectan un "radar mental" directamente en los cerebros de las monjas, permitiéndoles "ver" las fluctuaciones de energía del enemigo como si fueran manchas de calor. La joven Tina, la más ágil de las discípulas de la Abadesa, comprende que no pueden seguir luchando contra el aire. El Teje-Sombras se desliza entre los pliegues de la realidad, burlándose de sus filos. Con una señal manual, ordena a sus hermanas retroceder hacia la Sala de los Espejos de Obsidiana, una cámara oculta donde las antiguas guerreras meditaban sobre la dualidad del alma.
Tina se sitúa en el centro del círculo de espejos. Envuelve su caligae en seda empapada de un aceite alquímico proporcionado por los Templarios. Ella sabe que el Teje-Sombras no busca solo carne; busca identidad.
La Sincronización Cuántica: A través del vínculo telepático, la Abadesa grita mentalmente: —¡AHORA!—. Los Templarios disparan un pulso de luz coherente desde sus palmas hacia los espejos. La luz rebota en la obsidiana, creando una red de geometría sagrada que "cose" al Teje-Sombras a nuestra dimensión.
Forzado a materializarse, el horror se revela: es una masa de cristales negros y filamentos nerviosos que chillan al contacto con la luz. 
El umbral ha quedado sellado con el peso de la obsidiana y el valor de una guerrera.
El enemigo invisible muerde el anzuelo. Al entrar en la sala, su distorsión espacial es captada por los espejos de piedra negra. Los espejos no reflejan lo que es, sino lo que vibra. De repente, la silueta del Teje-Sombras se multiplica por ocho, atrapada en los reflejos de obsidiana.
La danza de la grulla de una belleza hipnótica. Al hacerlo, abre su mente, proyectando un rastro de miedo y orgullo, la "firma emocional" que las criaturas del abismo adoran devorar.
Tina, aprovechando el momento de solidez del monstruo, realiza un giro de 360 grados y decapita la masa central de la entidad. El cuerpo del Teje-Sombras estalla en miles de fragmentos de vidrio inerte que cubren el suelo del dojo como si fuera nieve negra.
Tina comienza una danza lenta.
De repente, el mundo se detuvo. No fue un grito físico, sino una onda de choque psíquica que atravesó sus cráneos. La llamada de la Abadesa no llegó como palabras, sino como una frecuencia de radio antigua que sintonizó con sus propios sistemas nerviosos.
El aire en el valle de las brumas se ha vuelto denso, cargado con el presagio de una tormenta que no nace de las nubes, sino de las entrañas de la tierra.
Las cinco elegidas no estaban juntas. Se encontraban dispersas por los límites del mundo, cumpliendo sus tareas diarías.
Surgió una Sintonía que las unió en la distancia, sus pupilas se dilataron al unísono, adquiriendo un brillo violeta. Sintieron un tirón en el plexo solar, como si un hilo de seda invisible tirara de ellas hacia el centro del monasterio. Sus corazones comenzaron a latir en una frecuencia armónica perfecta, sincronizadas por la telepatía cuántica de su maestra.
Sin mediar palabra, las cinco muchachas se lanzaron a una carrera frenética. El paisaje que atravesaban parecía estar reaccionando a la brecha del Teje-Sombras:
La llamada no llegó como una voz.
Llegó como una interrupción.
La de Tierra estaba trabajando con las manos hundidas en arcilla húmeda. Modelaba una vasija torpe, imperfecta, cuando el torno se detuvo sin motivo. El barro se agrietó solo. Sintió un peso en el pecho, como si algo antiguo se hubiera apoyado sobre ella. No fue miedo. Fue certeza. Se quitó el delantal, dejó la pieza sin terminar. La arcilla tardó días en secarse… como si la esperara.
La de Agua viajaba en un tren lleno de gente. Miraba por la ventana, distraída, cuando el reflejo no le devolvió su rostro, sino un acantilado oscuro y un mar embravecido. El vagón siguió avanzando, pero ella ya no estaba allí. Se levantó en la siguiente estación, sin equipaje, sin despedidas. Desde ese instante, cada charco parecía observarla.
La de Aire hablaba en una sala llena de ruido: teléfonos, voces cruzadas, pantallas. En mitad de una frase, todas las conversaciones se solaparon hasta convertirse en un zumbido único. Oyó su nombre dicho por nadie. Se llevó la mano al oído, creyendo que era estrés. No volvió a terminar la frase. Esa noche, el viento no la dejó dormir hasta que entendió hacia dónde debía caminar.
La de Fuego estaba enfadada. Siempre lo estaba. Discutía, golpeaba la mesa, sentía que el mundo iba demasiado lento para su rabia. De pronto, el gas de la cocina se apagó, las luces parpadearon y el calor subió sin causa. No ardió nada. Pero supo que, si se quedaba, algo lo haría. Salió de casa con los puños cerrados y no miró atrás.
La del éter se encontraba en el imperio de la luz solida, la ciudad que no debía existir y que, sin embargo, seguía respirando fuera del tiempo.
No era un lugar oculto por la selva, sino por la realidad. Allí, el cielo tenía un verde imposible y las estrellas aparecían incluso de día, débiles, como recuerdos. Las construcciones no estaban hechas de piedra ni de oro, sino de algo más antiguo: intención. Cada muro sabía por qué estaba allí.No era una plaza ni un templo. Era un punto donde todos los caminos coincidían durante un latido y luego se separaban de nuevo. Un fallo mínimo en la continuidad del universo. Nadie permanecía allí más de unos segundos sin perderse.
Ella vivía entre quienes habían sido desplazados del mundo correcto: viajeros que cruzaron sin saber, guardianes cansados, descendientes de pactos rotos. En el imperio de la luz nadie envejecía igual. Nadie pertenecía del todo.
La llamada la alcanzó al amanecer, mientras el aire húmedo aún no había decidido si sería niebla o lluvia.
El suelo vibró bajo sus pies descalzos. No como un temblor, sino como un latido ajeno. Los pájaros callaron. Las hojas dejaron de moverse. El Imperio de luz, que nunca intervenía, se detuvo.

