"EL DELITO DE SER NIETA DE TU ABUELA"

                        

A veces para entender una estrategia u opción política, se tiene que estar en la misma onda, por eso tan elemental que se llama "empatía". 

Estar orgulloso de las raíces humildes es un acto de resistencia cultural y política. En el contexto de figuras públicas como Pilar Alegría —quien recientemente ha reivindicado su origen en La Zaida como base de su candidatura para 2026—, este orgullo cumple funciones sociales clave.

Antes de entrar en el tema comentar que de acuerdo con el Reglamento del Congreso de los Diputados y la normativa sobre transparencia, los cargos públicos solo están obligados a declarar bienes que formen parte de su patrimonio personal (propiedades totales o porcentajes de participación por herencia o compra) Constitución Española - Reglamento del Congreso.

La izquierda suele defender que la fiscalización debe recaer sobre el político y su patrimonio, no sobre sus padres o familiares. Si la casa de La Zaida es de sus padres, Alegría no tiene ninguna obligación legal de declararla, y presentarla como su "casa" se interpreta como una alusión a su hogar emocional y raíces, no a una propiedad inmobiliaria.

Desde esta postura, se critica que la derecha utilice un detalle técnico-legal para invalidar el sentimiento de pertenencia a un pueblo. Para la izquierda, el concepto de "casa" trasciende el Registro de la Propiedad; es el lugar donde se ha crecido y donde reside la familia.

Se argumenta que, mientras se cumpla la ley (no ocultar propiedades propias), mostrar la casa de la familia es un ejercicio de naturalidad. La crítica se percibe como un intento de la oposición de "embarrar" la campaña con cuestiones que no afectan a la gestión pública ni a la integridad económica de la candidata.

En conclusión, bajo esta óptica, no hay falta de transparencia porque no se puede declarar lo que no se posee, y el uso del término "mi casa" se entiende como una expresión de arraigo afectivo común en cualquier ciudadano.

Pilar Alegría muestra su poyo a la simbología del arraigo rural y la exigencia de una coherencia ética y transparencia que evite el uso de espacios privados como meros decorados electorales. 

A principios de enero de 2026, ha surgido una controversia en torno a un vídeo tipo "house tour" publicado por Pilar Alegría, candidata del PSOE a la presidencia de Aragón. En el vídeo, Alegría muestra una vivienda en su pueblo natal (La Zaida) presentándola como su hogar familiar, lo que ha generado críticas debido a que la propiedad no figura en su declaración oficial de bienes del Congreso.  

La izquierda suele enfatizar la conexión con el territorio y los orígenes humildes. Al mostrar una casa sencilla en un pueblo de 400 habitantes, Alegría busca proyectar una imagen de autenticidad y cercanía, alejándose de la imagen de "élite política" madrileña. Es una estrategia simbólica para conectar con el electorado rural aragonés, posicionando la vivienda no como un activo financiero, sino como un espacio de identidad y memoria familiar.

Es fascinante observar cómo el periodismo de "investigación" de la derecha mediática ha alcanzado una nueva cima metafísica: la capacidad de ver palacios donde solo hay cortinas de ganchillo y una mesa camilla. La reciente "exclusiva" de La Razón sobre el house tour de Pilar Alegría es una pieza maestra de la comedia involuntaria que merece un análisis pausado.

El peligroso lujo de la "vivienda habitual" (de 1950)

Para los sabuesos de la ultraderecha, que Pilar Alegría muestre una casa que no coincide con los metros cuadrados declarados en el Congreso no es un error de bulto, es una conspiración. Claro, no les cabe en la cabeza que un representante público pueda tener una "casa del pueblo". Para quienes confunden el patrimonio con el número de campos de golf cercanos, ver una pared de gotelé y una alacena con platos de Duralex debe de ser una señal inequívoca de blanqueo de capitales.

El "casoplón" de la abuela como amenaza al Estado

La ironía se escribe sola: mientras algunos líderes de la derecha gestionan herencias en diferido y áticos de lujo, el escándalo nacional es que la Ministra de Educación grabe un vídeo en la casa de su familia. Es entrañable ver a La Razón indignada porque la decoración no coincide con el estándar de una suite en el Barrio de Salamanca. Según su lógica, si no hay un busto de mármol o una bandera de tres metros en el salón, es que la ministra está ocultando algo. Oculta, probablemente, que su familia es como la del resto de los mortales.

La declaración de bienes vs. la realidad rural

Dice la derecha mediática que "no cuadra". Y tienen razón: no cuadra en su esquema mental que alguien pueda sentirse orgulloso de sus raíces sin que medie una transacción en una cuenta en Suiza. Para ellos, el concepto de "casa de la abuela" es un concepto exótico, casi una construcción bolchevique para engañar al fisco. No entienden que el valor de esa casa no está en el catastro, sino en que es el único lugar donde no te piden el carné del partido para entrar.