Salir del imperio de luz no era cruzar una puerta. El imperio de luz no tiene salidas.

Es un universo cuántico estabilizado por la no-decisión: existe porque quienes llegan a él no pueden elegir del todo entre quedarse o volver. Por eso perdura. Por eso nadie sale.

La quinta lo sabía.

Cuando la llamada regresó —más intensa, más urgente— no trajo imágenes nuevas, sino una sensación insoportable: las otras cuatro ya estaban incompletas. No fallaban, pero algo se desajustaba. El aire se volvía errático. El fuego contenía demasiado. El agua empezaba a desbordarse. La tierra se volvía rígida.

El Vínculo estaba ausente.

En el centro del Imperio de luz existe un lugar prohibido incluso para los ancianos:
el Nudo.

Pero el Imperio de luz no era un refugio. Era un aplazamiento.

Los ancianos de la ciudad se acercaron. Sus rostros eran serenos, pero tensos. Sabían lo que significaba. Sabían que, cuando el imperio de luz dejaba de proteger, era porque el equilibrio exterior estaba fallando.

—Ha llegado tu hora —dijo uno de ellos—. Siempre supimos que no te quedarías.

Ella negó, desesperada.

—No sé cómo salir. Nadie sale.

El anciano la miró con una compasión que dolía.

—Tú no saldrás. Tú conectarás.

La selva empezó a cambiar. Los caminos se alargaron, se curvaron sobre sí mismos. El aire se volvió denso, como si dos mundos intentaran ocupar el mismo espacio. Sintió el tirón: no hacia adelante, sino en todas direcciones a la vez.

El imperio de luz resistía. No quería perderla. Cada hoja, cada piedra, cada sombra la había reconocido como propia. Pero incluso las ciudades legendarias deben cumplir su función.

—Recuerda —susurraron—: no eres un elemento. Eres el lazo.

Gritó. No de miedo, sino de ruptura. Sintió cómo la ciudad se desdibujaba, cómo el verde imposible se apagaba lentamente. Por un instante, estuvo en todas partes: selva, mar, piedra, viento, fuego contenido.

Y luego cayó.

Roca húmeda. Salitre. Frío.

Se incorporó con dificultad. Frente a ella, el océano golpeaba el acantilado con furia real. A unos pasos, cuatro mujeres encapuchadas observaban el monasterio.

La quinta respiró hondo.
El aire pesaba.
La tierra respondía.
El mar la reconocía.
El fuego dormía.

Había llegado.

Detrás de ella, en un lugar que ya no figuraba en ningún plano, el Imperio de luz cerró los ojos.

Porque su razón de existir acababa de cruzar al mundo correcto.

Ella caminó hacia el Nudo sabiendo algo terrible:

para salir, El imperio de luz debía dejar de existir para ella.

Se despojó de todo lo que la anclaba a ese mundo:
los nombres que le habían dado,
los rostros que había aprendido a querer,
la falsa calma de estar a salvo.

Cuando llegó al Nudo, el espacio vibraba como una cuerda a punto de romperse. Vio simultáneamente todas sus posibles versiones: la que se quedaba, la que fallaba, la que nunca había sido llamada.

Y entonces comprendió el mecanismo.

Los otros cuatro elementos existen por oposición: peso contra vacío, fuego contra agua, movimiento contra quietud.
Ella no.

El Vínculo no ocupa un lugar.
Colapsa posibilidades.

Cerró los ojos y dejó de intentar elegir el camino correcto.

Eligió a las otras.

El universo cuántico reaccionó con violencia el Imperio de luz intentó retenerla fragmentándose en mil versiones simultáneas. Los ancianos gritaron su nombre desde lugares que ya no coincidían. El cielo verde se llenó de grietas blancas.

Ella dio un paso.

No adelante.
No atrás.
Hacia dentro.

En ese instante, el Imperio de Luz perdió coherencia. No colapsó —eso sería demasiado visible—, pero dejó de contar con ella como posibilidad. Y sin posibilidad, el vínculo se cerró.

La quinta cayó.

No a través del espacio, sino del estado.

La quinta se encontraba en el Imperio de luz la ciudad que no debía existir y que, sin embargo, seguía respirando fuera del tiempo.

No era un lugar oculto por la selva, sino por la realidad. Allí, el cielo tenía un verde imposible y las estrellas aparecían incluso de día, débiles, como recuerdos. Las construcciones no estaban hechas de piedra ni de oro, sino de algo más antiguo: intención. Cada muro sabía por qué estaba allí.

Ella vivía entre quienes habían sido desplazados del mundo correcto: viajeros que cruzaron sin saber, guardianes cansados, descendientes de pactos rotos. En el Imperio de luz nadie envejecía igual. Nadie pertenecía del todo.

La llamada la alcanzó al amanecer, mientras el aire húmedo aún no había decidido si sería niebla o lluvia.

El suelo vibró bajo sus pies descalzos. No como un temblor, sino como un latido ajeno. Los pájaros callaron. Las hojas dejaron de moverse. Imperio de luz, que nunca intervenía, se detuvo.

Apareció en el acantilado como si siempre hubiera estado allí y el mundo acabara de notarla. 

Entonces lo vio.

El monasterio.
Cuatro figuras de espaldas.

La imagen no apareció ante sus ojos, sino dentro de ella, con una fuerza que la hizo doblarse. Cayó de rodillas sobre la tierra caliente. El dolor fue inmediato, físico.

—No… —murmuró—. Aquí no llegan las llamadas.

Las otras cuatro sintieron su llegada antes de verla: un ajuste súbito, una presión que encajaba, una calma tensa.

La de Aire giró la cabeza primero.
La de Agua contuvo el aliento.
La de Tierra sintió el suelo asentarse.
La de Fuego sonrió sin saber por qué.

Cuando la quinta se incorporó, exhausta, cubierta de sal y temblor, no hubo preguntas.

Porque el Vínculo no se explica.
Se siente.

Llegaron al borde del acantilado al anochecer, encapuchadas, de espaldas al mundo y el monasterio abrió sus puertas en ese mismo segundo.

Y muy lejos de allí, en un lugar que solo existe cuando alguien lo necesita, el Imperio de luz. siguió respirando…
pero ya no volvió a pronunciar su nombre.

Desde el acantilado, de espaldas al mar, las cinco comprendieron la verdad final:

No habían sido elegidas para salvar a la humanidad.
Habían sido elegidas para vigilarla.

Y si un día el equilibrio se rompía…
el monasterio ardería, el mar subiría, el aire enmudecería, la tierra se abriría.

Y nadie sabría nunca por qué.

En el bosque cercano los tallos verdes ya no se mecían con el viento, sino que vibraban con un zumbido metálico. El rocío en las hojas se había vuelto negro, goteando hacia arriba en lugar de hacia el suelo.

Frente a ellas, el Monasterio del Silencio se alzaba como un gigante herido. La arquitectura románica tradicional, muros gruesos con pocas aberturasarcos de medio puntopilares robustos y torres macizas, que transmiten una sensación de estabilidad y fuerza, se veía envuelta en un aura de estática eléctrica. Los Templarios estaban apostados en las cornisas como gárgolas de plata, sus capas blancas ondeando contra un cielo que se estaba volviendo rojo sangre.

Las estatuas de piedra de las antiguas guerreras que flanqueaban el camino parecían seguirlas con la mirada, y pequeñas grietas de luz azulada supuraban de los ojos de los ídolos.