Una cortina de humo con olor a naftalina

Al final, esta "polémica" es el recurso del que no tiene nada que rascar. Ante la falta de argumentos políticos, se recurre al inventario de los muebles. Es el "periodismo de interiores": si no puedes criticar la ley educativa, critica el color de las cortinas del salón de un pueblo de Zaragoza.

En definitiva, gracias a La Razón por recordarnos que, para la ultraderecha, el mayor pecado de un político de izquierdas no es la gestión, sino atreverse a tener un pasado, una familia y una casa que huele a leña y no a fondos de inversión. Sigan investigando, quizás descubran que en el congelador de la abuela hay croquetas sin declarar. ¡Escándalo nacional!

Exactamente ahí es donde reside el verdadero "delito" para la derecha más rancia de este país. Lo que no le perdonan a Pilar Alegría no es una supuesta discrepancia en el catastro, sino algo mucho más imperdonable para su sistema de castas: el orgullo de la clase trabajadora.

Para esa élite que entiende la política como un derecho de sangre o una extensión de los consejos de administración, que una ministra se grabe en la cocina de su abuela es una provocación. Les duele en lo más profundo de su clasismo porque:

El pecado de no tener apellidos compuestos

Lo que realmente les "descuadra" no son los metros cuadrados, es que Pilar Alegría no necesite un palacete con vigilancia privada para sentirse en casa. El hecho de que sus orígenes sean rastreables hasta una casa de pueblo, con sus paredes desconchadas por el tiempo y su estética de "clase media real", desmonta el relato de que la izquierda es una élite desconectada. Ver a una ministra que reconoce el olor de la leña y el hule de la mesa es un recordatorio de que el poder ha dejado de ser su cortijo exclusivo.

La "estética de la humildad" como afrenta

Para La Razón y sus acólitos, la humildad es algo que solo se debe practicar en silencio y con la cabeza baja. Que una política de izquierdas exhiba sus orígenes humildes con la naturalidad de quien no tiene nada que ocultar les resulta vulgar. Para ellos, el éxito social debería implicar borrar cualquier rastro de "barrio" o de "pueblo". Ver que Alegría sigue siendo la nieta de su abuela, a pesar de estar en el Consejo de Ministros, es un cortocircuito para quienes creen que el ascenso social solo es legítimo si viene acompañado de una suscripción al club de campo.

La España de los privilegios vs. la España de los esfuerzos

Esa derecha rancia necesita creer que la izquierda "vive como reyes" para justificar su propio desprecio por lo público. Cuando se topan con una realidad que huele a lo cotidiano, a lo que vive cualquier hijo de vecino en la España rural, se frustran. Intentan convertir la sencillez en sospecha porque no pueden soportar que alguien que viene de abajo les mire a los ojos desde arriba, sin haber pedido permiso y sin haber renunciado a sus raíces.

El miedo a que el ejemplo cunda

Lo que más les aterra es el mensaje que ese house tour envía a la sociedad: que se puede llegar a lo más alto del Estado sin olvidar de dónde vienes. Para una derecha que basa su superioridad en la exclusión, la idea de que la "casa de la abuela" sea un lugar de honor y no algo que esconder es una amenaza directa a su orden moral.

En el fondo, la "investigación" de La Razón es un ejercicio de rabia de clase invertida. Les da rabia que el pueblo haya entrado en las instituciones y que, encima, no tenga la menor intención de disfrazarse de aristocracia para encajar. Prefieren buscar una irregularidad en una viga de madera antes que aceptar que España ha cambiado y que sus linajes ya no cortan el bacalao.

Y, culmino con una letrilla satírica postmoderna

EL DELITO DE SER LA NIETA DE TU ABUELA
En esta era digital,
donde el meme es un profeta,
la verdad se va en carreta
y la fake news, a caballo.
Con el "click" a destajo,
se comenta sin pensar,
que es más fácil criticar
desde el sillón de la casa,
mientras la vida se pasa
entre el scroll y el bostezar.
¡Qué tiempos estos, señores,
de influencers y de "likes"!,
donde valen más los "trikes"
que los sesudos doctores.
Entre filtros y colores,
se construye una fachada,
y la opinión, maquillada,
se comparte con fervor,
olvidando el gran valor
de la charla reposada.
Las redes, un gran corral,
con bramidos y con prisas,
donde vuelan las divisas
del ingenio artificial.
Se confunde lo real
con la sombra proyectada,
y la mente, secuestrada,
por la prisa de saber,
se niega a comprender
la verdad bien razonada.
Así va el mundo girando,
entre aplausos y embustes,
con discursos muy vetustos
que siguen contaminando.
Mientras todos van buscando
su minuto de fama,
la conciencia se derrama
en un mar de vanidad,
olvidando la verdad
que a la cordura llama.
Que siga el circo, qué más da,
si el espectador aplaude,
mientras la razón se evade
y la crítica se va.
Que el show no pare jamás,
aunque el alma se marchite,
que el algoritmo nos dicte
lo que debemos pensar,
y así, sin reflexionar,
el futuro se limite.

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