El Puente de la Eternidad: Al cruzar el abismo que separa la montaña del monasterio, el aire se volvió gélido. Debajo, en la profundidad del desfiladero, no se veía el mar, sino un remolino de nubes púrpuras que recordaba a una galaxia lejana. 

Ante ellas, las puertas del monasterio se abrieron lentamente, revelando no un interior acogedor, sino un túnel de sombras donde la Abadesa las esperaba, envuelta en un halo de poder telúrico. No hubo cánticos. Solo silencio y antorchas bajas. Las monjas —si es que aún lo eran— inclinaron la cabeza. Sabían que, desde ese momento, el mundo seguía girando… porque ellas lo permitían.

Finalmente, las cinco mujeres convergieron en la explanada principal. Llegaron casi al mismo tiempo, aterrizando con la ligereza de felinos sobre las losas de piedra. Se detuvieron en seco, formando una V perfecta.

Las mujeres permanecieron de pie, inmóviles, con sus dagas de claridad descansando en sus manos. Sus respiraciones estaban perfectamente coordinadas, un solo pulmón respirando por las cinco. Con un gesto de su mano, la Abadesa proyecta un mapa de luz sobre el suelo de piedra, una rejilla cuántica que muestra los puntos de ruptura del monasterio. No necesita hablar; sus órdenes se graban directamente en las mentes de las cinco elegidas.

Cada una recibe una misión específica para sellar la realidad antes de que el primer Anunnaki cruce el umbral:

Aurora(La Punta de la Lanza): Se sitúa en el centro del patio, justo sobre la vertical del sótano. Su misión es el "Anclaje de Vacío". Debe canalizar la energía de los Templarios a través de su fraoch mor  para golpear el aire cada vez que el espacio se doble, impidiendo que el Teje-Sombras materialice una nueva entrada.

Lara y Elena: Se desplazan hacia las torres de vigilancia este y oeste. Ellas son las "Tejedoras de Luz". Utilizando espejos de obsidiana, deben reflejar los pulsos cuánticos de los Templarios para crear un domo de frecuencia que actúe como un escudo contra el enjambre de insectos de vidrio.

Hana (La Guardiana del Umbral): Se posiciona en la puerta principal. Su tarea es la "Purificación Estática". Ella esparce sal de plata y activa los sellos rúnicos del camino, creando una zona de muerte donde cualquier entidad que no vibre en la frecuencia humana se desintegre al instante.

Lorena(La protectora): Se arrodilla junto a la Abadesa. Ella es el "Puente de Respaldo". Su mente debe sostener el vínculo telepático con el Gran Maestre si la Abadesa flaquea ante la maldición

Justo cuando la formación se completa, el cielo sobre el monasterio se rasga como una tela vieja. De la herida espacial no bajan naves, sino columnas de luz sólida que impactan contra el suelo con el sonido de mil campanas rotas.

De esas columnas emergen los Anunnaki Exiliados: seres de tres metros de altura, con armaduras que parecen estar hechas de constelaciones capturadas y rostros que son geometrías imposibles en constante cambio. No traen espadas, traen armas de gravedad que hacen que las piedras del monasterio comiencen a flotar.

«Hijas del Silencio»— resuena la voz de la Abadesa en el espíritu de las cinco —, «los dioses olvidados han venido a reclamar su celda. Mostradles que esta cárcel tiene colmillos de acero».

Al unísono, las cinco guerreras activan sus técnicas. Tina lanza el primer ataque, una estocada que no busca carne, sino que corta el rayo de gravedad de un Anunnaki, provocando una explosión de luz azul que ilumina todo el valle.

El aire se satura de un olor a ozono y sándalo quemado mientras el primer Gigante Anunnaki termina de materializarse frente a Tina. Su armadura, una amalgama de metal líquido y estrellas muertas, emite un zumbido que hace que las baldosas bajo los pies de la bandrui se agrieten y se eleven unos centímetros del suelo.

El gigante alza una mano y el espacio mismo se curva. Una esfera de gravedad concentrada vuela hacia Tina, distorsionando la luz a su alrededor.

Tina no esquiva; se desliza. Usando la técnica del Vuelo del Gorrión, gira su scian dubh con tal velocidad que el acero crea un vacío de presión. En el momento del impacto, no golpea la esfera, sino que la desvía usando la inercia del movimiento circular. La esfera de gravedad estalla contra un muro cercano, reduciendo la piedra a polvo fino.

«Tu masa es tu debilidad»— proyecta la Abadesa en la mente de Tina.

La bandrui se lanza al ataque. El gigante intenta atraparla, pero Tina es una sombra. Ella salta sobre los escombros flotantes, usando la gravedad alterada a su favor. Con un grito silencioso, su brilla con un rayo cian proporcionado por el vínculo templario. La hoja de acero corta la rodilla del gigante, no separando la carne, sino desestabilizando la energía que lo mantiene sólido. El gigante ruge en una frecuencia que rompe los cristales del templo.

El Maestre coloca una mano en el hombro de Hana por un segundo. A través de ese contacto, el escudo de plasma del templario se extiende, envolviendo también a la . Ahora, Hana es un torbellino de seda y acero protegido por una cúpula de geometría sagrada.

«¡Por el sello y la sangre!»— brama el Maestre telepáticamente, su voz resonando en las mentes de todos los combatientes como un himno de guerra.

La Abadesa emerge de la penumbra del templo, su figura recortada contra un resplandor índigo que emana de los Pergaminos de la Singularidad. Sus ojos ya no son humanos; son dos pozos de luz estelar que reflejan el entrelazamiento con el Gran Maestre.

Y las campanas del siniestro monasterio no doblaban por la oración, sino por el fin del mundo.

Desde el abismo del acantilado, figuras de tres metros de altura ascendían por la piedra vertical con la facilidad de insectos. Sus armaduras, de un oro opaco que no reflejaba la luz de las antorchas, emitían un zumbido sordo que hacía sangrar los oídos de las monjas. No eran dioses bondadosos; eran los Annunaki, los antiguos ingenieros de la carne, regresando a reclamar su propiedad.

Las monjas se agruparon en el altar, pero no hubo juicio ni palabras. Los gigantes entraron con una elegancia aterradora, portando cilindros de cristal que pulsaban con una luz azulada. Para ellos, los hombres no eran almas que salvar, sino ganado cuyo código genético debía ser recolectado. Mientras la primera monja era elevada en el aire por una fuerza invisible, comprendieron la verdad: los cielos nunca estuvieron vacíos, solo estaban esperando que la cosecha madurara.

El Gran Maestre, a la cabeza de la carga, se sitúa hombro con hombro con Lorena. Él blande una espada de energía que parpadea entre dimensiones, mientras ella utiliza su lumen de obsidiana para barrer los pies de cualquier enemigo que intente flanquearlos.

Los Templarios descienden desde las cornisas superiores. No caen como hombres, sino como meteoros de luz blanca. Al aterrizar, el impacto genera una onda de choque cuántica que pulveriza a los rastreadores cercanos.

Mientras tanto, en la puerta principal, Hana se encuentra rodeada por un enjambre de entidades menores, rastreadores del abismo que parecen sombras con garras de cristal. Justo cuando la horda está a punto de sobrepasarla, el cielo se ilumina.

Sin embargo, el suelo vuelve a temblar. El Teje-Sombras, aprovechando que los guerreros están distraídos con los gigantes, ha comenzado a tirar de los hilos de la realidad de la propia Abadesa. Su piel, antes pálida, empieza a cubrirse de grietas de cristal negro.

El patio del monasterio es ahora un caos de luces violetas, explosiones de gravedad y ráfagas de acero. Lara y Elena, desde las torres, cruzan sus haces de luz de obsidiana, creando una red que atrapa a los Anunnaki voladores, dejándolos vulnerables para las flechas de luz de las arqueras.

La abadesa se asomó al precipicio y vio sus ojos: cuencas de obsidiana que contenían el vacío del espacio. Con un gesto de una mano de seis dedos, uno de los atacantes vaporizó la puerta de roble del monasterio, reduciéndola a cenizas blancas sin ruido alguno.

Las monjas guerreras se agruparon en el altar, pero no hubo juicio ni palabras. Los gigantes entraron con una elegancia aterradora, portando cilindros de cristal que pulsaban con una luz azulada. Para ellos, los hombres no eran almas que salvar, sino ganado cuyo código genético debía ser recolectado. Mientras, una de las monjas era elevada en el aire por una fuerza invisible, comprendieron la verdad: los cielos nunca estuvieron vacíos, solo estaban esperando que la cosecha madurara.

El eco del zumbido metálico aún vibraba en las paredes de piedra cuando el último de los gigantes Annunaki se desplomó al vacío, su sangre dorada manchando el borde del acantilado. Las cinco novicias, exhaustas y cubiertas de polvo, se mantenían en guardia. No habían ganado por fuerza bruta, sino por una sincronía casi sobrenatural: mientras una distraía el ojo de obsidiana del gigante, las otras cuatro golpeaban los puntos de presión de su armadura orgánica.

Frente a ellas, las Monjas Guerreras de la Secta Sinistratum bajaron sus manguales dentados. La prueba de fuego había terminado.

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